Todo inició en el verano del año 2000. Yo estaba de vacaciones de la escuela y mi único deber era ayudar con los quehaceres de la casa. Tenía 18 años y las hormonas a todo lo que daban. En ese entonces no había internet ni celulares para ver porno, así que mis puñetas eran puras fantasías que me armaba en la cabeza.
Como mi padre era trailero, siempre se ausentaba por semanas. Me quedaba solo con mi madre, Beatriz. A sus 38 años, era lo que todos llaman una “gordibuena”. Era una mujer morena, de piel canela, con unas tetas grandes que siempre parecían a punto de escaparse del escote y un culo de esos que te invitan a comértelos con la mirada. Ella no ayudaba mucho; se la pasaba por la casa con shorts de licra ajustados que se le metían entre las nalgas y camisas amplias que, cuando se agachaba, dejaban ver todo el peso de su pecho. Hasta ese momento, yo la miraba como un hijo mira a su madre.
Un día, entré al baño para bañarme justo después de ella. El cuarto todavía estaba caliente. En el cesto de la ropa sucia, vi su calzón: una prenda color rosa con encaje en las orillas que se asomaba entre la ropa que ella había usado ese día.
Fue como un flechazo. Sentí un bajón eléctrico directo a los huevos y mi pene empezó a cabecear con fuerza dentro de mi bóxer. Tomé el calzón con las manos temblando; la tela estaba apenas húmeda y todavía olía a ella, a su intimidad. Me desnudé rápido, tirando la ropa al suelo, y me senté en la taza del baño para olerlos con más paciencia.
Cada vez que respiraba ese aroma, mi verga se ponía más dura. Empecé a masturbarme con una desesperación que no conocía, restregando el calzón contra mi cara. No me bastó con olerlos; me atreví a pasar la lengua por la parte de la entrepierna, justo donde su vagina había estado pegada momentos antes. El sabor era amargo. Ese sabor me volvió loco.
Cerré los ojos e imaginé a Beatriz de espaldas, agachada, con ese culote moreno y gigante frente a mí, usando la prenda de encaje, mojándolo esperando que yo lo encontrara y disfrutara de su aroma y sabor. La imagen fue tan potente que no aguanté ni dos minutos. Me vine con una fuerza que me dejó sin aire, manchando mis manos y la tela rosa con una leche espesa que parecía no terminar de salir. Fue, sin duda, la mejor puñeta de mi vida.
Me quedé ahí, jadeando, viendo cómo mi semen se mezclaba con el encaje de mi madre.
Esa primera vez fue solo el inicio de mi adicción por su ropa interior, por el olor y sabor que dejaba su entrepierna en ella. Cada que escuchaba la regadera abrirse, mi mente empezaba a imaginar con qué deliciosa prenda saciaría mi deseo sexual esa ocasión: una tanga, un calzón de algodón o mi favorita, la ropa de encaje, que me hacía imaginar que mi madre estaba caliente en ese momento.
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