Keidy y Genaro (1)

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Genaro, un hombre de 47 años, había trabajado durante 15 años en Estados Unidos, donde había conocido el duro trabajo y la lucha diaria por un mejor futuro. Sin embargo, su sueño americano se desvaneció cuando fue deportado y se encontró de vuelta en su país natal, trabajando en la hacienda de don Agustín. La vida en la hacienda era tranquila, pero también monótona, hasta que un día, la sobrina del patrón, una joven de 33 años llamada Keidy, llegó para visitar durante el verano.

Keidy era una mujer impresionante, no solo por su belleza, sino también por su inteligencia y logros. Era dermatóloga y estaba a punto de casarse con Iván, su prometido. Su presencia en la hacienda trajo una energía vibrante y una belleza que Genaro no había visto en mucho tiempo. Desde el momento en que la vio, algo en su interior se encendió.

Genaro se encontró atrapado en una red de deseo y anhelo. Cada mañana, se levantaba con una mezcla de anticipación y nerviosismo, esperando ver a Keidy. Su presencia en la hacienda había traído una energía nueva, y Genaro sabía que su amor por ella era un sueño imposible; él era solo un mozo, y ella, la sobrina del patrón, estaba fuera de su alcance.

Un día Keidy sola caminó lentamente hacia el riachuelo, y Genaro la siguió en sigilo, se ocultó detrás de los arbustos. El lugar estaba en completo silencio, excepto por el suave murmullo del agua corriendo. Ignorando de la presencia del mozo, que se encontraba oculto entre los arbustos, Keidy se detuvo y miró a su alrededor, asegurándose de que nadie la observara. Con una sonrisa traviesa, decidió disfrutar de la soledad y la naturaleza.

Con movimientos lentos y sensuales, Keidy se llevó las manos a los hombros y deslizó los tirantes de su vestido rosa, dejando que la prenda cayera suavemente al suelo. Su cuerpo esbelto quedó al descubierto, revelando curvas y una piel clara y suave. El mozo, escondido, contuvo la respiración, incapaz de apartar la vista de aquella visión.

Keidy, ajena a su observador, continuó desnudándose. Con un gesto elegante, se desabrochó el sostén y lo dejó caer, liberando sus pechos prominentes. Sus senos eran firmes y redondos, coronados por aureolas claras. El mozo sintió su miembro endurecerse al ver aquella imagen tan tentadora.

Keidy, con una sonrisa coqueta, se llevó las manos a las caderas y deslizó lentamente su panty hacia abajo, revelando su sexo depilado. Su vulva era suculenta, invitadora, y el mozo no pudo evitar imaginarse explorándola con sus manos y su boca. Las nalgas de Keidy eran firmes y redondas, y sus caderas, anchas y curvilíneas, completaban una figura que parecía esculpida por un artista.

Finalmente, Keidy se quitó las sandalias y, con un salto gracioso, se sumergió en el agua del riachuelo. Emergió unos segundos después, sacudiendo su cabello mojado y riendo con alegría. Su cabello, pegado a su cuerpo, realzaba aún más sus curvas, y el mozo quedó extasiado, incapaz de moverse.

Keidy nadaba con gracia, su cuerpo deslizándose por el agua como si fuera una sirena. El mozo, incapaz de contenerse más, liberó su miembro y comenzó a estimularse, sus ojos fijos en la visión de Keidy. “Qué delicia de mujer,” susurró casi inaudiblemente, “qué tetas y qué culo.” Su respiración se aceleró mientras continuaba tocándose, cada movimiento de Keidy en el agua aumentando su excitación.

De repente, el sonido de un teléfono interrumpió la escena. Keidy, aún en el agua, miró hacia la orilla y vio su celular sonando, nadó rápidamente hacia la orilla, saliendo del agua con gracia. El mozo, aún con su miembro en la mano, observó cómo Keidy se acercaba al teléfono, su cuerpo goteando agua, y contestaba la llamada, poniendo fin a aquel momento de pura sensualidad pues ella se cambió rápido y se fue con dirección a la casa principal.

En ese instante, el mozo alcanzó el clímax, eyaculando con fuerza, su mente inundada por las imágenes de Keidy. La escena quedó grabada a fuego en su memoria, cada detalle de su cuerpo, cada movimiento, cada expresión. Desde ese día, el deseo por Keidy se convirtió en una obsesión, una necesidad constante que lo consumía.

Esa noche, el mozo yacía en su cama, incapaz de conciliar el sueño. La excitación y la curiosidad por Keidy lo mantenían despierto, su mente llena de imágenes de su cuerpo de diosa. Decidió que no podía esperar más; necesitaba verla de nuevo. Con sigilo, se levantó de la cama y se dirigió hacia la casa principal, sabiendo que la habitación de Keidy estaba en el segundo piso. Un árbol cercano le ofrecía la oportunidad perfecta para espiar.

Se movió con cuidado, asegurándose de no hacer ruido, y trepó por el árbol hasta alcanzar la ventana del cuarto de Keidy. Sabía que estaba con su prometido, Iván, y que sería arriesgado, pero la tentación era demasiado grande. Era casi medianoche, y la casa estaba en silencio.

A través de una pequeña hendidura en la cortina, el mozo vio una escena que lo dejó anonadado. Keidy estaba desnuda sobre Iván, cabalgándolo con intensidad, sus cuerpos moviéndose en sincronía. Iván le agarraba firmemente las caderas, guiándola mientras ella se movía arriba y abajo, sus pechos rebotando con cada embestida. Los jadeos y gemidos de deseo y lujuria llenaban la habitación, creando una sinfonía de pasión.

“Más fuerte, Iván”, susurraba Keidy, su voz llena de lujuria. Iván obedeció, aumentando la intensidad de sus movimientos, penetrándola profundamente. El mozo observaba, hipnotizado, cómo Keidy gemía y sus pechos firmes y redondos moviéndose con el ritmo de sus movimientos.

En el clímax del momento, Iván cambió de posición a Keidy y la puso en cuatro, Ella se arqueó, ofreciéndose completamente, y él comenzó a penetrarla con intensidad, sus manos agarraban sus caderas con fuerza. “Sí, así, que rico” gemía Keidy, su voz llena de deseo. Iván deslizaba las manos estrujando sus pechos sin dejar de bombear. “Aaahh, aaahhh, aaahh,” gemía Keidy ante cada embestida, y los jadeos de Iván resonaban en la habitación “me fascina cogerte en esta posición” balbuceaba sin dejar de bombear…

Por un momento, Genaro sintió que Keidy lo miraba, pues dirigió la vista hacia la ventana. Pero solo fue su imaginación; el rostro de Keidy denotaba puro placer, con cada penetración, su expresión se tornaba más intensa. Iván continuó bombeando, aumentando el ritmo, Finalmente, Keidy lanzó un gemido placentero, “Aaaah,” indicando que había alcanzado el clímax. Iván bombeó un par de veces más, jadeando, y eyaculó dentro de ella, llenándola completamente.

Genaro, con el corazón latiendo con fuerza, se retiró en silencio, sabiendo que había presenciado algo que nunca olvidaría. Las imágenes de Keidy y Iván juntos, el sonido de sus gemidos, y la intensidad de su pasión quedaron grabadas en su mente, alimentando aún más su obsesión por aquella hermosa mujer.

Al paso de los días una noticia inesperada de la infidelidad de Iván, corrió como pólvora en la hacienda, Keidy lo corrió entre lágrimas y desilusión, todo se había arruinado repentinamente, la boda, los planes de mudarse a otro país para iniciar una vida juntos.

Keidy emocionalmente afectada por las tardes solía caminar hacia el riachuelo que corría dentro de la hacienda. Era un lugar que siempre la había atraído, un refugio donde podía encontrar paz y soledad. Genaro, sabiendo de su rutina, se apresuraba a seguirla a una distancia segura, ocultándose entre los árboles y los matorrales.

En una de esas tardes, Genaro decidió acercarse un poco más, tratando de captar algún fragmento de la conversación que Keidy mantenía con su mejor amiga a través de una videollamada. La voz de Keidy, entrecortada por los sollozos, resonaba en el aire.

—… No entiendo cómo pudo hacerme esto, Lila. Pensé que Iván era el hombre de mi vida, pero ahora… ahora todo es un caos. —Keidy se secó las lágrimas con el dorso de la mano, su voz temblaba de dolor.

Genaro, oculto entre las sombras, sentía una mezcla de compasión y desconcierto. No podía entender cómo alguien podía traicionar a una mujer como Keidy. Su belleza, su inteligencia y su vibra eran evidentes para cualquiera que la conociera. Iván, en cambio, había demostrado ser un hombre incapaz de apreciar el tesoro que tenía a su lado.

Mientras Keidy terminaba la llamada y se retiraba a su habitación, Genaro se quedó un rato más, perdido en sus pensamientos. Sabía que no podía intervenir directamente, pero tal vez, solo tal vez, podría encontrar una manera de estar ahí para ella, de ser el hombro en el que se apoyara cuando más lo necesitara.

Keidy, sumida en la desilusión y el dolor, encontró en el vino una forma de adormecer su mente y su corazón. Cada noche, se refugiaba en la botella, dejando que el alcohol embotara sus sentidos y le permitiera escapar, aunque fuera por un momento, del tormento que la consumía. En su mente, la idea de vengarse de Iván cobraba cada vez más fuerza. Quería pagarle con la misma moneda, hacerle sentir el mismo dolor que ella estaba experimentando

En una de esas noches, mientras se perdía en sus pensamientos, sus ojos se posaron en Gabriel, uno de los mozos más jóvenes de la hacienda. Su presencia siempre la había atraído, y en su estado de confusión, decidió que él sería el instrumento de su venganza. Con una coquetería que no solía mostrar, comenzó a seducirlo, aprovechando cada oportunidad para estar cerca de él, rozándolo sutilmente y mirándolo con una intensidad que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

Una tarde, Keidy se dirigió al riachuelo, llevando consigo unas cervezas. Había citado al joven mozo Gabriel a esa hora, y el llegó puntual. Lo invitó a unirse a ella, y juntos se sentaron en la orilla, charlando mientras el sol comenzaba a ocultarse. Genaro, siempre oculto entre los matorrales, observaba cada movimiento, cada gesto, con una mezcla de curiosidad y deseo.

La conversación entre Keidy y Gabriel subió de tono rápidamente. Keidy, desinhibida por el alcohol y la lujuria, lucía espectacular con un top verde escotado que realzaba sus hermosos y redondos pechos, y una falda floreada que se ajustaba a sus curvas. Gabriel, incapaz de resistirse, comenzó a besarla, sus manos explorando su cuerpo con una lujuria desenfrenada. Keidy, sumisa y colaboradora, se dejó llevar, gimiendo de placer mientras Gabriel la tocaba y la excitaba.

Genaro, desde su escondite, abría los ojos como platos al presenciar la escena. No podía creer que nuevamente sería espectador de cómo se cogían a la mujer que él deseaba tanto. Keidy, con una coquetería y desinhibición que nunca había mostrado. Se volvió hacia Gabriel, guiándolo hacia la sombra de un frondoso árbol . Con una voz suave pero firme, le susurró al oído: —Quiero que me cojas aquí, ahora. Quiero sentirte dentro de mí.

Gabriel, sin necesidad de más invitación, la arrinconó contra el tronco del árbol, sus manos explorando cada curva de su cuerpo. Le abrió la blusa, revelando sus pechos perfectos, y comenzó a chuparlos con desespero, haciendo que Keidy gimiera de placer. —Qué tetas, qué delicia —exclamó, mientras chupaba una teta y luego la otra y las estrujaba.

Keidy, sumisa y entregada, se dejó llevar por la lujuria del momento. Gabriel, con desespero, se bajó el pantalón, revelando su erección. La volteó, inclinándola contra el árbol, y le subió la falda hasta la cintura, le bajó el panty, exponiendo su sexo húmedo y listo. Sin mediar palabra, empezó a restregarle el pene en el coño, para luego penetrarla con fuerza…

Keidy, sumida en un mar de placer, gemía y jadeaba, pidiéndole que no parara. —Aaaaah, qué rico, aaahhh, no pares, aaah —gemía, mientras Gabriel bombeaba dentro de ella con fuerza y desespero.

Genaro, desde su escondite, observaba cada movimiento, cada gemido, sintiendo una mezcla de deseo y frustración. Su excitación crecía con cada segundo, su respiración se aceleraba y su corazón latía con fuerza. No podía creer lo que estaba viendo, la forma en que Gabriel disfrutaba de Keidy, cogiéndola con pasión y lujuria. Quería ser él quien estuviera cogiéndola, estrujándole las tetas, quería sentir el placer de estar dentro de ella, y hacerla gemir y gemir hasta que se corriera en su pija.

La escena continuo, con Gabriel penetrando a Keidy con fuerza, sus gemidos y jadeos resonando en el aire. Keidy, apoyada contra el tronco del árbol, se entregaba completamente, sus caderas moviéndose al compás de las embestidas de Gabriel. La lujuria y el deseo los consumían, haciendo que cada movimiento fuera más intenso y placentero.

Gabriel, bombeando como un animal en celo, la cogía con una intensidad animal, sus jadeos llenos de lujuria. —Ah, aaah, aaaah,  —gemía Keidy, entregada por completo al placer. Gabriel, con la voz entrecortada por el esfuerzo, exclamó: —Qué delicia, señorita Keidy, está muy apretada, qué rica. Voy a eyacular toda mi leche dentro de Ud.

Keidy, al borde del orgasmo, gemía y jadeaba, sus palabras entrecortadas por el placer. —Aaaaah, me voy a correr en tu pija — exclamó, alcanzando finalmente el orgasmo mientras Gabriel bombeaba un par de veces más y eyaculaba dentro de ella.

Mientras tanto, en el arbusto, Genaro, excitado y sintiéndose como un perdedor, se conformaba con solo ver. Su deseo era tan intenso que no pudo resistir la tentación de masturbarse, buscando alivio para su excitación. Keidy, recuperándose del orgasmo, se arreglaba la falda y la blusa, y le advirtió a Gabriel —Fuera prudente y no contará nada de lo sucedido.

Gabriel un par de días después, incapaz de contener su orgullo, no dudó en compartir detalles íntimos con sus compañeros y sus encuentros íntimos con la sobrina del patrón. Describía el cuerpo de Keidy con lujuria, detallando cada curva, cada sensación. —Sus tetas son perfectas, redondas y firmes. Y su culo… es una delicia, firme y respingón. Cuando la cogí la primera vez, estaba tan apretada que casi me vuelvo loco de placer —decía, con una sonrisa satisfecha en el rostro.

Genaro, aunque incómodo, no podía hacer nada. Sabía que Keidy estaba en su derecho de buscar consuelo donde quisiera, pero no podía evitar sentirse como un espectador involuntario de una tragedia. Su preocupación crecía con cada día, temiendo que alguien más se enterara y aprovechara la situación.

Una noche, mientras Genaro se encontraba cerca de la casona de los mozos, escuchó una conversación que lo dejó helado. Gabriel, en voz baja, hablaba con otro mozo de nombre Ramiro al que le debía dinero. —La pondré ebria y le vendare los ojos y podrás cogértela. Así saldaré la deuda —dijo Gabriel, con una sonrisa maliciosa.

El otro mozo, excitado pero temeroso, aceptó. —No te preocupes, estará muy ebria y pensará que soy yo —replicó Gabriel, asegurándole que la deuda seria más que saldada. —La sobrina del patrón, es muy hermosa , tiene un cuerpazo, y honestamente nunca he tenido la oportunidad de cogérme a una mujer así, de su porte y su estatus

Genaro no podía creer lo que escuchaba. La idea de que Keidy pudiera ser utilizada de esa manera lo llenaba de furia y desesperación. Sabía que no podía advertirla directamente sin pruebas, y eso lo dejaba en un dilema. Decidió estar pendiente, observando cada movimiento, listo para intervenir si era necesario.

Al día siguiente, Genaro vio cómo Gabriel de adentraba con Keidy, visiblemente ebria, en una de las habitaciones de la casona de los mozos. La había hecho beber tanto que casi perdía el conocimiento y le puso una venda en los ojos, diciéndole que sería más placentero así, y la acostó en la cama. Genaro, oculto en la ventana, observaba con el corazón en un puño. Sabía que el otro mozo estaba esperando, listo para aprovecharse de la situación.

Gabriel, con una señal, indicó al otro mozo que entrara. Le entregó un condón, asegurándose de que todo estuviera listo. Genaro, desde su escondite, veía cómo la escena se desarrollaba ante sus ojos, incapaz de intervenir. Keidy, en su estado de ebriedad, no era consciente de lo que estaba a punto de suceder, y Genaro se sentía impotente, atrapado en un juego de poder y lujuria del que no sabía cómo escapar.

El mozo, excitado y nervioso, no podía contener su deseo. Con movimientos apresurados desnudo completamente a Keidy, el mozo la admiro desnuda —¡que ricura de mujer! —balbuceo lujurioso, manoseo cada rincón del cuerpo de Keidy y con deseo tomo sus tetas con ambas manos y las chupo con lujuria y succionaba los pezones y mordisqueaba suave, Keidy daba gemidos entrecortados finalmente comenzó a comerle el coño, chupaba con intensidad, al tiempo que alargaba su mano y estrujaba las tetas de Keidy, la cual empezó a gemir aaah, el mozo jadeando e incorporándose se puso el condón, su respiración acelerada y sus manos temblorosas.

Se posicionó entre las piernas de Keidy, restregando su pene en la entrada de su sexo húmedo y listo. —¡Ah, qué delicia! Qué rica se siente —balbuceó, mientras lentamente entraba en ella, sintiendo cómo su cuerpo lo envolvía con un placer indescriptible.

Keidy, con los ojos vendados y en su estado de ebriedad, emitía mas gemidos entrecortados y confusos. —Aaahhh, Gabriel… aaahhh, qué rico —gemía, creyendo que era Gabriel quien la estaba llenando de placer.

El mozo, extasiado a más no poder, aumento el ritmo de sus bombeadas, sus caderas moviéndose con fuerza y deseo… Follando a Keidy, Cada movimiento era más intenso, más profundo, haciendo que Keidy gimiera y jadeara sin control. —Aaah, más, más aaah —balbuceaba, perdida en oleadas de sensaciones y placer.

Gabriel, desde su rincón, observaba la escena con una mezcla de excitación y morbosidad. No podía creer lo que estaba viendo, y su propio deseo lo consumía. Comenzó a masturbarse, mientras observaba cómo el otro mozo cogía a Keidy con gran lujuria.

El mozo, con cada embestida, sentía cómo su placer crecía, cómo su cuerpo estaba a punto de explotar. — ¡qué rica, qué rica! — jadeaba, sus palabras entrecortadas por el esfuerzo y el deseo. Sus manos recorrían el cuerpo de Keidy, acariciando sus caderas, estrujando sus pechos con fuerza.

Keidy, sumida en un estado de éxtasis, se dejaba llevar por el placer, sus gemidos y jadeos resonando en la habitación. —Aaahhh, no pares, no pares —suplicaba, sus caderas moviéndose al compás de las embestidas del mozo.

Gabriel, observando la escena, se masturbaba con más intensidad, sus gemidos mezclándose con los de Keidy y el mozo. La lujuria y el deseo lo consumían, haciendo que cada movimiento de su mano fuera más rápido, más desesperado.

El mozo, sintiendo que estaba al borde del orgasmo, volteo a Keidy y la dejo tumbada boca abajo — ¡pero que culo! — exclamo excitado el mozo, y empezó a chupetear y besar las nalgas de Keidy, y finalmente se montó en ella y la embistió como animal en celo —Aaahhh, aaahhh aaahh — gemía Keidy ante la tremendas bombeadas del mozo el cuál después de unos momentos, eyaculaba, y llenaba el condón con su esencia.

Gabriel, observando la escena, apenas el mozo se quitó, le dijo la deuda quedaba saldada y que se marchara y no comentará con nadie lo sucedido, el mozo se vistió con prisa y asintió y se marchó con satisfacción en su rostro… Gabriel vio a Keidy desnuda tumbada boca abajo en la cama, ver cómo el otro mozo se la había cogido lo había excitado mucho y también la montó con gran deseo e intensidad, aaaaah gemía Keidy y se corría ante la follada de aquellos 2 mozos, Gabriel eyaculo completamente dentro de Keidy. La escena en aquel cuarto había sido intensa y morbosa…

Genaro, oculto en las sombras, había sido testigo de cómo Gabriel había manipulado la situación para satisfacer sus propios deseos y los de su compañero lo llenaba de una mezcla de frustración y furia. No podía soportar la idea de que Keidy, en su estado de vulnerabilidad, hubiera sido utilizada de esa manera.

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