Algunos detalles fueron modificados por libertad literaria. Como siempre, mis relatos son confesiones muy personales, pero este es distinto: lo armé juntando lo que me contaron por separado César y mi mamá. Cada uno me dio su versión, cruda y sin pelos en la lengua, y yo lo reconstruí como un rompecabezas ardiente. Aquí va el puente entre la Jornada Electoral y el Día del Padre… y un poco más allá.
Ya era frecuente nuestros encuentros para entonces. Después de ese Día del Padre, las visitas a casa de César se habían vuelto rutina disfrazada: salía de casa diciendo “voy con mis papás un rato”, pero terminaba desviándome unas cuadras para caer directo en su puerta. El pretexto era perfecto —mis viejos vivían cerquita—, y nadie sospechaba que esas “paradas rápidas” duraban horas y terminaban conmigo jadeando. Cada encuentro era como encender un cerillo en gasolina: rápido, violento y cada vez más adictivo, como si mi cuerpo ya supiera el camino de memoria.
Ese día de verano llegué con la panocha ya mojada solo de pensarlo en el camino. No hubo preámbulos ni saludos de “¿cómo estás?”. Apenas empujé la puerta entreabierta —él siempre la dejaba así cuando me esperaba—, me agarró por la cintura con esas manos callosas que ya conocía de memoria, me levantó contra la pared de la estancia y me besó con esa hambre de animal que me volvía loca. Mi vestido se arrugó en sus puños ásperos mientras me subía la falda hasta la cintura de un jalón. No traía calzones —ya ni me molestaba ponérmelos para estas “visitas”—, y sentí el aire caliente rozándome los labios hinchados y húmedos de mi panocha.
César: —Pinche muñequita, vienes lista pa’ que te de tu cogidota, ¿verdad? Hueles a perra en celo.
Yo: —Cállate y cógeme, cabrón… ya traigo el chocho ardiendo desde que salí de casa.
Me cargó como si no pesara nada —56 kilos que para él eran nada— y me tiró en la cama. Las sábanas ya estaban húmedas del bochorno del día y de quién sabe cuántas veces nos habíamos revolcado ahí. Me abrió las piernas de un tirón brusco, mis uñas rojo vino clavándose en sus hombros anchos y sudorosos, dejando marcas rojas en su piel morena. Su verga gruesa, venosa y oscura ya estaba parada como piedra, la cabeza púrpura goteando esa lechita transparente y salada que me volvía loca. Entró de un empujón brutal, sin aviso, llenándome hasta el fondo de un solo golpe. Plaf-plaf-plaf. El sonido húmedo y pegajoso de mi pucha tragándoselo entero rebotaba en las paredes, mezclado con mis gemidos roncos.
Sentí cada centímetro estirándome, golpeando ese punto adentro que me hace arquear la espalda y ver chispas. Mis tetas rebotaban libres del escote, pezones duros rozando su pecho peludo y sudoroso. El olor a sexo crudo invadió todo rápido: mi aroma dulce y almizclado de excitación mezclado con su sudor salado, terroso, como tierra mojada después de tormenta, y ese almizcle pesado de verga caliente que se pegaba a la piel.
Mientras me embestía sin piedad, su cuerpo pesado encima del mío aplastándome contra el colchón, mi mente era un torbellino de morbo y culpa gustosa. “¿Qué diría mi Mor si me viera así, recibiendo esta vergota como desesperada en vez de estar con mis papás como le dije? ¿Y mi mamá? Ella que siempre me dice ‘cuídate, muñequita’… si supiera que su propia hija se está dejando reventar por el vecino servicial que tanto los visita…”. La idea me mojó más, un calor líquido subiendo desde el fondo, la panocha contrayéndose alrededor de él en espasmos involuntarios. Jugos calientes chorreando por mis muslos internos, pegajosos y resbalosos. Me corrí fuerte, temblando entera, un chorro caliente salpicando su pelvis peluda y goteando por las sábanas.
Él no paró: siguió dándome con más fuerza, sus huevos peludos golpeando mi culo plap-plap-plap, cada embestida profunda golpeando ese punto que me volvía loca. El placer se acumuló como una ola gigante, mi panocha apretándolo como un puño caliente y húmedo, contrayéndose en espasmos violentos. Me corrí intensísimo otra vez, un orgasmo que me sacudió de pies a cabeza, chorros calientes y pegajosos desbordando por todas partes, tibios y viscosos contra mi piel y las sábanas. Temblaba sin control, las piernas flaqueándome, gemidos convirtiéndose en aullidos roncos mientras réplicas interminables me recorrían el cuerpo, dejándome jadeando y convulsionando debajo de él.
Pero él no había terminado conmigo. Me volteó de un jalón con esa fuerza bruta que me encanta, poniéndome en cuatro patas sobre las sábanas revueltas y húmedas. Mi cabello largo y enmarañado cayó como una cortina oscura sobre mi rostro sonrojado, mechones pegados a mis mejillas calientes y a mi frente sudorosa, algunos cayendo dentro de mi boca abierta en jadeos roncos. Mis labios hinchados y entreabiertos dejaban escapar gemidos entrecortados, lengua asomando ligeramente para lamer el sudor salado de mi labio superior mientras intentaba recuperar el aliento.
César se arrodilló detrás de mí, sus manos grandes y callosas —esas mismas que ya conocía tan bien— se posaron firmes en mis caderas anchas primero, dedos clavándose en la carne suave y sudorosa, sujetándome como si no quisiera que escapara. Luego bajaron despacio, amasando mis nalgas con rudeza posesiva, separándolas con los pulgares hasta exponer mi ano completamente. Sentí el aire fresco rozándome ahí, contrastando con el calor que subía desde mi interior. Mi cuerpo temblaba entero, piel erizada, tetas colgando pesadas y balanceándose con cada respiración agitada, pezones duros rozando las sábanas ásperas.
Su lengua llegó caliente y húmeda, lamiendo mi ano en círculos lentos y deliberados, la punta explorando el esfínter sensible, abriéndome poco a poco con lamidas insistentes que me hicieron arquear la espalda y empujar hacia atrás instintivamente. Gemí fuerte, boca abierta en un O silencioso que se convirtió en un grito ahogado cuando mordió suave una nalga y luego volvió a lamer, saliva caliente mezclándose con mis jugos que seguían chorreando de la panocha. Mi rostro se hundió un momento en la almohada, cabello pegado a la cara, mejillas ardiendo, ojos entrecerrados y pupilas dilatadas de placer.
Luego escupió directo ahí, un chorro tibio y espeso que resbaló por el surco, lubricando todo. Sus manos volvieron a abrirme más, pulgares presionando a los lados del ano para exponerme del todo. Empujó la cabeza gruesa de su verga contra mi culo, despacio al principio, el ardor inicial quemante haciendo que apretara los dientes y soltara un gemido ronco. Entró centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, dolor rico convirtiéndose en esa plenitud abrumadora que me hace gritar y arquear la espalda más. Sentí cada vena rozando las paredes internas, llenándome hasta el fondo, mi ano contrayéndose alrededor de su grosor como si quisiera tragárselo entero.
Aceleró plap-plap-plap, nalgueadas fuertes ¡zas! – ¡zas! – ¡zas! resonando en la habitación, cada golpe haciendo que mis tetas rebotaran con violencia y mi cabello se agitara como un látigo oscuro sobre mi espalda. Mi boca abierta dejaba escapar aullidos roncos, lengua asomando para lamer el aire caliente, saliva goteando por mi barbilla mientras el placer anal se mezclaba con las réplicas vaginales anteriores. Jugos calientes chorreaban por mis muslos internos, pegajosos y resbalosos, mezclándose con el sudor que corría por mi cuerpo tembloroso.
Me corrí otra vez, intenso y profundo, el ano apretando en espasmos violentos alrededor de su verga, jugos vaginales desbordando por todas partes mientras él seguía embistiéndome sin piedad. Finalmente rugió y me llenó de lechita caliente por atrás, chorros espesos inundando mi recto, desbordando y goteando lento por mi raja, tibio y viscoso contra mi piel erizada.
Colapsamos jadeando, exhaustos y pegajosos. Él se retiró despacio de mi culo con un shloop húmedo, semen tibio y jabonoso goteando por mis nalgas y muslos internos, mezclándose con mis jugos y el sudor que nos cubría como una segunda piel. Me dejó caer suavemente boca abajo sobre las sábanas arrugadas, mi pelo enmarañado pegado a la cara y al cuello, mechones húmedos cayendo sobre mis ojos entrecerrados. César se acostó encima de mí, su peso deliciosamente aplastante, su verga aún semidura y palpitante acomodada entre mis nalgas, rozando mi ano sensible y dilatado con cada latido residual. Sentía su calor, su grosor latiendo contra mi piel, como si no quisiera salir del todo.
Besó mi nuca con labios calientes y salados, mordisqueando suave la piel erizada, bajando a mis hombros mientras su mano derecha serpenteaba por debajo de mí, acariciando mis senos pesados y sensibles, pellizcando los pezones todavía duros. La otra mano bajó más, dedos resbalosos encontrando mi clítoris hinchado y frotándolo en círculos lentos, perezosos, prolongando las réplicas de placer que me hacían temblar bajito. Gemí suave, arqueando la espalda contra su pecho peludo, el olor a sexo crudo —sudor, semen, mi propio culo y panocha— llenando el aire alrededor de nosotros como un perfume prohibido.
En esa calma postcoital, con su brazo fuerte rodeándome la cintura y mis uñas arañando suave su espalda, soltó la bomba.
César: —Eleny… tengo que contarte algo paso con tu mamá.
Mi mente se detuvo. Un frío bajó por mi espina, pero al mismo tiempo el chocho me palpitó de nuevo, traicionero. Tragué saliva, sintiendo todavía su semen tibio escurriendo entre mis nalgas.
Y él contó, despacio, con detalles gráficos que me hicieron apretar los muslos mientras imaginaba cada escena como si estuviera ahí, espiando.
Poco después de los eventos de la Jornada Electoral, empezó a frecuentar la casa de mis papás. Ese día tocó con pretexto de arreglar el césped. El sol norteño quemaba su espalda, sudor pegando la playera al torso. Mi mamá le abrió con un vestido de lino ligero, adherido por el sudor a sus curvas maduras de 77 años en aquel momento: caderas anchas y generosas como las mías, cintura suavizada por los años y los partos, busto pesado —todavía copa D o más, pero con esa caída natural y noble que da la edad—, pezones oscuros sutilmente marcados bajo la tela vaporosa.
Su cabello negro, ahora con mechones plateados que brillaban al sol, caía en ondas sueltas hasta los hombros, enmarcando un rostro luminoso y arrugado con gracia: líneas finas alrededor de los ojos ahumados intensos, labios rosados con gloss suave que disimulaba las finas arrugas, pómulos altos y piel olivácea con manchas solares que hablaban de décadas bajo el sol. Maquillaje discreto pero impecable: ojos delineados con maestría, pestañas postizas sutiles, uñas cortas pintadas de nude elegante. A sus años seguía emanando esa presencia magnética, esa mezcla de calidez maternal y fuego latente que me había heredado.
Mamá: —Gracias por el césped, Cesarín.
Lo invitó a pasar. Le dio una cerveza helada, gotas condensadas resbalando por el vidrio. Chocaron botellas clink-clink.
César: —La cerveza fría… y las mujeres calientes.
Ella lo miró de arriba abajo, humedeciéndose los labios despacio con la lengua. Según me confesó después, pensó: “Este hombre me hace sentir joven otra vez, mi panocha palpitando como en mis días locos, antes de ser abuela, antes de que la rutina me apagara. Quiero sentirlo dentro, quiero que me haga olvidar mi edad”.
César se distrajo un momento con las fotos familiares en la pared de la sala. Sus ojos se detuvieron en una —yo tendría unos 18 o 19 años, cabello largo oscuro liso cayendo sobre los hombros, maquillaje natural con labios rojos suaves, sonrisa inocente pero ya con ese brillo pícaro en los ojos; a mi lado, de pie, mi mamá, con blusa escotada que marcaba su busto y cintura definida, pantalón ceñido a las caderas anchas, cabello ondulado largo y voluminoso, maquillaje marcado —ojos ahumados intensos, pestañas largas, labios rojos profundos—, pose confiada, curvas exuberantes y mirada directa a la cámara que gritaba experiencia y fuego contenido.
Las dos posando en un fondo de estudio clásico, riendo, casi idénticas en facciones, en esa energía sensual que parecía escrita en los genes.
De hecho, ahora que lo pienso… Esa foto siempre me había generado un cosquilleo extraño, como si guardara un secreto que nunca quise preguntar en ese entonces. Recuerdo que ese día, justo después de la sesión en el estudio de los Gorrión —porque el Sr. Gorrión era el dueño y nos había ofrecido la sesión “gratis” como cortesía—, mamá tardó más de lo normal en salir de la oficina del fondo. Dijo que estaba “revisando las pruebas”, pero volvió con el cabello un poco revuelto, las mejillas encendidas y una sonrisa que no supe interpretar entonces.
En ese momento solo pensé que el calor del estudio la había afectado… pero ahora, reconstruyendo todo lo que me contaron César y mamá en confidencias sueltas, me pregunto si ese día en el estudio pasó algo más… algo que explicaría por qué siempre nos invitaban a la posada navideña, y por qué mamá volvía con esa mirada culpable cuando el Sr. Gorrión aparecía en las conversaciones. Tendré que preguntárselo algún día, cuando estemos solas y el morbo nos suelte la lengua.
César se quedó mirando la foto un segundo de más, su expresión cambiando sutilmente: ojos recorriendo de la yo joven y fresca a la mamá de entonces (ya madura, pero en pleno esplendor), y luego a la mamá real frente a él, de 77 años, con las mismas curvas suavizadas por el tiempo, pero todavía magnéticas, el mismo fuego en la mirada que no se había apagado.
Mamá notó su mirada fija y sonrió con picardía, ceja arqueada.
Mamá: —Cierra la boca, Cesarín, o te traigo un bote para la baba. ¿Te gustan las fotos familiares? Esa de los 90s… éramos un peligro las dos juntas.
César: —No me culpes… la fruta no cae lejos del árbol. Las dos tienen el mismo fuego, solo que en diferentes etapas.
Respondió con esa sonrisa maliciosa, su mente claramente comparando las dos versiones de la misma mujer en diferentes épocas. Mi mamá dio un paso más cerca, eliminando el espacio que quedaba entre ellos. Tomó su mano callosa y áspera y la guio con firmeza hasta su cadera ancha, apretando sus dedos contra la tela húmeda del vestido para que sintiera el calor de su piel debajo. Con la otra mano le rozó el pecho por encima de la playera sudada, uñas nude trazando una línea lenta hacia abajo, deteniéndose justo en la hebilla del cinturón.
Mamá: —Si tanto te gustan las fotos… ¿por qué no pruebas la versión real? Ya estoy grandecita pa’ que me andes mirando nomás.
Lo dijo con voz baja, ronca, mirándolo directo a los ojos mientras se humedecía los labios otra vez, cuerpo inclinado ligeramente hacia él para que sintiera el roce de sus tetas contra su torso. Fue ella quien cerró la distancia final: se puso de puntillas —a pesar de los años seguía moviéndose con esa gracia felina— y lo besó primero, labios suaves pero decididos contra los suyos, lengua buscando la suya con sabor a cerveza y deseo. César respondió al instante, pero fue mi mamá quien profundizó el beso, mordiendo su labio inferior, lengua invadiendo su boca con hambre acumulada.
Sus manos subieron a su nuca, jalándolo más cerca, mientras él por fin reaccionaba y bajaba los tirantes del vestido con un movimiento brusco pero controlado. La tela cayó hasta la cintura con un flop suave. Sus tetas maduras quedaron libres: areolas oscuras grandes y texturadas, pezones duros rozando el aire fresco del minisplit. Las apretó con manos ásperas, succionando fuerte, lengua rodeando la areola, mordiendo suave hasta hacerla arquear la espalda y soltar un gemido ronco.
Mamá: —Aaaay aaaay… ¡Ahhh, Cesarín, bruto pero rico!
La levantó contra la pared con facilidad —sus brazos fuertes y musculosos sosteniéndola por las caderas anchas y suavizadas por los años—, pegándola de espaldas a la superficie fresca para que sintiera el contraste con su piel ardiente, a sus 77 años, seguía teniendo esa gracia felina: piernas abiertas instintivamente alrededor de la cintura de César, tobillos cruzados detrás de su espalda baja para sujetarse, muslos temblorosos rozando sus costados sudorosos. Sus manos —arrugadas pero firmes, uñas cortas pintadas de nude elegante— se aferraron a sus hombros anchos, clavando los dedos en la tela húmeda de su playera, mientras el vestido de lino ligero se arrugaba más alrededor de su cintura.
César la sostuvo ahí un momento, besándola con hambre: lengua invadiendo su boca, manos subiendo por sus muslos internos hasta rozar las bragas húmedas. Ella gimió contra sus labios, caderas moviéndose en pequeños círculos contra su abdomen, sintiendo la dureza de su verga presionando a través de los pantalones. Pero mi mamá, siempre la que tomaba las riendas cuando quería, le susurró ronca al oído:
Mamá: —Bájame, Cesarín, mijo… quiero sentir tu boca ahí abajo… cómeme como se debe, recuerda; para entrar primero hay que trapear…
Él obedeció sin dudar: la bajó despacio, dejándola deslizarse contra su cuerpo hasta que sus pies tocaron el piso. Las piernas de ella temblaron un segundo al apoyarse, pero se mantuvo firme, espalda contra la pared, vestido todavía arrugado en la cintura. César se arrodilló frente a ella con una rodilla en el suelo, manos grandes subiendo por sus muslos para abrirlos más, separando las piernas lo suficiente para tener acceso completo. Ella apoyó una mano en su cabeza, dedos enredándose en su cabello sudoroso, guiándolo hacia abajo mientras con la otra se sostenía de la pared para no perder el equilibrio.
César inclinó la cabeza y olió profundamente snif-snif el aroma almizclado intenso y maduro de su panocha a través de las bragas rosas de encaje húmedas, pegadas a sus labios hinchados y oscuros. El olor era profundo, terroso, con toques de jabón antiguo y excitación acumulada de décadas —un perfume que hablaba de experiencia y deseo contenido. Bajó las bragas despacio con los dientes y los dedos, revelando el vello púbico entrecano recortado con cuidado, labios carnosos y oscuros brillando con humedad espesa, clítoris hinchado asomando entre los pliegues.
Hundió la cara ahí mismo, lengua lamiendo de abajo arriba en un movimiento largo y lento: desde el perineo sudoroso y caliente hasta el clítoris hinchado, succionando con fuerza, metiéndose profundo en el canal caliente y lubricado. Saboreaba el jugo dulce-salado chorreando abundante y pegajoso, espeso como miel vieja, cubriéndole la lengua y la barba áspera.
Mamá soltó un gemido ronco, cabeza echada hacia atrás contra la pared, cabello negro ondulado con mechones plateados cayendo en cascada desordenada sobre sus hombros y pecho, algunos mechones pegados a su rostro sonrojado y arrugado con gracia. Sus ojos ahumados se cerraron a medias, pestañas temblando, boca abierta en un jadeo silencioso que se convirtió en un grito ahogado cuando él succionó más fuerte el clítoris.
Sus manos bajaron a la cabeza de César: dedos enredándose en su cabello corto y sudoroso, tirando y jalándolo con fuerza para pegarlo más a su panocha, caderas moviéndose instintivas contra su boca en círculos pequeños y desesperados. Piernas temblando abiertas, una rodilla ligeramente flexionada para darle mejor ángulo, muslos internos apretando los lados de su cabeza, talones clavándose en el piso para mantener el equilibrio. Pensó —según me confesó después con voz temblorosa—: “Dios, me come mejor que el muñequito en años; me siento viva, puta y deseada otra vez, como si el tiempo se hubiera detenido en mi cuerpo”.
Se corrió con un grito ahogado ¡aaaay!, músculos internos contrayéndose en oleadas violentas, jugos calientes inundando su barba áspera y goteando por su barbilla en chorros espesos y pegajosos, dejándole un sabor intenso, salado y maduro en la lengua. Su rostro se contrajo en éxtasis puro: cejas fruncidas, boca abierta en un O tembloroso, lágrimas de placer escapando por las comisuras de los ojos, mejillas sonrojadas y arrugadas brillando con su sudor.
Después de ese primer orgasmo que la dejó temblando contra la pared —jugos chorreando por sus muslos y la barba de César—, Mamá respiró hondo, ojos aún vidriosos de placer, mejillas sonrojadas y arrugadas brillando con su sudor. Su cabello negro ondulado con mechones plateados estaba desordenado, algunos mechones pegados a su frente y cuello, otros cayendo sobre sus tetas expuestas que subían y bajaban con cada jadeo profundo. Ella lo miró con esa sonrisa pícara y cansada a la vez, voz ronca pero firme.
Mamá: —No creas que ya terminamos, Cesarín, mijo… ven, vamos al sofá. Quiero probarte… quiero sentir esa vergota en mi boca.
Le tomó la mano callosa y lo guio —ella caminando delante, vestido todavía arrugado en la cintura, bragas rosas colgando de un tobillo, piernas temblorosas pero decididas—. César la siguió, con la verga dura. Al llegar al sofá de cuero fresco y pegajoso por el sudor, ella lo empujó suavemente para que se sentara. César se dejó caer, piernas abiertas, pantalón todavía ceñido en las caderas, verga empujando el cierre que la mantenía atrapada.
Mamá se arrodilló entre sus piernas, rodillas hundiéndose en la alfombra rugosa, manos arrugadas pero seguras posándose en sus muslos musculosos. Con una sonrisa lujuriosa, sus dedos subieron despacio hasta la hebilla del cinturón, la desabrocharon con un clic suave, luego bajaron el cierre zip-zip-zip completamente. Metió la mano dentro de los boxers y liberó la verga gruesa y venosa, que saltó dura y palpitante frente a su rostro. La tomó con ambas manos —una en la base, la otra acariciando las bolas pesadas y peludas—, uñas nude rozando la piel sensible.
Su rostro —arrugas con gracia, ojos ahumados intensos brillando de deseo— se acercó. Lamió primero la cabeza púrpura goteante, lengua rodeando la corona en círculos lentos, saboreando la lechita salada que salía. Luego la tragó despacio, boca caliente envolviéndola centímetro a centímetro, garganta profunda hasta que los vellos púbicos rozaron su nariz. Glup-glup-glup, saliva chorreando por su barbilla y goteando en su escote, cabello cayendo como cortina oscura sobre sus mejillas sonrojadas.
César soltó un gruñido bajo, manos grandes enredándose en su cabello ondulado con mechones plateados, no para empujar, sino para sujetar y sentir. Ella aceleró el ritmo, cabeza subiendo y bajando, lengua presionando la vena inferior, succionando con vacío chup-chup-chup, una mano masajeando sus bolas mientras la otra se apoyaba en su muslo para equilibrarse. Su rostro se contrajo en concentración lujuriosa: cejas fruncidas, ojos cerrados a medias, mejillas hundidas por la succión, labios hinchados estirados alrededor del grosor.
Mamá: —Mmm… qué rica vergotaaa… me encanta chupártela… pero ahora quiero que me cojas.
Se levantó con gracia felina a pesar de los años, se giró y se inclinó sobre el respaldo del sofá, apoyando los antebrazos en el cuero pegajoso, nalgas maduras y redondas expuestas hacia él, piernas abiertas y ligeramente flexionadas para bajar la altura. Su cabello cayó hacia adelante, mechones plateados colgando como cortina sobre su rostro sonrojado y jadeante, boca entreabierta dejando escapar gemidos anticipatorios. Tetas pesadas colgaban libres, balanceándose con cada respiración agitada, pezones duros rozando el respaldo fresco.
César se levantó detrás de ella, manos grandes posándose en sus caderas anchas, dedos clavándose en la carne suave y arrugada. Bajó sus pantalones y boxers por completo para estar más cómodo, alineándola su verga con su panocha hinchada y mojada, ¡rozando primero los labios carnosos…
Al escuchar eso de boca de César, sentí un nudo en el estómago y un calor traicionero subir entre mis piernas. ¿Mi propia madre proponiendo eso? ¿Qué seguía en esa ducha? ¿Y por qué mi cuerpo reaccionaba así solo de imaginarlo?
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Eleny Hermosa, no sabes como te extrañe, pero has vuelto y por lo visto más caliente que nunca reina. Espero y te quedes para siempre mamasita sabrosa y nos sigas deleitando con tus relatos cachondos. Eres la mejor bombón.