La fruta no cae lejos del árbol: Jornada Electoral 1.5 (parte 2/2)

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Algunos detalles fueron modificados por libertad literaria. Como siempre, mis relatos son confesiones muy personales, pero este es distinto: lo armé juntando lo que me contaron por separado César y mi mamá. Cada uno me dio su versión, cruda y sin pelos en la lengua, y yo lo reconstruí como un rompecabezas ardiente. Aquí continúa el puente entre la Jornada Electoral y el Día del Padre… justo donde la Parte 1 nos dejó…

Ya saben cómo empezó: César me narró paso a paso lo que mi mamá había confesado esa tarde de verano… pero no fue solo él quien me contó. Después de todo eso, confronté a mamá una noche entre copas —esas conversaciones que empiezan con un tequila y terminan en secretos que nunca debieron salir—. Ella, con la mirada vidriosa y una sonrisa culpable, me confirmó lo que César me había dicho… y añadió detalles que me dejaron temblando. Lo que sigue es el rompecabezas completo, armado con sus dos versiones: la de él, gráfica y sin filtros, y la de ella, entre susurros y risas nerviosas.

César se levantó detrás de ella, manos grandes posándose en sus caderas anchas, dedos clavándose en la carne suave y arrugada. Bajó sus pantalones y boxers por completo para estar más cómodo, alineándola su verga con su panocha hinchada y mojada, ¡rozando primero los labios carnosos…antes de empujar de un solo golpe profundo plaf! Ella soltó un grito ronco aaaah… sí… así…, caderas empujando hacia atrás para tragárselo entero. Él aceleró plap-plap-plap, nalgueadas fuertes ¡zas! – ¡zas! resonando en la sala, cada embestida haciendo que sus tetas rebotaran con violencia y su cabello se agitara como látigo oscuro sobre su espalda.

Sus manos bajaron a sus nalgas, separándolas para ver cómo su verga entraba y salía, jugos chorreando por sus muslos internos y goteando al piso. Ella giró la cabeza ligeramente, rostro contrito en placer: cejas fruncidas, boca abierta en jadeos roncos, lengua asomando para lamer el sudor de su labio superior, ojos ahumados entrecerrados mirando hacia atrás con lujuria.

Mamá: —¡Cógeteme, cabrón! ¡Soy tu puta, lléname… más fuerte…!

César obedeció, embistiendo con ritmo feroz, una mano subiendo a jalar su cabello ondulado para arquearle la espalda más, la otra frotando su clítoris hinchado en círculos rápidos. Ella se corrió con un aullido ¡aaaay!, panocha contrayéndose en espasmos violentos alrededor de su verga, jugos calientes desbordando en chorros pegajosos por sus muslos y el sofá. César no aguantó más: gruñó y se corrió dentro de ella, chorros espesos e hirvientes inundando su panocha madura, semen desbordando al salir lento, goteando tibio y viscoso por sus muslos oliváceos y dejando un rastro blanco en su piel.

Después de ese orgasmo que la dejó temblando inclinada sobre el respaldo del sofá —panocha contrayéndose en espasmos violentos, jugos calientes desbordando por sus muslos oliváceos y goteando al piso en chorros pegajosos—, Mamá se quedó jadeando un momento, antebrazos apoyados en el cuero, nalgas maduras aun temblando, cabello ondulado con mechones plateados cayendo desordenado sobre su rostro sonrojado y arrugado con gracia. Sus tetas pesadas colgaban libres, balanceándose con cada respiración agitada, pezones duros rozando el respaldo fresco. César seguía detrás de ella, verga semidura dentro, semen y jugos mezclados chorreando lento por sus muslos.

Ella giró la cabeza ligeramente, ojos ahumados entrecerrados brillando con lujuria residual, labios hinchados entreabiertos en una sonrisa pícara y cansada.

Mamá: —Mmm… qué rico me llenaste, Cesarín… pero no creas que ya acabamos. Ven… vamos a la ducha…..

Al escuchar eso de boca de César, sentí un nudo en el estómago y un calor traicionero subir entre mis piernas. ¿Mi propia madre proponiendo eso? ¿Qué seguía en esa ducha? ¿Y por qué mi cuerpo reaccionaba así solo de imaginarlo?

Quiero sentirte… por atrás… quiero que me revientes mi culito… pero ve despacito mijo, que ya estoy grandecita y hace tiempo que no lo uso así.

Se enderezó despacio, piernas temblorosas pero firmes, vestido arrugado cayendo un poco sobre sus caderas anchas. Tomó la mano de César y lo jaló hacia el pasillo, caminando delante con esa gracia felina que no había perdido con los años. César la siguió, ya sin pantalones, verga semi-erecta balanceándose con cada paso, ojos fijos en sus nalgas redondas y maduras moviéndose bajo el vestido.

Llegaron al baño. Ella abrió la llave de la regadera, el chorro de agua fresca golpeando los azulejos con fuerza, tibio vapor subiendo rápido en el espacio pequeño. Se quitó el vestido por la cabeza de un tirón, quedando completamente desnuda: piel olivácea con manchas solares y arrugas suaves que contaban décadas, tetas pesadas con caída natural, cintura suavizada, caderas anchas y generosas, vello púbico entrecano recortado. Entró bajo el agua primero, dejando que el chorro fresco le golpeara la espalda y el pecho, pezones endureciéndose al instante por el contraste frío-caliente. Giró hacia César, cabello mojado pegándose a su rostro y hombros en mechones oscuros y plateados, agua corriendo por sus curvas como ríos brillantes.

Mamá: —Ven… entra conmigo… quiero que me cojas por atrás aquí… bajo el agua… que me llenes la colita.

César se quitó la playera, entrando desnudo bajo el chorro. Ella se giró de espaldas, apoyando las palmas abiertas contra los azulejos fríos y húmedos, arqueando la espalda para ofrecerle las nalgas maduras y redondas. Agua fresca corría por su surco, mezclándose con el semen residual que aún goteaba de su panocha…

César tomó la botella del jabón líquido cremoso de lavanda y presionó un chorro generoso directamente entre sus nalgas, el líquido espeso y tibio resbalando por el ano, lubricando todo. Sus dedos callosos, resbalosos de jabón, empezaron a abrir despacio el esfínter: círculos lentos alrededor, luego uno, dos dedos entrando con facilidad, explorando las paredes lisas y calientes del recto, dilatándola con paciencia experta.

Mamá empujó hacia atrás instintivamente, gimiendo bajito, voz ronca y entrecortada.

Mamá: —Aaaay… a leguas se ve que eres un macho de nalgas, Cesarín… pero ve despacio, hace tiempo que no lo uso y con esa cosota me puedes desgarrar… despacito, por favor…

Él posicionó la cabeza gruesa contra su ano, empujó lento, centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo y profundo aaaay, el ardor inicial quemante convirtiéndose rápidamente en placer denso y expansivo, como si cada nervio de su interior se encendiera. Sentía la verga abriéndola sin piedad, pero con control, estirando las paredes internas del recto que se adaptaban alrededor del grosor venoso, llenándola de una plenitud abrumadora que le hacía jadear con cada respiración. El agua fresca corría por su surco, mezclándose con el jabón espumoso y creando una lubricación viscosa que facilitaba la entrada profunda; cada embestida producía un sonido húmedo plap-plap-plap que resonaba en el baño pequeño, mezclado con sus gemidos cada vez más altos.

Sus manos se aferraron más fuerte a los azulejos, uñas raspando la cerámica húmeda, mientras sus piernas temblaban abiertas, rodillas ligeramente flexionadas para bajar la altura y recibirlo mejor. César, una mano en su cadera sujetándola firme, la otra bajando a frotar su clítoris hinchado con dedos resbalosos, el doble estímulo haciendo que su cuerpo convulsionara. Ella arqueó la espalda más, tetas pesadas aplastadas contra los azulejos fríos, pezones endureciéndose al contacto helado, cabello mojado pegado a su espalda y cuello como una cascada oscura y plateada.

Mamá: —¡Aaaah… sí… más profundo… me estás partiendo rico… qué delicia… no pares… mi colita me arde, pero me encanta…!

El placer se acumulaba en capas: ardor dulce del estiramiento anal, plenitud que la hacía sentir completa, el roce rítmico de la verga dentro de ano rozando puntos sensibles, y el clítoris latiendo bajo sus dedos enviando descargas por todo su cuerpo. Se corrió con un grito ahogado, mientras su ano contraía en espasmos violentos que ordeñaban la verga, jugos vaginales chorreando por sus muslos mezclados con el agua jabonosa. Pero él siguió embistiéndola, mano en el clítoris acelerando, y ella sintiendo un segundo orgasmo casi inmediato, más profundo y anal, recto palpitando alrededor de su verga. Temblaba entera, lágrimas de placer mezclándose con el agua en su rostro sonrojado, gemidos convirtiéndose en aullidos roncos.

Mamá: —¡Me corro otra vez… me estás matando de placer… mi colita… ayyy… mi colita…! que ricooo… lléname… dame…!

César gruñó, acelerando hasta que se corrió dentro de ella, chorros espesos y calientes inundando su cola, desbordando con cada retirada parcial, semen blanco y jabonoso goteando por sus nalgas y muslos, el agua fresca lavándolo todo en un remolino pegajoso. Ella se quedó temblando contra la pared, colita dilatada y sensible palpitando aún, placer residual haciendo que su cuerpo se contrajera en réplicas suaves mientras él la abrazaba por detrás, besando su cuello húmedo, manos estrujando sus senos con ternura posesiva.

César se retiró lento, semen y lubricación goteando por sus nalgas, el agua fresca lavándolo todo. La abrazó por detrás, besando su cuello húmedo, senos estrujados con sus manotas, respiraciones agitadas sincronizadas haa-haa.

Salieron envueltos en toallas húmedas. En la recámara ella se sentó en la cama, cabello ondulado pegado a los hombros, piel olivácea brillosa.

Mamá: —Cesarín, gracias por ese masaje interno de matriz… y de entrañas. Ya me hacía falta… Pero sé que tu interés real es en Eleny, mi hija, con esa mirada fina y ese culito apretadito. Y a ti te encantan los culos, ¿verdad? El mío, el de ella… reviéntaselo bien, que se lo merece.

César: —No te equivocas. Pero tú eres un volcán insuperable.

Mamá: —En agradecimiento te voy a ayudar con ella. El Día del Padre viene. Yo me encargo. Tú tiéntala… y cuando la tengas, reviéntaselo bien, porque ese culito que tiene mi muñequita, se lo merece, la pobre… el pendejo de mi yerno seguramente no le da ni la mitad de lo que necesita.

César: —Voy a ajustar la bomba de la alberca para que la mandes a mi casa con ese pretexto. Ahí le daré una buena a… cogida… y le romperé el culo como se lo merecen las dos.

Ella sonrió, ojos brillando con complicidad.

Mamá: —Hecho. Pero antes de que llegue mi muñequito, dame una última sesión.

recostándose en la cama con las piernas abiertas de par en par…

Escuchando todo eso de boca de César, sentía un nudo en el estómago… pero también la panocha palpitando de nuevo, caliente y mojada. ¿Mi propia mamá había planeado que este cabrón me reventara el culo? ¿Y por qué carajos la idea me ponía tan cachonda? Pensé en su cuerpo maduro, en cómo se parecía al mío —esas caderas anchas, esas tetas pesadas, ese fuego en la mirada que heredé de ella—. ¿Sería que la sangre llama? Imaginé sus gemidos en la ducha, su ano contrayéndose como el mío cuando César me lo revienta, la misma verga llenándonos a las dos, madre e hija convertidas en putas para el mismo hombre.

La culpa me ardía en el pecho, pero el morbo era más fuerte: excitación prohibida, esa herencia genética cabrona que nos hace mojarnos por lo mismo; una buena verga. ¿Qué clase de Madre-Hija somos? Un par de putas, unidas por una verga más que cualquier cena navideña. Y lo peor: me encantaba, me hacía correrme solo de pensarlo, el chocho latiendo con cada imagen mental de nosotras dos gritando su nombre.

Bajé el rostro a su entrepierna y empecé a chupársela otra vez, saboreando el resto de su lechita mezclada con mi panocha y mi culo. Sabía a pecado y a morbo. Y me encantaba.

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1 COMENTARIO

  1. Simplemente la mejor. No hay categoría qué no domines y le des ese toque enfermo y morboso qué vuelve loco al lector. Esperando los demás relatos eleny mamasita. Besos y un apretón de culo ricura.

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