La limpiadora que quería ensuciarse

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Paz detestaba el olor punzante de la lejía, ese aroma químico que se le instalaba en la pituitaria y parecía recordarle su estatus de invisibilidad; sin embargo, encontraba un placer casi religioso en el orden.

Había algo terapéutico, una suerte de meditación forzada, en el acto de entrar en una casa ajena sumida en el caos y, a base de esfuerzo físico, dejarla impoluta. A sus treinta y tres años, fregar suelos era su medio de vida, pero también su armadura y su escondite perfecto. Nadie se detenía a mirar realmente a la chica de la limpieza; nadie se preguntaba qué tormentas se gestaban tras los ojos marrones verdosos de aquella morena de un metro sesenta y nueve, de sonrisa fácil, mirada tímida y una silueta que desafiaba los cánones de la ligereza.

En ese momento, Paz se encontraba de rodillas, frotando con ritmo metódico el mármol frío de un recibidor inmenso en la zona más exclusiva de la ciudad. Su respiración era un sonido pesado en el silencio de la mansión.

El uniforme —una casaca azul de tela sintética y unos pantalones elásticos— se ceñía a su cuerpo con una honestidad brutal, marcando sin piedad el contorno de sus ciento diez centímetros de pecho y ese culo rotundo y contundente que parecía tener vida propia, chocando con las esquinas en un recordatorio constante de su volumen. Paz no ignoraba que su cuerpo distaba mucho de las siluetas esqueléticas de las revistas que solía recoger de las mesas de centro, pero en su fuero interno conocía el poder de su propia carne: una superficie blanda, cálida y abundante donde los hombres, inevitablemente, deseaban perder el juicio.

Sin embargo, su timidez funcionaba como un grillete. Vivía con sus padres, en una habitación que todavía custodiaba los ecos de una adolescencia que se resistía a marchar, sin un solo juguete sexual que aliviara sus noches. Paz no buscaba el zumbido frío del plástico; ella tenía hambre de algo más primario: peso, autoridad y el calor de la carne real.

Al secarse el sudor de la frente con el antebrazo, la casaca se desplazó apenas unos centímetros, revelando en su clavícula el tatuaje que era su declaración de guerra y su confesión: «Todos somos locos a nuestra manera» y, justo debajo, la palabra «Guerrera». Era una letra de Melendi que definía su dualidad: una mujer sensible, defensora de los derechos humanos, capaz de llorar ante el sufrimiento animal, pero que en sus fantasías más oscuras suspiraba por ser atada, silenciada y reclamada.

Un sonido seco sobre el mármol recién higienizado la obligó a detenerse.

—Te has dejado una mancha —sentenció una voz masculina, profunda y despojada de cualquier intención de cortesía.

Paz levantó la vista. Se encontró con los ojos de Acemps, que la observaba desde una altura que la hacía sentir diminuta y, simultáneamente, expuesta. Él permanecía en el umbral, impecable, irradiando una superioridad que le provocaba a ella un nudo en el estómago y una humedad repentina e involuntaria entre las piernas.

—Perdón… —balbuceó, su impulsividad habitual asfixiada por la presencia dominante del hombre. Trató de repasar con el trapo una zona que ya brillaba bajo los focos.

—No en el suelo, Paz. En ti.

Acemps avanzó. Sus zapatos de cuero resonaron en el vacío de la casa como martillazos marcando el inicio de una sentencia. Paz permaneció congelada, arrodillada a sus pies, sintiéndose enorme, torpe y vulnerable. Él se agachó hasta que sus rostros quedaron a la misma altura, obligándola a sostener una mirada que parecía leer cada uno de sus secretos.

—Tienes una mancha de soledad encima que no se quita con lejía —continuó él, analizando sus mejillas encendidas y esa boca carnosa que traicionaba su disfraz de «niña buena». —Eres la buena de Paz, ¿verdad? La que cuida de todos, la simpática, la cariñosa.

Él estiró la mano y, con una lentitud calculada, tocó la tela tensa de su pantalón, justo sobre la curva de su cadera ancha.

—Pero yo sé lo que escondes bajo este uniforme de trabajadora honrada. Sé que no llevas bragas de abuela, Paz. Sé que ahí abajo, custodiando ese culo que tanto pesa, llevas una tira de encaje minúscula.

El corazón de Paz, el mismo que llevaba tatuado en un espejo en su brazo derecho, empezó a latir con una violencia que amenazaba con romperle las costillas. La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de una electricidad peligrosa: ¿Cómo podía saberlo?.

—Eres mi zorrita brasileña —susurró Acemps, bautizándola con un nombre que ella sabía que la perseguiría en sus sueños más inconfesables. —Y hoy no has venido a limpiar mi casa. Has venido a que yo limpie tu conciencia.

Paz sintió un calor repentino y líquido en el vientre. Su timidez, esa vieja compañera que la obligaba a bajar la cabeza en el supermercado, le imploraba que huyera hacia la seguridad de la casa de sus padres. Pero su impulsividad, la misma que la llevaba a defender causas perdidas, la mantuvo allí, arrodillada sobre el mármol, deseando que él la tratara como el objeto que en el fondo anhelaba ser.

—Levántate —ordenó él con una instrucción tranquila, como quien se dirige a una mascota amaestrada.

Paz soltó el trapo húmedo y se puso en pie con cierta dificultad; sus movimientos no tenían la gracia de una sílfide, eran pesados y contundentes. Al erguirse, sus ciento diez centímetros de pecho parecieron llenar el aire entre ambos, una barrera de carne suave que subía y bajaba con una respiración agitada. Por inercia, se alisó la casaca azul, intentando cubrir sus caderas anchas, avergonzada de su propio volumen frente a la mirada gélida del hombre.

—No te tapes —dijo Acemps, invadiendo su espacio vital—. A diferencia de las modelos esqueléticas de las revistas, tú tienes sustancia. Tienes peso. Y a mí me gusta que haya de donde agarrar.

Él le sujetó el brazo izquierdo, girándolo para exponer la tinta de su piel: «True Love» y las iniciales de sus abuelos. Sus dedos trazaron el tatuaje, provocando que Paz temblara de pies a cabeza.

—Eres una sentimental, Paz. Una romántica que cree en el amor eterno y en cuidar de los demás. —Su mano subió hacia el cuello, deteniéndose justo sobre la palabra «Guerrera». —La defensora de los derechos humanos, la que llora con los perros abandonados. Te pasas el día luchando ahí fuera, pero aquí dentro… aquí dentro estás harta de ser fuerte. Lo que quieres es perder todos tus derechos.

Con un movimiento rápido y posesivo, Acemps agarró un puñado de su culo gordo a través del pantalón elástico, hundiendo los dedos en la carne generosa. Paz soltó un jadeo ahogado; una descarga eléctrica fue directa a su entrepierna.

—Aquí dentro quieres ser una cosa. Quieres que alguien te quite la responsabilidad de ser “buena gente” y te permita ser simplemente un agujero obediente. —Sí… —confesó ella, su voz apenas un susurro—. Estoy cansada de ser buena.

Acemps deslizó su mano por la cinturilla elástica del pantalón y, sin previo aviso, tiró de la fina tira de encaje que encontró debajo. —Lo sabía —dijo con una satisfacción depredadora—. Una braga brasileña minúscula para un culo tan magnífico. Soltó la tira de golpe, provocando un chasquido agudo contra su piel: Plaf. Paz cerró los ojos, dejándose atrapar por la humillación placentera de ser reducida a su ropa interior y su volumen.

La condujo al salón principal, un escenario de cuero negro y sombras. —Quítatelo —ordenó él, señalando el uniforme azul.

Paz dudó un segundo, balbuceando que era «ancha». —Lo sé. He visto cómo te mueves al fregar y no quiero huesos. Quiero ver cómo tiembla todo eso. Ahora.

Paz obedeció. Se subió la casaca por la cabeza y sus pechos enormes, liberados de la tela pero atrapados en un sujetador color carne funcional, cayeron con todo su peso. Al bajarse los pantalones, quedó de pie, vestida solo con ese sujetador industrial y la minúscula braga negra que se perdía irremediablemente en la inmensidad de sus nalgas.

—Baja los brazos —ordenó Acemps—. Déjame ver el paisaje completo.

Caminó alrededor de ella como un tasador de ganado. Palmoteó su cadera con fuerza y la carne de Paz onduló bajo el impacto. —Suave. Blanda. Comestible. Te escondes tras tu simpatía para que nadie vea que eres una bomba de carne.

La empujó hacia el sofá de cuero; Paz tropezó y cayó de rodillas, con el pecho apoyado en el asiento. Se sintió atrapada, inmovilizada por el peso de él contra su espalda. Acemps le agarró el pelo moreno y tiró hacia atrás, obligándola a exponer su cuello.

—Eres tan pura, tan buena… —dijo él, y sin previo aviso, acumuló saliva y escupió directamente sobre su escote, en el valle profundo entre sus pechos.

Paz jadeó al sentir la saliva tibia resbalando por su piel. Él empezó a restregar el fluido sobre sus tetas con la mano abierta, masajeando la carne pesada con una brusquedad que la hizo vibrar. —Te encanta que te trate como a un trapo sucio. —¡Sí! —exclamó Paz, su timidez rota por la intensidad—. ¡Soy una cerda! ¡Soy tu zorrita!.

—Eres carne, Paz. Y hoy vas a aprender para qué sirve toda esa grasa que tanto te acompleja: sirve para amortiguar mis golpes.

Él le soltó el pelo y le propinó una nalgada sonora, un golpe con la mano abierta que hizo vibrar cada centímetro de su trasero: ¡Plaf! Paz gritó de pura gratitud erótica. —Eso es solo el calentamiento —anunció Acemps—. Ahora, quítate ese sujetador horrible. Quiero verlas caer. Quiero ver cómo pesan.

Los dedos de Paz temblaban con tal intensidad que los corchetes del sujetador parecían soldados enemigos resistiéndose a ser vencidos. Su respiración era un silbido ansioso y entrecortado; sentía la mirada de Acemps clavada en su espalda como una presencia abrasadora que la juzgaba y la deseaba a partes iguales.

—Eres lenta, Paz —gruñó él, perdiendo la paciencia.

Acemps apartó las manos de la mujer con un manotazo brusco. Paz soltó un pequeño grito cuando él agarró la tira trasera del sujetador y dio un tirón seco y definitivo. La tela cedió con un chasquido. Los tirantes resbalaron por sus hombros regordetes, pasando sobre el tatuaje de «True Love» en su brazo izquierdo, una ironía cruel en un momento donde no había espacio para el romance, solo para el dominio. El sujetador cayó al suelo como una bandera rendida.

La liberación fue inmediata y brutal. Sus pechos de ciento diez, enormes y pesados, cayeron por su propio peso, rebotando rítmicamente contra el cuero del sofá donde estaba apoyada. Paz cerró los ojos con fuerza, inundada por la vergüenza de la magnitud de su propia anatomía. Siempre había intentado ocultarlos bajo casacas holgadas, minimizando su presencia para no ser mirada.

—Míralas —ordenó Acemps, agarrándola del pelo para obligarla a observar su propio desamparo.

Paz obedeció. Vio sus propias tetas desparramadas sobre el cuero negro, blancas y turgentes, con los pezones oscuros endurecidos por el frío y el miedo. Aún conservaban el rastro brillante de la saliva de Acemps en el escote.

—Son inmensas —sentenció él. No era un cumplido; era una tasación de ganado. Acemps metió las manos debajo de ellas, sopesándolas con brusquedad. —Pesan una tonelada, Paz. ¿Cómo puedes cargar con esto todo el día mientras friegas suelos?. Están hechas para ser usadas. Para que me corra encima.

Él apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne blanda y dejando marcas rojas instantáneas. Paz gemía, atrapada en una mezcla humillante de bochorno y placer intenso. Entonces, el ambiente cambió. La temperatura pareció bajar unos grados mientras Acemps posaba una mano plana sobre su espalda baja. Su mano descendió por la curva de las nalgas hasta llegar a la tira de la braga brasileña. Con un dedo, apartó la tela hacia un lado, exponiendo el pequeño anillo muscular que Paz protegía con tanto celo.

Paz se congeló. El recuerdo de una experiencia pasada que había salido mal, un dolor antiguo y mal gestionado, la golpeó con la fuerza de un naufragio. Su timidez se transformó en pánico puro.

—No… —susurró, intentando cerrar las nalgas para protegerse. —Silencio —la cortó él, dándole una nalgada seca justo al lado de la zona expuesta: ¡Plaf!. —Sé que tienes miedo. Pero tú no eres una cobarde, Paz. Llevas tatuado «Guerrera» en la clavícula.

Acemps escupió de nuevo. Esta vez, el sonido fue distinto; no cayó en su pecho, sino justo ahí atrás, en su punto más vulnerable. La saliva tibia humedeció la entrada prohibida. Paz ahogó un sollozo; ser escupida en el culo fue la sensación más degradante que había experimentado nunca y, sin embargo, su coño empezó a palpitar con una violencia nueva.

—Las zorritas no tienen puertas cerradas para sus dueños —le susurró él al oído mientras su dedo, lubricado con saliva, empezaba a trazar círculos alrededor de su ano tenso.

El dedo de Acemps presionó el centro. Una promesa de invasión que hizo que la «Guerrera» de su tatuaje quisiera huir, mientras la «Zorrita brasileña» se estremecía de anticipación. Sin previo aviso, él metió su mano izquierda por debajo de su vientre, buscando su coño empapado. Empezó a masturbarla con un ritmo agresivo, frotando su clítoris con la palma abierta mientras sus dedos invadían su vagina.

—¡Ahhh! —gritó Paz, arqueando la espalda y empujando su culo hacia atrás sin querer. —Tu coño es una zorrita complaciente —le siseó él—. Deja que él convenza a tu culo.

Acemps acumuló más saliva y volvió a escupir sonoramente sobre el agujero de ella. Con la zona lubricada y la mente de Paz nublada, él empujó el dedo índice, rompiendo la primera barrera de resistencia.

—¡Duele! —lloró ella, enterrando la cara en el cuero. —El dolor es el precio por haber sido una cobarde —respondió él, empujando hasta que el nudillo desapareció dentro de ella.

Paz se sentía llena, estirada más allá de sus límites. Acemps metió un segundo dedo, estirando el anillo con crueldad calculada. —¡Es mucho! ¡Por favor! —suplicó ella. —No es mucho. Tienes caderas para parir y un culo para aguantar lo que sea —le recordó él mientras bombeaba con los dedos.

De repente, retiró los dedos, dejándola con una sensación de vacío insoportable. Paz escuchó el sonido metálico de una bragueta bajando. —Si te entregas, serás mía —le advirtió él.

Acemps se acomodó entre sus piernas abiertas y hundió las uñas en la carne blanda de sus caderas anchas para asegurar el agarre. Escupió una cantidad generosa de saliva en su propia mano y frotó la cabeza de su verga antes de presionar contra el anillo apretado de Paz.

—¡Ahhh! —Paz soltó un grito estrangulado, intentando avanzar, pero Acemps era una pared inamovible. —Quieta. Las guerreras no huyen del acero. Se lo tragan —gruñó él.

Empujó. La entrada fue lenta, una quemazón de fuego líquido que parecía partirla en dos. Siguió empujando milímetro a milímetro hasta que la verga estuvo enterrada hasta la mitad. Paz jadeaba, con el sudor pegándole el pelo a la frente.

—¿Te duele como aquella vez? —preguntó él. —No… —admitió ella. Era un dolor de posesión, no de desgarro.

Acemps empujó el resto de la longitud de un solo golpe seco. Paz arqueó la espalda y sus pechos enormes se balancearon con el impacto. Empezó a follarla por el culo con embestidas largas y profundas que golpeaban sus nalgas con un sonido rítmico: ¡Clac! ¡Clac!

—Mírame esas tetas —dijo Acemps, agarrando una de las masas calientes mientras la usaba—. Se mueven con cada embestida. Me encanta cómo rebotan mientras te uso.

¿Y tú?

Quizás tú también tienes un trabajo normal, una vida respetable, una familia que cree que eres una “niña buena”. Quizás tú también tienes complejos con tu cuerpo. Te miras al espejo y ves “demasiado”: demasiadas curvas, demasiado peso, demasiada carne. Piensas que a los hombres dominantes solo les gustan las flacas de revista. Qué equivocada estás.

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