La prueba de la esclava de látex

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Era un martes por la tarde, en un supermercado de las afueras. Las luces fluorescentes zumbaban suavemente sobre los pasillos casi vacíos cuando ella apareció, para sorpresa de todos los compradores, una mujer caminaba usando un traje de látex negro, que la envolvía como una segunda piel líquida y reluciente, el material era grueso, elástico y de un brillo casi húmedo, tan intenso que cada movimiento creaba ondas plateadas que recorrían su cuerpo. El cuello alto le llegaba justo debajo de la barbilla, dándole un aspecto elegante y severo al mismo tiempo. La cremallera central, fina y plateada, bajaba desde el cuello entre sus pechos, marcando una línea recta que acentuaba su figura de reloj de arena.

El látex se ceñía con fuerza a su cuerpo, que se expandía sobre sus caderas y glúteos en curvas perfectas y brillantes. Las mangas largas terminaban en guantes integrados que cubrían hasta sus dedos. Las piernas quedaban completamente moldeadas, mostrando cada músculo y curva, y terminaban en unas botas de tacón del mismo látex negro brillante, con plataformas que elevaban su estatura de forma provocativa.

Su cabello rubio rizado caía en cascada salvaje sobre sus hombros, contrastando con el negro intenso del traje. Caminaba despacio por el pasillo de conservas, el clic-clac elegante y seco de sus tacones resonando entre las estanterías. Cada paso hacía que el látex crujiera suavemente y brillara bajo las luces, como si su cuerpo estuviera cubierto de aceite negro.

La mirada de los demás compradores era de sorpresa, curiosidad y parte de muchos era de derecha lascivia, la esclava de látex se ruborizó un poco al sentir todos los ojos inquisidores sobre su cuerpo.

Entonces lo vio, al final del pasillo, apoyado contra una columna con los brazos cruzados, estaba él. Vestido completamente con un traje de motociclista de cuero negro, usando botas altas y guantes de cuero negro completaban el conjunto. Su postura era tranquila y dominante. La miraba fijamente, sin prisa, como quien observa una obra de arte que ha creado con sus propias manos.

Ella se detuvo. El corazón le latió con fuerza dentro del traje apretado. Bajó la mirada al suelo un segundo, en un gesto automático de respeto, y luego la levantó lentamente hasta encontrar los ojos de él. Una sonrisa tímida, casi sumisa, curvó sus labios. Él no habló. Solo descruzó los brazos y extendió una mano enguantada hacia ella, con la palma hacia arriba. Una orden silenciosa. Ella obedeció de inmediato.

Caminó hacia él con pasos cortos y elegantes, balanceando las caderas de forma controlada. El látex brillaba y se estiraba con cada movimiento, reflejando las luces del supermercado. Cuando llegó frente a él, se detuvo a poca distancia, tan cerca que podía oler el aroma intenso del cuero de su ropa.

Sin que él dijera una palabra, ella bajó lentamente la mirada, entrelazó las manos a la espalda y separó ligeramente los pies dentro de las botas de tacón. Era la postura que él le había enseñado: hombros relajados, pecho hacia afuera, cabeza ligeramente inclinada hacia abajo en señal de entrega. El traje brillaba aún más en esa posición, acentuando cada curva como si estuviera expuesta solo para él.

Él dio un paso adelante. Con dos dedos enguantados le levantó la barbilla con suavidad, pero firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos.—Buena chica —murmuró con voz grave y profunda—. Has pasado la prueba de sumisión, Te has vestido exactamente cómo te ordene y pese a tu reticencia inicial debido a la vergüenza publica igual por complacer a tu señor saliste a la calle, a realizar las compras, tal como te ordené. Ella tragó saliva. Sus mejillas se tiñeron de un leve rubor.—Solo para ti, amo —respondió en un susurro casi inaudible.

Él sonrió con satisfacción. Deslizó la mano lentamente por su cuello de látex, siguiendo la línea de la cremallera hasta el centro de su pecho. Allí se detuvo, sintiendo cómo el material subía y bajaba con su respiración acelerada. No presionó. Solo la tocó. Solo la reclamó.

Ella permaneció completamente quieta, con las manos aún a la espalda, dejando que él la inspeccionara. Cada vez que él movía los dedos, ella sentía un escalofrío recorrerle la espina dorsal. El látex parecía volverse más sensible, más apretado. Bajó los ojos de nuevo, incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo, se arrodillo frente a la vista de todo el mundo y con las manos detrás de la espalda susurró—Estoy aquí para servirte… como tú quieras.

Él inclinó la cabeza ligeramente, complacido. Con la otra mano le acarició el cabello rubio, apartando un mechón de su rostro con ternura dominante. —Entonces termina lo que viniste a hacer —dijo en voz baja—. Recoge lo que necesitamos y nos vamos a casa. Esta semana quiero que me sirvas con ese con ese traje puesto, tal como estás ahora. Ella sintió que las rodillas le flaqueaban dentro de las botas altas. Un calor intenso se extendió por su cuerpo, concentrándose bajo el látex apretado.—Sí, amo —respondió con voz suave y temblorosa, llena de devoción—. Haré todo lo que me pidas. Soy tuya.

Él asintió una sola vez, retiró la mano de su barbilla y dio un paso atrás, observándola con orgullo posesivo.—Entonces camina delante de mí. Quiero verte moverte en ese traje mientras terminas las compras. La esclava giró lentamente sobre sus tacones, ofreciéndole la vista completa de su espalda y sus glúteos perfectamente moldeados por el látex brillante. Con las manos aún entrelazadas a la espalda durante unos segundos más, como muestra final de sumisión, comenzó a caminar delante de él. Cada paso era una ofrenda. Cada reflejo del látex bajo las luces era un recordatorio de a quién pertenecía.

Y mientras avanzaba por el pasillo, sabiendo que él la seguía con la mirada, ella sonrió para sí misma, feliz y completamente entregada. Porque esa noche, cuando llegaran a casa, empezaría para el goce de ambos la entrega de la esclava de látex a su amo durante el tiempo que él deseara… envuelta en su brillante segunda piel y el corazón latiendo solo para su amo.

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