La puritana de la oficina (1)

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Era lunes por la mañana y Valeria acababa de cumplir 24 años. Recién egresada de la universidad, con un título en administración de empresas que sus papás habían pagado con sacrificios interminables: el papá cargando sacos en un mercado mayorista desde las cuatro de la mañana, la mamá limpiando casas ajenas hasta que le dolían las rodillas. Vivían en un apartamento chiquito en las laderas de Medellín. Valeria era la primera en la familia en terminar una carrera, y el orgullo de sus viejos.

Pero el título no bastaba; necesitaba un trabajo ya, para ayudar en casa y no ser una carga más. Así que aceptó el puesto de asistente administrativa en esa empresa pequeña de importación de repuestos: tres oficinas polvorientas, cinco empleados callados y un jefe que decidía todo.

El jefe se llamaba don Gustavo. 55 años, barriga grande, pelo gris escaso peinado con gomina barata, cara redonda llena de poros abiertos como cráteres.

Valeria entró el primer día con una blusa blanca de manga larga abotonada hasta el cuello, falda lápiz negra que le llegaba justo debajo de la rodilla y zapatos bajos cómodos, de los que usaba en la uni para no cansarse caminando. Pelo castaño oscuro recogido en una coleta alta y prolija, sin maquillaje más que un toque de polvo para disimular el brillo de la piel. Quería verse seria, profesional, como la puritana que siempre había sido: virgen hasta los 22, cuando se entregó a su noviecito de la facultad en una noche torpe y rápida que no le dejó más que decepción.

Pero joder, Valeria era una bomba sin saberlo. Su cuerpo era el de una veinteañera fresca, sin una marca de vida dura: tetas altas y firmes, dos globos redondos y pesados que se balanceaban con cada paso, pezones rosados que invitaban a chuparlos hasta hacerla gemir. Culo perfecto, nalgas tensas que se movían con un vaivén hipnótico cuando caminaba. Piernas largas y morenas, muslos gruesos pero suaves, con esa carne que temblaba apenas al tacto, y ojos cafés grandes que miraban con inocencia.

Don Gustavo la recibió en su oficina con una sonrisa que se le quedó clavada en el escote cerrado de la blusa, aunque no se viera nada. Sus ojos bajaron despacio por el cuerpo de ella, deteniéndose en las tetas que se marcaban sutilmente contra la tela blanca.

—Bienvenida, Valeria. Aquí somos como familia, mija. Siéntate, siéntate.

Ella se sentó con las piernas juntas, la carpeta en las rodillas, sintiendo un escalofrío cuando él se quedó de pie un rato más de lo necesario. Su barriga casi rozaba el brazo de ella.

—Vas a estar bien aquí. Pero… hay que adaptarse al ambiente, ¿sí? Esto no es una universidad ni una oficina de abogados. Aquí la gente se siente cómoda. Relajada. Mirá, por ejemplo, esa blusa… está muy tapada para el calor que hace. Desabotonate dos botones, mija. Para que respires mejor. No pasa nada, es solo para que estés más fresca.

Valeria se puso roja al instante, las mejillas ardiendo como si le hubieran echado agua caliente. Bajó la mirada a sus manos, que apretaban la carpeta con fuerza.

—Don Gustavo… es que… yo no suelo… no me siento cómoda con el escote.

Él se rio , acercándose un paso más. Su barriga casi tocaba el hombro de ella.

—No seas tímida, Valeria. Acá nadie te va a juzgar. Es más, los clientes que vienen a la tienda se fijan en detalles como ese. Una sonrisa bonita y una blusita un poquito más abierta… y firman el pedido sin chistar. Desabotonate, mija. Solo dos botones. Confiá en mí, es por el bien de la empresa…

Valeria dudó. Pensó en sus papás, en el papá levantándose a las tres de la mañana para cargar sacos, en la mamá con las manos hinchadas de tanto limpiar. El sueldo era el doble de lo que ganaba cualquier compañera de la uni. Con los dedos temblorosos, levantó una mano y desabotonó el primero del cuello. El brasier blanco asomó apenas, el inicio del valle entre sus tetas. Luego el segundo. Ahora se veía claramente la curva superior de sus globos redondos, la piel tersa y morena contrastando con la tela blanca, los pezones rosados.

—Así, así… mucho mejor —dijo don Gustavo, recostándose en la silla con una sonrisa , los ojos clavados en el escote—. Mirá qué lindas tetas tenés, mija… parecen de revista.

Valeria se cruzó de brazos instintivamente, intentando cubrirse un poco, pero solo consiguió que sus tetas se levantarán más.

—Gracias… don Gustavo —murmuró, voz baja y temblorosa—. Voy a… a mi escritorio.

Salió de la oficina. Sentía las miradas de los otros empleados (aunque ninguno dijo nada), y sobre todo sentía el calor subiéndole por el cuello. Se sentó en su puesto, intentando concentrarse en los papeles, pero cada vez que respiraba hondo sus tetas subían y bajaban, el escote abierto recordando que ya no era la misma puritana de la uni.

Alrededor de las once de la mañana llegó el primer cliente del día: un señor de unos 40 años, mecánico de taller, con overol manchado de grasa y cara de pocos amigos. Venía a recoger un pedido de bujías y filtros. Valeria se levantó para atenderlo en el mostrador de la entrada, como le había indicado don Gustavo.

—Buenos días, señor. ¿En qué le ayudo?

El hombre levantó la vista del celular y se quedó congelado un segundo. Sus ojos bajaron directo al escote abierto: las tetas altas y firmes de Valeria casi desbordando la blusa, la piel tersa brillando bajo la luz fluorescente, los pezones rosados marcándose como dos puntitas duras contra la tela fina. Tragó saliva audiblemente, la cara enrojeciendo.

—Eh… sí… vengo por el pedido de… eh… bujías NGK para un Toyota.

Valeria se inclinó un poco para buscar la factura en el archivador bajo el mostrador. Al hacerlo, el escote se abrió más, dejando ver casi todo el brasier blanco y la curva superior de sus pechos. El mecánico se quedó mirando fijo, la respiración acelerada, ajustándose disimuladamente el overol en la entrepierna.

—Aquí tiene… son 450 mil. ¿En efectivo o tarjeta?

El hombre apenas escuchaba. Sus ojos seguían clavados en las tetas, imaginando cómo se sentirían en sus manos.

—Tar… tarjeta —balbuceó, sacando la billetera con manos temblorosas—. Oiga… usted… ¿es nueva aquí? Porque… joder, qué cambio.

Valeria se sonrojó hasta las orejas, enderezándose rápido y cruzando los brazos sobre el pecho.

—S-sí, empecé hoy. Gracias por el pedido.

Don Gustavo, desde la puerta de su oficina entreabierta, lo vio todo. Sonrió con dientes amarillentos, ya pensando en el siguiente paso para mañana.

—Buen trabajo, mija —le dijo cuando ella pasó cerca—. Ves? Los clientes contentos firman más rápido. Mañana…

Al día siguiente, Valeria llegó a la oficina con el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Había pasado la noche dando vueltas en la cama, pensando en las palabras de don Gustavo, en la mirada del mecánico, en cómo sus tetas altas y firmes se habían sentido expuestas bajo esa blusa abierta. Se había prometido a sí misma que no iba a ceder más: solo un botón desabrochado y nada más. Se puso una blusa celeste clara de manga larga (más discreta que la blanca, pensó), abotonada hasta el segundo botón desde arriba, y una falda larga hasta los tobillos, gris oscuro, de las que usaba en la universidad para las presentaciones importantes. Zapatos bajos, pelo recogido en la coleta alta de siempre. Quería recuperar el control, volver a ser la Valeria seria, la que sus papás veían con orgullo.

Pero apenas cruzó la puerta principal, sintió las miradas. Los empleados —que ayer habían sido discretos— ahora la observaban de reojo, como si esperaran algo. Ella se sentó en su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho para cubrir el leve escote que dejaba el botón abierto, sintiendo cómo sus tetas pesadas se apretaban contra la tela, los pezones rosados rozando el brasier simple y endureciéndose por los nervios.

Don Gustavo llegó media hora después, con su paso pesado y el olor a tabaco precediéndolo. La vio desde la entrada, y su sonrisa se torció en una mueca de decepción fingida. No dijo nada al principio. Pasó por su lado sin saludar, entró a su oficina y cerró la puerta. Minutos después, la voz ronca salió por el intercomunicador:

—Valeria… vení un segundito.

Ella tragó saliva, se levantó con las piernas temblorosas y caminó hacia la oficina. El culo perfecto, alto y redondo, se movía bajo la falda larga con menos gracia que el día anterior, pero aún así hipnótico, las nalgas tensas marcándose sutilmente contra la tela gruesa cada vez que daba un paso.

Entró y cerró la puerta como él le había enseñado. Don Gustavo estaba de pie detrás del escritorio, con la camisa desabotonada hasta la mitad del pecho velloso y sudoroso. La miró de arriba abajo: la blusa celeste cerrada, la falda hasta los tobillos, los zapatos bajos. Su expresión cambió a una mezcla de burla y autoridad.

—Acercate, mija.

Valeria dio dos pasos inseguros. Él se movió rápido para un hombre de su tamaño: rodeó el escritorio y se colocó justo detrás de ella. Sus manos grandes y ásperas se posaron en los hombros de Valeria, dedos gordos apretando ligeramente la tela de la blusa. Ella se tensó al instante, el cuerpo rígido, pero no se apartó. Se quedó quieta, sumisa, mirando al frente, sintiendo el calor de la barriga de él presionando contra su espalda baja.

—¿En qué quedamos ayer, Valeria? —murmuró él cerca de su oído, —. Te dije blusa abierta hasta el segundo botón. Te dije tacones. Y vos venís con esta… esta falda de monja y un solo botón suelto. ¿Te estás haciendo la difícil, mija?

Valeria bajó la mirada, las mejillas ardiendo.

—Don Gustavo… es que… ayer fue mucho. Me dio vergüenza con el cliente. No quiero… no quiero que me miren así. Yo vine a trabajar, nada más.

Él soltó una risa baja, húmeda. Sus manos bajaron despacio por los brazos de ella, hasta llegar al escote. Con dedos torpes pero decididos, tomó el segundo botón de la blusa celeste y lo desabrochó sin pedir permiso. La tela se abrió más, dejando ver el inicio profundo del valle entre sus tetas altas y firmes. Aprovechó el movimiento para rozar con los pulgares la curva superior de los globos redondos, sintiendo la piel tersa y caliente bajo sus yemas ásperas. Valeria soltó un jadeo corto, incómodo, el cuerpo temblando.

—No… por favor… —susurró ella, voz quebrada, pero no levantó las manos para detenerlo. Se quedó quieta, sumisa, los brazos colgando a los lados mientras él seguía tocando, deslizando los dedos por el borde del brasier blanco, rozando apenas los pezones rosados que ya estaban duros por la mezcla de vergüenza y el roce inesperado.

—Shhh, mija… mirá cómo se te paran. Decís que no, pero tu cuerpo dice otra cosa —gruñó él, presionando un poco más fuerte contra su espalda, la barriga aplastándose contra su culo perfecto aunque la falda larga lo cubriera—. Esto no es opcional, Valeria. Mañana vas a venir con lo que yo diga.

Valeria cerró los ojos, una lágrima resbalando por la mejilla. Sentía las manos de él todavía en su escote, los pulgares rozando los pezones endurecidos en círculos lentos, aprovechando que ella no se movía.

—Está bien… —murmuró al fin.

Don Gustavo soltó una risa satisfecha, le dio un último roce a una teta —apretando suave pero firme— y se apartó.

—Buena chica. Ahora volvé a tu escritorio. Y dejá los dos botones abiertos todo el día. Quiero verte atender clientes así… con esas tetas lindas bien a la vista.

Valeria salió de la oficina con las piernas flojas, el escote abierto dejando ver la curva de sus tetas.

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