Hace un mes llegó de cambio a la empresa Alondra. Una güerita hermosa, de unos 33 años, caderas prominentes, piernas preciosas y sobre todo unos pies muy hermosos.
Siempre vestía de manera muy sexy con mini faldas, jeans ajustados y nunca faltaban tacones abiertos, flats, sandalias y sus uñas pintadas de acuerdo a la ropa o zapatos.
Llegó para suplir a mi jefe por lo que trabajaríamos juntos. Yo estoy en el turno matutino y Alondra al estar a cargo del área rotaba entre el primer y segundo turno, por lo que la veía muy poco.
Un día platicando con un compañero que estaba más tiempo con Alondra me dijo que ella es muy agradable y que por lo bonita que es todos siempre le hacían cumplidos y se la querían ligar pero a pesar de eso nunca fue grosera o creída.
Al poco tiempo empecé a llevarme bien con ella. Platicábamos de nuestras vidas, bromeábamos y reíamos mucho, pude confirmar que es una persona muy agradable y nada mamona.
Recuerdo que un día llevó unos tacones
negros de punta abierta y las uñas perfectamente pintadas de color rojo, yo sólo veía sus pies y fantaseaba.
De la nada hizo un movimiento con su silla y se dio un golpe en el pie, se quejó e inmediatamente se sobó un poco cohibida.
—¿Estás bien?—. Pregunté.
—Sí, no fue nada—. Respondió sonriendo.
Seguimos trabajando. Me levanté para ir por agua y me percaté que se sobaba el pie mientras se quejaba.
—¿Todo bien?
—Sí me duele, creo que sí me pegué feo —respondió mientras se quitaba la zapatilla—. Mira está rojo—. Dijo elevando un poco su pie.
—¿Te duele mucho?—. Pregunté “preocupado” mientras acariciaba el dorso de sus dedos.
—No mucho pero sí.
Me dejó seguir acariciando sus dedos mientras sonreía.
—¡Te lavas las manos eh!—. Dijo riendo.
—¡Ja! He tocado cosas verdaderamente sucias, tu pie está muy limpio—. Respondí bajando un poco la cabeza y le di un beso en el pie, me llegó un delicioso olor al interior de la zapatilla, ella se sonrojó, dijo que estaba bien y retiró su pie.
Los siguientes días nos mandábamos mensajes y cada que nos saludábamos nos abrazábamos y le daba un beso en la comisura de los labios, pero no pasaba de ahí y no me quitaba de la cabeza que quería volver a besar sus pies.
Dos días antes de que Alondra regresara a su sucursal me pidió que me quedara en el segundo turno para ayudarla a preparar los envíos de material a otras sucursales.
Decidí hacerle un regalo y así poder acercarme otra vez a sus pies. Le mandé a hacer una tobillera de plata y compré una crema para masaje.
Ese día estuvimos preparando los envíos en el almacén.
—Ya me quiero ir, tengo hambre y sueño—. Dijo exhausta.
—Sí yo también.
—A parte estas zapatillas ya me cansaron.
—Te tengo un regalo—. Respondí con un poco de miedo.
—¿Qué es?—. Dijo sorprendida.
—Cierra los ojos.
Tomé su pie y lo subí a mi rodilla, le puse la tobillera, abrió los ojos.
—Está bonita, ¡gracias!—. Dijo feliz.
—Te tengo otro regalo pero necesito quitarte la zapatilla.
Saqué la crema y comencé a masajear su piecito, ella me decía que le daba pena pero que me permitía seguir haciéndolo. Ya cuando la vi más relajada le daba besos en el dorso del pie, luego empecé a lamer sus plantas, lisas y blanquitas, me dijo que parara porque alguien podría entrar.
—Está bien pero déjame masajear tu otro pie—. Respondí.
—Okis, deja me quito la zapatilla.
Pude ver casi en cámara lenta cómo se la retiraba y me la ponía en las manos.
Para poder tener mi fantasía completa me hinqué y ella al no poder dejar su pie en mi rodilla, puso el primer pie en mi hombro mientras que yo cogía el recién salido de su zapatilla y comencé besarlo todo; talón, planta, dorso, dedo por dedo, aspirando ese delicioso olor de su piel calientita, me sentí tan bien hincado ante ella, con sus pies en mis manos y boca mientras ella se encontraba en su gran silla, era como estar postrado a los pies de una diosa. Ella me miraba con gusto mientras yo me comía sus pies y olía el interior de sus zapatillas.
Después de un rato me dijo que ya era tarde.
Di un último beso a cada pie, tomé sus zapatillas y se las puse delicadamente.
Sonó su teléfono, me dijo que era su esposo, que ya iba a pasar por ella a recogerla.
—Hoy es mi último día aquí y debo regresar a Guadalajara—. Me dijo triste.
Me abrazó pero busqué sus labios y nos dimos un delicioso beso, ya movido por la lujuria acaricié sus nalgas apretándolas, ella me agarró la verga y nos volvimos a besar.
Salimos juntos.
—Cuídate mucho nene—. Dijo mientras me daba un beso en la mejilla y se subió al auto que la esperaba.
Seguimos escribiéndonos y me ha compartido varias fotos de sus pies.
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