Mesera (2)

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T. Lectura: 9 min.

–No mames ¿de verdad te lo cogiste?

Me preguntan mis amigas entre risas y caras de asombro antes de entrar al trabajo.

–y también se la chupé, les comento triunfante

–¡así que también te gustan los licuados de plátano! me dicen entre carcajadas

La vedad es que me siento a gusto, no soy una ninfómana ni mucho menos, simplemente me siento a gusto, me digo a mí misma, además, solo fue un momento de locura, de desfogue.

Las jornadas de trabajo siguen, pero ahora me siento más segura, mas tranquila, volvemos a la rutina en el turno vespertino, salgo, llego al paradero de autobuses, pero igual y ya no acepto sentarme al lado de don Oliverio y el tampoco hace por invitarme a sentarme a lado suyo, posiblemente y para él igual fue solo un pasatiempo o una puta más para su colección.

A pesar de ser una mesera amable y desde mi encuentro con Oliverio, más sonriente y relajada, nadie va más allá de chulearme o de decirme cosas lindas o subidas de tono, quizá porque van acompañados de sus viejas, me digo a misma.

En fin, todo transcurre con normalidad hasta que de nuevo al cambiar de turno llego al paradero y ya no está don Oliverio o el toro como le dicen, es el mismo camión, pero ya es otro chofer, al principio no le doy importancia, pero al paso de los días la curiosidad me vence y animándome le pregunto por el toro.

–Es mi papá, me dice el nuevo chofer

–Y ¿Cómo está? ¿Por qué ya no ha venido? Le pregunto

–Pues ya ve señorita, broncas que tuvo con mi jefa, por andar de caliente, me dice entre risas

No quiero pensar que fue por mí, me repito una y otra vez, además ¿Por qué habría de preocuparme? Cambio de turno de nuevo.

Mi esposo es vigilante en un centro comercial y nos vamos juntos cuando entro en el turno matutino, llegamos al paradero y nos formamos en la larga fila para abordar el camión, de repente lo veo ahí, en el otro anden a lado de su camión, ¡es don Oliverio! sin embargo, lo veo discutiendo con la que al parecer es su mujer, la sonrisa se borra de mi rostro, trato de disimular, pues esta mi marido a mi lado.

–Pásenle al otro camión, nos dice el hijo de Oliverio, el otro ya se llenó, dice, corriendo nos dejamos ir en estampida para alcanzar algún asiento vacío.

Con cierto nerviosismo busco a Oliverio por entre las ventanillas, justamente cuando el camión se pone en marcha, el alcanza a subirse en el estribo ante los reclamos de su mujer y las risas de los otros choferes que lo observan, su mirada choca con la mía de vez en vez poniéndome nerviosa, hace frío, estoy vestida con unos mallones tipo mezclilla ajustados, mi sudadera negra tipo polo, unos tenis y una chaqueta larga y muy gruesa de color negro. sin nada existente que diera paso al morbo, sin embargo, su mirada me inquieta.

Debo admitir, que siempre hay alguien que me observa y eso me produce cierta sensación de expectativa por lo que pueda suceder, pero esta vez es diferente, me siento alagada, motivada, nerviosa.

El autobús se detiene en el centro comercial y yo me bajo con mi marido tomándolo del brazo, lanzo una sonrisa al toro, el me corresponde sonriendo y de repente siento ese extraño rubor en mis mejillas, algo que no me había pasado antes, mi marido ni en cuenta, ¿Cómo va a sospechar de su siempre fiel esposita? me encamino hacia la puerta del centro comercial, abrazada a mi marido, pensando en que quizá solo es producto de mi imaginación, pero muy dentro de mí, deseo saber si el me sigue observando.

Después de dejar a mi marido en su caseta de vigilante y despedirme con un tierno besito, me reporto enferma al trabajo, después de todo es la primera vez que falto.

Me queda tiempo de sobra, así que recorro local tras local del centro comercial, un poco cansada me detengo en el barandal del segundo piso para observar a la gente, de repente, lo veo a lo lejos, recorriendo el largo pasillo central buscando algo entre local y local.

Emocionada, sin saber porque, realizo los movimientos necesarios de modo que al doblar en el próximo pasillo me encuentro frente a frente con él.

–Hola, buenos días, me saluda muy atentamente, raro en un naco como él, yo respondo con una sonrisa.

–Uf, hace calor… le digo quitándome el abrigo girando y quedando de espaldas a él.

Comienzo a caminar hacia la salida mostrándole mi inquietante anatomía, miro mi figura en los gruesos ventanales de los locales, soy bonita, me digo, tengo buenas formas, por reglamento de trabajo debo mantener una buena figura de medidas casi perfectas, no he tenido hijos, soy morena clara, menudita, 1.65 de estatura, cara afiladita, mi corte de tipo oriental, agrega un toque especial a mi aspecto.

Puedo sentir su mirada diseminada sobre mi cuerpo, aún a pesar de ir hablando por teléfono con alguien, generalmente siempre atraigo las miradas de los hombres sobre mi cuerpo, pero su mirada es la mirada de un macho vulgar y corriente de esas miradas que desnudan, que hacen sentir sensaciones raras que pocos pueden hacer sentir.

Llegamos al final del último pasillo, él me sigue a unos metros de distancia, me deja libre, seguramente porque siente que de todos modos me tiene.

–Perdón señorita, no se vaya a resbalar, me dice tomándome de la mano, al fin rompe el hielo, nos encaminamos por el estacionamiento subterráneo platicando de cualquier cosa, su picardía de chofer me hace reír en todo momento, me dice su edad, el lugar donde nació, el nombre de sus compañeros.

–No, en serio, estas muy buena

–Gracias, le contesto

–Me cae que te pareces a las fotos de las chavas que salen en las revistas y en una de esas, estas tan bonita como la virgencita verdad de dios, estallo en carcajadas.

–Bueno, ¿ya me voy ok? le lanzo una sonrisa entre nerviosa y coqueta

–¿por qué? dame una buena razón me dice tomándome del brazo

–Su vieja, le contesto y me hecho a reír

–No mames ¿no te acuerdas de la cogida que te metí?

–Mire ahí viene su mujer, creo que le hablan, el voltea a todos lados espantado mientras me echo a reír

Estamos en una gruesa columna donde no hay luz, con fuerza me toma de la cintura por sorpresa, me besuquea la cara y el cuello mientras yo intento apartárteme de él.

–Déjeme, váyase con su vieja, déjame en paz, le digo, el me toma del brazo y me guía hacia la avenida sonriendo para mis adentros, obviamente no hago nada por escapar.

Comienza a llover torrencialmente, me coloco mi abrigo y el me abraza para protegerme de la lluvia, nuestro abrazo se interrumpe por la voz de su hijo.

–Creo que lo buscan, le digo, de forma mordaz y sarcástica, separándome de él, pero el me atrae hacia su cuerpo y me abraza de nuevo mientras le dice a su hijo con autoridad que le deje el camión.

–Su hijo me mira, no dice nada, se retira mientras el toro intenta besarme de nuevo, me sube con autoridad al camión, el maneja molesto, yo solo atino a mirarlo.

Moreno, viejo, no gordo ni delgado, curtido, de pelo entre cano así como su bigote bien recortado y con canas, se quita su chamarra, veo sus brazos delgados pero fuertes y correosos voltea a verme, le sostengo la mirada y de nuevo voltea hacia el frente, llegamos a un lugar que al parecer es un paradero abandonado, así bajo la lluvia me mete a una especie de caseta, donde solo hay un catre, una mesa pequeña y un baño.

–Ahora si lindura, vamos a aclarar lo nuestro

–¿Lo nuestro?, entre nosotros no hay nada, vaya con su vieja de seguro lo ha de estar esperando

–pinche escuincla mamona, nada de eso cabrona, me dice, mientras sus manos se apoderan de mis nalgas, apretándolas fuertemente contra él.

–Te voy a demostrar que soy el hombre que necesitas cabrona, me dice acercándose a mí, me quita el abrigo, la sudadera, el brasier.

–Estas bien buena, te voy a gozar hija de la chingada, me dice al oído con lujuria y deseo, cierro los ojos al sentir como coloca su cabeza sobre mis pechos

–¿Te gusto verdad mamacita? pinche escuincla cabrona lo note desde nuestra primera vez.

Como un perro hambriento, muerde, lame y succiona mis pechos, mientras sus manos masajean rítmicamente mis nalgas por encima de mi mallón, beso su cuello y su oreja dando pequeños gemiditos, por un momento se separa, me contempla.

–Nada que ver con los pinches calcetines con canica de mi vieja me dice mirando con emoción mis firmes y redonditos melones.

Ahora las agarra con furia, las chupa, las muerde, las lengüetea, observo como locamente no para de chupar mis pechos, así como estoy, volteo hacia arriba disfrutando y gimiendo de la emoción, me quita el mallón, se acerca a mi vagina,

–Hum, está bien depiladita, brama mientras empieza a succionar y a meter su lengua en ella, con mis manitas tomo su cabeza y lo empujo hacia mí para que siga chupando más, mis deliciosos gemidos, contenidos por mucho tiempo para un verdadero macho como el, salen desmesurados acompañando sus lamidas haciéndome disfrutar como nunca, no se detiene hasta que me hace venir en un delicioso orgasmo que el recibe sonriendo, me dejo ir sin ningún pudor, embarrándole toda la cara, los ojos, la nariz, los dientes, ¡todo! Hasta terminar.

Se incorpora limpiándose mis jugos de la cara como puede, hace que me siente en la orilla del viejo camastro, se desnuda, se para frente a mí, su verga ya está completamente parada, desesperada por las caricias que va a recibir, acerco mi mano, la atrapo, esta dura y caliente, empiezo a masturbarlo despacio, con mi otra mano acaricio sus velludas bolas, la aprieto con fuerza y comienzo con un frenético sube y baja; mi respiración es agitada, mis tímidos gemidos delatan los instintos de puta que se empiezan a liberar.

–Así me gusta, ah ¡chúpamelo! Me ordena mientras aprieta mis tetas

–Estas tetas me fascinan, chichis jóvenes, chichis de vaca en celo ¡chúpame la verga chingada madre!

Bruscamente y sin esperar, agarra mi cabeza con una mano y con la otra me mete su macana en la boca, se la mamo muy fuerte, con frenesí, con lujuria, pasado un rato me la saco de la boca y le suplico que me la meta, que ya no aguanto más.

Sonriendo me separa las piernas haciendo que recueste en el camastro, se acomoda entre ellas, tomo su verga con mi manita y la acomodo a la entrada de mi vagina, me mira, agarro mis tetas con mis manos le sonrío anhelante mientras me dejo penetrar por el viejo, lo siento avanzar lentamente, sin prisas, apresuro la penetración empujándome contra su cuerpo, quiero sentirla toda dentro de mí, el toro empieza a bombearme como desesperado, suelta mis piernas y se deja caer sobre mí, siento su respiración en mi nuca, lo abrazo con todas mis fuerzas

–Ah, vamos, deme, mas, mas, lo aliento

–¿Su vieja tienen el mismo cuerpo que yo? Le ladro al oído

–¡No! Me contesta

–¿Se la chupa como yo?

–¡No! Me bombea más fuerte

–¿está igual de joven que yo?

–¡No! Me pistonea con furia

–¿Brama como yo?

–¡No! Me grita, mientras siento sus gruesos chorros de semen golpetearme el útero como nunca había sentido en mi vida, nos aferramos como animales en celo, le beso los ojos, los labios el cuello, lo que encuentro a mi alcance mientras lo siento terminar.

El toro me acomoda bien sobre el camastro y se deja caer a lado mío, exhausto, cansado mientras lo observo, parece mentira, este viejo me ha hecho sentir una verdadera hembra, voltea, me observa.

–¿Que? Le pregunto sonriente

–Que buenas nalgas tienes mamacita, se me antojan, quiero meterla por ahí, me dice mientras me atrae hacia su cuerpo dándome un par de nalgadas.

¿Por qué no le digo nada? No sé, en este momento me siento una mujer libre de prejuicios e inhibiciones, recuerdo las pláticas de mis compañeras con sus maridos o con sus amantes y quiero experimentar, así que me dejo llevar por el toro, asintiendo con la cabeza sonriente.

Sorprendido, como niño con juguete nuevo, me acomoda en cuatro de nuevo a la orilla del camastro, me encaja la lengua en el ano, dándome una comida de lujo, me masturbo metiéndome dos deditos en la vagina mientras siento sus lametones en mi orificio anal explotando en un orgasmo interminable, lo que mi viejo fornicador aprovecha para tomar la cabeza de su miembro y colocarla a la entrada de mi ano con rapidez, mientras toma mi cintura con sus manos calludas y ásperas, aun con los estertores de mi orgasmo me empujo hacia el, viendo que no se anima a hacerlo.

Siento a mi invasor penetrando mis entrañas, es algo raro, quiero sacarlo, pero ya no hay marcha atrás, don Oliverio me aferra con sus garras y se deja ir lentamente.

–Por favor hágamelo despacio, le suplico volteando mi cabeza mirándolo a los ojos

–Tranquila, ahorita vas a gozar mamita, que rico me lo estas apretando, hum.

Miro hacia atrás y ya la mitad de su verga está dentro, sigue empujando hacia dentro, yo no aguanto más, echo mi colita hacia atrás ensartándomela toda.

–¡Ay! grito de dolor, toda su verga está dentro de mi colita, perdida entre mis nalgas, el viejo se queda quieto, esperando a que deje de quejarme, empieza a culearme lentamente, despacio, agacho completamente la cabeza en el camastro en señal de sumisión.

–ah, tómala putita, que rico se ve tu culo ensartado, ah, siempre he soñado con un momento así,

Gimo y grito al máximo gozando de sus palabras y de la escena que estamos realizando, Oliverio me culea pausadamente, a ratos disfrutando lentamente y otros de forma frenética.

–Te vez bien linda así bien ensartada, que rico me lo aprietas, este culito es mío o ¿ya te lo había estrenado tu marido?

–No, usted es el primero

–y el único mamacita

–Si, el único, uf, le digo en mi paroxismo

–Ah, prepárate mamita te lo voy a bañar de leche

Sus chorros de semen caliente invaden el interior de mi recto, saca su verga dirigiendo los siguientes descargas hacia mis nalgas, las baña de leche, empieza a esparcírmelas y a golpearlas con su verga en todo el contorno, hace que me recueste boca abajo a lo largo del camastro, admira mi redonda colita bañada de su leche vieja y áspera, siento mi ano adolorido y abierto al máximo, lleno de semen, me dirijo al baño del cuartucho, me limpio con mi sudadera, salgo, nos recostamos en el catre cubriéndonos con mi abrigo, a fuera la lluvia sigue sin parar.

–Nunca pensé que le harías caso a alguien como yo

–¿por qué lo dice?

–pues mírate, joven, bonita, un cuerpo chingón, neta que eres perfecta

–¿y su mujer? le pregunto,

–O chingá, a ¿poco mi princesa esta celosa?, tú eres mi vieja, mi mujer, mi puta ¿ok?

Lo miro a los ojos y veo las arrugas de su rostro, lo curtido de su piel, quiero encontrar algo, cerciorarme a mí misma el porqué de estar con él, no soy una niña, tengo 28 años pero el me lleva 34 años y es evidente, me recuesto en su pecho, suspiro, el levanta mi rostro y me empieza a besar de nuevo.

–Por cierto, ¿Cómo te llamas bizcochito? Me pregunta

–Diana Isabel, le contesto

A cabrón, que chido nombre, me dice mientras me besa y le correspondo, se sube encima de mi e instintivamente abro mis piernas para recibirlo de nuevo, coloca su verga en su nuevo hogar.

Mientras cubro nuestros cuerpos con mi abrigo, su glande se va abriendo paso dentro de mí, me aferro a sus labios, ahora ya sin ninguna dificultad me penetra, me está poseyendo, pero no como la primera vez, ahora es tierno, me susurra al oído lo guapa y linda que estoy mientras no deja de moverse en mí, así estamos largo rato, besándonos y perteneciéndonos largamente, hasta que me dice que se va a salir de mi para explotar en mi cuerpo, pero yo lo veo a los ojos y aprieto su pene en mi interior, el entiende claramente el mensaje y deposita su semen en mí, siento sus pulsadas una a una escupir leche, exploto con él, es algo hermoso, indescriptible, quedamos fundidos por un buen tiempo.

Sin darnos cuenta el tiempo ha pasado y es hora de regresar a nuestros respectivos hogares.

–No quiero que seas de nadie más Diana, lo escucho sin responder, bueno, solo de tu marido y yo y solo para que me compares con ese pendejo, a ver quién te coge mejor ¿ok?

–pero que quede claro cabrona, ese culo es mío, me entiendes, mío y de nadie más

–si desde ahora es solo suyo y nadie lo poseerá más que usted

–Así me gusta chingada madre, que mi vieja me obedezca

–Quien es mejor, tu marido o yo

Le doy un beso y me acerco a su oído susurrándole tiernamente que él, bueno, hasta ahora.

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