Mesera (3)

0
4563
T. Lectura: 5 min.

Después de nuestro último encuentro, don Oliverio me pide discreción, lo mismo de siempre, me dicen mis amigas, que tiene una esposa, una familia etc.

Decido evitarlo cambiando mis horarios y mis días de trabajo para evitar broncas, al mismo tiempo, me siento culpable hacia mi esposo, pienso que no se merece lo que estoy haciendo, en fin, pasan algunos meses y aunque mi libido extraña las caricias del toro, hago lo posible para no volver a caer.

Sin embargo, noto a mi esposo triste, apachurrado, si bien es cierto que ya no tenemos tantas discusiones, anda distraído y más apesadumbrado de lo normal.

–¿Que tienes? Le pregunto

–Nada, es que, no, mejor no te digo, sigue comiendo, me contesta

–¡No, ahora me dices! Pongo mi cara de enojo casi casi obligándolo a decirme que es lo que está sucediendo.

–Es que, estaba con el gerente del centro comercial y empezó a platicarme de una vieja que lo trae bien enculado, deja te la enseño me dijo y al ver las fotos que me enseñó en su celular vi que eras tu.

–¿Y?

–Pues sin querer le dije que te conocía y desde ese día me ha estado chingue y chingue para que te presente con él.

–¡No mames! Y ¿Por qué no le dijiste que soy tu esposa?

–Es que ahí está el problema, me dijo que si te presento con él y se le hace contigo me va a ascender a jefe de seguridad de la plaza.

Por unos instantes me quedo en shock, no puedo creer que mi propio esposo me esté lanzando a los brazos de otro hombre. Y por este wey ¿me siento culpable? Me digo a mí misma.

–Pero, estás loco, pendejo, o que cosa, grito, no mames ¿estás consiente de lo que me estas pidiendo?

–Bueno ya chinga, no te emputes, me dice

Es el trabajo de toda su vida, pienso, además nos hace falta el dinero.

–Está bien, voy a tratar de ver a tu jefe, ¿Cómo se llama?

–Chinga a tu madre, me dice haciéndose el digno y saliéndose de la casa.

Pasan algunos días más, investigo el nombre del gerente y el lugar de su oficina, intento contenerme pero la actitud de mi esposo y el no ver a el toro me hacen decidirme, así que saco una minifalda azul de mezclilla de talle alto a medio muslo, me gusta porque se me pega muy rico al cuerpo dejando ver mis curvas de una forma muy sugerente, me coloco una tanga negra con encaje, mis zapatillas altas de plataforma negras y un corset blanco liso semitransparente que deja notar la mitad em mis senos y la figura de mi brasier muy sutilmente, me maquillo y arreglo mi pelo, tomo mi bolso de mano y me dirijo al centro comercial.

Llego al edificio donde esta la gerencia unos minutos antes de la hora de la comida, me anuncio por mi nombre, Diana Vázquez, sin embargo un, “disculpe pero el lic. Manríquez no la conoce” me aterriza de forma brusca en el suelo, entonces le digo a la secretaria que me anuncie como la cuñada del guardia Alberto Prieto, que así se llama mi esposo, entonces el sale a ver quién soy, sin salir de su asombro me hace pasar de inmediato, camino hacia la oficina lanzando una mirada de triunfo y burla a la secretaria riéndome de ella.

Entro, lo veo sentado tras su escritorio, un tipo de baja estatura, viejo casi un anciano, calvo, barbón, regordete, vestido con un traje gris oscuro.

–En que le puedo servir señorita

–Alberto me dijo que quería verme, le contesto

–Alberto, ¿Cuál Alberto? Haciéndose el tonto, al fin hombre, me digo

–Alberto Prieto, mi cuñado

–Así que usted es sobrina de Alberto, me dice mientras me sirve un trago

Platicamos de cosas sin importancia, entre risas y al calor de la bebida me dice que se llama Fidel que tiene 73 años etc. De reojo empiezo a notar como el bulto del viejo va creciendo formando una pequeña carpa sobre su pantalón, como veo que no tiene valor para hacer lo que inminentemente su cerebro planea, tomo la iniciativa levantándome para servir el siguiente aperitivo, haciendo el viejo truco de torcerme el pie, dando un grito de dolor.

–Bueno, me va a ayudar o me va abejar aquí, le digo ya que no atina a que hacer el pobre.

De inmediato se inclina para ayudarme, me abrazo a su cuello quedando frente a frente, el intenta pararse de inmediato muy apenado, sin embargo, lo sujeto fuertemente con mis manos y le doy un beso en la boca, noto como su cuerpo se estremece, todo el tiembla, se separa para observarme y ahora el me besa de forma frenética, así sin separar nuestros labios empiezo a quitarle la corbata, desabrocho su camisa, mientras me devora la lengua con ansiedad, me separa, respira agitado.

–Ah, más despacio, amor, por favor

–lo siento, tendré cuidado, me disculpo.

Se pone de pie quitándose el resto de la ropa, le ayudo bajándole el pantalón y sacándole los calzones grandes y aguados, de esos que usan los abuelitos.

–Sabe don Fidel, mi cuñado me dijo que viniera a verlo porque usted dijo que lo iba a ascender

–¿Ah, conque es eso no?

Por toda respuesta le lanzo una sonrisita mirándolo a los ojos así hincada como estoy.

–Si, le contesto

–Chúpamela, me dice

Como una autómata sujeto su cosa con mis dos manos, moviéndola, masturbándola, luego de titubear unos segundos, finalmente me inclino y le beso el hongo al viejo.

–Ay, sí, que rico, suspira

Lo que me da más confianza, entonces, luego de un par de tiernos besitos, procedo a lamer ese trozo de carne vibrante en mis manos. Me cuesta creer que un señor de 73 años, tenga un miembro de las dimensiones que tiene, larga, gruesa y muy cabezona, la punta tiene el aspecto de un durazno pequeño, muevo la lengua en círculos, acariciando y ensalivando su hongo, mi lengua recorre su cilindro, incluso pasándola sobre sus pelos sintiendo sus venas gruesas y tiesas.

-¡Ah, me tienes en la gloria, trágatela, ricura, trágatela ya!

Entonces, abro la boca al máximo y como puedo, meto su hinchado glande en mi boca, siento el sabor de la verga de don Fidel, como a madurez y suciedad, lo que me hace mamar con frenesí.

–Oh, preciosa, que rico me la comes, ¡eres una puta!

Con todo, no puedo tragarme poco menos que la mitad de su pijota, es demasiado ancha para mi estrecha boquita, pero me esfuerzo succionando toda la sección que me cabe en la boca, bajando y subiendo mi cabeza, Fidel me toma de la cabeza, me pone de pie, nos besamos con lujuria.

Las manos del viejo se mueven por mi espalda, con velocidad sorprendente, me quita el corset y el brasier, estoy enloquecida, me muero de ganas por ser la mujer del jefe de mi marido, mi glotón amante hace que me recargue de espaldas a su escritorio arqueando mi espalda, quedando mis senos bastante parados apuntando a su cara.

De inmediato, mi vicioso amante entierra su cara peluda en mis pechos, lamiendo, mordisqueando, besando y chupándome los pezones.

–Qué rico, siempre había deseado mamar tus melones, me tienes loco desde el día que te conocí amor, me confiesa en medio de su frenesí.

–hum, ahí tiene mis meloncitos para que se los coma como quiera, le digo como puedo.

Sus manos anchas y cálidas, junto a esa boca ardiente, me provocan un éxtasis delicioso, de repente don Fidel mete su mano debajo de mi minifalda y toma mi tanga, yo misma lo ayudo, levantando mis caderas para que pueda quitármela sin problemas, el viejo me tiende en la alfombra besándome de nuevo, su panza pegada a mi estómago, empieza a bajar deteniéndose un rato más en mis “melones”, luego, prosigue su exquisito descenso hasta llegar a mi sexo que ya pare fuente de tanto líquido que rezuma, restriega su cara contra mi vagina.

Sus dedos invaden mi intimidad, de manera instintiva, abro más las piernas, lo observo subirse a mi cuerpo, se acomoda de tal forma que me penetra, despacio, me lo hace lenta y deliciosamente, su animal entra en mi abriéndose paso entre mis trémulas paredes, ensanchándolas… nunca había tenido adentro algo tan grande y ancho.

-¿Te gusta?

-Sí, don Fide, la tiene bien rica

Rodeo el grueso cuello de don Fidel con mis brazos y me entrego a este desenfrenado placer prohibido mientras el sujeta mis contorneadas piernas con sus brazos y empieza a castigarme con más furia…

–Ah, sí, me mata, máteme, fuérceme

-Di que eres mi puta.

–soy su puta, soy su puta, le digo frenéticamente olvidándome por completo de mi marido y de don Oliverio, entregándome a mi nuevo fornicador.

Acostumbrada a su tubo en mi interior, su cabalgata frenética es más efectiva y por unos minutos nuestros quejidos y gritos llenan la oficina, nos decimos de todo hasta que llego al paroxismo de un delicioso orgasmo, bañando el falo de don Fidel con mis jugos, al sentirme, el viejo comienza a bufar y gemir muy fuerte saliéndose de mí, bañándome con su deliciosa y tibia leche, me tomo el tiempo necesario en limpiar su grueso mástil, lamo sus huevos tragándome incluso un par de sus pelos púbicos.

Quedamos tendidos en la blanca alfombra reposando mi cabecita contra su pecho, abrazados y hablando despacito

–¿Entonces don Fide, si le va a hacer el paro a mi cuñado?

–Si mi amor, ese fue el trato, pinche Alberto, sonríe

Después de un tiempo arreglo mis ropas, mi maquillaje y mi peinado, volteo a ver a don Fidel quien también estaba terminando de arreglarse.

Con una sonrisa discreta le digo un simple bye, ¿no se le vaya a olvidar eh?

Mientras salgo de su oficina cantoneándome, triunfante y satisfecha, volviéndole a lanzar mi mirada de desprecio a la secretaria, la cual trata de averiguar lo que había pasado en la oficina de su jefe.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí