Mi hermano nos folla a mi prima y a mí por delante y por detrás

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Mi hermano nos folla a mi prima y a mí
Mi hermano nos folla a mi prima y a mí
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Relato

El último día de agosto, la llegada de nuestra prima Guadalupe desde Veracruz fue como arrojar gasolina a un fuego latente. Es cien por cien mexicana, y viene cada verano para instalarse en nuestra casa como un torbellino de risas y recuerdos. Pero este verano de 2024 no es como los anteriores. Lupe, hija de la hermana mayor de nuestra madre, ha cambiado. Y ese cambio, sutil pero demoledor, desgarró el tejido de nuestra rutina, dejando al descubierto un abismo de deseo prohibido, desatando una tormenta que mi hermano Álex y yo no vimos venir.

Cuando regresamos a casa aquella tarde, la encontramos en el sofá del salón, charlando con nuestros padres, con una sonrisa que parecía guardar un secreto. Al levantarse para saludarnos, el tiempo se detuvo. La Lupe de siempre, con sus gafas grandes y su ropa holgada, había desaparecido. En su lugar estaba una mujer que cortaba el aliento. Su cuerpo esculpido se movía con una elegancia natural, con curvas afiladas, caderas que ondulaban con cada paso, y pechos llenos que tensaban la tela de su vestido ligero. Su cabello rebelde le caía por hombros y espalda como una caricia constante, y sus ojos, libres de las gafas que antes los ocultaban, eran pozos oscuros que invitaban a perderse.

Álex y yo cruzamos una mirada. Nuestras respiraciones se entrecortaron, traicionando el hambre que nos devoraba por dentro. No era únicamente su belleza física; era la electricidad que emanaba de ella, un magnetismo que despertaba fantasías largamente reprimidas, aquellas que nunca se pronuncian en voz alta. Álex, con su descaro habitual, la recorrió con los ojos como quien desnuda una presa. Yo, que siempre me había creído inmune a tales tentaciones, sentí un calor líquido deslizarse por mi vientre, un deseo que me obligó a cuestionar lo que creía saber de mí misma.

A la mañana siguiente, el calor ya era opresivo cuando entré en el dormitorio de Álex, buscando nuestra costumbre secreta. Desde principios del verano, tras aquel viaje a Veracruz, habíamos cruzado la línea prohibida. Lo que comenzó como un juego en la oscuridad de una noche mexicana se había convertido en un ritual matutino: aprovechábamos la ausencia de nuestros padres para entregarnos el uno al otro y joder con la urgencia de los condenados. Pero esa mañana lo hallé junto a la ventana, en ropa interior, la mano moviéndose en un ritmo que no dejaba lugar a dudas.

Me acerqué sin hacer ruido. Al mirar por encima de su hombro, lo comprendí todo. Lupe estaba en el jardín, junto a la piscina, tendida al sol con un bikini tan escaso que resultaba una provocación. Su piel tostada brillaba; los pechos, grandes y redondos, se alzaban con cada respiración; las caderas se curvaban en una promesa muda. Álex, perdido en aquella visión, se abandonaba a su propio deseo.

—Eres un cochino —le susurré al oído, con una risa contenida.

Él dio un respingo, retirando la mano con gesto culpable.

—Mira quién habla —replicó, girándose hacia mí con una sonrisa afilada—. La que se abre de piernas para su hermano cada mañana.

Me besó con una violencia nueva, y supe que Lupe había encendido en él algo más profundo. También en mí. Palpé su sexo, rígido como nunca antes, y no pude evitar la burla.

—Vaya con mi perverso hermanito. Hoy estás más inspirado que de costumbre.

Sus ojos ardían. Sus manos se cerraron en mis caderas con firmeza.

—De buena gana os follaría a las dos al mismo tiempo ahora mismo —dijo sin vacilar, y añadió, mirando hacia la ventana—: No veas el culo y las tetas que tiene esa zorra.

Volví los ojos hacia Lupe. Àlex no exageraba. Sus pechos generosos y perfectos hacían que los míos —menudos, firmes, que él comparaba con dos medios cocos— parecieran casi infantiles. Su trasero, más pleno que el mío, se elevaba con una arrogancia natural. Sin embargo, en lugar de celos, sentí que algo se encendía en mi interior: una idea, un deseo, una fantasía.

—Yo también os follaría a los dos —dije, acariciándolo con más intención—. Lamentablemente, por ahora nos tenemos el uno al otro.

Sin darme tiempo a respirar, me giró. Quedé apoyada en la ventana, expuesta. Tiró de mis bragas hasta las rodillas. Con voz baja, casi un juramento, murmuró al oído:

—Te voy a follar como si os lo hiciera a las dos.

Me penetró desde atrás con una fuerza que me arrancó un gemido sordo. Estábamos de pie, los ojos fijos en Lupe, que seguía ajena a nuestra mirada, tendida como una ofrenda al sol. Cada embestida de Álex era un desafío doble: me poseía a mí, y al mismo tiempo la poseía a ella en su imaginación. El placer me nublaba, pero entre jadeos logré proponer que teníamos que tentarla.

Él aceleró el ritmo, su aliento caliente contra mi nuca, susurrando en mi oído que quería tenerla a cuatro patas y darle por el culo, intuyendo que le gustaría tanto como a mí.

El orgasmo me atravesó como un rayo que parte un árbol en dos, dejándome temblorosa, las piernas flojas, un reguero caliente de mis propios jugos resbalando lentos por la cara interna de los muslos. No bastaba. La lujuria me había devorado entera y aún pedía más, exigía con la voz ronca que me diera por el culo igual que si se lo hiciera a ella.

Álex no esperó. Me agarró por las caderas con violencia contenida, escupió en su palma y lubricó apenas lo necesario. La punta presionó, insistió, y luego entró de un solo golpe brutal que me arrancó un gruñido animal que intenté ahogar mordiéndome la mano. El dolor y el placer se fundieron en una sola cuerda tensa que vibraba dentro de mí. Mientras me follaba el culo con embestidas profundas y medidas, le hablé entre jadeos entrecortados: el plan era sencillo y cruel. Tentar a Lupe con migajas de intimidad, dejar que el deseo se filtrara gota a gota, tejer alrededor de ella una red invisible de roces, miradas, palabras que pudieran interpretarse de dos maneras. Todo debía parecer un juego de chicas, una confidencia veraniega, hasta que el anzuelo estuviera tan dentro que ya no pudiera escapar.

Cuando terminamos, exhaustos y sudorosos, con el olor del sexo pegado a la piel, nos quedamos desnudos junto a la ventana, respirando el mismo aire espeso. Abajo, Lupe seguía tendida como una ofrenda ignorante. Acordamos seducirla el sábado por la tarde, aprovechando que nuestros padres estarían visitando a la abuela paterna hasta entrada la noche.

El sábado llegó envuelto en una calma engañosa. Lupe y yo estábamos sentadas al borde de la piscina, los pies rozando el agua fresca. El sol quemaba sin piedad. Quería medir hasta dónde llegaba su pudor, así que dejé caer que hiciéramos topless aprovechando que estábamos solas. Ella dudó, miró hacia la casa y con un hilo de timidez murmuró:

—Es arriesgado, Laura, porque Álex puede vernos. Recuerda que es tu hermano y mi primo.

Su comentario me golpeó como una caricia inesperada. Sonreí despacio, liberé mis pechos con un movimiento lento, casi litúrgico, dejando que el aire caliente los rozara.

—No pasa nada —respondí—. No será la primera vez que me los vea. A veces invito a amigas y hacemos lo mismo, incluso con él rondando por ahí.

Lupe vaciló un instante más. Luego, con un suspiro que parecía rendición, se despojó del sujetador del bikini. Sus pechos se derramaron libres, pesados y perfectos, coronados por unos pezones grandes, oscuros, erguidos ya por el simple roce del aire. Me quedé sin aliento y, con la voz cargada y los ojos clavados en ellos sin disimulo, dije:

—Tus pezones son una maldita obra de arte: grandes y oscuros, perfectos contra tu piel morena.

Ella sonrió, halagada, y bajó la mirada hacia los míos.

—Los tuyos son rosaditos como de lechoncita —bromeó—. Has heredado la piel pálida de tu padre.

Me pellizqué los pezones con dos dedos. Se endurecieron al instante, oscureciéndose bajo la presión.

—Se me ponen más oscuros cuando los estimulo —dije, lanzándole el anzuelo—. Muéstrame cómo se ponen los tuyos al pellizcarlos.

Lupe se giró hacia mí. Sus pechos quedaron frente a los míos, tan cerca que sentía el calor que irradiaban. Comenzó a pellizcarse los pezones, sosteniendo mi mirada sin pestañear. El aire entre nosotras crepitó, espeso, cargado de una electricidad que amenazaba con estallar.

Me acerqué más. Alcé sus pechos con ambas manos, mis pulgares rozando apenas la areola. Ella no se apartó. Su respiración se aceleró, las pupilas dilatadas como pozos negros. De pronto se cubrió los pechos con los brazos, señalando con la barbilla.

Álex acababa de aparecer en el otro extremo de la piscina, desnudo y erguido como un dios pagano bronceado por el sol. Su polla un tanto flácida y sus pelotas colgaban como un racimo de uvas. Sin una palabra, se zambulló en el agua con un chapoteo limpio.

—Madrecita del Santo Socorro —gimió Lupe con los ojos abiertos como platos—. Nunca imaginé que tuviera semejante…

No terminó la frase. El asombro le había robado el aliento.

—No entiendo a qué te refieres —murmuré, fingiendo la misma sorpresa.

Ella, bajando la mirada como si las palabras mismas la quemaran, respondió:

—Prima, me refiero a su cosa, a ese pedazo de verga que Dios le ha dado.

No era vergüenza. Era deseo crudo, desnudo.

Con un susurro seductor en la voz, repliqué:

—Tampoco es para tanto. No es la primera vez que se la veo ni será la última. Mis padres no verían con buenos ojos esta costumbre, pero nos bañamos desnudos cuando estamos solos. Y si te soy sincera, si no fuera mi hermano, me lo follaría hasta que no quedara nada de él. Algunas noches lo he pensado muy en serio. Porque sé que él siente lo mismo. Y porque los tiempos han cambiado. Cada vez se censuran menos estas cosas. Solo falta que uno de los dos se atreva a dar el paso.

Lupe dejó caer los brazos. Sus pechos volvieron a quedar expuestos y altivos. Me miró fijamente y confesó con la voz temblorosa:

—Lo mismo me pasa con mi hermano Sebastián. Solo que la suya no es tan apetitosa como la de Álex. Tal vez no me he lanzado por eso. Puedo encontrar algo mejor sin recurrir a Sebas y armar un escándalo.

—¿Entonces no te escandalizan este tipo de relaciones? —pregunté, dibujando una sonrisa lenta.

Ella me devolvió una sonrisa cómplice, tomó mi mano derecha entre las suyas y respondió:

—Mi querida primita, tengo veintiséis años y ya no me escandalizo fácilmente. Aunque no lo aparente, los tiempos también han cambiado para mí.

Me quedé mirándola, estrujándole las manos como si temiera que se evaporara, y fingiendo un leve temblor en la voz le dije:

—Me dejas de piedra. El ambiente se ha caldeado tanto que voy a lanzarme a ver qué pasa. Estando tú delante, no creo que me dé una bofetada si le incomoda lo que estoy dispuesta a hacer.

Me lancé al agua con un movimiento felino y nadé hacia Álex, que esperaba apoyado contra los peldaños de la escalerilla, los brazos en cruz, entrelazados en los pasamanos como si se ofreciera en sacrificio. Me detuve frente a él, el agua hasta los hombros, y fingí un coqueteo tan descarado que rozaba lo obsceno: le rocé los labios con los míos, luego los devoré en un beso voraz, nuestras lenguas enzarzándose en un duelo húmedo y febril. Entre besos le conté en susurros lo que había logrado con Lupe, cada roce, cada mirada que había encendido. Él sonrió, esa sonrisa torcida que siempre precede al desastre.

Bajo el agua mi mano encontró su verga dura y palpitante. La tomé con lentitud deliberada, subiendo y bajando mientras mis ojos buscaban a Lupe. Le hice un gesto para que se acercara. Ella negó con la cabeza, pero sus pupilas dilatadas y su boca entreabierta gritaban lo contrario.

Me zambullí y tragué su verga, los labios apretándolo, la lengua danzando alrededor del glande, succionando con avidez hasta que sentí sus caderas temblar. Cuando emergí a la superficie jadeando, Lupe nos observaba desde el borde opuesto, las piernas ligeramente entreabiertas, el cuerpo reclinado hacia atrás como si ya estuviera cayendo al abismo sin tocar fondo.

Era el momento.

Nadé hacia el lado contrario, cerca de ella. Álex me siguió como un depredador, salió del agua, se sentó en el borde con las piernas abiertas, la polla erguida y brillante. Me acomodé entre sus muslos y retomé la tarea: lametones largos desde la base hasta la punta, succiones profundas que lo hacían arquear la espalda. Lupe seguía negándose a moverse, pero su mirada era una traición constante.

Y entonces, como un relámpago silencioso, apareció a mi lado. Tomé su barbilla con dos dedos, posé la otra mano en su cintura desnuda y la besé. Ella me correspondió con una entrega inmediata, la lengua buscando la mía, los pechos rozándose con los míos. El mundo se disolvió en ese beso.

—Muéstrame cómo la chupas —le susurré contra los labios.

Sin dudar, Lupe se colocó entre las piernas de Álex y tomó su miembro con una avidez que me dejó sin aliento: los dedos rodeándolo con firmeza, la boca descendiendo lenta al principio, luego hambrienta, succionando con una intensidad que hizo que los músculos de Álex se tensaran como cuerdas de arco. Mientras ella lo complacía, deslicé mi mano por sus nalgas redondas y firmes, imaginando ya lo que vendría después. Le quité la braguita del bikini con un tirón suave, me moría por hundir los dedos en ella, pero me contuve. Salí del agua, besé a Álex en la boca y aferré la melena de Lupe, acompañando sus movimientos, guiándola más profundo, al tiempo que le susurraba a mi hermano:

—Por la carita que pones, entiendo que te gusta cómo te la come la primita.

Con la voz rota de placer, murmuró:

—Podría estar así toda la tarde. Debe ser la novedad, pero es como si la muy viciosa llevara toda la vida chupando pollas.

Lupe se entregaba sin reservas, mamando con una devoción obscena, las mejillas hundidas, los ojos cerrados en éxtasis. Me uní a ella: lamí el tronco mientras nuestras lenguas se rozaban en un baile pecaminoso alrededor del glande. La escena era un huracán de carne húmeda, saliva y gemidos ahogados.

Entonces, mirando a Lupe con ojos febriles, le dije:

—No sé tú, pero yo me muero por joder con él. Podemos compartirlo.

Ella dudó un instante. Luego sus ojos brillaron con una certeza salvaje, y respondió con la voz temblorosa pero decidida:

—Puede resultar peligroso hacerlo aquí. El alboroto puede alarmar a cualquiera que pase cerca al otro lado del muro.

No era un sí rotundo, pero era mejor: era un sí envuelto en precaución.

El aire alrededor de la piscina era denso, saturado de cloro, sudor y el olor crudo del sexo. Con un brillo pícaro en los ojos, le dije a Álex que nos diera cinco minutos para prepararnos, que subiera a mi dormitorio pasado ese tiempo. Él asintió, pero su mirada ardiente dejaba claro que la paciencia se le estaba escapando como arena entre los dedos.

Lupe y yo, totalmente desnudas, tomamos nuestras manos y caminamos hacia el chalet, pero no llegamos lejos.

Apenas cruzábamos por delante de la cocina, el mundo se volvió ingrávido. Álex apareció detrás de mí como una sombra voraz. Me alzó por la cintura con una fuerza alimentada por la urgencia, apretándome contra su cuerpo como si temiera que me evaporara, y con la voz ronca, casi animal, gruñó:

—¡No puedo esperar cinco segundos, mucho menos cinco minutos!

Sin darme tiempo a reaccionar, me llevó en volandas hasta la mesa de la cocina. Me depositó con un movimiento firme en la cabecera, empujó mi espalda hasta que mis pechos se aplastaron contra la madera fría, dejándome en un ángulo perfecto: culo alzado, piernas entreabiertas, el coño expuesto y palpitante a su merced. Sentí su calor detrás de mí, su respiración agitada rozándome la nuca.

—Te la tengo que clavar en el coño o reviento —dijo con una crudeza que me hizo temblar—. Después de esas mamadas, nadie podría contenerse.

Su glande rozó mi entrada, resbaladizo de saliva y deseo. Un escalofrío me recorrió la columna. No veía a Lupe, pero sentía su presencia a pocos pasos: su respiración entrecortada, el leve temblor de su cuerpo, probablemente tan desconcertada como yo por la ferocidad repentina de Álex.

En un instante se hundió en mí hasta el fondo, hasta que su vientre chocó contra mis nalgas con un golpe seco que me arrancó un gemido ronco. Embestía con violencia contenida, cada embestida un reclamo, un castigo y una caricia al mismo tiempo. Mis uñas arañaron la madera.

—¡Colócate al otro lado de la mesa! —ordenó a Lupe, la voz autoritaria cortando el aire como un látigo—. Túmbate mirando al techo. Quiero comerte las tetas mientras te doy lo tuyo.

Lupe pasó por mi lado derecho, obediente, el roce de su cadera contra la mía como una caricia furtiva, mientras Álex me follaba el coño con una intensidad que me obligaba a aferrarme al borde de la mesa con las uñas clavadas en la madera. La vi tumbarse al otro extremo con las piernas semiabiertas y colgando del borde. Nuestros rostros quedaron a centímetros, tan cerca que su aliento cálido y entrecortado lamía mi piel. Sus ojos marrones, grandes y abrumados por el vértigo brillaban con una mezcla de deseo crudo y asombro casi infantil.

Sosteniendo su mirada mientras cada embestida de Álex me hacía estremecer de pies a cabeza, le susurré:

—No te asustes, prima. Es normal que esté así después de lo que le hemos hecho. Ningún hombre resistiría eso sin volverse loco.

Lupe sonrió con una chispa de complicidad atravesándole el rostro como un relámpago, y con la voz temblorosa, mientras observaba cada mueca que el placer arrancaba de mis labios, confesó:

—Es que la escena y el modo animal con que te jode me ha puesto más cachonda de lo que jamás estuve.

Mi hermano, sin interrumpir el ritmo salvaje de sus caderas, empujó mi cabeza hacia la de ella con una mano firme en la nuca. La intención era tan clara como un mandato. No me resistí, fruncí los labios, la busqué y nos fundimos en un beso húmedo y profundo, cada vez más desesperado. No había palabras, solo el roce interminable de nuestras lenguas, el calor de nuestros alientos mezclándose en un intercambio febril. Yo había probado a una mujer antes, en una noche loca con un novio del que ya no recordaba su nombre, y aunque aquello me había gustado más de lo que me atreví a admitir, esto era distinto. Lupe, con su entrega absoluta, me confesó que era su primera vez con una mujer. La curiosidad y el fuego del momento la habían empujado al borde, y ahora caía sin red. Ese fuego abría ante nosotras un mundo de posibilidades que aún no alcanzábamos a imaginar.

De pronto, Álex salió de mí con un movimiento brusco. El vacío me arrancó un jadeo sordo, casi doloroso. Rodeó la mesa con pasos rápidos, felinos, y se situó ante Lupe. Ella lo miró con expectación absoluta, yo con una mezcla de intriga y deseo que me quemaba por dentro. Lupe levantó las piernas, apoyó los pies en el borde de la mesa y se abrió para él con una vulnerabilidad que era casi reverente.

Mi hermano la miró fijo a los ojos, y con la voz cargada de un anhelo que rayaba en la rabia, le dijo:

—Llevo deseando esto desde que llegaste. A Laura la tengo muy vista, y cada día me pone más, pero tú, primita, eres la novedad y voy a joderte como nunca.

Separó los labios vaginales de Lupe con los dedos, estudiando cada reacción en su rostro como quien examina una pieza única. Luego introdujo la verga con una lentitud deliberada, dejando que ella sintiera cada centímetro de invasión. Lupe gemía, impaciente, estirando los brazos para tirar de sus caderas, exigiendo más, más rápido, más profundo. Álex sonrió con un toque de arrogancia cruel y dijo:

—La golfilla es más ansiosa de lo que imaginaba.

Lupe le respondió con una sonrisa amplia, casi desafiante, entre gemidos entrecortados:

—Luego probaremos por la puerta trasera, si quieres —añadió Álex—. De Laura sé que le encanta, pero de ti no sé nada.

Ella respondió con la voz rota por el placer:

—Lo he probado unas cuantas veces y seguro que puedo competir con ella.

Sus palabras fueron como un fósforo arrojado a un charco de gasolina. Álex aceleró el ritmo, inclinándose sobre ella para cumplir su promesa: sus manos se cerraron sobre los pechos generosos de Lupe, amasándolos con fuerza, pellizcando los pezones oscuros hasta hacerla arquear la espalda. Ella gritaba, alternando la mirada entre él y yo, los ojos empañados por el éxtasis, el cuerpo convulsionándose con cada embestida brutal.

No tardó en llegar. El orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica. Gritaba improperios que resonaban en las paredes de la cocina, palabras crudas y hermosas en su boca mexicana.

—¡Jódeme, pinche cabrón!… —repetía sin cesar, las uñas clavadas en las nalgas de Álex, tirando de él para mantenerlo enterrado hasta el fondo mientras su cuerpo se retorcía en un clímax que parecía no tener fin. Sus caderas se alzaban solas, buscando más incluso cuando ya no quedaba nada que dar.

Cuando finalmente se calmó, Lupe quedó inmóvil sobre la mesa, sollozando en silencio, los ojos húmedos y brillantes como si hubiera llorado por dentro todo el placer que su cuerpo no podía contener. La respiración entrecortada le agitaba los pechos, aún marcados por las huellas rojas de los dedos de Álex. Yo, atónita, nunca había visto a nadie entregarse con tal abandono absoluto: era como si el orgasmo la hubiera vaciado por completo, dejando solo un cascarón tembloroso y hermoso.

Álex se apartó despacio, admirado, y bajó la mirada al desastre que ella había dejado en el suelo. Un charco amplio y brillante se extendía bajo la mesa, gotas gruesas cayendo de entre sus piernas con un ritmo lento y obsceno.

Mi hermano sonrió y dijo, casi con reverencia, en voz baja y ronca:

—Ha empapado todo la muy cochina. Mira cómo chorrea todavía: sale en hilos espesos, se desliza por los muslos y cae al piso como si no pudiera parar. Prima, es un puto río que sale de ti.

Sus palabras eran una caricia cruel y exacta. Lupe gimió débilmente al oírlas, como si la descripción misma la volviera a excitar.

Álex no perdió más tiempo. Volvió a mí con pasos deliberados. Supe lo que venía antes de que me tocara. Me preparé, ansiosa, el cuerpo ya abierto por el deseo de que me sodomizara con la misma furia que acababa de descargar en ella. Y no decepcionó. Me giró de nuevo sobre la mesa, me abrió las nalgas con las manos firmes y entró de un solo empujón profundo que me arrancó un grito sordo. Durante diez minutos me dio por el culo con una intensidad metódica y salvaje: embestidas largas que me llenaban hasta el fondo, retiradas casi completas y luego otra vez hasta chocar contra mí con violencia. Mis dedos volaron al clítoris —mi truco infalible, el atajo que siempre acelera el placer— y alcancé dos orgasmos casi seguidos, el primero como un latigazo, el segundo más lento y profundo, que me dejó temblando y con las piernas flojas. Pero en medio del éxtasis, mi verdadero deseo era otro: verla a ella en esa misma postura, entregada por completo a su primo, abierta y rota de placer.

Salió de mí con un gemido contenido. Sin una palabra se colocó de nuevo entre las piernas de Lupe, que seguía en la misma postura vulnerable: tumbada de espaldas, las rodillas flexionadas hacia el pecho, el ano expuesto y reluciente de restos de su propio clímax. Él presionó la punta contra ella con una calma tensa que desesperaba. Lupe gemía con cada movimiento lento, paciente, esperando el instante en que él se dejara llevar por completo.

Me acerqué a su lado, acaricié su rostro compungido, aparté el cabello pegado a la frente por el sudor, besé su sien húmeda y le susurré con la voz ronca por el deseo:

—Me muero porque me llene el culo de leche, pero tú eres la invitada. Te cedo el privilegio si lo quieres.

Ella suplicó con la voz rota, casi llorosa:

—Por favor, quiero guardarlo en la memoria, recordarlo cuando esté lejos. Un año se me hará eterno.

Lupe tiró de sus propias piernas hacia el pecho, ofreciéndose por completo, el cuerpo arqueado en una curva perfecta de sumisión. Álex sonrió con esa arrogancia oscura que solo saca cuando sabe que va a destruir. Aceleró, las embestidas se volvieron brutales y profundas, cada una arrancando de Lupe gritos desgarradores que eran a la vez de dolor y de éxtasis. Él buscó coincidir con ella, midiendo el ritmo, y cuando sintió que el orgasmo de Lupe se acercaba como una ola inevitable, se dejó ir. Eyaculó en su recto justo en el instante en que ella se deshacía: un clímax violento que la hizo arquearse, gritar improperios entrecortados, convulsionar alrededor de él hasta que no quedó fuerza en su cuerpo. Álex permaneció dentro unos segundos eternos, palpitando, vaciándose por completo. Luego se apartó despacio, ofreciéndonos el miembro brillante, erecto y duro como acero.

Lupe y yo nos lanzamos sobre él con una avidez que rayaba en lo salvaje. Nuestras bocas se encontraron en su polla caliente, nos disputábamos su atención como dos fieras hambrientas, mejillas rozándose, respiraciones mezclándose en un coro de suspiros, pequeños gruñidos y sonidos húmedos. No había palabras, solo el ritual de limpiar cada rastro de su clímax con una devoción casi sagrada: lamíamos, succionábamos, nos besábamos alrededor de él compartiendo el sabor en la boca de la otra.

Álex, apoyado contra el borde de la mesa, nos observaba con una mezcla de asombro y deleite absoluto. Su respiración entrecortada marcaba el ritmo de nuestra pugna. Cuando finalmente nos apartamos, jadeantes, con los labios hinchados, enrojecidos y brillantes, él soltó una risa baja, casi incrédula, y pasándose una mano por el cabello sudoroso, aseguró:

—Sois un par de golfas insaciables. Creo que nunca me la habían dejado tan limpia.

Lupe y yo reímos, todavía arrodilladas en el suelo, las piernas temblando por la intensidad del momento. Nos miramos y en sus ojos vi el mismo fuego que ardía en los míos: algo había cambiado entre nosotras para siempre. La experiencia compartida nos había atado con un lazo invisible, más fuerte que la sangre, más profundo que el deseo. Y en ese instante, mientras el sol de la tarde entraba por la ventana de la cocina y caía sobre nuestros cuerpos exhaustos y marcados, supe que la idea de explorar más allá —de probar límites nuevos, de entregarnos sin reservas la una a la otra— empezaba a tomar forma en mi mente como una promesa inevitable.

Por la noche, después de cenar, Lupe y yo insistimos a mi hermano para que nos diera otro rato de placer. Pero hacerlo en casa era inviable porque mis padres ya habían regresado. Entonces propuse ir a casa de mi novio y que nos jodieran bien jodidas entre los dos. Mi prima y mi hermano asintieron excitados por la idea. Ella mucho más al conocer que mi novio y yo mantenemos una relación liberal, pero sobre todo cuando le hablé de la modesta mazmorra que tiene en su casa y le describí los aparatos para dar placer que en ella hay.

Pero esto es otra historia…

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