El padre Luis respiraba pesado, todavía con la sotana arrugada en la cintura y la polla semiblanda brillando con saliva y restos de semen. Miró hacia abajo, a Susana arrodillada, con la cara y el pecho convertidos en un lienzo profano: Ella mantenía los ojos cerrados, la boca entreabierta tragando el semen que había logrado retener.
—Hija… —murmuró el sacerdote con esa voz grave, casi cariñosa—. Ya casi terminas tu penitencia por hoy.
Susana abrió los ojos lentamente. Había en su mirada una mezcla extraña: culpa, miedo, pero también una resignación, como si supiera que el castigo aún no había terminado. Intentó limpiarse la mejilla con el dorso de la mano, pero el padre Luis la detuvo con un gesto suave pero firme.
—No, no. Déjalo. Es parte de la ofrenda.
Se inclinó, tomó una estola morada que colgaba de un perchero cercano —la misma que usaba para las confesiones— y la dobló con cuidado. Luego, sin brusquedad, la colocó sobre los ojos de Susana, anudándola detrás de su cabeza con un nudo apretado l.
Ella se tensó al instante. Su respiración se aceleró.
—Padre… —susurró, la voz quebrada—. ¿Qué…?
El sacerdote no respondió de inmediato. En cambio, buscó en un cajón de la cómoda de la sacristía y sacó una cuerda fina, de las que usaban para atar los misales antiguos. Tomó las muñecas de Susana —delicadas, con las uñas cortas y sin pintar, manos de mujer que rezaba el rosario todos los días— y las cruzó a su espalda. Empezó a atarlas.
Susana intentó resistirse apenas, un tirón débil.
—¿Acaso ya no es suficiente? —preguntó con voz temblorosa, casi llorosa—. Ya he… ya he pagado, padre. Por favor…
El padre Luis terminó el nudo y le acarició el pelo con ternura paternal, como si la consolara.
—Suficiente nunca es suficiente cuando el pecado es tan profundo, hija. Tú lo sabes. El Señor pide más de los que más han recibido… y tú has recibido mucho: devoción, respeto, un cuerpo que tienta incluso a los que juramos celibato.
Sus manos bajaron por la espalda de ella, recorriendo la blusa desabotonada hasta llegar al vestido arrugado en la cintura. Lo levantó un poco más, exponiendo del todo ese culo que parecía esculpido para el pecado. Las nalgas blancas temblaban ligeramente; la piel se erizaba por el frío de la sacristía y por el miedo.
Desde mi escondite, el corazón me martilleaba tan fuerte que temí que me oyeran. Mi polla estaba tan dura que dolía contra la tela del pantalón.
El padre Luis se arrodilló detrás de ella. Pasó una mano grande por la curva de una nalga, apretándola con fuerza hasta que la carne se puso blanca bajo sus dedos y luego roja al soltarla.
—Mírala, Señor —dijo en voz baja, como si rezara—. Mira lo que nos das para probar nuestra fe.
Luego, sin aviso, separó las nalgas con ambas manos. El surco perfecto se abrió: la piel rosada del ano apretado, el sexo hinchado y brillante de humedad debajo. Susana soltó un gemido ahogado de vergüenza pura.
El padre Luis mantuvo las nalgas de Susana bien abiertas, admirando el espectáculo con una calma casi litúrgica. El ano rosado se contraía ligeramente con cada respiración entrecortada de ella, y el sexo, hinchado y reluciente, traicionaba que —a pesar del miedo y la vergüenza— el cuerpo respondía de otra forma.
Susana intentó cerrar las piernas por instinto, pero el sacerdote colocó una rodilla entre sus muslos, obligándola a mantenerlos separados.
—Shhh, hija… no luches contra lo que el Señor ya ha dispuesto —murmuró él.
Entonces, sin soltarla, alzó la voz lo justo para que se oyera más allá de la puerta entreabierta de la sacristía.
—Pancho… don Mario… pasen. Ya está lista la recompensa que les prometí.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Desde mi escondite sentí que el aire se volvía más denso, como si el incienso viejo se hubiera mezclado con algo más crudo: sudor, expectativa, deseo reprimido durante décadas.
Se escucharon pasos lentos, arrastrados. Primero entró Pancho: un hombre flaco, de unos sesenta años, encorvado por una vida de trabajo duro en el campo y luego en la limpieza de la parroquia. La ropa gastada, las manos callosas y negras de tierra eterna, el pelo gris ralo y mal cortado. Siempre había sido callado, invisible; barría el atrio al amanecer, arreglaba las bancas rotas, nunca pedía nada. Nunca se le había visto con mujer, ni siquiera hablando con alguna. Sus ojos, pequeños y hundidos, se abrieron como platos al ver la escena.
Detrás de él entró don Mario, todo lo contrario: setenta años bien llevados, barriga prominente que tensaba la camisa de marca, reloj de oro en la muñeca, olor a colonia cara y a dinero reciente. Llegaba los domingos en su camioneta doble cabina reluciente, dejaba un sobre generoso en la alcancía y se sentaba en la primera fila como si la iglesia le perteneciera. Siempre sonreía con dientes perfectos, saludaba a todos con palmadas en la espalda. Se rumoreaba que había hecho fortuna con contratos de obras públicas.
Los dos se detuvieron en la entrada, paralizados. Pancho tragó saliva audiblemente; don Mario soltó un resoplido bajo, casi un gruñido de satisfacción.
El padre Luis no se movió de su posición, seguía sujetando las nalgas de Susana abiertas como si presentara una ofrenda en el altar.
—Hijos míos —dijo con voz serena, autoritaria—. Ambos han colaborado mucho con la parroquia. Pancho, con tu trabajo humilde y silencioso todos estos años. Don Mario, con tus generosas donaciones que mantienen vivo este templo. Hoy el Señor quiere recompensarlos por su fe y su entrega.
Susana se estremeció violentamente al oír las voces nuevas. Intentó girar la cabeza vendada, pero solo consiguió que la estola se apretara más.
—¿Quiénes…? —susurró, la voz quebrada por el pánico—. Padre… no… por favor, no más…
—Silencio, hija —la cortó él con suavidad—. Esto también es parte de tu penitencia. Ellos han esperado mucho tiempo por una muestra de gratitud divina. Y tú… tú eres el instrumento que el Señor ha elegido.
Pancho dio un paso adelante, inseguro, como si no se atreviera a creerlo. Sus ojos recorrían el cuerpo de Susana: los pechos pequeños todavía perlados de semen seco, el vientre tembloroso, y sobre todo ese culo alzado, expuesto, temblando bajo las manos del sacerdote.
Don Mario, en cambio, sonrió de lado, se aflojó el cinturón con calma y avanzó con más confianza.
—Padre… ¿está seguro? —preguntó, aunque su tono dejaba claro que no necesitaba convencerse.
—Completamente —respondió el padre Luis—. Acérquense. Tomen lo que les corresponde. Pero con respeto… al principio. Después, que sea como el Señor les inspire.
Pancho se acercó primero, casi de puntillas. Se arrodilló torpemente al lado de Susana, extendió una mano temblorosa y tocó apenas la curva de una nalga. La piel se erizó al instante bajo sus dedos ásperos. Soltó un gemido ronco, como si le doliera de tanto desearlo.
—Señora Susana… —murmuró, con voz rota—. Nunca pensé… nunca…
Don Mario se colocó al otro lado. Sin pedir permiso, pasó una mano gorda por la espalda de ella, bajó hasta el culo y apretó con fuerza, haciendo que la carne se desbordara entre sus dedos.
—Qué bendición, padre —dijo con voz grave, casi riendo—. Esto sí que es caridad cristiana.
Susana soltó un sollozo ahogado. Las lágrimas empezaron a filtrarse por debajo de la estola morada.
—No… por favor… no delante de ellos… —suplicó en voz baja—. Ya he hecho suficiente… ya…
El padre Luis le acarició el pelo con una mano mientras con la otra seguía manteniéndola abierta.
—Calla, hija. Reza. Reza el Ave María mientras ellos toman su recompensa. Cada gemido tuyo será una oración. Cada lágrima, una gota de expiación.
Pancho, animado por el sacerdote, se inclinó más. Su boca temblorosa rozó la nalga izquierda, besándola con reverencia, como si besara una reliquia. Luego, más atrevido, pasó la lengua por el surco, saboreando la piel salada por el sudor y el miedo.
Don Mario, menos delicado, metió dos dedos gruesos directamente en el sexo húmedo de Susana. Ella se arqueó con un grito ahogado.
—Está empapada, padre —comentó con satisfacción—. La santa tiene sus secretos.
Yo, desde la puerta, sentía que me iba a desmayar. Mi polla palpitaba tan fuerte que pensé que iba a reventar la cremallera. Quería entrar, quería huir, quería ser uno de ellos.
Don Mario soltó una risa baja y ronca, esa risa de hombre acostumbrado a mandar y a que le obedezcan sin chistar. Retiró los dedos del sexo de Susana con lentitud deliberada, dejando un hilo brillante de humedad que se estiró antes de romperse. Se limpió los dedos en la tela de su pantalón caro, como si nada, y miró a Pancho con una mezcla de burla y complicidad.
—Tranquilo, Panchito… disfrútala tú primero —dijo, palmeando el hombro huesudo del viejo limpiador con una mano pesada—. Yo solo quiero observar. Hace años que fantaseo con doña Susana, ¿sabes? La veía en misa, con ese vestido modesto pegado al cuerpo cuando se arrodillaba, y me imaginaba exactamente esto: a la santa de la parroquia abierta de piernas, vendada y atada, recibiendo lo que se merece.
Se giró, buscó con la mirada una de las sillas de madera vieja que había en la sacristía —las que usaban para las reuniones de catequesis— y la arrastró hasta colocarla justo frente a Susana, a un metro escaso de su cara vendada. Se sentó con calma, abrió las piernas anchas, la barriga cayéndole sobre el cinturón ya aflojado, y cruzó los brazos sobre el pecho como si estuviera en un teatro privado.
—Vamos, Panchito —continuó, con voz grave y satisfecha—. Cógetela bien. Quiero ver cómo esa boca que reza el rosario todos los días se llena de ti. Quiero ver cómo ese culo perfecto que todos admiramos en silencio se mueve cuando la embistes. No tengas prisa… hazlo lento al principio, que yo lo vea todo.
Pancho se quedó congelado un segundo, con la mano todavía en la nalga de Susana, como si no pudiera creer que le estuvieran dando permiso oficial. Miró al padre Luis buscando confirmación; el sacerdote asintió apenas, con esa expresión serena de quien dirige una ceremonia sagrada.
—Hazlo, hijo —dijo el padre Luis en voz baja—. Es tu recompensa. Y la de ella también. Que el Señor vea cómo se expía el pecado con humildad y entrega.
Susana temblaba entera. Las lágrimas seguían filtrándose por debajo de la estola morada, mojando sus mejillas ya manchadas de semen seco. Intentó hablar, pero solo salió un sollozo entrecortado.
—No… por favor… no él… no delante de… —susurró, pero la voz se le quebró cuando sintió las manos ásperas de Pancho volver a posarse en sus caderas.
Pancho se puso de pie con torpeza, desabrochándose el pantalón gastado con dedos temblorosos. Su miembro salió libre: no era grande, pero estaba duro como piedra, venoso, con la piel oscura y curtida por años de abstinencia absoluta. Se acercó más, colocándose detrás de ella, entre las piernas abiertas por la rodilla del sacerdote.
—Señora Susana… perdóneme… pero… pero lo necesito tanto… —murmuró él, casi llorando de emoción y deseo acumulado.
Apoyó la punta contra la entrada húmeda del sexo de ella. Susana se tensó, intentó cerrar las piernas de nuevo, pero don Mario chasqueó la lengua desde su silla.
—No, no, doña Susana… ábrase bien para el pobre Pancho. Mire que él ha barrido su iglesia todos los días sin pedir nada a cambio. Ahora le toca a usted poner de su parte.
Pancho empujó despacio. La cabeza entró con un sonido húmedo y suave. Susana soltó un gemido largo, mitad dolor, mitad algo más oscuro. Pancho se quedó quieto un instante, jadeando, como si temiera romper algo sagrado. Luego, con un gruñido bajo, empujó más profundo, hasta enterrarse por completo.
—Dios mío… —susurró él, con voz rota—. Es… es tan caliente… tan apretada…
Empezó a moverse: lento, torpe al principio, como alguien que nunca ha tenido práctica pero que ha soñado con esto toda la vida. Cada embestida hacía que las nalgas de Susana temblaran, que la carne blanca se enrojeciera donde sus manos callosas se aferraban. El sonido era obsceno en el silencio de la sacristía: el choque húmedo de piel contra piel, los jadeos roncos de Pancho, los sollozos ahogados de Susana.
Don Mario observaba todo con los ojos entrecerrados, la respiración pesada. Se había sacado la polla gruesa y corta, y la acariciaba despacio con una mano.
—Así, Panchito… más profundo… —ordenaba con voz ronca—. Quiero oír cómo la santa se rompe.
El padre Luis, aún arrodillado al lado, mantenía una mano en la espalda de Susana, acariciándola como si la consolara.
—Reza, hija… Di el Padrenuestro en voz alta.
Susana intentó obedecer entre sollozos:
—Padre… nuestro… que estás… en los cielos… —pero la voz se le quebraba cada vez que Pancho empujaba más fuerte.
Yo, desde la puerta entreabierta, no podía apartar la vista. Mi mano había entrado sola dentro del pantalón, apretando mi polla con fuerza para no correrme solo de ver cómo el viejo limpiador se follaba a mi tía.
Don Mario se quedó mirando la escena un rato más, con esa sonrisa satisfecha de quien sabe que tiene todo el control. Pancho seguía embistiendo despacio, con gemidos roncos y entrecortados, como si cada empujón fuera una oración agradecida.
De pronto, don Mario se levantó de la silla con un gruñido de esfuerzo, la barriga temblando bajo la camisa entreabierta. Se bajó los pantalones hasta las rodillas sin ceremonia, dejando libre su polla gruesa, corta pero muy venosa, ya dura y goteando un poco en la punta. Se acercó al frente de Susana, colocándose justo delante de su cara vendada.
—Basta de solo mirar, Panchito —dijo con voz ronca, casi alegre—. Ahora entro yo en acción. La santa va a chupármela mientras tú la sigues follando. Así se completa la penitencia: dos pecadores recibiendo su recompensa al mismo tiempo.
Susana sintió el movimiento delante de ella. El olor fuerte de colonia cara mezclada con sudor y excitación le llegó de golpe. Intentó girar la cabeza, pero la estola morada la mantenía fija hacia adelante.
—No… por favor… no los dos… —sollozó, la voz quebrada y húmeda de lágrimas—. Ya no puedo… ya no aguanto más…
Don Mario no le hizo caso. Agarró el pelo de ella con una mano gorda, tirando hacia atrás lo justo para que abriera la boca por instinto. Con la otra mano guio su polla hasta los labios temblorosos.
—Abre bien, doña Susana —ordenó con tono paternal y cruel—. Que esa boca que reza el rosario todos los días ahora rece con otra cosa. Chúpamela como buena devota.
Susana intentó resistir, apretando los labios, pero don Mario empujó con firmeza. La cabeza gruesa entró de golpe, forzando su boca a abrirse. Ella soltó un gemido ahogado que vibró contra la carne. Las lágrimas corrían sin control por debajo de la venda, mojando las mejillas ya manchadas de semen seco del padre Luis.
Pancho, al sentir que ella se tensaba más, aceleró un poco las embestidas. Sus manos callosas se clavaban en las caderas de Susana, dejando marcas rojas en la piel blanca. Cada empujón la hacía avanzar hacia la polla de don Mario, que entraba y salía de su boca con un ritmo lento pero implacable.
—Así, Panchito… dale más fuerte —gruñó don Mario, mirando hacia abajo con los ojos entrecerrados—. Haz que se mueva en mi verga. Mira cómo llora la santa… qué bonito se ve cuando se rompe.
Susana lloraba sin parar, los sollozos saliendo entrecortados alrededor de la polla que le llenaba la boca. Intentaba tragar aire por la nariz, pero cada embestida de Pancho por detrás la empujaba más profundo, haciendo que se atragantara. Saliva y lágrimas se mezclaban, goteando por su barbilla y cayendo sobre sus pechos pequeños que se balanceaban con cada movimiento.
El padre Luis observaba todo desde un lado, con la sotana aún arrugada y la mano acariciando la espalda de Susana como si la consolara.
—Reza, hija… reza —murmuraba—. El Señor ve tu sufrimiento… y lo acepta como ofrenda.
Pancho empezó a jadear más fuerte, los movimientos volviéndose erráticos. Sus caderas chocaban contra las nalgas de Susana con golpes secos, haciendo que la carne temblara y enrojeciera.
—No… aguanto… más… Señora Susana… —gimió él, con voz rota.
Don Mario lo miró y asintió.
—Vente, Panchito. Llénala. Que sienta tu recompensa dentro.
Pancho soltó un gruñido largo, animal, y empujó una última vez hasta el fondo. Su cuerpo se tensó entero mientras se corría dentro del sexo de Susana. Chorros calientes y espesos la llenaron; ella sintió el calor inundándola, y un sollozo más profundo escapó de su garganta alrededor de la polla de don Mario.
Casi al mismo tiempo, don Mario agarró el pelo con más fuerza, empujando hasta que la punta le rozó la garganta.
—Y ahora tú, doña Susana… trágate la mía también.
Empujó profundo una, dos, tres veces más. Susana se atragantó, intentó retroceder, pero no había escapatoria. Don Mario gruñó fuerte, la barriga temblando, y se corrió en su boca con chorros violentos. El semen espeso le llenó la garganta; parte se escapó por las comisuras de los labios, goteando en hilos blancos que caían sobre su barbilla y pecho. Ella tosió, tragó lo que pudo entre llantos, el resto resbalando por su cuello.
Los dos hombres se quedaron quietos un momento, jadeando. Pancho salió despacio de ella, dejando un hilo de semen que goteó por el interior de sus muslos. Don Mario sacó la polla de su boca con un sonido húmedo, limpiándola en la mejilla de Susana como si fuera un trapo.
Susana se derrumbó hacia adelante, todavía de rodillas, con las manos atadas a la espalda y la venda empapada de lágrimas. Sollozaba sin control, el cuerpo temblando de vergüenza, agotamiento y algo más oscuro que no quería nombrar.
El padre Luis le acarició el pelo con ternura.
—Bien hecho, hija… tu penitencia avanza. El Señor está complacido.
Yo, desde la puerta, seguía con la mano dentro del pantalón, la polla palpitando al borde del clímax solo de ver cómo habían usado a mi tía entre los dos. No podía más.
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Muy exitante, espero que siga la saga, que el sobrino y el padre también la penetrenp
Me alegro que te haya gustado. justo estoy viendo como continuar la serie, pero no encuentro una forma adecuada de hacer participe al sobrino.