Pasión sobre la nieve (1): El equilibrio de la apariencia

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T. Lectura: 4 min.

Soy Kael. Escribo sobre personas que parecen fuertes, pero se rompen; sobre vínculos que incomodan, transforman y dejan huella. Mis historias nacen del deseo, la memoria y la necesidad de reconstruirse después de la caída. Aquí comparto una de ellas.

El sonido del despertador a las 5:30 de la mañana cortó el silencio de la habitación como un tajo. Sofía no se levantó de golpe; se quedó inmóvil, dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Se estiró lentamente, sintiendo el roce de las sábanas de seda contra su piel, disfrutando de ese breve instante en que su cuerpo no le pertenecía a nadie más que a ella misma. A sus treinta y dos años, Sofía había aprendido que la confianza no era un don, sino una construcción arquitectónica que se levantaba cada mañana frente al espejo.

Se puso en pie y caminó hacia el baño. Antes de encender la luz, se observó en la penumbra. Las sombras favorecían sus curvas, dibujando el contorno de sus caderas marcadas y el peso de su busto. Sabía que no encajaba en el canon de delgadez de las revistas, pero había algo en su carne real —en la suavidad de su vientre y la firmeza de sus muslos—que proyectaba una vitalidad honesta, tangible. No siempre se sentía hermosa, pero casi siempre se sentía presente. Y eso, había aprendido, también era una forma de poder.

Encendió la ducha. Cuando el vapor comenzó a empañar los cristales, entró bajo el chorro. El agua caliente golpeó su espalda y ella dejó escapar un gemido bajo, más de alivio que de placer. Tomó la esponja, la empapó de gel con aroma a vainilla y coco, y comenzó a enjabonarse con movimientos lentos, casi meditativos. El olor dulce le devolvía algo parecido a la alegría, como si el cuerpo recordara antes que la mente.

Se detuvo un segundo, respiró hondo. Últimamente, su deseo era un animal dormido: no peligroso, pero presente. Y aun así, en ese momento, bajo el agua tibia, no había urgencia. Solo una mujer habitando su propio cuerpo.

Al salir, comenzó el ritual de la armadura. Su maquillaje no era una máscara para esconderse, sino un uniforme de combate. Delineó sus ojos almendrados, alargando la mirada, y aplicó un labial rojo carmesí que contrastaba con su piel clara. Luego vino la ropa: una falda lápiz gris perla que se ajustaba a sus caderas con precisión y una blusa de seda blanca, tan fina que dejaba entrever el encaje negro del sostén en su espalda.

Cada elección era deliberada. Sofía no quería ser solo admirada; quería ser imposible de ignorar.

—¿Vas tan arreglada hoy, hija? —preguntó su madre, Carmen, mientras revolvía un café que olía a rutina.

—Solo porque sí, mamá. Hay que darle batalla al mundo —respondió Sofía con una sonrisa ligera, de esas que no pedían explicaciones.

—La vida es muy corta para ir de gris —añadió, antes de darle un beso a su padre y salir de casa bajo el sol de la costa, con el clic-clac de sus tacones marcando el ritmo de una mujer que parecía tenerlo todo bajo control.

En la oficina, Sofía era un despliegue de eficiencia y encanto contenido. Caminaba por los pasillos con paso firme, saludando a quien se cruzara, consciente de las miradas pero sin depender de ellas. Su sensualidad no estaba en provocar, sino en ocupar espacio con naturalidad, en moverse como alguien que sabía dónde estaba parada.

Se sorprendió a sí misma tarareando mientras ordenaba su escritorio. No era felicidad plena, pero sí una ligereza inesperada, como si su cuerpo se hubiera adelantado a su ánimo. Quizá, pensó, no todo tiene que doler hoy. Manejaba a los estibadores del puerto y a los clientes más rudos con una mezcla precisa de firmeza y cordialidad. En las reuniones, cruzaba las piernas con calma, capturando por un instante el silencio de la sala cuando entraba. Era su juego, su manera de confirmar que seguía siendo poderosa.

—Eres un ángel, Luis —le dijo a su joven asistente, regalándole una sonrisa breve.

El muchacho pasó el resto de la mañana tartamudeando.

Mientras Sofía brillaba bajo las luces fluorescentes de la oficina, Julián se hundía en la humedad del almacén. El aire olía a cemento, madera tratada y sudor viejo. Se pasó un trapo por la frente, dejando un rastro gris sobre su piel. A sus veintidós años, sentía que su vida todavía no terminaba de encajar: por la mañana, ecuaciones y planos; por la tarde, sacos de cal sobre los hombros.

Aun así, entre carga y carga, hubo un momento de risa. Una broma tonta, un comentario al pasar. Julián sintió, por un instante, que su cuerpo joven respondía bien al esfuerzo. Había algo casi satisfactorio en el ritmo repetitivo del trabajo, en la certeza simple de que podía con eso. Pensó en los planos que dibujaba por las noches, en estructuras que resistieran el tiempo. No lo decía en voz alta, pero ese sueño —construir algo firme—le daba una calma silenciosa.

Vivir en la casa de sus abuelos, junto a su madre y su tía Sofía, era como habitar una radio que nunca se apagaba. Siempre había voces, consejos, expectativas. El almacén, con todo su ruido, era irónicamente su único espacio de silencio mental. Durante un descanso, revisó el teléfono. Un mensaje de Sofía: Ir al supermercado.

Suspiró. No le molestaba la tarea, pero estar cerca de su tía últimamente era agotador. Sofía vibraba en una frecuencia alta, como si estuviera empujándose a sí misma hacia adelante. Recordó haberla visto esa mañana: el perfume, la risa sonora, la energía casi excesiva. Sabía que era una mujer hermosa —eso era evidente—, pero la observaba con la distancia de quien mira una tormenta desde lejos.

A las seis en punto llegó a casa. Se quitó las botas y subió a buscarla.

—Pasa —respondió ella desde el cuarto.

Ya no llevaba la falda de oficina. Ahora vestía jeans ajustados y una blusa holgada. Se estaba poniendo unos tenis blancos.

—Hola, sobrino. Vamos rápido, tengo hambre de algo diferente hoy —dijo ella, con una energía que a Julián le pareció insistente, casi ansiosa.

En el auto, Sofía subió la música y cantó sin afinar. Julián negó con la cabeza, sonriendo a pesar suyo.

—¡Este día se siente increíble! —exclamó ella—. Hagamos algo especial, compremos carne buena y cocinemos de verdad.

—Estás muy eléctrica hoy, tía —comentó él—. ¿Pasó algo bueno?

—Nada especial. Solo me siento ligera… como si hoy el mundo pesara menos.

En el supermercado, Sofía fue un torbellino. Saludó, bromeó, rio. Julián la seguía con el carrito, sintiendo que algo no encajaba. Su alegría era como un barniz brillante: debajo, la madera crujía. El regreso fue ruidoso hasta que estacionaron frente a la casa. El silencio cayó de golpe.

—¿Me ayudas con la del vino, tía? —preguntó Julián.

No hubo respuesta.

Sofía estaba pálida, inmóvil bajo la luz amarillenta de la farola. Respiraba mal.

—¿Sofía? —dijo él, alarmado.

Cuando la tocó, todo se rompió. Ella se derrumbó entre sus brazos, sollozando con una violencia que lo desarmó. Allí, en medio de la calle, la mujer perfecta desapareció. Solo quedó una mujer rota, aferrada al único punto firme que tenía cerca. Y Julián, sin saber que hacer, se quedó ahí sosteniéndola.

Gracias por llegar hasta aquí. A veces, las historias comienzan justo cuando todo parece estar en su lugar. Sofía aún no lo sabe, pero este es el primer paso de su caída… y de algo más.

—Kael

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