Pasión sobre la nieve (2): Escombros y propuestas

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El llanto de Sofía en el porche no era un llanto común; era un colapso estructural. No había contención ni pudor, solo el sonido crudo de algo que se rompe sin remedio. Julián la sostuvo sintiendo cómo el cuerpo de su tía, siempre erguido y firme, se volvía pesado y blando, como si los huesos se le hubieran convertido en agua. Con un brazo firme alrededor de su cintura, la guio hacia el interior de la casa. Las bolsas del supermercado —el vino, la carne para la cena, el helado que ella tanto quería— quedaron desparramadas en la banqueta, olvidadas bajo la luz fría de la farola, como restos de una normalidad que ya no existía.

La casa los recibió con un silencio denso, casi hostil. Sus abuelos y su madre ya se habían retirado a sus habitaciones; una fortuna. Sofía no estaba en condiciones de explicar el espectáculo de rímel corrido y dignidad rota que protagonizaba. Julián la ayudó a sentarse en el sofá de la sala, un mueble de terciopelo viejo que pareció tragarse su figura. Ella se cubrió la cara con un cojín, intentando ahogar los sonidos que le desgarraban la garganta, pero los sollozos encontraban siempre una rendija por donde escapar.

—Tía… por favor… —murmuró Julián, arrodillándose frente a ella—. Me estás asustando. Dime qué pasó.

Por primera vez en su vida, se sintió el adulto de la habitación. Sofía soltó el cojín con un movimiento torpe. Su rostro era un mapa de desolación: el maquillaje carmesí que tanto esmero le había costado aplicar estaba corrido, manchando sus mejillas de un gris sucio, ajeno a ella.

—Fue… fue Raúl —logró articular. El nombre cayó pesado, como una piedra lanzada al centro de la habitación.

Julián apretó los puños. Raúl, el arquitecto de renombre, el hombre de los proyectos ambiciosos y la sonrisa pulcra que siempre parecía tener el control de todo.

—¿Qué hizo ese tipo? —preguntó él, con la voz tensa—. ¿Se pelearon?

Sofía negó con la cabeza, respirando entrecortado.

—Fui a su departamento… quería darle una sorpresa. Pensé que… —tragó saliva— iba a ser una noche especial. Pero la puerta no estaba cerrada… y el silencio de adentro era distinto. Pesado. Estaba con ella, Julián. Una chica que apenas debe haber terminado la carrera. Se reían… bebían vino. Él la miraba como si fuera el sol. Y yo… —su voz se quebró— yo era un fantasma en mi propia vida.

Se abrazó a sí misma, encogiéndose.

—Me quedé ahí, en el marco de la puerta, sintiéndome vieja. Ridícula con mi falda ajustada y mis ganas de amarlo. Él solo me dijo: “No es lo que parece”. Como si mis ojos mintieran. Como si mi dolor fuera un error de cálculo. Salí sin decir nada. Conduje por horas… intenté maquillarme en el auto, intenté ser la de siempre… pero me rompí. Me rompí del todo.

La ira de Julián subió lenta y densa. No era solo rabia; era impotencia. Odiaba la arrogancia de ese hombre, pero más aún odiaba ver a su tía —la mujer que siempre caminaba segura, sensual, dueña de sí— dudando de su propio valor. Sin pensarlo, tomó sus manos. Eran frías. Las sostuvo con firmeza, como si pudiera anclarla a algo real.

—Él es un imbécil —dijo él, sin suavizarlo—. Un idiota que no te merece. No eres vieja. No eres menos. Él simplemente no tuvo la altura para estar contigo.

Sofía lo miró por primera vez de verdad. No como al sobrino, sino como a alguien que estaba ahí, sosteniéndola sin juzgarla, sin pedirle que fuera fuerte.

El invierno interno.

Las dos semanas siguientes fueron un descenso lento hacia la penumbra. La casa cambió de temperatura. Sofía dejó de ser el motor de la familia para convertirse en un mueble más, uno silencioso y polvoriento. Sus perfumes desaparecieron; ahora olía a jabón neutro y a encierro. Los tacones quedaron relegados al fondo del armario, cubiertos de polvo. Empezó a usar camisones de algodón, suéteres grandes que no le pertenecían, ropa que no decía nada de ella.

Julián la observaba durante las cenas. Ella apenas tocaba la comida, moviéndola de un lado a otro con el tenedor. Su madre y sus abuelos intentaban animarla con frases bienintencionadas que rebotaban contra un muro invisible. La sensualidad de Sofía no había muerto, pero estaba sepultada bajo capas de tristeza, como una ciudad enterrada esperando ser descubierta.

Una tarde de jueves, Julián la encontró en el patio trasero. Sofía estaba sentada en una silla de mimbre, observando una grieta en la pared con una concentración inquietante. No lloraba. Llorar implicaba sentir algo. Ella estaba vacía. Julián cerró sus libros de ingeniería. Ninguna ecuación explicaba ese tipo de derrumbe, pero sabía que toda estructura necesita un refuerzo externo.

—Vámonos de aquí —dijo él, colocándose frente a ella.

Sofía alzó la vista lentamente. Sus ojos oscuros habían perdido su brillo felino, pero no su profundidad.

—¿A dónde, Julián? —preguntó ella sin energía—. No tengo fuerzas ni para ir a la esquina.

—A las montañas del norte. Donde el aire es tan frío que te obliga a sentir que respiras. Vamos a buscar la nieve.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

—La nieve… —susurró Sofía.

Siempre había querido conocerla. Ver el mundo cubierto de blanco, sentir ese silencio absoluto. Se lo había pedido a Raúl tantas veces que ya había dejado de contarlas. Siempre había una excusa.

—Yo te voy a llevar —continuó Julián—. No él. Vamos a manejar hasta que el paisaje cambie, hasta que el suelo sea blanco y el cielo parezca otro. Te prometo que vas a tocar la nieve con tus propias manos.

Sofía soltó una risa breve, casi inexistente, pero distinta. No era burla; era cansancio mezclado con algo parecido a esperanza.

—No tengo dinero. Ni ropa. Ni ánimo.

—Yo manejo. Yo pongo el auto. Tú solo súbete —dijo él—. Una semana. Si no sales ahora, te vas a desaparecer, tía… y yo no pienso dejar que eso pase.

Sofía lo miró largo rato. Vio en él una certeza que ella había perdido. Un ancla.

—No tengo ropa para la nieve —dijo ella al final, casi sonriendo.

—Te presto mis chamarras. Te quedarán enormes —respondió él—. Pero estarás abrigada. El ánimo lo buscamos allá.

Sofía respiró hondo. Por primera vez en días, el aire no dolió tanto.

—Está bien —susurró—. Si me dan el permiso… sácame de aquí.

Julián asintió.

—Empaca lo básico. El viernes a medianoche, nos vamos.

Y por primera vez desde el derrumbe, Sofía sintió que, entre los escombros, algo empezaba a reconstruirse.

No todo renace de inmediato. A veces, basta con aceptar la invitación a moverse. Gracias por seguir acompañando esta historia.

Kael

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