Pasión sobre la nieve (3): Escombros de seda

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Al día siguiente, Sofía llegó a la oficina con una misión. El permiso había sido aprobado sin demasiadas preguntas; su jefe, al ver el colapso estructural en sus ojos, solo le dijo que se fuera a «sanar» y que volviera cuando fuera otra persona. A las once de la mañana ya había despachado sus pendientes más urgentes y, con el permiso firmado en el bolso, salió hacia el centro comercial.

Sabía que Julián tenía razón. Si iban a un lugar donde el frío mordía, no podía llevar las blusas de seda y las faldas de corte tropical que colgaban en su armario, esas que siempre la hacían sentirse el plano original de sí misma. Necesitaba abrigo, capas, protección… y aun así, la idea la inquietaba. Sofía no sabía cómo vestirse para el frío sin sentir que, de alguna forma, se estaba enterrando bajo los escombros de quien era.

Entró en una boutique que solía frecuentar. El aire acondicionado estaba más fuerte de lo habitual, un pequeño adelanto de la glacería que le esperaba. Empezó a pasar la mano por las telas: lana gruesa, algodón pesado, poliéster térmico. Materiales para construir refugios.

—¿Busca algo especial, señorita?

—Iré a la montaña. Necesito algo que resista el clima —respondió Sofía, con una determinación que sorprendió incluso a ella misma.

Empezó a sacar prendas. Descartó las parkas abultadas que la hacían parecer un oso polar, una estructura informe. Entonces su mano se detuvo en un suéter de cuello alto, tejido con hilos gruesos de color mostaza. Se lo probó. La tela era cálida, reconfortante, pero el corte ceñido a la cintura y los hombros le dibujaba una silueta elegante. Se miró al espejo. El cuello alto subía por su mandíbula, enmarcando su rostro, y por un instante no vio a alguien disfrazada para el invierno, sino una versión distinta de su propia arquitectura: sofisticada, misteriosa… y todavía ella.

Siguió buscando. Encontró unos pantalones oscuros, con una tela que parecía una segunda piel. Se los probó. Se ajustaban a sus caderas y muslos con una precisión casi quirúrgica, realzando las curvas sin ocultarlas, pero sin ofrecerlas. Se giró frente al espejo. Se veía bien. Se veía sexy, pero de una forma adulta, serena. No era la sensualidad provocativa de la playa; era una elegancia segura, propia de una ciudad que se protege del frío.

—Me llevo estos —dijo Sofía, decidida—. Y también necesito abrigos.

Pasó a la sección de abrigos. Probó varios hasta que encontró uno largo, negro, con un cinturón que marcaba la cintura. Al cerrarlo, el abrigo se convirtió en una especie de armadura elegante: la cubría de pies a cabeza, pero dejaba claro que debajo había una construcción sólida.

Sin embargo, al pasar frente a la sección de ropa interior, sus pasos se ralentizaron. Se detuvo ante las perchas de encajes y satines. Su mano rozó un conjunto rojo, de encaje transparente, el tipo de andamio frágil que a Raúl le gustaba verla usar. Por un segundo, la boutique desapareció. El aroma limpio de la tienda fue reemplazado por el olor a tabaco y whisky barato de un pub en el centro de la ciudad.

Sofía cerró los ojos y regresó a hace tres años. Era una noche de jueves. Llovía torrencialmente afuera, pero dentro del bar el ambiente era cálido y ruidoso. Ella estaba sentada en una barra alta, esperando a unas amigas que nunca llegaron. Llevaba un vestido negro de satén, corto, que se adhería a su piel como un diseño perfecto, y botas de tacón aguja. Se sentía poderosa, consciente de cada línea de su cuerpo.

Raúl se acercó sin torpeza. Estaba bien vestido, con un traje gris impecable, el cabello peinado hacia atrás y una sonrisa que prometía peligro y placer.

—¿Te abandonaron o eres tú la que abandona? —dijo, pidiendo una copa de lo mismo que ella bebía.

Sofía se giró sobre el taburete, cruzando las piernas con lentitud, dejando que la tela del vestido se deslizara un poco y mostrara la piel suave y bronceada de su muslo.

—Alguna de las dos —respondió con una sonrisa pícara, sosteniéndole la mirada—. ¿Y tú? ¿Eres el salvador de la noche?

—Soy Raúl. Arquitecto. Me gustan las estructuras bien hechas —dijo él, recorriéndola con una mirada lenta y deliberada, deteniéndose en sus piernas antes de subir hasta sus ojos, y luego bajar a sus labios—. Y tú pareces una estructura sólida… pero fascinante.

La noche se volvió una mezcla de risas, copas y miradas cargadas de electricidad. Él la hizo sentir como si fuera la única mujer en el lugar. La cita formal fue dos días después: una cena en un restaurante italiano, a la luz de las velas. Él habló de sus proyectos; ella, de sus sueños. Bajo la mesa, su pie buscó el de ella, rozándole el tobillo con una insistencia suave que la dejaba sin aliento.

Pero el recuerdo más vívido —el que le erizó la piel y le subió el calor al cuello, allí, en medio de la tienda— fue esa misma noche, después de la cena. Estaban en el departamento de él. El jazz sonaba bajo, apenas un murmullo sobre la lluvia golpeando el cristal. Raúl la condujo hasta el sofá. El beso comenzó lento, exploratorio, pero pronto se volvió urgente, hambriento, como si ambos hubieran estado esperando ese instante.

Recordaba sus manos, grandes y cálidas, desabrochándole el vestido con una destreza que la sorprendió, dejando que el satén frío resbalara por su piel hasta caer al suelo. La sensación de quedarse solo con los tacones y el conjunto rojo, bajo la mirada atenta de él recorriéndola sin prisa. Raúl no se apresuró. La guio hasta el sofá de terciopelo verde y la recostó con cuidado, siguiéndola de inmediato, sin darle tiempo a que extrañara el contacto. Su peso era firme, preciso, excitante.

Recordaba la aspereza de su barba rasante contra su cuello, una fricción que provocaba escalofríos descendentes, mientras sus manos la recorrían con una intensidad que la dejaba sin aire. Él bajó sus labios por su clavícula, deteniéndose para morder suavemente la piel donde el hombro se encontraba con el cuello, un dolor placentero que la hizo arquear la espalda y gemir contra la oreja de él. Sus manos no se contentaban con acariciar; exploraban, poseían.

Deslizó la palma por la curva de su cintura, aferrándola, y luego bajó hasta la cadera, apretando con fuerza, acercándola a su propia erección, evidente bajo los pantalones de traje, permitiéndole sentir la dureza y el calor a través de la tela, permitiéndole sentir cuánto la deseaba.

Sofía envolvió sus piernas alrededor de su cintura, buscando más fricción, más presión. El aire en la habitación se sentía espeso, cargado de feromonas y deseos. Él se apartó apenas un segundo para quitarse la camisa.

Sofía vio cómo el torso de Raúl quedaba al descubierto; piel bronceada, pectorales definidos, un abdomen marcado por líneas que bajaban hacia el cinturón. No era un chico, era un hombre hecho, y la vista de esa masculinidad desnuda aumentó su humedad interior. Él volvió sobre ella, ahora piel contra piel. La sensación de sus pezones duros rozando el encaje de su sostén la hizo jadear. Sus manos descendieron con impaciencia, deshaciendo el broche del conjunto rojo y liberando sus senos, que se alzaron firmes ante la mirada codiciosa de él.

Raúl no esperó; bajó la cabeza y tomó uno en su boca, su lengua húmeda y caliente girando alrededor del pezón mientras su mano masajeaba el otro con una presión dominante que la hizo lanzar la cabeza hacia atrás y soltar un gemido gutural.

—Te quiero ver toda —murmuró él contra su piel, con voz ronca.

Se arrodilló entre sus piernas y, con un movimiento fluido, le deslizó el panties rojo hacia abajo. Sofía sintió el aire fresco del departamento en su piel húmeda y expuesta, una mezcla de vulnerabilidad y poder absoluto. Raúl se detuvo un momento, observándola, devorándola con la vista. Ella se sintió gloriosamente desnuda, sus curvas bañadas por la luz tenue de la lámpara, su sexo abierto y palpitante, esperándolo.

Él se despojó del resto de su ropa. Cuando se quitó los pantalones y la bóxer, su miembro se liberó, erecto y grueso, rozando su vientre. Sofía lo miró, sintiendo un nudo de ansiedad y deseo en la garganta. Era imponente, pesado, la vena principal pulsante bajo la piel estirada. Raúl notó su mirada y se acercó, tomando la mano de ella y llevándola hacia su erección. Ella lo envolvió con los dedos, sintiendo la sedosa calidez de la piel, la dureza de abajo arriba, escuchando cómo él exhalaba el aire entre dientes.

Se volvió a colocar sobre ella. Esta vez no hubo preliminares lentos. Él separó sus muslos con sus rodillas y se posicionó en su entrada. La cabeza de su sexo rozó sus labios, deslizándose en su humedad natural, preparándola.

—Mírame —le ordenó él, y ella obedeció, clavando sus ojos oscuros en los de él.

Con un movimiento firme de caderas, Raúl penetró en ella. Sofía sintió cómo se abría para recibirlo, las paredes internas expandiéndose para acomodar su tamaño, un estiramiento intenso y delicioso que la llenó por completo. Él entró hasta el fondo, hasta que sus pelvis se encontraron, y se detuvo allí, permitiéndole sentirse llena, poseída.

El movimiento comenzó con un ritmo profundo y constante. Cada embiste suyo empujaba un gemido de sus labios. Él no solo estaba dentro de su cuerpo; estaba en su mente, controlando el ritmo, la intensidad. Raúl se apoyaba en sus antebrazos, mirándola a la cara mientras la poseía, viendo cómo el placer se dibujaba en sus expresiones, cómo sus senos se mecían al compás de sus embestidas.

—Eres mía esta noche —susurró él, mordiéndole el lóbulo de la oreja, enviando una corriente eléctrica directo a su clítoris.

Sofía envolvió sus piernas más fuerte alrededor de su cintura, cruzando los tobillos para empujarlo más profundo, buscando ese punto que la haría perder la razón. Él entendió la señal sin que ella dijera una palabra. Cambió el ángulo, inclinándose más hacia atrás y apoyándose en sus talones para ganar palanca, y comenzó a moverse más rápido, más duro. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedos y calientes, llenó la sala. El sofá crujía bajo el ritmo frenético de sus movimientos. Sofía sentía el sudor de la frente de él mezclarse con el suyo, su respiración entrecortada rozándole la piel.

El placer se acumulaba en su bajo vientre como una marea creciente, una presión ineludible que la hacía temblar. Él bajó una mano entre ellos, encontrando su clítoris, hinchado y sensible, y comenzó a frotarlo en círculos precisos mientras seguía penetrándola con fuerza. La doble estimulación fue demasiado. Sofía arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros musculosos de él, y gritó su nombre mientras el orgasmo la arrasaba.

Las contracciones violentas de sus músculos internos apretaron su miembro, arrastrándolo con ella. Raúl gruñó, apretó los dientes y, con unas embestidas finales y profundas, eyaculó dentro de ella, llenándola con su calor, cayendo exhausto sobre su cuerpo mientras ambos intentaban recuperar el aliento en el silencio posterior, bañados en sudor y satisfacción absoluta.

Sofía sintió un calor suave recorrerle el vientre en medio del pasillo de la tienda, una mezcla de deseo agudo y nostalgia dolorosa. Casi tomó el conjunto rojo de la percha. Casi se lo llevó al probador para comprobar si aún le quedaba igual de bien, para saber si todavía podía recuperar ese sentimiento de poder y de deseo absoluto que había sentido aquella noche. Pero luego, la imagen de Raúl se superpuso con la de la otra mujer. La chica joven, risueña, probablemente usando un conjunto de encaje parecido, recibiendo las mismas miradas, las mismas palabras de «eres perfecta», las mismas caricias expertas. El recuerdo dejó de ser un tesoro para convertirse en una bofetada. El encanto se rompió.

Sofía soltó la tela del conjunto rojo como si le hubiera quemado los dedos. Se sacudió la cabeza violentamente, tratando de dispersar las imágenes, el olor a tabaco, la sensación del sofá de terciopelo y el eco de sus propios gemidos.

«No era que no quisiera volver a ser deseada. Era que ya no quería pagar el precio de ser demolida».

—No —murmuró para sí misma, sintiendo cómo el sudor frío le bajaba por la espalda—. No. Tengo que olvidar todo eso. Eso fue un espejismo.

Se giró hacia la otra sección de la tienda, alejándose de los encajes y las transparencias que ahora le parecían ridículas. Se detuvo frente a las cajas de ropa interior térmica y de algodón. Algodón. Simple, práctico, sin pretensiones. Sin seducciones. Tomó un paquete de brasieres de algodón sin costuras, color piel y negro. Tomó calzoncillos tipo boxer que cubrían más de la cuenta, fabricados para retener el calor. Esa era la ropa que necesitaba. Ropa para sobrevivir al frío. Ropa para estar cómoda. Ropa para no ser mirada, sino para abrigarse.

Llevó a la caja las prendas básicas, junto con el abrigo y los pantalones ajustados que había elegido. Pagó y salió de la tienda sintiéndose un poco más tranquila, aunque el corazón todavía le latía con fuerza por el peso del recuerdo. Afuera, el sol de la costa brillaba indiferente, y ella supo que, aunque la ropa interior fuera de algodón, la mujer que la llevaría puesta ya no era la misma. Su estructura interna se había modificado para siempre.

No toda armadura es dura. Algunas se tejen para sobrevivir. Gracias por seguir acompañando esta historia.

Kael

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