La luz del amanecer en la montaña no tiene piedad. Entró por el ventanal del Lodge con una blancura quirúrgica, iluminando el caos de la habitación: el albornoz tirado en una esquina, el short de Julián en el suelo y, justo al pie de la cama, el bikini rojo, una mancha de color demasiado viva para la claridad de la mañana.
Sofía fue la primera en abrir los ojos. El peso del brazo de Julián sobre su cintura, que anoche era su único refugio, ahora se sentía como un recordatorio físico de lo irreversible. Se quedó inmóvil, mirando el techo de vigas de madera, escuchando la respiración acompasada de él. El silencio ya no era sagrado; era un vacío que empezaba a llenarse de preguntas que no quería responder.
Se movió con cuidado para no despertarlo, pero en cuanto intentó apartar la sábana, la mano de Julián se cerró con más fuerza sobre su cadera, atrayéndola de vuelta.
—No te vayas —susurró él, con la voz pastosa por el sueño, hundiéndose en el hueco de su cuello.
—Julián, es de día —respondió ella, y su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otra mujer—. Tenemos que… tenemos que pensar.
—No quiero pensar. Solo quiero esto.
Iba a besarla de nuevo, un beso que ya no sabía a descubrimiento sino a una posesión mucho más profunda, cuando el sonido llegó desde el exterior.
¡Toc, toc, toc!
—¡Buenos días, pareja de postal! —La voz de Elena, cargada de una vitalidad que a Sofía le resultó agresiva, traspasó la madera de la puerta— ¡El café está recién hecho y el guía dice que hoy el cielo está despejado para la caminata! ¿Se nos unen en diez minutos?
Sofía se sentó de golpe en la cama, cubriéndose el pecho con la sábana, con el corazón martilleándole en las costillas. Miró a Julián. El pánico en los ojos de ella chocó con la mirada sombría y protectora de él.
—Diles que bajamos en un momento —susurró Julián, sentándose también.
—¡Bajamos en un momento, Elena! —gritó Sofía, tratando de que su voz no temblara—. ¡Vayan yendo!
—¡No tarden, que Marcos se come todo el pan tostado! —rio Elena antes de que sus pasos se alejaran por el pasillo de madera y la nieve.
Cuando el silencio regresó, era un silencio roto. Sofía se levantó y recogió el bikini rojo del suelo casi con asco, guardándolo rápidamente en su maleta como si ocultara la evidencia de un crimen. Julián la observaba desde la cama, con la sábana a la altura de la cintura, viéndola recuperar su ropa de lana y sus gestos tensos.
—¿Vas a volver a ser mi tía en cuanto crucemos esa puerta? —preguntó él, con una honestidad que dolió.
Sofía se detuvo con un calcetín en la mano y lo miró. La intensidad de lo que habían vivido anoche seguía vibrando entre ellos, pero el mundo exterior reclamaba su lugar.
—Julián, afuera somos lo que siempre hemos sido —dijo ella, aunque sus ojos decían lo contrario— No podemos permitir que Marcos y Elena vean ni una grieta en la historia. Si sospechan algo… si esto sale de aquí…
—Lo que pasó anoche no fue una historia, Sofía. Fue lo único real que hemos tenido en años.
Sofía no respondió. Se limitó a mirarlo un segundo más, dejando que el peso de esa verdad la golpeara, antes de desviar la vista hacia el espejo. Con manos temblorosas, comenzó a recogerse el cabello en una coleta tirante, un gesto que parecía un intento desesperado por poner orden en el caos de sus emociones. Julián la observó en silencio, con la mandíbula apretada, reconociendo en ese movimiento el muro que ella estaba volviendo a levantar piedra por piedra.
—Vístete, por favor —murmuró ella, sin mirarlo—. Nos están esperando.
Él soltó un suspiro pesado, una mezcla de resignación y furia contenida, y buscó su ropa esparcida por el suelo. El aire en la cabaña, que horas antes había ardido, ahora se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que cada roce accidental al pasar el uno junto al otro doliera como una quemadura. Cuando finalmente salieron y cerraron la puerta tras de sí, el frío del exterior los golpeó como una bofetada necesaria.
Caminaron hacia el edificio principal manteniendo una distancia prudencial; dos extraños que compartían un secreto demasiado pesado para ser cargado a plena luz del día.
El ambiente en el salón del desayuno era la antítesis de la noche anterior. Mientras que la cabaña había sido un santuario de sombras y calor, el comedor del Lodge estaba inundado de una luz blanca, casi clínica, que rebotaba en la nieve exterior.
Marcos y Elena ya estaban instalados en una mesa redonda, rodeados de platos de fruta, pan artesanal y el aroma penetrante del café recién molido. Elena, vestida con un jersey de cachemira color crema que resaltaba su elegancia madura, levantó la mano en cuanto los vio aparecer.
—¡Por fin! —exclamó con una sonrisa radiante—. Estábamos a punto de enviar una partida de rescate. Tienen una cara de cansados… se nota que las termas los dejaron “relajados”.
Sofía sintió que la sangre se le helaba. Se sentó con una rigidez mecánica, evitando el contacto visual directo. Julián, en cambio, se movía con una calma que a ella le resultaba aterradora; se sentó a su lado y, con una naturalidad pasmosa, le sirvió café antes de servirse a sí mismo.
—Fue una noche larga —dijo Julián, y sus ojos se cruzaron con los de Sofía por un segundo; un destello de desafío que ella cortó bajando la vista al plato—. Hacía tiempo que no dormía tan profundamente.
—Es el aire de montaña —terció Marcos, untando mantequilla con entusiasmo— Elena y yo siempre decimos que estos viajes son como un reinicio para la pareja. Te obligan a mirarte a los ojos de nuevo. Por cierto, ¿qué planes tienen para cuando vuelvan a la ciudad? Julián, un hombre con tu determinación no creo que deje que una mujer como Sofía se le escape tan fácil. ¿Hay planes de mudanza? ¿Algo más serio?
La pregunta cayó como una piedra en un estanque. Sofía sintió que el aire se espesaba. Julián dejó la taza de café en la mesa con un ruido seco.
—Estamos viviendo el momento, Marcos —respondió Julián, y bajo la mesa, su mano buscó el muslo de Sofía, apretando con una firmeza que era mitad apoyo, mitad posesión—. Hay cosas que no se pueden apresurar, sobre todo cuando son tan… valiosas.
Elena soltó una risita encantada, pero Sofía sentía que el nudo en su garganta no la dejaba tragar ni un bocado. La atención de esa pareja “perfecta” se sentía ahora como un interrogatorio policial.
Dos horas después, la situación dio un giro inesperado. El grupo había salido para una caminata por un sendero que bordeaba un acantilado bajo, buscando una vista panorámica del valle glaciar. La nieve estaba más blanda de lo habitual debido a un ligero aumento de la temperatura.
Elena y Marcos iban unos cincuenta metros por delante, riendo y tomados de la mano, mientras el guía les explicaba la formación de los estratos de hielo. Sofía aprovechó la distancia para detenerse, fingiendo que ajustaba sus botas. Necesitaba aire, necesitaba distancia de la mirada de Elena.
—No puedo seguir con esto, Julián —susurró sin mirarlo, en cuanto estuvieron solos—. Marcos pregunta por el futuro… Elena nos mira como si fuéramos el ideal de pareja que ellos son. Me siento sucia fingiendo frente a ellos después de lo de anoche.
—¿Sucia? —Julián la tomó del brazo, obligándola a girarse hacia él. El paisaje blanco a su alrededor los aislaba por completo—. Lo que pasó anoche no fue sucio, Sofía. Fue lo primero honesto que has hecho en mucho tiempo.
—¡Somos familia, Julián! —le recordó ella en un siseo desesperado, con las lágrimas empezando a escocerle los ojos—. Lo que hicimos… rompe todo lo que conozco.
Antes de que él pudiera responder, un crujido sordo resonó en la montaña. No fue una avalancha, sino un pequeño desprendimiento de la cornisa de nieve superior. El guía gritó algo desde la distancia, pero el sonido del viento se lo tragó. Una nube de polvo blanco los envolvió por unos segundos.
Cuando el aire se aclaró, vieron que el sendero principal había quedado bloqueado por un montón de nieve y rocas pequeñas. No era peligroso, pero los había separado. Marcos, Elena y el guía estaban del otro lado del bloqueo.
—¡Sofía! ¡Julián! ¿Están bien? —gritó Marcos desde el otro lado.
—¡Estamos bien! —respondió Julián a pleno pulmón— Pero el camino está cortado.
—¡Tienen que volver por el sendero auxiliar, el que baja por el bosque de pinos! —gritó el guía— ¡Nos vemos en el Lodge en una hora! ¡No se desvíen del camino marcado!
Sofía vio cómo las siluetas de la otra pareja se alejaban hacia el otro extremo. De repente, el mundo volvió a reducirse a ellos dos. El bosque de pinos, denso y sombrío, los esperaba cuesta abajo. Julián se giró hacia ella. La tensión del desayuno había desaparecido, reemplazada por una electricidad mucho más peligrosa.
—Parece que el destino no quiere que dejemos de estar solos, Sofi —dijo él, y esta vez no había rastro de la farsa.
Caminaron unos diez minutos hasta que Sofía no pudo más. Se detuvo en seco en un pequeño claro donde los pinos formaban una cúpula oscura, ocultándolos de cualquier mirada. Se giró hacia Julián con los ojos encendidos y el pecho agitado bajo el abrigo de lana.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —estalló ella. Su voz, aunque baja por miedo a que el eco la traicionara, tenía el filo de una cuchilla—. ¡Lo que hiciste en el desayuno! Esas miradas, esa mano en mi muslo… ¡Casi nos entregas frente a Marcos y Elena!
Julián se detuvo y se cruzó de brazos, sosteniéndole la mirada con una frialdad que solo alimentó el fuego de ella.
—Yo no hice nada que no fuera real, Sofía. El problema es que tú te mueres de miedo porque por primera vez no puedes controlar lo que sientes.
—¡Claro que tengo miedo! —gritó ella, dando un paso hacia él y hundiendo sus botas en la nieve— ¡Tengo miedo de que nos destruyas! No eres consciente de lo que está en juego. Eres mi sobrino, Julián. Mi hermana me confió que te cuidara en este viaje, y en lugar de eso, hemos… hemos cometido una atrocidad. Lo de anoche fue un error monumental, una debilidad de la carne por culpa del aislamiento y de esa pareja perfecta que nos hizo alucinar.
Julián soltó una carcajada amarga que resonó entre los árboles.
—¿Debilidad de la carne? No me insultes, Sofía. Y no te insultes a ti misma. Anoche no hubo nada de “error”. Me buscaste con la misma desesperación con la que yo te busqué a ti. Lo que te duele no es lo que hicimos, sino que ahora sabes que el “papel” de tía protectora es una mentira. Se acabó la farsa. No puedes volver a mirarme y ver a un niño.
—¡Puedo y lo haré! —sentenció ella, ignorando las lágrimas de frustración que rodaban por sus mejillas— Esto se termina aquí, en este bosque. Vamos a volver al Lodge, vamos a terminar este viaje como personas civilizadas y cuando lleguemos a casa, nunca, ¿me oyes?, ¡Nunca volveremos a hablar de esto! Lo enterraremos como si no hubiera pasado.
Julián dio un paso rápido, invadiendo su espacio personal y obligándola a retroceder hasta que su espalda golpeó el tronco rugoso de un pino. La cercanía era asfixiante. El olor a nieve y a él la envolvió, recordándole vívidamente el calor de la noche anterior.
—No puedes enterrar un incendio, Sofi —le susurró él, con una voz cargada de una furia contenida— Puedes pretender que no hay fuego, pero te vas a quemar por dentro. ¿Vas a mirar a mi madre a los ojos y mentirle? ¿Vas a sentarte en la cena de Navidad y fingir que no sabes cómo sabe mi piel o cómo gritas mi nombre cuando pierdes el sentido?
—¡Cállate! —Sofía le dio un empujón en el pecho, pero él no se movió— ¡Cállate, Julián! Te odio por hacerme esto. Te odio por obligarme a elegir entre mi familia y… y esto.
—No te obligué a nada. Tú elegiste cuando entraste en esa cama. Tú elegiste cuando me pediste que no me detuviera —él la tomó de las muñecas, manteniéndolas firmes contra el tronco—. Deja de usar a Marcos y Elena como excusa. Ellos son felices porque son honestos. Nosotros somos un desastre porque tú prefieres vivir en una mentira cómoda que en una verdad peligrosa.
Sofía forcejeó, pero la fuerza de Julián era absoluta. El odio y el deseo se mezclaban en un cóctel tóxico. Ella lo miraba con desprecio, pero sus cuerpos, traidores, se buscaban a través de las capas de ropa.
—Si vuelves a tocarme… si vuelves a sugerir algo frente a ellos… —amenazó ella, aunque su voz temblaba.
—¿Qué vas a hacer, Sofía? —desafió él, acercando su rostro al de ella— ¿Me vas a delatar? ¿Vas a confesarle a todo el mundo que tu sobrino te hizo sentir más mujer de lo que cualquier otro hombre en tu vida lo ha hecho? Hazlo. Adelante. Destruyamos todo si eso es lo que quieres. Pero no me pidas que actúe como si no hubiera pasado nada, porque yo no soy un cobarde.
Sofía se quedó sin palabras, desarmada por la brutalidad de su honestidad. La discusión había llegado a un punto muerto donde solo quedaba el dolor y la realidad desnuda. En ese claro del bosque, rodeados de nieve y silencio, la farsa de la “pareja ideal” de las termas parecía un cuento de hadas infantil comparado con la guerra que estaban librando.
Sofía se apartó de un tirón, aprovechando que Julián aflojó el agarre de sus muñecas. Se limpió las lágrimas con un gesto violento, dejando su piel enrojecida por el frío y la fricción.
—Se acabó, Julián. Este viaje, este experimento… todo. No voy a esperar a que Marcos y Elena nos descubran, ni a que tú termines de dinamitar lo poco que queda de mi cordura —sentenció ella, con una voz que recuperaba una autoridad gélida— En cuanto lleguemos al Lodge, vamos a empacar. Nos largamos hoy mismo. No me importa la excusa que tengamos que inventar, pero no me quedo aquí ni un minuto más.
Julián la observó en silencio, con la mandíbula apretada. El vapor de su respiración agitada era lo único que se movía entre ellos.
—¿Vas a huir? —soltó él con desprecio— Qué previsible, Sofía. Siempre que algo se vuelve demasiado real para ti, cortas por lo sano. Pero te recuerdo que las llaves las tengo yo.
—Entonces camina hacia el Lodge y prepárate para manejar —replicó ella, dándole la espalda para retomar el sendero— Porque si no me sacas de aquí ahora mismo, te juro que busco la forma de irme sola y le explico a tu madre exactamente por qué te dejé tirado en la montaña. Quédate aquí si quieres, o vuelve con tus “amigos” y cuéntales la historia que prefieras. Yo ya no soy parte de este circo.
Caminaron el resto del trayecto separados por varios metros. El silencio ya no era el de una pareja que disfruta del paisaje; era un vacío hostil, cargado de reproches que no necesitaban palabras. Sofía iba delante, marcando un ritmo frenético, ignorando el dolor en sus piernas y el frío que calaba sus botas.
Sin embargo, cada paso que daba era una lucha contra su propia memoria. A pesar de sus palabras hirientes, el eco de la noche anterior vibraba en su piel con una intensidad que la avergonzaba. El roce de su ropa contra su cuerpo le recordaba, con una crueldad sensorial, la forma en que las manos de Julián la habían reclamado. Se sentía dividida: su mente gritaba que esto era un error imperdonable, pero su cuerpo, traidor y despierto, seguía buscando el rastro de su calor.
¿Estaba haciendo lo correcto al huir? Por un segundo, la imagen de Julián arrodillado frente a ella en la cabaña eclipsó su rabia, y sintió una punzada de deseo tan real que la hizo tambalearse en la nieve. Lo había disfrutado. Dios, lo había disfrutado con una libertad que nunca se había permitido, y esa atracción, ese magnetismo animal que Julián ejercía sobre ella, era lo que más la aterraba. Estaba furiosa con él por haber roto las reglas, pero estaba aún más furiosa consigo misma por no querer, en el fondo, que las reglas volvieran a existir.
Cada paso era un intento de poner distancia entre ella y el hombre que, apenas unas horas antes, la había hecho sentir en la gloria. Pero sabía, con una amargura creciente, que ninguna distancia física sería suficiente para silenciar el hambre que él había despertado.
Nota del autor: ¡Hola! Este capítulo creció más de lo previsto debido a la carga emocional de la historia. Para que puedan disfrutarlo completo, lo he dividido en dos entregas. La continuación de lo que sucede en la cabaña la encontrarán en la parte 2.
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