¡Importante!: Si llegaste directo aquí, te recomiendo ir primero a la parte 1 para no perderte el hilo de la historia. Esta es la continuación inmediata de lo que pasó en el bosque; la tensión entre Sofía y Julián está a punto de estallar y no querrás perderte ni un segundo de lo que sigue.
Al llegar al Lodge, la calidez del vestíbulo la golpeó como un insulto. Marcos y Elena ya estaban allí, sentados cerca de la chimenea con dos tazas de chocolate humeante.
Al verlos entrar, Elena se puso en pie de inmediato, notando algo extraño en la atmósfera. —¡Chicos! Por fin regresan. Estábamos preocupados, el guía dijo que el desvío era seguro pero… —Elena se detuvo en seco al ver el rostro de Sofía, pálido y con los ojos irritados—. Sofía, querida, ¿qué pasó? Pareces haber visto un fantasma. Sofía forzó la última pizca de voluntad que le quedaba para no desmoronarse ahí mismo. —Elena, perdóname… acabo de revisar el correo y tengo una crisis en la oficina —mintió Sofía, manteniendo la voz lo más firme posible—.
Un servidor colapsó y se perdió la información de un cliente importante. Soy la única que tiene los accesos de respaldo y mi jefe me necesita en la ciudad antes de que termine el día o las consecuencias legales serán desastrosas. Se pasó una mano por la frente, fingiendo una frustración profesional que ocultaba su verdadera angustia. —Siento muchísimo romper el viaje así, de verdad. Pero si no salimos ahora mismo, no llegaré a tiempo para la reunión de emergencia. Julián, por favor, tenemos que irnos ya.
La mentira sonó hueca, pero la desesperación en su voz era tan real que la otra pareja se quedó muda por un segundo. Marcos miró a Julián buscando una explicación, pero él se limitó a quedarse de pie junto a la puerta, con los ojos fijos en la nuca de Sofía, como si quisiera quemarla con la mirada. —¿Hoy? Pero Sofía, el camino está difícil y… —comenzó Marcos. —Julián ya tiene el auto listo y las llaves a mano —mintió ella, aunque ni siquiera se había asegurado de dónde estaban—. Lo hemos hablado y es mejor que salgamos ahora mismo para aprovechar la luz del día en la carretera. Por favor, discúlpenme, pero la urgencia en la oficina no me deja otra opción. Tengo que empacar.
Sin esperar respuesta, Sofía salió del vestíbulo a paso rápido, casi corriendo. El aire gélido del exterior le golpeó el rostro, pero no fue suficiente para enfriar la agitación que sentía. Caminó por el sendero de madera hasta su cabaña y, al entrar, el aroma de la noche anterior todavía flotaba en el aire: ese olor a sexo, a vapor y al desorden que ahora la hacía sentir vulnerable. Era un santuario que se había vuelto asfixiante. Sofía sacó su maleta y empezó a arrojar la ropa dentro sin doblarla, con movimientos erráticos, como si quisiera borrar cualquier rastro de que alguna vez había sido feliz entre esas sábanas.
De repente, el sonido de la puerta al cerrarse anunció que ya no estaba sola. Julián entró tras ella y se quedó de pie en el centro de la habitación, con la nieve aun derritiéndose en sus hombros.
No intentó detenerla físicamente, pero su presencia hacía que el espacio, antes inmenso, se sintiera diminuto. —No podemos irnos así, Sofía —dijo él, con una voz tranquila pero firme. —Quítate de mi camino, Julián. He dicho que nos vamos y es lo que vamos a hacer. Él dio un par de pasos hacia la cama donde ella seguía forcejeando con el cierre de la maleta, con movimientos que delataban su nerviosismo. —Deja de pelear con la maleta y mírame, Sofía. Solo un segundo —pidió él, bajando el tono hasta convertirlo casi en un ruego—. Dime que lo de anoche fue solo un error, algo que quieres olvidar y que no significa nada para ti. Dímelo mirándome a la cara y te juro que subimos al auto, te llevo a la ciudad y no vuelvo a mencionar lo que pasó.
Sofía detuvo sus manos de golpe, pero no levantó la vista. El silencio en la cabaña se volvió tan denso que casi se podía escuchar el deshielo afuera. —Si de verdad no sientes nada, dímelo ahora —insistió él, más cerca—. Y nos iremos de aquí como si nada hubiera cambiado entre nosotros.
Sofía se quedó congelada con la cremallera de la maleta a medio cerrar. Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas. Sofía detuvo sus manos de golpe, pero no fue capaz de levantar la vista. Tenía los dedos entumecidos sobre el cierre de la maleta, pero ya no recordaba por qué tenía tanta prisa en cerrarla. Al sentirlo tan cerca, el aire de la habitación pareció volverse denso, casi sólido. No era solo la presión de la presencia de Julián; era el rastro de la noche anterior lo que empezaba a desarmarla por dentro. El aroma de él —una mezcla de frío exterior y el calor de su propia piel— la golpeó con una fuerza que le hizo flaquear las rodillas.
Sintió una pulsación eléctrica recorrerle el vientre, una calidez líquida que se extendía por su cuerpo a pesar de su intento de mantenerse rígida. Su mente le ordenaba seguir empacando, pero su piel recordaba con una precisión cruel la forma en que él la había tocado horas antes. Cada centímetro de su cuerpo parecía despertar, traicionando su voluntad y reclamando el contacto que ella misma había jurado interrumpir. —Dímelo, Sofía —susurró él, tan cerca que su aliento le erizó el vello de la nuca—. Dime que no quieres esto.
Ella finalmente levantó la mirada. Sus ojos estaban empañados, no de tristeza, sino de un deseo contenido que ya no podía ocultar bajo ninguna máscara de autoridad. Sofía soltó la maleta y sus hombros cayeron, rindiéndose a la evidencia de que, por mucho que quisiera huir, su cuerpo ya había decidido quedarse. No hubo palabras, porque cualquier cosa que dijera sería una mentira. Fue ella quien acortó la última distancia, buscando su boca con una necesidad que rozaba la desesperación. Julián la recibió con un gemido sordo, sus manos abandonaron cualquier rastro de duda para aferrarse a su cintura, atrayéndola contra él con una fuerza que borraba el resto del mundo.
La habitación, con su desorden y sus sombras, volvió a convertirse en su único universo. La urgencia de la huida se disolvió en el calor de ese nuevo encuentro, dejando claro que, al menos por ahora, no había ningún lugar en el mundo al que ella quisiera ir que no fuera los brazos de Julián.
Julián la tomó por los muslos con una fuerza que le hundió los dedos en la carne y la sentó de golpe sobre la madera del escritorio. El frío del roble contra sus nalgas desnudas fue una sacudida eléctrica que hizo que sus pechos se pusieran aún más duros, sus pezones erizándose al contacto con el aire. Le abrió las piernas con brusquedad, dejando su sexo completamente expuesto y húmedo bajo la luz blanca que entraba por el ventanal. Sin mediar palabra, él se arrodilló entre sus rodillas. Con sus dedos índice y corazón, separó los labios de su vulva, revelando el tejido rosado, brillante y palpitante por la excitación.
Sofía soltó un jadeo cuando sintió el aire gélido golpear su intimidad justo antes de que la lengua de Julián la recorriera de abajo hacia arriba en un lametón largo, firme y autoritario. Él no se detuvo. Succionó su clítoris con una avidez que le arrancó a ella un grito ronco, envolviéndolo con sus labios mientras introducía dos dedos profundamente en ella. Sofía sentía el roce de los nudillos de Julián contra su entrada, la aspereza de su piel contra su suavidad, mientras él curvaba los dedos dentro buscando ese punto rugoso que la hacía arquearse y perder el juicio. El sonido de la succión y el chapoteo húmedo y oscuro de su propia lubricación llenaba el silencio de la cabaña, más fuerte que el crujido de la leña.
—Mírame, Sofía —gruñó él entre sus muslos, con la mandíbula tensa y las venas del cuello marcadas. Ella se aferró al borde de la madera, los nudillos blancos, sintiendo cómo las paredes de su vagina se contraían desesperadas alrededor de los dedos de él hasta que el orgasmo la hizo estallar en una inundación, empapando la mano de Julián con su propio flujo. Cuando ella aún temblaba y el aire le faltaba, se deslizó del escritorio. Con una urgencia que rayaba en la desesperación, bajó la cremallera de Julián. Su miembro saltó hacia afuera, turgente, con las venas hinchadas y la cabeza de un rojo oscuro, goteando un hilo de preseminal.
Sofía lo tomó por la base, sintiendo el calor latente de la sangre acumulada. En su mente, esto ya no era un acto; era una confesión. Cada lametón es una palabra que no puedo decir, pensó. Cada vez que te tomo profundo es un “eres mío”. Comenzó a lamer la corona con la punta de la lengua antes de introducirlo por completo en su boca. Sintió el grosor expandiendo sus mejillas y el roce de la piel tensa contra su paladar.
Mientras su boca se deslizaba sobre él, bajando hasta que su nariz rozaba el vello púbico de Julián, sus ojos se encontraron. Ella lo miraba con una verdad que la desnudaba más que la falta de ropa. Julián lanzó un gemido sordo, enterrando las manos en el cabello de ella, no para guiarla, sino para anclarse a la única realidad que le importaba.
Él la levantó con brusquedad, como si no pesara nada, y la llevó al ventanal. La puso de espaldas, apoyando las palmas de ella contra el cristal congelado por la nieve exterior. El contraste entre el hielo en sus pechos y el fuego que le quemaba las entrañas fue casi doloroso. Julián se posicionó detrás, frotando su miembro contra la hendidura de sus nalgas, empapándola con su propia humedad antes de buscar la entrada. Con un empuje seco, potente y definitivo, se hundió en ella hasta el fondo.
Sofía gritó contra el vidrio, sintiendo cómo su cuello uterino recibía el impacto. —Dime quién está aquí dentro, Sofía —le susurró él al oído, empañando el cristal con su aliento, creando un halo que los borraba del mundo— Di de quién es este cuerpo. —¡Tuyo! ¡Es tuyo, Julián! —sollozó ella, viendo su propio reflejo en el vidrio: una máscara de éxtasis salvaje, una mujer que ya no reconocía pero que amaba ser. Las embestidas eran rápidas y profundas. El sonido de la piel de los testículos de Julián golpeando rítmicamente contra sus glúteos era crudo, animal.
Sofía veía cómo el cuerpo de él desaparecía dentro de ella con cada estocada, estirando la piel de su entrada antes de volver a penetrarla con una fuerza que la hacía tambalearse. —Más profundo… por favor, rompe todo —rogó ella, empujando su trasero hacia atrás para recibirlo con más saña.
Él la tomó del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer la línea de su cuello mientras aumentaba la velocidad. La fricción generaba un calor abrasador que parecía derretir el hielo del ventanal. Finalmente, la llevó a la alfombra de piel frente al fuego. La puso en cuatro, con las palmas hundidas en la textura áspera de la piel de animal. Julián entró de nuevo desde atrás, con un ángulo que le permitía colonizar lo más profundo de su vientre. —No te vas a ir nunca… —rugió él, su pecho chocando contra la espalda de ella en cada golpe— No después de esto. Ella sentía cada pulsación de él dentro de sus paredes, una conexión tan visceral que le nublaba la vista.
El ritmo se volvió errático, desesperado, una lucha por ver quién se entregaba primero. Julián la sujetó por la cintura, hundiendo los dedos en su piel hasta dejar marcas que durarían días, y tras unas últimas estocadas violentas que la hicieron clamar su nombre al techo de vigas, él se vació. Sofía sintió los chorros calientes de su semen impactando contra su fondo, no como una simple liberación, sino como una inundación líquida que la reclamaba desde adentro. Un calor expansivo que se extendía por su vientre, una marca que la sellaba. Se quedaron inmóviles, unidos por el espasmo final, mientras el silencio absoluto regresaba a la cabaña, solo roto por el crujido de las brasas.
Julián, con un movimiento lento y pesado, se deslizó fuera de ella. Ambos se quedaron en el suelo, jadeantes. Sofía bajó la mirada y vio el líquido blanco y espeso escurriéndose lentamente por sus labios vaginales, bajando por el interior de sus muslos sobre la alfombra. Julián se dejó caer a su lado, apoyando la espalda contra la base del escritorio, todavía tratando de recuperar el aire. Su mano buscó la de Sofía, entrelazando sus dedos con una calma que ella no podía procesar. Sofía, en cambio, seguía allí, con la mirada fija en el rastro que él había dejado en su piel.
Ese líquido blanco, tibio y espeso era la firma de su derrota. Sintió una oleada de placer residual recorrerle el vientre, un eco de la gloria que acababa de vivir, y eso fue precisamente lo que la aterró. Le gustaba. Le gustaba la forma en que él la reclamaba, la forma en que su cuerpo parecía haber sido diseñado para encajar con el de Julián, y sobre todo, le gustaba que por unos minutos había olvidado quién era. «Soy una hipócrita», pensó, mientras la culpa comenzaba a filtrarse en sus venas como un veneno lento. Se incorporó con movimientos torpes, sintiéndose repentinamente expuesta, casi obscena ante la mirada satisfecha de él.
Buscó su ropa interior por el suelo y se la puso de espaldas, queriendo ocultar las marcas rojas que las manos de Julián habían dejado en sus caderas. Cada roce de la tela contra su piel sensible era un recordatorio de su “atrocidad”, como ella misma lo había llamado en el bosque.
—Sofía… —murmuró él, extendiendo la mano para tocarle el hombro. —No —lo cortó ella, apartándose como si su tacto quemara— No digas nada. Vístete. Tenemos que irnos. —¿Vas a volver a hacer esto? ¿Vas a ponerte la máscara otra vez antes de subir al auto? —La voz de Julián ya no era la del amante, sino la del hombre que veía cómo el muro se levantaba de nuevo. Sofía se abrochó el vestido con manos temblorosas. Se miró al espejo y se obligó a recogerse el cabello con una fuerza que le dolió en el cuero cabelludo. Necesitaba orden. Necesitaba asfalto, semáforos y el ruido de la oficina.
Necesitaba que el mundo volviera a tener reglas. —En la ciudad esto no existe, Julián —dijo ella, mirando su propio reflejo, tratando de convencerse a sí misma— Aquí el aire es distinto, la soledad nos hizo alucinar. Pero allá tenemos vidas, somos familia. Allá todo volverá a ser como antes. Julián soltó una carcajada amarga mientras se subía los pantalones. —Te mientes tan bien que casi te creo. Pero llevas mi marca dentro de ti, Sofía. Y eso no se va a quedar en la montaña por mucho que aceleres el auto. Sofía no respondió. Cerró su maleta de un tirón seco, el sonido del cierre metálico resonando como una sentencia definitiva.
No se permitió mirar la alfombra, ni el escritorio, ni los ojos de él. Caminó hacia la puerta con la cabeza alta, aunque por dentro sentía que se estaba rompiendo en mil pedazos. Si llegaba a la ciudad, si volvía a su rutina, si se sumergía en el trabajo, este “incendio” se apagaría por falta de oxígeno. O eso era lo que necesitaba creer para no volverse loca mientras caminaba hacia el auto, dejando atrás el único lugar donde, por primera vez en su vida, se había sentido verdaderamente viva. Afuera, la nieve seguía cayendo, borrando sus huellas en el sendero, tal como ella esperaba que el tiempo borrara lo que acababa de suceder.
El trayecto comenzó en un silencio absoluto, solo roto por el zumbido de los neumáticos sobre el pavimento mojado y el rítmico movimiento de los limpiaparabrisas. Julián manejaba con una concentración gélida, mientras Sofía mantenía la vista fija en la carretera, con las manos apretando el borde de su asiento hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El olor de Julián —esa mezcla de leña, frío y el rastro de su propia piel— llenaban todo el auto, recordándole a cada segundo lo que acababa de permitir en la alfombra de la cabaña. Julián, a su lado, miraba por momentos a través del parabrisas con una seguridad que la irritaba.
No intentó tocarla, ni siquiera la miró, pero su presencia era una presión física que ella sentía en cada fibra de su cuerpo. El placer que todavía sentía entre sus piernas, ese latido persistente y cálido, era una traición constante a su voluntad. Cada kilómetro que avanzaban hacia la ciudad era un intento desesperado de Sofía por reconstruir sus muros, por convencerse de que lo ocurrido en la montaña no cruzaría el umbral de su casa. Cuando finalmente doblaron en la calle de su casa, Sofía sintió un peso en el estómago. Un sedán elegante y oscuro estaba estacionado justo frente a la entrada. No reconoció el auto, pero una alarma instintiva se encendió en su pecho.
Julián apagó el motor. El silencio que seguido fue denso. —Llegamos, Sofía —dijo él, su voz era plana, despojada de la pasión de hacía unas horas— De vuelta a tu mundo. Ella no respondió. Bajó del auto y caminó hacia la puerta principal, tratando de recuperar su postura de mujer de negocios, alegre y controlada. Julián la siguió de cerca, cargando las maletas con un gesto serio. Al entrar, el calor del hogar la recibió, pero también un sonido que la dejó helada: risas. Provenían de la sala. Sofía avanzó lentamente, con Julián a sus espaldas, y se detuvo en seco al cruzar el umbral.
Allí, sentado en el sofá favorito de su madre y sosteniendo una taza de café con una familiaridad exasperante, estaba Raúl. Al verla, él dejó la taza sobre la mesa y se puso en pie con una sonrisa impecable, esa sonrisa que Sofía una vez creyó amar y que ahora le parecía una máscara perfecta. —Sofía, por fin —dijo su madre, acercándose para darle un beso rápido— Raúl ha estado viniendo estos últimos días sin saber exactamente cuándo llegarían de viaje. Te ha estado esperando toda la tarde, hija. Ha sido muy atento.
Raúl dejó la taza sobre la mesa y caminó hacia ellos. Su mirada recorrió a Sofía con una familiaridad que ahora a ella le resultaba asfixiante, y luego se detuvo en Julián. Lejos de ignorarlo, Raúl ensanchó su sonrisa, una expresión cargada de condescendencia, como quien saluda a alguien que considera muy por debajo de su nivel. —Vaya, pero si es el joven Julián —dijo Raúl, extendiendo una mano pero sin hacer el amago de acortar la distancia, manteniendo esa distancia de superioridad— Veo que te has encargado de traer a Sofía sana y salva. Un trabajo impecable, supongo. Julián no soltó la maleta que llevaba.
Su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron, fijos en Raúl con una hostilidad que hacía vibrar el aire. —Hola, Raúl —respondió Sofía con la voz mecánica, sintiendo que el mundo de la ciudad y el de la montaña acababan de colisionar de la peor manera posible. Raúl se acercó a ella y le puso una mano en la cintura, un gesto de posesión que hizo que Julián apretara el asa de la maleta hasta que el cuero crujió. —Te extrañé, Sofía. Tenemos mucho de qué hablar… a solas —añadió Raúl, lanzándole a Julián una mirada de desdén que lo trataba como a un simple empleado.
El silencio que siguió fue asfixiante. Sofía estaba en el centro de dos fuegos: el hombre que creía poseerla por derecho y el hombre que la había poseído por puro deseo.
![]()