Durante mucho tiempo, aquella regla nos había mantenido a salvo. Ambos sabíamos cuánto nos gustaba estar juntos, cuánto disfrutábamos del sexo que compartíamos.
Habíamos sido pareja, nos habíamos separado por la distancia… y, tarde o temprano, siempre terminábamos cayendo otra vez el uno en los brazos del otro. Porque, simplemente, no había mejor sexo que el que teníamos.
Creímos que ese pacto era suficiente. Que ninguno propondría algo tan extremo como para romperlo, y que, al mismo tiempo, ninguno se negaría a nada… por miedo a perder la oportunidad de cumplir cualquier fantasía sucia que cruzara por su mente.
Camila era una mujer de belleza elegante y natural. De rasgos finos, mirada intensa y una presencia que destacaba sin necesidad de exageraciones. Su piel bronceada y su cuerpo bien trabajado hablaban de alguien que se conocía y se dominaba a sí misma. Coqueteaba con naturalidad, observaba con intención y rara vez perdía el control de una situación… incluso cuando parecía estar jugando. Dominante por naturaleza y completamente libre cuando se trataba de explorar su sexualidad.
Últimamente, sin embargo, sus deseos se habían vuelto más intensos… más desbordados. Ya no parecía importarle si su compañera de habitación escuchaba o incluso veía.
Rebbeca —o “Beca”, como le decíamos— era su mejor amiga. Una chica introvertida, pero segura. De esas que no necesitan hablar mucho para captar la atención de todos. Solía vestir con prendas que dejaban ver su abdomen cuidado, y llevaba el cabello rubio corto hasta los hombros. Sus ojos, grandes y claros, tenían una mezcla de inocencia y algo más… algo que sugería una profundidad que no todos lograban ver.
En contraste con Camila, Beca parecía más contenida… pero no menos segura de sí misma. Y aunque siempre había mantenido cierta distancia, nadie imaginaba lo que podía estar pasando por su mente hasta aquella noche.
Beca estaba harta de nuestro pacto. No solo porque llevaba meses sin sexo mientras tenía que escucharnos cada semana, sino porque los retos de Camila se habían vuelto cada vez más escandalosos… y, en más de una ocasión, ella había terminado involucrada indirectamente.
—Quiero que nos des un show —ordenó Camila una noche.
Beca no se opuso. Yo tampoco podía.
Dejé caer el bóxer frente a ellas, mostrando mi pene y mi cuerpo. No era excesivamente musculoso, pero sí bien definido, y me sentía cómodo con él.
—Quiero que hagas el helicóptero —dijo Camila.
Obedecí, moviendo mi pene en círculos mientras ambas reían con complicidad.
—Ahora date la vuelta… y ponte en cuatro.
Le lancé una mirada de protesta.
—Un pacto es un pacto —intervino Beca—. Debes obedecer.
Me coloqué como pidió. Sentí entonces las manos de ambas recorriéndome: mis glúteos, mis piernas… incluso mis testículos, con una curiosidad que no ocultaban.
—Beca… te reto a que pongas tu lengua ahí —dijo Camila.
—No estoy interesada en eso —respondió ella, dudando.
—¿Crees que puedes sacar provecho de esto gratis? Hazlo.
Las manos de Beca se posaron sobre mi cadera. Dudó. Lo sentí. Finalmente negó con la cabeza.
—No lo haré.
Camila sonrió.
—Entonces el show para ti se acabó.
Esa noche, Camila y yo terminamos encerrados en la habitación, teniendo sexo durante horas, dejando a Beca fuera… otra vez.
Pero algo había cambiado.
No era la primera vez que Beca quedaba atrapada en las dinámicas de Camila, y casi siempre terminaba cediendo. Sin embargo, esta vez… se había plantado. Y yo también empezaba a notar que la actitud dominante de Camila estaba cruzando ciertos límites.
—Tenemos que ponerla en su lugar —me dijo Beca días después.
Y acepté.
Esa noche le escribí a Camila:
“Hoy activo yo el pacto. Cuando llegues, quiero que te subas en la parte trasera del carro. Ven sin ropa interior.”
Camila llegó sin dudar. Su vestido dejaba ver sus piernas largas y definidas, sus hombros desnudos marcados por las tiras del atuendo. Sin siquiera saludar, me miró… y se levantó el vestido, dejando ver su vagina completamente rasurada.
—¿Así me querías? —dijo.
Sonreí.
—Sí… pero eso no es lo que toca hoy.
Minutos después, Beca apareció. Chaqueta de cuero corta, top blanco que dejaba ver la “v” de su vientre, perfume suave que llenó el espacio. Se sentó adelante.
—Hoy vas a hacer lo que cualquiera de los dos te pida —dije.
Camila sonrió, desafiante.
—A ver qué tan lejos llegan.
—Levántate el vestido… y tócate —ordenó Beca.
Camila obedeció. Su mano fue directo a su clítoris, moviéndose en círculos suaves al inicio.
Arranqué el carro.
Recorrimos calles, luces, gente… hasta llegar a un parqueo.
—Quiero que nos enseñes cómo te vienes —dije.
Camila se abrió de piernas, exponiendo su vagina mientras se masturbaba frente a nosotros. Sus gemidos comenzaron suaves, pero fueron creciendo.
—¿Te gusta que te miremos? —pregunté.
—Sí… —respondió entre jadeos.
Beca activó el flash de su celular y comenzó a grabar.
—Quiero que te vengas bien para la cámara.
No tardó. Su cuerpo se tensó y se vino frente a nosotros.
Reímos.
—Ahora sí… seguimos.
En el bar, con un juguete dentro de su vagina controlado por Beca, la noche se volvió aún más intensa. Bailes, tragos… hasta que un hombre invitó a Camila a bailar.
A distancia, activamos la vibración.
Su cara cambió de inmediato.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre.
Nosotros no podíamos dejar de reír.
Camila regresó molesta… pero excitada.
—Estoy a punto de venirme… —confesó.
—Entonces despídete bien —ordenó Beca—. Un beso con lengua.
Camila obedeció. El beso fue intenso… mientras activábamos el juguete al máximo.
El hombre se separó.
—¿Estás vibrando?
Nos vio. Se rio.
—Ustedes están locos.
Camila volvió hacia nosotros, completamente alterada. Se sentó a mi lado, temblando.
—Si te vienes, puedes quitártelo —dijo Beca.
Camila asintió.
No tardó. Su cuerpo se tensó y se vino otra vez, tapándose la boca para no gemir fuerte.
Apagué el control.
En casa, todo cambió.
—De rodillas —ordenó Beca.
Camila y yo obedecimos.
Beca se quitó la ropa, dejando ver su vagina húmeda, con una pequeña franja de vello.
Se acomodó frente a nosotros.
Camila y yo bajamos su ropa interior y comenzamos a lamerla. Nuestras lenguas recorrían su vagina, su clítoris, turnándonos, encontrándonos.
Sus gemidos eran suaves, profundos.
—Quiero que me beses —le dijo a Camila.
Se besaron mientras yo seguía entre sus piernas.
Me levanté. Mi pene ya estaba completamente duro. Me coloqué detrás de Camila y entré en su vagina lentamente.
Los tres cuerpos se movían juntos.
El calor, la presión, la mezcla de fluidos… todo aumentaba.
Nos movimos al cuarto.
Beca se quitó la ropa por completo. Camila terminó sobre la cama, recibiendo sexo oral mientras yo la penetraba.
Fue la primera en venirse. Cayó agotada.
—Ya fue suficiente… —jadeó.
Pero Beca y yo seguimos cogiendo.
No aguanté más.
Intenté salir, pero terminé eyaculando dentro de su vagina.
—Eso fue increíble… —dije.
Beca sonreía.
—Uno de los mejores días de mi vida.
—Falta algo —dijo.
Camila la miró.
—¿Qué?
—Límpialo.
Camila se inclinó y comenzó a lamer, recogiendo cada rastro. Me tomó del cuello y me hizo besarla mientras lo hacía.
Beca no tardó en venirse otra vez.
A la mañana siguiente…
—Ahora entiendo por qué no paran —dijo Beca.
Camila sonrió, acercándose.
—Lo mejor del pacto…
La miré.
—Que no hay límites.
Y mientras nuestras manos volvían a recorrer su cuerpo —su clítoris, sus pechos, su piel—, supimos que aquello… apenas estaba comenzando.
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