Tarea en pareja: La mañana siguiente (1)

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T. Lectura: 5 min.

Esa noche, el sueño no me trajo descanso. Me trajo a él. Me sumergí en el recuerdo de su piel contra la mía, del dolor que se convirtió en un éxtasis tan abrumador que borró el mundo. Me desperté con las sábanas enredadas y un anhelo profundo y pulsante entre mis piernas. Mi cuerpo, que había sido un territorio desconocido hasta ayer, ahora gritaba un solo nombre.

La mañana siguiente se sintió normal y extraña a la vez. El agua de la ducha se arremolinó sobre mi piel, aún sensible al recuerdo de sus manos. Mientras me secaba, mi mente ya estaba en el armario, eligiendo el uniforme que parecía una burla a la mujer que me estaba convirtiendo. Estaba a punto de tomar la típica ropa interior de algodón cuando un destello rojo en el fondo del cajón me detuvo.

Lo recordé de golpe: mi último cumpleaños. Una rara tarde de compras con mi mamá, donde ella, con una sonrisa cómplice, me había sugerido algo… diferente. “Ya no eres una niña”, había dicho. Saqué el conjunto. Un bra y una tanga de encaje rojo, casi translúcido, tejido tan delicado que parecía una promesa y una provocación a la vez. Nunca lo había usado. Se sentía demasiado audaz, para alguien que no era yo. Pero hoy… hoy sí lo era.

Me desvestí con una determinación nueva. La tela fría del encaje se posó sobre mi piel caliente, y me miré en el espejo. La silueta delicada sugería más de lo que mostraba, realzando las curvas que ayer él había explorado con tanta avidez. Esto no era solo ropa interior; era una armadura de seda y deseo. Sentí una oleada de poder, de certeza. Estaba lista.

El reloj me gritó que era tarde. Me puse el uniforme con una prisa frenética, el polo y los jeans ocultando mi secreto rojo. Pero no podían ocultar la sensación. La tanga, tan extraña al principio, se sentía como una constante caricia. Con cada paso, la tela rugosa de mis jesns rozaba el encaje, enviando pequeños escalofríos eléctricos que me erizaban la piel y me recordaban, a cada segundo, mi decisión.

Llegué tarde a la escuela, no pude entrar a mi primera clase. Diez minutos después, vi como venía él, igual se le hizo tarde. Mi corazón dio un vuelto tan brusco que sentí que se me subía a la garganta. El chico con el que había pasado la tarde perdiéndome en el placer. Al verme, una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro. Se acercó y, como siempre, me dio un beso en la mejilla, pero esta vez el contacto fue una chispa. Hablamos de cosas sin importancia, de la clase, del profesor, pero nuestros cuerpos no mentían. Estaban más cerca de lo habitual, nuestros hombros rozándose, el espacio entre nosotros cargado con la electricidad de lo que habíamos hecho y lo que íbamos a volver a hacer.

Faltaban pocos minutos para la siguiente clase. Caminábamos por el pasillo rumbo a clases, cuando noté que mis tenis blancos estaban desatados. Caminé más rápido para adelantarme, me agaché bruscamente para atarlos. Él se detuvo a mi lado, y en esa postura, encorvada, el recuerdo me golpeó como una ola: la tanga roja. La sentí de repente, un hilo de seda audaz sobre mi piel, un secreto a punto de ser descubierto. Un calor me subió por las mejillas.

Me levanté de un salto, balbuceando algo sobre llegar tarde de nuevo. Pero antes de que pudiera escapar, su mano se cerró suavemente alrededor de mi brazo. Su mirada era intensa, sabiendo exactamente lo que pasaba por mi cabeza.

—Mi casa está siempre vacía —dijo, su voz un murmullo bajo que solo yo podía oír.

No necesitaba más. Sabía exactamente a lo que se refería. Una sonrisa se extendió por mi cara, lenta y segura. No me negué ni tampoco acepté. No hizo falta. Mi cuerpo ya había tomado la decisión. Mis pies, como si tuvieran voluntad propia, cambiaron de dirección. Pasamos de largo el salón de clases, nos dirigimos hacia la salida de la escuela, y bajo el sol de la mañana, empezamos el corto camino de vuelta a su casa. Cada paso era un latido, una cuenta regresiva hacia la única cosa que quería en ese momento: sentirlo de nuevo.

La puerta de su casa apenas había cerrado con un chasquido sordo cuando sus labios se posaron sobre los míos. No hubo timidez, no hubo dudas. Fue un beso hambriento, desesperado. Mis brazos se enroscaron en su espalda, buscando anclaje, mientras sus manos bajaban con una urgencia que me robó el aliento, directamente a mis glúteos. No se contentó con palpar; deslizó sus dedos bajo la tela de mis jeans, y el contacto de su piel con la mía a través del encaje fue una confesión. Sabía. Sabía lo que llevaba puesto, y sus manos recorrieron cada centímetro de mi trasero, confirmando su descubrimiento con un murmullo de aprobación.

Se separó un instante, solo para girarme bruscamente y dejarme de espaldas, me llevo contra la pared. Su cuerpo se pegó al mío, y aunque ambos todavía llevábamos los jeans, sentí la dureza de su polla presionando contra mis mejillas. Mientras él devoraba mi cuello con besos húmedos y mordiscos suaves, movía mis caderas en un círculo lento y deliberado, restregando mi culo contra su erección, una tortura y una promesa a la vez. Aún estábamos en la sala, en medio de la luz del día, cuando su voz ronca rompió el silencio.

—Quiero ver lo que tienes puesto —dijo, y fue una orden, no una petición.

Una sonrisa traviesa se dibujó en mis labios. Tomé su mano, no para guiarlo al cuarto, sino para tomar el control. Lo empujé suavemente hacia atrás, y él, sorprendido, cayó sentado en una silla de madera que estaba junto al comedor. Se quedó mirándome, expectante. Y entonces, empecé mi espectáculo. Me quité el polo, dejando al descubierto el bra rojo. Luego, con un movimiento lento, desabroché mis jeans y los dejé caer a mis pies, quedando solo con la tanga de encaje. Su respiración se cortó. Se inclinó hacia adelante, sus manos ancladas en mi cintura, y me atrajo hacia él.

Sus labios se cerraron sobre la tela del bra, besando mis pechos con reverencia antes de acariciarlos con sus dedos. Luego, sus manos bajaron, explorando la curva de mis glúteos, la tensión del encaje, la piel suave que se escondía debajo. Él estaba disfrutando de cada milímetro de mí, pero mi mente estaba en otro lugar, fija en una sola cosa: la polla que ocultaba bajo su ropa.

Con una decisión firme, le quité el polo. Él, a su vez, me desabrochó el bra, liberando mis pechos. Mis manos fueron a su jeans, desabrochándolos y bajándolos. Él se encargó de su bóxer, y yo, con un movimiento fluido, bajé mi tanga y la dejé en el suelo. Estábamos desnudos, expuestos, y el aire vibraba de anticipación. Lo monté, sintiendo su erección caliente y dura contra mi coño, ya húmedo y listo. Empecé a mover mi cintura, un frotamiento lento y tortuoso que lo hizo gemir. El roce era delicioso, una fricción que me volvía loca. Pero quería más. Él también.

Con un movimiento rápido, me alzó un poco por la cintura y yo me sentí sobre él, sintiendo cómo me penetraba lentamente. Un gemido escapó de mis labios. Empecé a saltar sobre él, al principio despacio, saboreando cada centímetro, luego aumenté el ritmo, más rápido, más profundo. Sentía sus manos en mi cintura, guiándome, empujándome más fuerte. Esta posición era diferente, más salvaje, me daba un control que me embriagaba. El placer era más agudo, más directo.

De repente, se detuvo. Con su polla todavía dentro de mí, me levantó como si no pesara nada y me llevó de vuelta a la sala. Me tiró suavemente en su sillón, alzó mis piernas y las separó wide. Me introdujo su polla de nuevo, esta vez con una fuerza que me hizo gritar. El sillón crujía bajo nosotros mientras me follaba sin piedad, y mis gemidos, esta vez, no fueron tímidos. Eran fuertes, claros, llenando la casa con el sonido de mi propio placer.

Esa mañana fue un torbellino de piel y sudor. Follamos en el sillón, en el suelo, contra la pared, hasta que ambos estamos exhaustos y temblorosos. Terminé con el cuerpo lleno de su semen, una marca caliente y húmeda de nuestra pasión. Me di un baño rápido, el agua calmando mi piel ardiente, y al despedirme, me acerqué a él y le susurré al oído:

—Mañana quiero más de ti. Pero esta vez, no faltemos a clases— él me miro y me respondió —Te puedo dar más ahora— miré el reloj en mi celular, todavía era medio día, aún tenía tiempo para llegar a casa, quería seguir sintiendo ese placer en mi cuerpo, ese día decidí quedarme más tiempo con él…

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