Un fin de semana vacacional (2)

2
2108
T. Lectura: 6 min.

Se preguntan: ¿por qué dejé mis amigas tiradas en el bar y aquellos hombres? Les voy a explicar. A esos tipos los conocimos el viernes por la noche en una discoteca; cuando llegó la madrugada y cerraron el establecimiento, nos propusieron viajar con todos los gastos pagos —incluyendo vestidos de baños, ropa de cambio y cosas de aseo— a cambio de placer y diversión. No le vimos el problema; al fin al cabo, nosotras también buscábamos lo mismo y, para ninguna de las tres, era algo malo intercambiar sexo por un buen fin de semana.

Cuando me subí al taxi, le escribí a una de ellas para avisarle que ya estaba aburrida y que me iría a la ciudad. Ella me respondió que no había lío; ellas también estaban cansadas y, además, aquellos hombres estaban tan borrachos que no tenían ganas de lidiar con ellos. Así que también regresarían al club para recoger las pocas cosas que llevábamos. Le pedí, que por favor, recogieran mi bolso, donde a duras penas guardaba la ropa con la que llegué. Acordamos vernos en la terminal para devolvernos las tres juntas.

Bloqueé la pantalla del celular, guardándolo en mi pequeño bolso de mano, y recosté la cabeza. El taxi avanzaba por las calles solitarias del pueblo y yo sentía cada bache como una caricia eléctrica en mi vientre. La ventana estaba abierta y el aire fresco de la madrugada golpeaba mi rostro sudado; pero el viento solo lograba evaporar el rastro de licor, no el aroma de él que se había quedado impregnado en mis poros.

Bajé la mirada hacia mis manos. Mis uñas estaban un poco sucias de tierra, un recordatorio de la follada salvaje contra el árbol, pero mi atención estaba fija en la servilleta arrugada que apretaba en mi puño. El número estaba escrito con trazos rápidos, decididos, como la forma en que me había tomado por el cuello contra el lavamanos.

Cerré los ojos y, en la oscuridad de mis párpados, volví a ver su mirada fija en la mía mientras penetraba a la otra mujer. Ese juego de poder, de vernos sudar, de saber que él estaba usando el cuerpo de ella para llegar a mí… me hizo humedecer el asiento del taxi. La tela de mi vestido se pegaba a mi piel y el roce de la seda contra mi sexo hinchado era una tortura deliciosa.

Llevé mi mano libre a mi cuello, buscando el lugar donde él me había mordido. Me dolía, pero era un dolor que me recordaba que estaba viva, que era deseada, que había sido poseída por un desconocido que ahora vivía en una servilleta. Saqué mi teléfono; mis dedos temblaban, no por de frio, sino por la descarga de adrenalina que todavía recorría mi columna. Escribí el número. No sabía su nombre, solo puse un emoji de un diablito y una gota y le envié un mensaje:

“¿Todavía tienes el sabor de mi deseo en tu boca? Porque yo todavía siento cómo me partiste en ese baño y no puedo dejar de tocarme pensando en tu lengua recorriendo mi mejilla”.

Le di a enviar y bloqueé la pantalla. Me recosté en el asiento, dejando que mis piernas se abrieran un poco más bajo el vestido. El conductor me miró de reojo porque mi vestido se había subido bastante, pero me importó un carajo. En ese momento, yo no era una amiga, ni una pareja de turno de un fin de semana. Era un volcán que acababa de entrar en erupción y que, lejos de apagarse, estaba buscando la forma de volver a quemarlo todo.

La vibración del teléfono contra mi muslo me hizo dar un salto. Era él:

“No solo tengo el sabor, nena. Tengo la marca de tus uñas en mis muslos y tu nombre grabado en mis huevos. Si quieres más, solo dime dónde estás y te mando a interceptar”.

El calor de la madrugada ya empezaba a filtrarse por las ventanas del taxi, cargado con ese olor a tierra mojada y vegetación propia del clima caliente. Sentía el sudor bajando por mi escote, rozando mis pezones todavía sensibles, y cada vez que el taxi frenaba, mi cuerpo reclamaba la presencia de ese hombre. Leí su mensaje de nuevo: “… tengo tus marcas en mis muslos y tu nombre grabado en mis huevos”. Esa palabra retumbó en mi vientre como un trueno. No aguanté más.

—Señor —le dije al conductor con la voz ronca, una voz que no reconocí como mía—, cambie de rumbo. Ya no vamos a la terminal.

Le mostré la ubicación que me acababa de llegar al teléfono. No era un hotel lujoso; era una propiedad privada a medio camino, rodeada de maleza y palmeras. El taxista me miró extrañado, pero el fajo de billetes que puse sobre el tablero le cerró la boca.

Cuando el taxi se detuvo en medio de ese camino de tierra, lo vi. Estaba apoyado en su camioneta los las luces encendidas y el motor rugiendo, con el torso descubierto y el sudor brillando sobre sus músculos bajo la luz de la Luna. No había rastros de la mujer del bar; solo estábamos él, yo y ese calor asfixiante.

Me bajé del taxi sin mirar atrás. Mis piernas temblaban, pero mi mirada estaba clavada en su joker, donde se adivinaba que él estaba tan listo como yo.

—Me interceptaste antes de llegar —susurré cuando estuve frente a él, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.

—No iba a dejar que te fueras con lo mío dentro de ti sin cobrarme los intereses, nena —respondió él, tomándome del cabello para obligarme a mirarlo—. Te dije que mis huevos tenían tu nombre, y ahora voy a hacer que tú misma lo grites hasta que te quedes sin aliento.

Me empujó contra el capó caliente de la camioneta. El metal quemaba un poco a través del vestido, pero el fuego que sentía por dentro era mucho mayor. Bajo mi vestido con una brusquedad que me encantó, dejando mis tetas expuestas al aire caliente del campo. Me giró con un movimiento brusco, obligándome a apoyar mis melones contra el capó. La luz de la Luna me daba de lleno en la espalda, mientras el sudor empezaba a perlar mi piel, mezclándose con el polvo del camino.

—¿Querías adrenalina, nena? —su voz rugió en mi oído, cargada de una posesividad animal—. Mira a tu alrededor. Solo estamos tú, yo y la carretera. Si gritas, solo las palmeras van a escucharte.

Sentí sus dedos rudos enterrarse en mis caderas, marcando el territorio sobre mi piel húmeda. Con un tirón seco, terminó de apartar lo que quedaba de mi ropa interior mojada. Sin previo aviso, me clavo y sentí su estaca, hirviente y sobredimensionada, golpeando contra mis nalgas antes de buscar el acceso. Cuando se adentró de un solo golpe, el aire se me escapó de los pulmones en un grito que se perdió en la inmensidad del campo. Me aferré con las uñas enterradas en el metal, mientras él empezaba a taladrarme con una violencia deliciosa. Cada embestida hacía que la camioneta se meciera, el sonido del metal crujiendo rítmicamente bajo nosotros.

Él no tenía piedad; me sostenía del cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás para que pudiera ver el paisaje oscuro mientras me poseía.

—¡Mírame! —ordenó. Vi su rostro desencajado por el placer puro, mientras sus huevos chocaban con fuerza contra mi piel en cada estocada—. Eres una sucia, y me encanta cómo pides más.

Cerré los ojos, entregándome a ese ritmo frenético, sintiendo cómo la humedad de ambos corría por mis muslos. El riesgo de ser vistos, y esa sensación de ser reclamada en medio de la nada hicieron que mi clímax estallara como una supernova. Yo no quería que se detuviera, el orgasmo me había dejado temblando, pero el hambre en mis entrañas seguía viva, exigiendo más de esa rudeza que solo él sabía darme. Me giró sobre el capó, ignorando el metal que me ardía en la piel, y quedé de frente a él, con las piernas abiertas de par en par, ofreciéndome como un sacrificio a la luna.

—¿Eso es todo? —lo provoqué, jadeando—. Pensé que me ibas a cobrar los intereses de verdad.

Sus ojos se oscurecieron hasta volverse negros. Me tomó por las muñecas y me arrastró fuera del capó hacia la parte trasera de la camioneta, donde el camino era más pedregoso. Me obligó a ponerme de rodillas en el suelo, apoyada en el parachoques. Sentí las piedrecillas en mis rodillas, pero no me importó. Me agarró de la mandíbula, obligándome a mirar hacia la carretera desierta. A lo lejos, se veía una luz; alguien se acercaba.

—Alguien viene… —susurré, con el corazón martillado mis costillas.

—Que miren lo perra en celo en el que estás. Que vean cómo te rompo el culo en medio de la nada —respondió él, sin un gramo de decencia.

Se posicionó detrás de mí y entró con una embestida tan seca y potente que sentí que me partía en dos. Solté un alarido que rasgó el silencio del campo mientras él empezaba un vaivén brutal, rítmico, animal. Mis manos resbalaban por el metal del parachoques a causa del sudor. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas y el de mis propios gemidos desesperados, era lo único que escuchaba. El vehículo que venía a lo lejos estaba cada vez más cerca, las luces brillaban en la distancia de la oscuridad.

—¡Dime quién es tu dueño! —me exigió, dándome una nalgada que dejó la marca de su mano ardiendo en mi piel roja—. ¡Dilo mientras te lleno!

—¡Tú! ¡Eres tú! —grité, entregada al masoquismo de la situación, sintiendo cómo su verga me quemaba las entrañas, llevándome a un punto de no retorno.

Justo cuando el camión pasó a unos metros, levantando una polvareda que nos cubrió por completo, él llegó a su fin. Me apretó contra la camioneta con una violencia final, derramando su leche caliente dentro de mí mientras yo colapsaba en el suelo, sucia de tierra, sudor y fluidos, pero con la mente finalmente en paz.

Ese fin de semana vacacional no solo hubo derroche y placer, también me llevo en mi piel las marcas que son un trofeo de un fin de semana bien vivido. Para una mujer como yo, son las que tienen el deseo palpitando mucho después del que acto haya terminado. Es un fetiche exquisito porque convierte el dolor y la rudeza en un recordatorio constante de quien tuvo el control y poder de mi cuerpo. Mirarme al espejo y ver esas marcas o sentir el ardor en mi intimidad que fue tomada, es como llevar un secreto prohibido antes los ojos de todo el mundo.

Él, después de haberme poseído salvajemente, me llevó a la terminal de transporte, quedando un acuerdo entre los dos: habrá más encuentros orquestados por él.

Loading

2 COMENTARIOS

  1. Que fantástico relato, lo disfruté muchísimo! Me sentí la protagonista de la historia. Muchas gracias.

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí