Vibraciones nocturnas (1/3)

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T. Lectura: 8 min.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, acontecimientos o lugares es pura coincidencia.

No mames, qué pinche nochecita. Era julio del 2022, en pleno apogeo de la crisis hídrica en mi ciudad, y el verano nos estaba calcinando vivos. Treinta y cinco grados durante el día que se aferraban al ambiente hasta bien entrada la madrugada, sin ceder ni un ápice por debajo de los veinticuatro. Una humedad pegajosa y densa que te hacía sentir que cada bocanada de aire era como tragar sopa hirviendo.

Los constantes bajones de voltaje nos tenían a todos con los nervios de punta; el minisplit de la recámara emitía un “clic-clic-clic” inútil, negándose a arrancar. Las luces de la casa languidecían, proyectando un resplandor amarillento y mortecino, como velas a punto de extinguirse. El ventilador de techo giraba con una lentitud exasperante, apenas moviendo el aire viciado. En el grupo de WhatsApp vecinal, las quejas se multiplicaban: pipas de agua que nunca llegaban, tinacos vacíos, y la CFE, como siempre, dándonos en la madre.

Eran alrededor de las dos de la mañana. La sábana, empapada en sudor, se me adhería al cuerpo como una segunda piel, pesada y pegajosa. Llevaba puesta la camiseta deportiva de Mi Mor. Aunque holgada, la tela, ahora húmeda, se me ceñía a los senos voluptuosos, delineando cada curva. Los pezones, duros y erectos, rozaban el tejido áspero con cada respiración profunda, enviando descargas eléctricas directas a mi vientre. Abajo, solo una diminuta tanga con listones laterales, de un material sintético y delgado, que se me incrustaba entre las nalgas y se pegaba a mis labios vaginales, ya hinchados por el sudor y algo más que empezaba a brotar.

El ambiente en la recámara era intenso, cabrón. Mi sudor, salado y con un dejo femenino, se mezclaba con el aroma a lavanda del jabón que se había impregnado en mi piel desde hacía días (porque con la escasez de agua, las duchas eran rápidas y frías, apenas con una botella y media). A eso se sumaba un olor pesado, almizclado, casi animal, ese que emana cuando estás cachonda y te resistes a admitirlo. Mi Mor roncaba a mi lado como un tractor viejo, desnudo, con la sábana enredada en sus piernas, completamente ajeno al bochorno. Yo no podía conciliar el sueño. El calor me mantenía en un estado de inquietud, la piel pegajosa, el cabello largo y oscuro adherido a la nuca y los hombros como una peluca mojada.

Tomé el celular, ajusté el brillo al mínimo para no despertar a mi “odiosito” favorito, y comencé a revisar el grupo vecinal. Todos, bien pendejos, con sus comentarios: “¿Ya llegó la pipa?”, “El tinaco sigue seco desde el martes”, “La CFE nos está jodiendo con esta baja de voltaje”. Y yo ahí, sintiendo cómo el sudor me resbalaba lentamente entre los senos, bajando por el ombligo hasta perderse en la tanga. Cada movimiento hacía que la tela de la camiseta rozara mis pezones, provocando una pequeña pero deliciosa descarga que me hacía apretar los muslos de forma involuntaria.

Entonces, un sutil “ding” del WhatsApp privado. Un número desconocido, pero que reconocí como parte del grupo vecinal por el ícono. La foto de perfil: una silueta negra, sin nada que revelar. El mensaje apareció:

“¿También con esta baja de voltaje, vecina? El clima no jala ni madres, ¿verdad? Veo la luz tenue en tu ventana… debes estar sudando la gota gorda” – 2:03

Me quedé helada. ¿Cómo chingados sabía que era mi ventana? Nuestra casa da a la calle principal y, con las persianas entreabiertas, esa luz amarillenta y débil se filtraba hacia afuera, sí. Pero el emoji me puso los nervios de punta. Pensé: “No le contestes, Elena. Ignóralo y ya”. Pero el calor, la soledad, y el hecho de que Mi Mor llevaba meses (o toda la vida) sin tocarme como se debe…

Tecleé rápido, con las manos temblorosas:

Yo: Perdón, ¿quién eres? – 2:03

Él: … (el “escribiendo…” apareciendo y desapareciendo)

Pasaron casi dos minutos eternos. Finalmente:

Él: Alguien del grupo vecinal, vecina. Alguien que también está despierto con este bochorno infernal y vio tu luz tenue. No te preocupes, no soy un extraño cualquiera… solo alguien que sabe que estás ahí – 2:05

Pura silueta negra, cero pistas. Me quedé mirando la pantalla, el brillo azul iluminándome la cara en la penumbra amarillenta. ¿Quién chingados era? Alguien del fraccionamiento, sí, pero podía ser cualquiera. El anonimato me provocó un escalofrío extraño, de esos que te erizan la piel y terminan entre las piernas, una mezcla de miedo y curiosidad.

Consideré borrarlo todo: “Elena, no eres una adolescente, no puedes estar chateando con un desconocido a estas horas”. Pero mis dedos no obedecieron. El sudor me resbaló por la sien, y sentí cómo la tanga se pegaba más, húmeda ya no solo por el sudor.

Tecleé, intentando sonar firme, como cuando regañaba a un alumno:

Yo: Ah, ok. Buenas noches entonces. Trata de dormir, que mañana hay que levantarse. – 2:05

Respondió casi al instante:

Él: No tan rápido, vecina. Dime la neta: ¿estás sudando tanto como yo? Porque imagino esa camiseta pegada a tu piel… y se me hace agua la boca pensando en cómo te verías ahora mismo, con todo brillando bajo esa luz tenue. – 2:05

Mi respiración se entrecortó. El corazón me latía con fuerza en el pecho, los pezones se endurecieron aún más contra la tela áspera. ¿Cómo sabía él lo de la camiseta? Nerviosa, me levanté despacio de la cama, los pies descalzos pisando el piso de cerámica fresco (un alivio momentáneo), y caminé hacia la ventana de la alcoba. Miré hacia afuera: la calle oscura, las casas vecinas con luces tenues, nada fuera de lo común. Nadie visible. Cerré las cortinas con cuidado, el corazón a mil, y avancé los pocos pasos hasta el baño en suite, cerrando la puerta detrás de mí con un suave clic para no despertar a Mi Mor.

Encendí la luz del espejo (débil, amarillenta, parpadeante por la baja de voltaje), y ahí estaba mi reflejo: cara sonrojada, ojos grandes y brillantes por los nervios y el deseo, la camiseta adherida como una segunda piel, marcando los senos grandes y pesados, los pezones duros como piedras bajo la tela. La tanga ya mostraba una mancha oscura en el centro, no solo sudor… era humedad real, traicionera.

El celular vibró en mi mano.

Él: ¿Te fuiste? No me dejes en visto, Elena… sé que estás ahí, despierta con este calor. – 2:07

Me quedé inmóvil, con el corazón en la garganta. ¿Cómo sabía mi nombre? El grupo, claro, pero verlo escrito así me hizo sentir expuesta. Y lo peor: me gustaba. El misterio, el riesgo, el calor que me impedía pensar con claridad… todo se mezclaba con el pulso que sentía entre las piernas.

Tecleé, con los dedos temblando un poco más:

Yo: ¿Cómo sabes mi nombre? – 2:08

Él: Porque en el grupo todos te conocen, vecina. La que siempre pone orden, la que organiza las cosas. La señora Elena. Pero ahora estás aquí conmigo, a estas horas… ¿qué estará pasando por esa cabecita? – 2:08

Tragué saliva con dificultad. El baño olía a lavanda y a mi propia excitación, un aroma fuerte y embriagador. Me apoyé en el lavabo, el borde frío contra mis caderas, y una gota de sudor bajó por mi espalda hasta perderse entre las nalgas. El pulso entre las piernas era ya imposible de ignorar.

No respondí de inmediato. El ronquido de Mi Mor llegaba amortiguado desde la recámara, constante, ajeno a todo. Y yo, en la penumbra, sentía que algo dentro de mí se estaba rompiendo… o despertando.

Pero antes de contestar, me adentré un poco más en el baño. El piso de cerámica fresco bajo mis pies me hizo suspirar quedamente. Cerré la puerta de nuevo (ya estaba cerrada, pero el clic me brindó una sensación de seguridad), y encendí la luz del espejo por completo. Ahí estaba yo, en mi totalidad: el sudor brillando en el cuello, el escote de la camiseta abierto por el movimiento, la tanga empapada marcando los labios hinchados. El aroma a lavanda se fusionaba con el mío, cálido, íntimo.

El celular vibró otra vez, como si supiera exactamente dónde me encontraba.

Él: ¿Sigues ahí, Eleny? No me ignores… dime qué piensas de lo que te dije. ¿Te gustó que imagine tu camiseta pegada? ¿O te asusta? – 2:09

Mi pulso se aceleró aún más. Me miré en el espejo, observando cómo mi pecho subía y bajaba rápidamente. Pensé: “Elena, para. Borra el chat, regresa a la cama y duérmete”. Pero mis dedos ya estaban tecleando, casi sin pensarlo:

Yo: No me asusta. Pero sí me pone nerviosa que sepas tanto… ¿cómo sabes lo de la camiseta? – 2:10

Él: Porque te imagino, vecina. Porque en el grupo subes fotos y se nota cómo te queda la ropa. Y porque ahora, con este calor, sé que estás así: sudada, pegajosa, con todo brillando. ¿Me equivoco? Mándame una prueba… solo una fotito de cómo estás ahora. Nadie se enterará. – 2:11

Me quedé mirando el mensaje. El corazón me retumbaba en los oídos. El espejo reflejaba mi cara cada vez más enrojecida, y sentí cómo un hilo de humedad bajaba por el interior de mi muslo. Culpa, miedo, deseo… todo revuelto.

Tecleé, con la voz interna gritando “no lo hagas”:

Yo: No puedo. Estoy casada. Esto está mal. – 2:12

Él: Lo sé. Por eso es tan rico. Porque está mal. Porque eres tan seria, la mamá responsable… y ahora estás en el baño, sola, con el cuerpo ardiendo. Tócate un poquito, Elena. Solo por encima de la tanga. Dime si estás mojada. – 2:13

Mis piernas temblaron. Apoyé una mano en el lavabo para no caerme. El borde frío me ayudó a mantenerme en pie. El aroma a lavanda se mezclaba con el mío, fuerte, embriagador. El ronquido de Mi Mor llegaba amortiguado desde la recámara, constante, recordándome el riesgo en cada respiración.

No me moví. No bajé la mano todavía. Solo me quedé ahí, apoyada, sintiendo cómo el calor subía desde el vientre, cómo la tanga se pegaba más y más a los labios hinchados por la humedad que ya no era solo sudor. El clítoris latía suave pero insistente, sin que lo hubiera tocado ni una vez. Era puro nervio, pura anticipación. El cuerpo me ardía por dentro, los pezones duros rozando la tela áspera de la camiseta con cada inhalación rápida, enviándome chispazos que bajaban directo entre las piernas. El sudor me resbalaba lento por la espalda, metiéndose entre las nalgas, y sentía un hilo tibio escurrirse por el interior del muslo, traicionero.

Pensé: “No lo hagas, Elena. No contestes eso. Borra el chat y regresa a la cama”. Pero el pulso en el cuello, el calor entre las piernas, la curiosidad por quién era este desconocido… todo me tenía clavada al piso del baño. El espejo me devolvía una imagen que no quería ver: ojos brillantes, labios entreabiertos, cara sonrojada, la camiseta pegada marcando los senos grandes y pesados, la tanga oscurecida en el centro por la excitación acumulada.

El celular seguía en mi mano, la pantalla iluminándome la cara con luz azul fría. No tecleé de inmediato. Dejé que pasaran unos segundos, respirando hondo, intentando calmar el temblor. Pero el cuerpo no obedecía. Estaba excitada hasta el límite, mojada sin haber hecho nada más que imaginar, nerviosa hasta el punto de que las rodillas flaqueaban.

Al fin, con los dedos temblando, respondí:

Yo: Sí… estoy mojada. Mucho. No me he tocado todavía, pero la tanga está pegada y siento todo latiendo. Me da miedo seguir… pero no puedo parar de pensarlo. – 2:14

Él: Buena confesión, vecina. Me encanta saber que estás así sin haberte tocado. El cuerpo ya sabe lo que quiere. Ahora… respira hondo otra vez. No te muevas. Deja que la excitación crezca sola. Quiero que me digas exactamente qué sientes sin tocarte. – 2:15

Me quedé quieta. Obedecí. Respiré hondo, y cada inhalación hacía que la camiseta rozara los pezones, que el clítoris latiera más fuerte sin contacto alguno. El sudor seguía bajando lento, el aroma a excitación se hacía más intenso en el baño cerrado. El ronquido de Mi Mor seguía igual, ajeno. Y yo, apoyada en el lavabo, sentía que la renuencia se rompía de verdad… sin haber dado ni un solo roce.

Y ahí, en la penumbra del baño, con el celular en la mano y el cuerpo ardiendo sin tocarlo, supe que el juego apenas empezaba.

Me mantuve exactamente en la misma posición, sin moverme ni un centímetro. Apoyada en el lavabo, una mano aún aferrada al borde frío, la otra sosteniendo el celular que temblaba ligeramente. El espejo del baño me devolvía mi reflejo completo bajo esa luz amarillenta y parpadeante: la cara completamente sonrojada, los ojos grandes y brillantes por la vergüenza y el deseo, los labios entreabiertos respirando de forma corta y rápida, el cabello negro pegado a las sienes y a la nuca por el sudor.

La camiseta se me adhería al cuerpo como una segunda piel húmeda, marcando el contorno pesado de mis senos, los pezones duros y visibles como dos pequeños puntos oscuros contra la tela . Abajo, la tanga seguía puesta, pero empapada en el centro, pegada a los labios hinchados, y sentía cada latido del clítoris sin haberlo tocado siquiera.

No me moví. Obedecí su orden. Solo respiré hondo, como me pidió.

Cada inhalación hacía que la camiseta rozara los pezones sensibles, enviándome una descarga que bajaba directo al vientre. El sudor me resbalaba lentamente por el valle entre los senos, descendía por el ombligo y se metía debajo de la tanga, mezclándose con la humedad que ya brotaba de mí. Sentía los labios mayores hinchados, calientes, y el clítoris latiendo con fuerza, insistente, como si tuviera vida propia. Un hilo tibio se escapó y bajó por el interior de mi muslo derecho, lento, pegajoso, hasta llegar casi a la rodilla. El aroma en el baño era más intenso ahora: lavanda vieja mezclada con mi propio olor, espeso, dulce y animal, que llenaba el espacio cerrado y me avergonzaba y me excitaba al mismo tiempo.

El ronquido grave y constante de Mi Mor llegaba amortiguado desde la recámara, cada ronquido un recordatorio punzante: “Elena, eres su esposa… la madre de sus hijos… la señora que enseñaba valores… la profesionista que firmaba documentos con orgullo… ¿qué chingados estás haciendo?”.

Pasaron casi dos minutos eternos. El “escribiendo…” aparecía y desaparecía en la pantalla, torturándome. Yo no me movía. Solo sentía. El corazón me latía tan fuerte que lo escuchaba retumbar en los oídos como un tambor lejano. El clítoris emitía pulsaciones largas y profundas sin que nadie lo tocara, cada latido un latigazo que me hacía apretar los muslos. Otro hilo caliente se escapó y sentí cómo humedecía aún más la tanga, la tela pegándose como una segunda piel traicionera.

El sudor me resbalaba por la sien, por el cuello, por entre las tetas. El baño olía a lavanda rancia, a mi deseo y a miedo.

Al fin vibró el celular, un zumbido corto y seco que me hizo dar un respingo.

La pantalla se iluminó con su mensaje.

Como siempre es gusto recibir sus comentarios.

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