Vibraciones nocturnas (2/3)

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T. Lectura: 8 min.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, acontecimientos o lugares es pura coincidencia.

Él: Cuéntame todo, Eleny. Sin tocarte. Quiero saber exactamente qué está pasando en ese cuerpo tuyo ahora mismo. Detalles. Sé valiente. – 2:17

Tragué saliva. Las manos me sudaban tanto que el celular casi se me resbala. Tecleé despacio, con una sola mano, la otra todavía aferrada al lavabo frío.

Yo: Estoy temblando. El clítoris late fuerte sin que lo toque. Siento los labios hinchados y calientes. Me chorrea un poco por los muslos. Los pezones están durísimos y cada vez que respiro rozan la camiseta y me dan descargas. Me da mucha vergüenza… pero no quiero parar. – 2:18

Él: Buena chica. Me encanta que estés así de mojada solo con palabras. Ahora respira hondo otra vez. Siente cómo se te humedece más la tanga. Quiero que me digas qué color tiene la mancha en el centro. – 2:19

Me miré en el espejo. La luz tenue hacía que la tanga se viera más oscura en el centro, casi naranja oscuro, empapada. Otro hilo se escapó y lo sentí correr.

Yo: La mancha es grande… oscura. Se ve clarito en la tela. – 2:20

Él: Chinga… me estás poniendo muy duro, vecina. Imagino esa tanguita pegada a tu panocha hinchada. Ahora quiero una prueba. Solo una foto sutil. El escote de la camiseta, nada más. Cómo brilla tu piel con el sudor. Sin cara. Y ponla en modo “ver una vez” para que desaparezca después de que la abra. Nadie más la verá… solo yo. Hazlo para mí. -2:21

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que sentí náuseas de nervios. Miré la puerta cerrada del baño. Escuché el ronquido lejano de Mi Mor, constante como un metrónomo cruel. Pensé en lo que estaba en juego; mis bendiciones durmiendo en sus cuartos, en las juntas de padres de la escuela, en las firmas que ponía en documentos en la oficina… todo eso gritándome que no, que esto ya era cruzar una línea que no tenía regreso.

Pero mis dedos ya estaban levantando el celular, temblando.

Abrí la cámara. Enfoqué el escote: la camiseta arriba por el calor asfixiante, el valle profundo entre mis senos, la piel brillando con gotas de sudor que resbalaban lentamente hacia el centro, los pezones dolorosamente erguidos. El brillo de la luz tenue del baño hacía que cada gota pareciera una perla sucia. Tomé la foto. El “clic” sonó quedamente en el silencio del baño, como un disparo amortiguado.

Dudé casi un minuto entero, mordiéndome el labio. El pulso me retumbaba en los oídos. “Si la envío así, desaparece para siempre después de que él la vea… pero él la verá. Para siempre en su mente. Y en la mía”.

Abrí el chat. Seleccioné la foto. Activé la opción “Ver una vez” (el ícono del “1” apareció en la esquina). El corazón me latía tan fuerte que pensé que Mi Mor lo iba a escuchar desde la cama.

Al final la envié.

Yo: (foto enviada – ver una vez) Solo el escote… nada más. -2:23

El mensaje se quedó en “enviado”. Luego “entregado”. Luego “visto”.

Pasaron 2 minutos eternos. El “escribiendo…” apareció y desapareció dos veces.

Él: Dios… mira cómo brillan esas tetas grandes de puta. Sudadas, pesadas, pezones duros como si pidieran que los muerda. La foto ya desapareció, pero la tengo grabada en mi mente. Me pusiste la verga durísima, zorra. Ahora quiero más… -2:25

Me quedé mirando la pantalla, el cuerpo temblando. La foto ya no estaba en el chat. Desapareció como si nunca hubiera existido. Pero yo sabía que él la había visto. Y que nunca la iba a olvidar.

Y el juego apenas estaba comenzando.

Él: Muy en serio. Estoy duro pensando en ti. Con la verga bien parada. Si estuvieras aquí, te la pondría entre esas tetas y te haría sentir cada pulsación. Te haría gemir mi nombre hasta correrme tu cara. – 2:27

El mensaje me dejó sin aliento. La crudeza de sus palabras, la imagen vívida que pintaba en mi mente, me golpeó con una fuerza inusitada. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, un espasmo recorrió mi vientre, y sentí un nuevo torrente de humedad escaparse, empapando aún más la tanga. La vergüenza y el deseo se entrelazaban en una danza perversa, y la voz de la razón se ahogaba en el clamor de mis sentidos. El ronquido de Mi Mor, antes un ancla a la realidad, ahora sonaba distante, casi irreal. Estaba atrapada en este juego, y una parte de mí, la más oscura y prohibida, no quería escapar.

Las sombras se alargaban en las paredes de azulejo blanco, haciendo que todo se viera más íntimo, más sórdido, más prohibido. Solo el brillo azul frío del celular iluminaba mi cara de vez en cuando, contrastando con esa luz amarilla débil que hacía relucir mi sudor como aceite. El extractor zumbaba inútilmente, el aire era una sopa caliente y espesa de lavanda rancia, sudor salado y ese aroma mío, denso, almizclado y dulzón, que ya llenaba cada rincón del espacio cerrado.

Yo seguía apoyada en el lavabo, el borde frío clavándose en mis caderas como un recordatorio cruel. La camiseta deportiva se me pegaba al cuerpo como una segunda piel empapada, marcando mis senos, los pezones duros visibles a través de la tela. La tanga estaba completamente arruinada, adherida a los labios hinchados, la tela oscura y translúcida dejando ver todo. Sentía hilos tibios escapándose sin control, resbalando lentos por el interior de los muslos, dejando rastros pegajosos que llegaban casi a las rodillas. El clítoris latía solo, hinchado, sensible al aire, sin que lo hubiera tocado todavía.

El ronquido grave y constante de Mi Mor llegaba amortiguado desde la recámara, cada ronquido un puñal de culpa: “Elena, eres su esposa… la madre de sus bendiciones… la Señora que enseñaba valores… la funcionaria que firmaba documentos con orgullo… ¿qué chigad´os estás haciendo?”…

El celular vibró en mi mano sudorosa.

Él: Chigada madre, Eleny… esa foto de tus tetas me tiene la verga hinchada. Esos tetotas de zorra brillando de sudor, pezones duros como putas piedras pidiendo que los muerda. Me la estoy jalando lento, apretando la base porque no quiero correrme todavía como un pendejo. Pero quiero verte de verdad, zorra. Baja esa tanga de puta hasta los muslos. Abre las piernas como la puta caliente que eres y mándame una foto de esa panocha chorreante. Sin cara. Solo tu panocha hinchada y mojada por mí. Y ponla en modo “ver una vez” para que desaparezca después de que la abra. Nadie más la verá… solo yo. Hazlo ya. -2:28

El mensaje me golpeó tan fuerte que sentí náuseas. La vergüenza me subió por el pecho como fuego. “Dios mío, Elena… ¿qué diría tu papá si se enterara? ¿Qué dirían tus bendiciones? ¿Qué dirían en la oficina donde eres la autoridad?”. Pero mi cuerpo traicionaba: otro hilo caliente se escapó de mí y bajó por el muslo, y el clítoris latió tan fuerte que casi gemí.

Tecleé con dedos que apenas obedecían:

Yo: No… por favor… eso ya es demasiado. Soy casada, tengo familia, soy madre… no puedo mandarte una foto de mi cuquita. Esto está mal, muy mal. -2:29

Él: Claro que está mal, puta. Por eso te está chorreando tanto. Porque eres la Señora decente, la mamá ejemplar, la esposa que se acuesta temprano… y ahora estás en tu baño como una zorra barata, con la cuca abierta y chorreando por un desconocido. Baja la tanga. Ábrete. Toma la foto. Ponla en “ver una vez”. Hazlo ya, Eleny. O te quedas con esa calentura toda la noche. -2:30

Silencio. Dos minutos y medio eternos. El “escribiendo…” desapareció. Yo seguía sin moverme, el cuerpo temblando, el sudor chorreando por la espalda, metiéndose entre las nalgas, el clítoris latiendo sin piedad. Otro chorro tibio se escapó y sentí cómo humedecía aún más la tanga. La culpa me apretaba el pecho: “Mis bendiciones… Mi Mor ronca a metros de aquí… ¿ahora esto?”.

Él: Zorra. sabes que lo quieres. Imagina mi verga gruesa viendo esa foto. Venosa, dura, la cabeza hinchada goteando por ti. Baja la tanga. Ábrete. Mándame esa foto de tu panocha mojada de puta. En “ver una vez”. -2:33

La vergüenza me quemaba la cara, pero el deseo ganó. Mis manos bajaron solas. Agarré un costado jale los listones de la tanga. La tela empapada se despegó de mis labios con un sonido húmedo y obsceno. Se deslizó por mi muslo, quedando colgada por un solo nudo como una bandera de rendición. El aire fresco rozó mi vulva depilada, abierta, chorreante. Los labios mayores hinchados y brillantes, el clítoris ardiendo y duro asomando, latiendo visiblemente. Un chorro grueso se escapó y cayó al piso con un sonido suave.

Abrí las piernas más. Apoyé una mano en el lavabo para no caerme. Levanté el celular con la otra. Enfoqué: mi cuquita completamente expuesta, labios separados, humedad brillando bajo la luz tenue y parpadeante del baño, chorros visibles resbalando por los muslos y el piso. Tomé la foto. El “clic” sonó como una bofetada en el silencio.

Dudé casi cuatro minutos, la cara ardiendo de vergüenza. “Esto ya no tiene regreso, Elena… eres una puta… una puta de verdad”. Abrí el chat. Seleccioné la foto. Activé el ícono de “ver una vez” (el número 1 apareció en la esquina, como una sentencia). El corazón me latía tan fuerte que pensé que Mi Mor lo iba a escuchar desde la cama. “Si la envío así, desaparece para siempre después de que él la vea… pero él la verá. Para siempre en su mente. Y en la mía”.

La envié.

Yo: (foto enviada – ver una vez) …ya está. Por favor, no la guardes. -2:37

El mensaje se quedó en “enviado”. Luego “entregado”. Luego “visto”.

Pasaron casi tres minutos de tortura pura. El “escribiendo…” apareció y desapareció varias veces. Yo seguía sin moverme, expuesta, temblando, el sudor chorreando por la espalda, el clítoris latiendo sin piedad, esperando su respuesta mientras la foto ya había desaparecido del chat para siempre… pero no de su memoria.

Me quedé mirando la pantalla vacía donde había estado la foto. Ya no existía. Pero yo sí. Y él también. Y eso era lo que me aterrorizaba… y me calentaba.

Él: Chigada madre, Eleny… esa panocha hinchada y chorreante es una obra maestra. Labios gordos, clítoris rojo y duro, chorros brillando en la foto. La vi… y ya desapareció, pero la tengo grabada aquí. Me pusiste la verga a punto de explotar. Buena zorra obediente. Mira lo que me provocas… (foto enviada) – 2:40

Abrí la foto con el corazón en la garganta.

Su verga gruesa, venosa, la cabeza hinchada y morada, brillante con una pequeña gota de mecos blanquecina que se escurría en un hilo largo. Gruesa de verdad, venas marcadas, la piel estirada al máximo. Sin cara. Solo eso, crudo y dominante.

Me quedé sin aire. El clítoris latió tan fuerte que sentí un espasmo. Otro chorro caliente salió de mí y cayó al piso. Las piernas me flaquearon.

Yo: Es… muy gruesa… las venas… la cabeza brillando… me da vergüenza verla… pero me está poniendo… poniendo muy cachonda. – 2:41

Él: Claro que te poner cachonda, puta. Ahora tócate. Dos dedos. Mételos profundo mientras miras mi verga. Entra y sale lento. Cuéntame cada vez que los metes. Y no te corras. Todavía no. Quiero que sufras un poco más. – 2:42

Mis dedos bajaron. Dos entraron fácil, resbalosos, el sonido húmedo y obsceno llenando el baño. Gemí bajito, mordiéndome la mano.

Yo: Dos dedos… entro… uno… dos… tres veces… se siente lleno, caliente… el clítoris late fuerte… ay… – 2:43

Él: Más rápido, zorra. Imagina que es mi verga gruesa abriéndote. Cuatro… cinco… no pares. Dime cómo te sientes sabiendo que eres La Señora decente con la panocha llena de dedos por mí. – 2:44

Aceleré. El placer era brutal. mis senos se movían con cada empujón, el sudor volaba, las piernas temblaban.

Yo: Estoy muy cerca… por favor… me voy a correr… no puedo parar… – 2:45

Él: Para. Sácalos ahora. Lámelos. Prueba lo puta que sabes. Dime el sabor. – 2:45

Saqué los dedos chorreando. Los metí a la boca. Sabor intenso, salado, dulce, mío.

Yo: Sabe… a puta… salado y dulce… a mí… a lo cachonda que me tienes… – 2:46

Él: Buena zorra. Ahora quédate así. panocha abierta, tanga colgada en el muslo, dedos mojados. No te corras. Respira. Quiero que la calentura te queme por dentro. Cuando estés desesperada… me vas a suplicar que te deje sacar tus juguetes. – 2:47

Me quedé jadeando, apoyada en el lavabo, el cuerpo temblando al borde del abismo, la vulva palpitando vacía y chorreante, la foto de su verga todavía abierta en la pantalla, la culpa y el placer mezclados en un nudo que me apretaba el pecho. El ronquido de Mi Mor seguía igual, grave y constante desde la recámara, cada ronquido un recordatorio que me clavaba más profundo: “Elena, estás a metros de tu marido dormido, con la vagina expuesta y chorreante por un desconocido… ¿qué clase de madre, de esposa eres?”. La luz tenue del baño seguía parpadeando, amarillenta y débil, haciendo que las sombras bailaran en las paredes de azulejo, y el aire caliente se pegaba a mi piel sudada como una capa invisible.

No me limpié. No me puse la tanga. Me quedé así, expuesta, temblando, el sudor resbalando lento por la espalda, metiéndose entre las nalgas, mezclándose con la humedad que chorreaba de mí. El clítoris latía fuerte, hinchado, rogando un toque que no llegaba. La saliva se me acumulaba en la boca por los nervios, y un hilo tibio se escapó otra vez, bajando por el muslo derecho hasta gotear al piso frío.

El celular vibró.

Él: Buena zorra. Me encanta que estés ahí al borde, chorreando sin tocarte, desesperada. Pero ahora quiero más. Ve a la alcoba. Camina descalza con tu panocha chorreante. Abre el cajón secreto del buró. Saca todo: el collar con argolla, los puños con cadena… y la lencería negra de puta sumisa que tienes escondida. El brasier sin copas que solo enmarca los senos, la tanga mínima que no cubre nada, las medias de red. Ponte todo frente al espejo de cuerpo entero. Quiero verte convertida en la puta sumisa que eres. Hazlo ya. – 2:50

El mensaje se quedó flotando en la pantalla como una sentencia. Mi pulso se disparó. “Que chingados ¿Cómo sabe de la lencería negra? ¿Cómo sabe que está en el cajón secreto? ¿Quién es este hombre?”.

El ronquido de Mi Mor seguía llegando amortiguado desde la recámara, constante, ajeno. Pero yo ya no podía ignorar la verdad: ya no había vuelta atrás.

Como siempre es gusto recibir sus comentarios.

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