Visitando con sus amigos a la tía (5 – final)

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Muy temprano, cuando la luz gris del amanecer apenas empezaba a filtrarse por las cortinas entreabiertas, Javier despertó. Sintió primero el calor de su tía contra su piel desnuda, el peso suave de su cuerpo, el olor limpio de su cabello mojado de la noche anterior mezclado con el aroma residual de sus cuerpos. Abrió los ojos despacio y la miró: Elena dormía de lado, los labios entreabiertos, las pestañas largas proyectando sombras tenues en sus mejillas. El pene de Javier ya estaba medio erecto solo por el contacto, por la cercanía prohibida que ahora era real.

Se inclinó y empezó a besarla con delicadeza: primero en la frente, luego en la sien, bajando por la mejilla hasta encontrar sus labios. Besos suaves, casi inocentes al principio, pero que se volvieron más intencionados cuando ella murmuró algo ininteligible y abrió los ojos.

Elena despertó con un suspiro lento, sintiendo los labios de Javier en los suyos. Por un segundo, la realidad la golpeó como un flash: estaba en su cama, desnuda, con su sobrino de 19 años encima, después de una noche que había roto todas las reglas. ¿Está bien? La pregunta le cruzó la mente como un relámpago. No, no estaba bien. Era un incesto emocional, un tabú que la sociedad condenaría sin piedad, un riesgo que podía destruir su matrimonio, su familia, su reputación si alguna vez salía a la luz.

Pero al mismo tiempo… ¿estaba mal? La culpa era real, pero no aplastante. Lo que sentía por Javier no era solo lujuria; había cariño, protección, una conexión que había crecido en silencio durante años. Él la había mirado siempre con admiración, con deseo contenido, y ella, aunque nunca lo había admitido, había sentido un cosquilleo prohibido al notar cómo la observaba.

La conclusión llegó rápida, casi sin esfuerzo: no podía deshacer lo que ya había pasado, y no quería. Lo que había sucedido en la sala con los otros había sido un escape salvaje, pero esto con Javier era otra cosa: más tierno, más personal, más inevitable. Y sí, aún sentía que le debía algo —no por deuda moral, sino por justicia emocional. Él había visto todo, había esperado, había sufrido la confusión en silencio. Si lo dejaba ir ahora sin cerrar ese círculo, lo dejaría herido, confundido, quizás resentido. No. Iba a darle lo que necesitaba, y se lo iba a dar con ternura.

Abrió los ojos del todo y le devolvió el beso, profundo pero lento, las manos subiendo a su nuca para atraerlo más cerca.

—Buenos días, mi amor —susurró contra sus labios.

Javier sonrió, nervioso pero feliz, y empezó a hacerle el amor con una lentitud casi reverente. Se colocó encima de ella, apoyándose en los antebrazos para no aplastarla, y entró despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos todo el tiempo. Elena soltó un suspiro largo cuando lo sintió dentro, las piernas abriéndose para recibirlo, las manos en su espalda baja guiándolo. Él se movía con calma, embestidas suaves y profundas, besándola en el cuello, en los senos, en los labios. Era tierno, casi romántico; no había prisa, solo la necesidad de sentirla, de estar dentro de ella.

Poco a poco, la intensidad subió. Javier aceleró el ritmo, las caderas golpeando con más fuerza, los gemidos de ambos mezclándose. Elena lo dejó hacer un rato, disfrutando la sensación de ser tomada por él, de sentirlo crecer dentro, pero luego tomó el control. Lo empujó suavemente hacia atrás hasta que quedó acostado, y se subió encima, montándolo con movimientos circulares lentos al principio, luego más rápidos, subiendo y bajando con precisión. Javier la miró con adoración, las manos en sus caderas, ayudándola a marcar el ritmo. Elena aceleró, apretando los músculos internos alrededor de él, inclinándose para besarlo mientras sus senos rozaban su pecho.

Él llegó primero. Sintió cómo se tensaba debajo de ella, cómo su respiración se volvía jadeos cortos, y entonces empujó hacia arriba una última vez, descargando dentro de ella con un gemido ronco. Elena lo sintió: chorros calientes llenándola de nuevo, el pulso de su pene, el temblor de sus piernas. No se apartó; se quedó montada, moviéndose despacio para prolongar su placer hasta que él se relajó por completo.

Javier abrió los ojos, todavía jadeando, y la miró con una sonrisa vulnerable.

—Acuéstate sobre mí… de espaldas —susurró—. Quiero hacerte terminar.

Elena sonrió, conmovida por la petición. Se giró con cuidado, quedando de espaldas sobre él, el cuerpo alineado, su cabeza apoyada en su hombro. Javier la abrazó por detrás, una mano bajando entre sus piernas, los dedos encontrando su clítoris hinchado y sensible. Con la otra mano guio su propio pene, aún semierecto y resbaladizo por el semen y la humedad de ella, y lo colocó en su entrada. Elena tomó su mano y lo ayudó: lo guio despacio dentro de sí otra vez, sintiendo cómo la llenaba desde esa posición. Luego, con su propia mano sobre la de él, empezó a mover sus dedos en círculos lentos sobre su clítoris, presionando justo donde más lo necesitaba.

Javier empujaba despacio desde abajo, embestidas suaves que llegaban profundo, mientras sus dedos seguían el ritmo que ella marcaba. Elena cerró los ojos, la cabeza echada hacia atrás contra su hombro, gimiendo bajito. El placer crecía de nuevo, esta vez más lento, más acumulado. Sintió el calor subir por su vientre, las contracciones empezar en su interior, apretando alrededor de él. Javier no paró: siguió empujando y frotando, sus labios besando su cuello, murmurando “vamos… déjate ir…”.

El orgasmo la alcanzó como una ola suave pero imparable. Elena se tensó entera, un gemido largo escapando de su garganta, las caderas moviéndose contra su mano y su pene en espasmos rítmicos. Sintió las contracciones fuertes, el calor líquido expandiéndose, un placer que la dejó temblando, sin aliento, pero profundamente satisfecha. Se quedó ahí, jadeando, el cuerpo relajado sobre el de él, su mano todavía cubriendo la de Javier entre sus piernas.

Y ahí se quedó el momento, suspendido en la calma del amanecer.

Después del orgasmo, Elena se quedó un momento temblando sobre Javier, el cuerpo aún convulsionando en ondas suaves, la respiración entrecortada contra su cuello. Sintió cómo él la abrazaba por detrás, sus manos quietas ahora, solo sosteniéndola como si temiera que el momento se rompiera si se movía. Ella giró la cabeza y le dio un beso lento en la mejilla, luego se apartó con cuidado, sintiendo el vacío cuando su pene se deslizó fuera de ella. Se recostó a su lado, de frente, la sábana cubriéndolos a medias, el aire de la habitación ahora fresco con la luz del amanecer filtrándose.

Javier la miró con los ojos brillantes, el pecho subiendo y bajando todavía acelerado. No dijo nada al principio; solo extendió la mano y le rozó el brazo, un toque tímido pero lleno de gratitud. Elena sonrió suavemente, acomodando un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Gracias, tía —murmuró él al fin, la voz ronca por el sueño y el placer—. No sé qué decir… pero gracias por… todo esto. Me hiciste sentir… no sé, vivo. Como si nada más importara por un rato.

Elena lo miró fijo, sintiendo un calor en el pecho que no era solo deseo residual. Pensó en lo joven que era, en lo vulnerable, y en cómo esa noche lo había cambiado para siempre. No había amor romántico ahí —ambos lo sabían, era imposible: la familia, la edad, su matrimonio, la vida real que volvería en unas horas—. Solo una conexión cruda, un momento robado que había sido intenso y necesario.

—Gracias a ti, sobrino —respondió ella con voz baja, calmada, rozando su mejilla con los dedos—. Me hiciste sentir deseada de una forma… especial. No como con los otros. Más… cercana. Lo disfruté mucho, Javier. De verdad.

Hubo un silencio cómodo, solo el sonido de sus respiraciones sincronizadas y el lejano trino de pájaros fuera de la ventana. Javier se mordió el labio inferior, como si buscara las palabras.

—¿Y ahora qué? —preguntó, no con ansiedad, sino con curiosidad genuina—. ¿Esto… cambia algo?

Elena negó con la cabeza despacio, incorporándose un poco sobre el codo. Lo miró con esa serenidad práctica que siempre había tenido, la misma que usaba para manejar sus infidelidades esporádicas: sin drama, sin promesas vacías.

—Lo que pasó, pasó —dijo con tono firme pero suave—. Con tus amigos fue igual: un momento que se dio, y ya. Nadie lo planeó, pero lo disfrutamos todos. No hay planes para repetirlo… pero tampoco te voy a decir que nunca más. La vida es así, impredecible. Lo importante es que no nos hagamos daño. Tú y yo somos familia, siempre lo seremos. Esto no borra eso; solo… agrega algo más. Algo nuestro.

Javier asintió, procesando sus palabras. Sintió un alivio extraño: no había presiones, no había expectativas imposibles. Solo el recuerdo de esa noche, que ambos llevarían en silencio. Él sabía que era imposible más allá de esto —ella estaba casada, él tenía su vida de universitario, sus amigos (que ahora compartían un secreto incómodo pero excitante)—. Pero el agradecimiento mutuo lo hacía sentir completo, no vacío.

—Sí… lo entiendo —dijo, sonriendo un poco—. Fue… perfecto tal como fue.

Elena rio bajito, un sonido cálido que rompió la tensión residual.

—Perfecto es mucho decir. Pero sí, estuvo bien. Muy bien.

Se quedaron un rato más así, abrazados bajo la sábana, sin prisa por moverse. Elena sentía el cuerpo de Javier contra el suyo, el calor menguando poco a poco, y pensó que esto era el cierre que necesitaban: no con promesas eternas, sino con una despedida honesta. Javier necesitaba volver a su casa, a su rutina, antes de que el mundo despertara del todo y complicara las cosas.

Finalmente, Elena se levantó, estirándose como un gato, el cuerpo desnudo captando la luz del sol naciente. Javier la miró un segundo más, memorizando cada curva, cada detalle: el cabello ondulado revuelto, los senos medianos con pezones que aún respondían al frío, la piel delgada marcada por las huellas leves de la noche.

—Hora de que te vayas, sobrino —dijo ella con una sonrisa práctica, alcanzando su bata del suelo—. Tus padres van a preguntar dónde pasaste la noche si no llegas pronto. Ve a vestirte. Te preparo un café rápido para el camino.

Javier se levantó también, sintiendo una punzada de realidad, pero sin tristeza. Se vistió en silencio, los shorts y la camiseta de la noche anterior ahora arrugados. Elena lo acompañó a la cocina, donde preparó un café instantáneo en una taza para llevar, el aroma llenando la casa vacía. Se despidieron en la puerta: un abrazo largo, un beso en la mejilla que duró un segundo extra, nada más.

—Cuídate, Javier —dijo ella, mirándolo fijo—. Y recuerda: lo que pasó, pasó. Estamos bien.

Él asintió, sonriendo.

—Estamos bien. Gracias otra vez, tía.

Salió a la calle, la bici aún en el porche, y pedaleó hacia su casa con el sol subiendo en el horizonte. Elena cerró la puerta, se recostó contra ella un momento y suspiró satisfecha. La casa estaba en silencio ahora, los rastros de la noche esperando ser limpiados. No había arrepentimientos; solo la certeza de que había sido un escape perfecto, uno más en su historial secreto. Se dirigió a la ducha, lista para volver a su vida normal, sabiendo que, si se daba la oportunidad otra vez, no diría que no. Pero por ahora, era suficiente.

Elena cerró la puerta principal con un clic suave, el eco resonando en la casa vacía. El sol ya entraba con fuerza por las ventanas del jardín, iluminando la mesa de centro con los vasitos de tequila vacíos, las servilletas arrugadas con rastros secos, las botanas a medio comer y las botellas de cerveza tiradas en el suelo. El aire todavía olía a sexo, sudor y alcohol evaporado. Todo parecía normal a primera vista, pero ella sabía exactamente qué había pasado en cada rincón.

Se quedó un momento de pie en la sala, bata ligera abierta sobre la piel aún sensible, y suspiró profundo. La realidad regresaba como una marea lenta: el silencio de la casa sin su esposo, el reloj marcando las nueve de la mañana, la vida cotidiana esperando en la cocina, en el trabajo pendiente, en el matrimonio que seguía intacto en papel. Pero ella no era la misma que había abierto la puerta a Javier la tarde anterior.

Empezó a arreglar todo con movimientos mecánicos, casi rituales. Recogió las botellas y las llevó al bote de reciclaje. Lavó los vasitos en el fregadero, viendo cómo el agua arrastraba los restos de limón y sal. Barrió las migas de totopos y limpió la mesa con un trapo húmedo. Cuando llegó al sofá grande, se detuvo. Ahí estaba la mancha sutil de humedad en el cojín central —su humedad, la de todos—, y de pronto, sin avisar, los recuerdos la golpearon como flashes rápidos y vívidos:

La boca de Mateo en su cuello mientras Diego la lamía entre las piernas.

Los penes de dos de ellos rozando sus labios, alternando, el sabor salado en la lengua.

Diego bombeando dentro de ella desde atrás, fuerte y profundo, mientras chupaba a otro.

El momento en que se montó sobre uno, con los otros dos frente a su cara, como una escena que nunca pensó protagonizar en su propia casa.

Los gemidos, los chorros calientes en su boca, en su mano, en su vientre.

Y luego Javier en la puerta, la erección a medias en el short, la mirada de shock y deseo que la había hecho decidir incluirlo.

Se apoyó en el respaldo del sofá, el trapo aún en la mano, y cerró los ojos un segundo. ¿Qué sentía respecto a todo esto?

No había arrepentimiento real. Había placer, mucho placer, y una liberación que hacía tiempo no sentía tan completa. Se había dejado llevar sin filtros, sin máscaras, y había sido glorioso. Con los chicos —los amigos de su sobrino— había sido salvaje, animal, un escape colectivo que la hizo sentir deseada como nunca en años. Con Javier había sido tierno, íntimo, casi amoroso en su crudeza: la forma en que él la había mirado, la forma en que se había entregado, la forma en que ella lo había guiado con cuidado. Había cruzado una línea que no tenía vuelta atrás, y lo sabía. Pero en lugar de pánico, sentía una extraña paz. Era un secreto más en su historial —uno más grande, más peligroso—, pero también uno que la hacía sentirse viva.

Conclusiones que llegaron claras, sin drama:

No iba a repetirlo. No planeaba invitar a los chicos de nuevo, ni buscar a Javier en la oscuridad. La vida real volvería: su esposo regresaría en unos días, la rutina se reanudaría, y este capítulo quedaría sellado.

Pero tampoco lo negaría si se diera. Si el destino volvía a ponerla en una situación parecida —con Javier, con alguien más, o con nadie—, no se resistiría. Había aprendido que negarse a sí misma solo la dejaba más vacía.

Confiaba en que los chicos guardarían silencio. Mateo, Diego, Luis y Javier eran jóvenes, pero no tontos. Sabían lo que estaba en juego. Y ella sabía manejar secretos; lo había hecho toda su vida.

Javier… él estaría bien. Lo que habían compartido no lo rompería; lo fortalecería, aunque fuera en silencio. Y ella, en el fondo, se sentía un poco más completa por haberle dado eso.

Terminó de limpiar la sala, abrió las ventanas para que el aire fresco entrara y barriera los olores residuales. Subió a su habitación, cambió las sábanas de la cama grande (las que aún olían a ellos dos), se duchó de nuevo —esta vez con calma, dejando que el agua caliente lavara los últimos rastros físicos— y se vistió con ropa cómoda: jeans ajustados, blusa ligera, el cabello recogido en su coleta habitual.

Bajó a la cocina, preparó café para ella sola y se sentó en la mesa del comedor con una taza humeante. Miró el jardín por la ventana: la piscina reluciente, las sillas alrededor de la mesa donde todo había empezado. Sonrió para sí misma, un gesto pequeño, casi nostálgico.

La vida seguía. Su esposo volvería, el matrimonio continuaría su curso predecible, las infidelidades esporádicas seguirían siendo su válvula de escape secreta. Pero esta noche había sido diferente: más grande, más intensa, más suya. Y aunque no volvería a repetirse —o al menos eso se decía—, Elena sabía que, en algún rincón de su mente, guardaría ese recuerdo como un tesoro prohibido.

Tomó un sorbo de café, miró el reloj y se levantó. Tenía un día normal por delante. Y eso, de alguna forma, era exactamente lo que necesitaba.

Fin.

Gracias por leer hasta aquí, sé que no es una historia corta pero si puedes darte la oportunidad de leer las 5 partes de corrido para disfrutarla mejor, agradezco sus comentarios.

Visitando con sus amigos a la tía (1)

Visitando con sus amigos a la tía (2)

Visitando con sus amigos a la tía (3)

Visitando con sus amigos a la tía (4)

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