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¿Dónde están mis calzones?

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Una parte muy controversial del fetiche por las panties, es precisamente el saber que hacer con ellas una vez que las tenemos en nuestras manos.

Para muchos resulta un gusto raro e incluso una aberración. Pero lo mismo podrían pensar muchos de la gente que tiene un fetiche por los pies, o incluso por las medias o los tacones, pero ¡qué diablos! Cada quien tiene su propio gusto.

Para un fetichista de calzones, poseer una prenda de alguien que te gusta, es como tener esa conexión divina que te acerca de manera muy especial a dicha persona. Decir que “robar” un calzón está bien o que no es un delito, es hacerse tonto. Pero en descargo, decir que lo que buscas es solo descubrir y si acaso tomar prestada una prenda tan pequeña, quizá pueda salvar el dilema moral.

Así amigos y amigas, les cuento que mis primeros calzones de mujer obtenidos vinieron precisamente de mi cuñada, la cual por vivir en la misma casa me daba acceso a cuando se podía, y que estaba yo solo, hurgar en su cajón. Fue así que descubrí que esos bikinis unidos por una tira solamente eran llamados tipo G-string. Y que los que usaban mis tías, o eran tipo faja, o de esas llamadas carpas de circo por lo grandes y a la cintura que eran tan poco sexys.

En cualquier caso el tenerlos en mis manos era una delicia por sentir la sedosidad del nylon o la delicadeza y transparencia que tenían en sus materiales. Seda, encaje, dibujos, tantas cosas sutiles que resaltan la belleza e intimidad de quien las usa, así como el erotismo que emana.

Como era el caso de mi prima Ely, la cual además de tener un trasero hermoso y enorme, usaba calzones sexys pero grandes por su gran culo. Por lo que imagino que para compensar, compraba prendas transparentes.

Recuerdo a Melanie, que como tenía un buen trabajo, compraba lencería fina y de marca, que imagino la hacía lucir hermosa. Ella tenía una costumbre, que era de tallar con el jabón del baño en la zona de la entre pierna, por lo que sus panties siempre tenían jabón y muchos vellos púbicos pegados.

Ahora analizando me imagino que de pronto ella hacía esto por higiene, y un poco para disimular que se masturbaba mucho.

Todas estas prendas de familiares jamás me quedé con una. Con la primera que me quedé, fue un bikini colgado en el tendedero de una vecina de mis tíos a quienes visitaba mucho. Era un bikini blanco, muy sexy, ignoro la marca, pero era de un blanco brilloso. La primera sensación al tenerlo en mis manos, fue de entrar en la intimidad de esa sexy dama. Saber que solo ella y su marido sabían lo que vestía bajo su ropa, y que yo aún sin verla ya estaba tocando su calzón, recorriendo con mis dedos la tela que tocaba sus nalgas, y mejor aún, el puente que tocaba sus labios vaginales. La de secretos que sabía ese calzón. Las veces que se humedeció mientras esperaba a ser desprendido para entrar al combate del amor. O cuantas veces se mojó si su dueña por naturaleza se calentaba ante una escena de sexo, o un comentario cachondo que solo su mente y su rica panochita podían saber, pero que invariablemente su calzón recibía en la forma de pequeñas secreciones que dejarían parte de su esencia sensual, al igual que las manchas de orina que dejaba ahí mientras encerrada entre cuatro paredes, solo ella y su calzón a las rodillas presenciaban actos tan íntimos y privados.

Desde ese momento mi obsesión por checar los tendederos donde quiera que andaba, se volvió prioridad.

Sentir esa íntima proximidad, lo mismo a una mujer que me encantaba y conocía, o incluso a una mujer cuya identidad y figura yo desconocía, y que a pesar de eso ya sabía algo de ella que mucha gente a su rededor jamás imaginaría.

Por supuesto que tocarme, con mi miembro bien erecto en una mano, y en otra la sensual prenda, era todo un ritual de sensaciones deliciosas. No me gustaba descargar mi semen en esas prendas, porque hubiera sido como contaminarlas. Eso lo reservaba para cuando podía jugar con una prenda del cajón de la chica en turno, y cuando sabía que eventualmente ella tomaría esa pantie y se la colocaría, culminando así la unión de su intimidad con mi semilla, en un acto secreto que solo yo sabía que existía.

A partir de esa primera vez, ya no pude parar. Subía a los edificios y ubicaba de inmediato aquellos lugares donde había prendas que me interesaban.

A diferencia de otros que también se obsesionaban con brasieres, en mi caso solo me interesaban los calzones de chicas fueran lindas o feas.

Mis propias vecinas no se salvaron. La de la casa de atrás que nunca la conocí personalmente, hasta la de al lado que solo tenía un bikini, el cual resaltaba de las muchas pantaletas aseñoradas de corte completo y tan poco sexys, y mismo que finalmente fue mío. Aunque tristemente debo decir que la dueña jamás lo substituyó por otro calzón así de sexy, pues solo compraba pantaletas a la cintura, y que curiosamente los fines de semana aparecía en el tendedero ahí, llamativo, de color rosa, esperando a que un día me animara y estirara la mano para tomarlo y llevarlo conmigo.

Otro par de vecinas, como decimos en México, del tipo gordibuenas, colgaban sus panties al frente de su casa, convirtiéndose en la tentación para mi, que un día decidí tomar una de esas prendas. Eran de algodón, de colores pastel y con un elástico de otro color muy delgado.

A donde iban dichas prendas a parar?

A mi cuarto, a ser escondidas dentro de un sofá, el cual tenía un hoyo en una orilla, en donde las fui coleccionando a lo largo del tiempo.

Esta obsesión tan rara, llega a convertirse en un problema, y en mi caso aunque tuve pocas piezas de colección, llegó un momento en que me fue imposible seguirlas guardando.

Con el tiempo, me tuve que deshacer de mi colección, la cual revisaba poco, pero cuando lo hacía era excitante recordar a esas personas. Luego me mude de casa de mis padres, con el tiempo me casé, y muy esporádicamente tuve oportunidad de obtener más trofeos, mismos que conservaba solo un corto tiempo ya que no era fácil esconderlos.

Sí llegué a quedarme con alguna tanga o calzón de alguna amante que tuve, e incluso alguna la mezclé entre las de mi mujer, sin que esta lo notara. Lo cual fue excitante pues al notar que las usaba, me calentaba mucho recordando y teniendo unas sesiones muy calientes de sexo con mi esposa.

Hoy día, me resulta complicado pues mis actividades me limitan mucho, aunque el deseo de hurgar y buscar de pronto vuelve a aparecer. Sobre todo cuando tenemos visitas, ya que generalmente al estar en mi casa, no soy yo quien está entrando a una casa ajena a buscar tesoros. Más bien, los tesoros llegan al cuarto de huéspedes de mi casa. Y ahí, vuelve ese gusanito de abrir sus maletas, buscar su ropa interior, y con suerte su bolsa de la ropa sucia.

Sí amigos. La ropa interior sucia, requeriría de un tema completo por sí solo. Pues baste decir que ahí es donde la imaginación se convierte en realidad. Y con todos los sentidos, se llega a tener una proximidad inigualable que es sublime e maravillosa.

Bueno amigos con esto termino, en próximos textos narraré aventuras que sean más del gusto de todos, aquellos que comparten este fetiche. Hasta la otra!

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