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El regalo: Un antes y un después (Decimotercera parte)

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—Silvia tesoro, mira este vestido. ¡Vamos niña! Pruébatelo, debes renovar esos trajes viejos para que luzcas radiante la otra semana en Turín. —Magdalena me mostraba un vestido veraniego de corte en X, cuello redondo, largo a media pierna y de mangas tres cuartos con un estampado floral y delicado drapeado, colocado en un maniquí tras el cristal de un gran almacén, en el centro comercial.

Recuerdo haber marcado dos veces seguidas al teléfono de Rodrigo para avisarle que iba a salir a vitrinear con las chicas de la oficina y me demoraría un poco. Además que los niños se quedarían con mi mama esa noche pues al día siguiente en el colegio, los maestros tendrían una reunión. Pero mi esposo no me contestó. Tal vez estaba ocupado atendiendo algún cliente, así que le dejé el mensaje en el buzón.

—Hermoso en verdad, pero… ¡Por Dios! mira lo que cuesta. ¡Imposible por ahora! Y además aún no lo tengo decidido. Esta noche hablaré con Rodrigo sobre eso. —Le comenté a mis dos compañeras, mientras seguíamos curioseando las vitrinas en los locales contiguos.

—Bueno pero es una gran oportunidad para ti. —De repente, Amanda tomó la vocería en aquella tarde de chicas, para exponer sus pensamientos.

—¿En serio crees que tu esposo con lo enamorado que esta de ti, te va a negar la oportunidad de viajar? Seria todo un troglodita si obstaculiza tu desarrollo profesional y después de cruzar unas palabras con tu esposo el otro día, no me lo parece. Silvia, corazón… No puedes por ningún motivo dejar de asistir a esa inauguración. Igual «el ogro» te acompañará y no te dejará sola desamparada por allí. —Amanda no tenía idea de que precisamente, ese viaje en compañía de mí jefe, era el real inconveniente. No estaría desamparada por el efectivamente, sino todo lo contrario. ¡Perseguida!

—Lo sé bien, muchachas. Es importante para mí y como bien dices, Rodrigo no es el problema. Mis niños me necesitan y… —No, no, no. Silvia, –me interrumpió Magdalena– los chicos se pueden quedar al cuidado de tu madre, igual no te vas a demorar, serian dos o tres días por mucho. —¡Qué! ¿Tres días? ¿Quién te dijo que serían tantos? ¡Tú qué sabes Magdalena! —Le pregunté, tomándola del brazo.

—Nada mujer, solo conjeturo, jajaja. Es que a ver, ten en cuenta que es una inauguración y como tal, habrán grandes anuncios, bastantes brindis, música y después alguna salida para conocer la ciudad. Y al otro día seguramente acompañar al «ogro» en alguna reunión. O solo quedarte a descansar en el hotel, corazón. Pero un pajarito me contó, que estos italianos son muy dados a los grandes eventos y a promocionar por todo lo alto sus nuevas actividades, y tú Silvia querida, debes ir pensando en aprovechar tus conocimientos y las oportunidades, pensando en tu posible ascenso. ¡Vamos tesoro! que se escuchan rumores en el piso superior, ya sabes que allí se mueven los hilos de esta compañía y algo se puede oír, si sabes pegar la oreja detrás de las delgadas paredes. ¡Jajaja! —Y es que Magdalena era muy amiga de las compañeras que trabajaban para la dirección general, así que si ella decía aquello, era porque se lo habrían comentado.

—Me parece que estamos ensillando el burro antes de tener la enjalma, les respondí. —Si eso es correcto querida, pero también dicen por ahí que cuando el rio suena… —Me respondió Magdalena con una sonrisa pícara en su rostro.

—Por ahora, vamos a la peluquería que necesito con carácter urgente una «despuntadita» y de paso arreglarme las uñas de los pies, que estoy deseando que Rodrigo me los bese, los acaricie y los ponga luego sobre sus hombros. ¡Jejeje! —Finalicé, tomándolas a ambas por los brazos y arrastrándolas junto a mí, por el pasillo del centro comercial.

—Buenas, buenas. ¿Será que en este «cuchitril», sirven buena cerveza y preferiblemente fría? ¡Jajaja! —Por supuesto. El caballero la quiere para beber aquí o si gusta… ¡Se la echo encima! para que pueda llevarla puesta. —Que graciosa Larita, excelente apunte, déjame tomo nota. Tú, cada día que pasa, más amable y hermosa. ¡Ehhh! Creo que mejor me la bebo aquí sentadito. Le respondí mientras le daba un beso en su mejilla.

—Rocky, no traes buena cara. ¿Mal día? —Pues Larita, para que te digo que no, si sí. A veces uno no sabe qué hacer. ¿Por qué a veces la vida te pone contra las cuerdas y no parece haber nadie en tu esquina para lanzar la toalla? —Haber corazón, primero que todo. Ves por acá, –me decía aquella noche Lara, girándose 180 grados y señalando con sus dedos índices hacia el techo del local– algún letrero que diga… ¡Se dan consejos gratis!

Negué con mi cabeza pero mantuve mis ojos fijos en los suyos y en mi rostro dibujada una leve sonrisa. Definitivamente esa noche, ella estaba de buen humor. —No, ¿cierto? —Me contestó mi graciosa amiga, sirviéndome un tercio de espumosa Mahou y en una pequeña bandeja, algunas rodajas de limón.

—Y en segundo lugar Rocky, tú no eres hombre para dar la espalda a los problemas. Nos conocemos hace poco tiempo, pero siempre he visto en ti, a un hombre decidido y dispuesto a enfrentarse a lo que se venga. ¡Vamos mi niño! Tirar la toalla no es una opción para ti. Anda bebe con calma tu cerveza y dale la vuelta a la tortilla, sacude tus neuronas y piensa como solucionarlo. ¡Ahhh! Por cierto tesoro, ya que hablamos de tirar cosas, ¿Dónde mierdas has dejado a tu mujer?

—¿Silvia? ¡Carajo! Pues Larita, no la he llamado. ¡Si lo ves! Qué haría yo sin ti. Eres la voz de la razón y mi conciencia, eres mi sensei cósmica. ¡Por eso es que te admiro! —Acerqué mis manos hasta alcanzar su cara y la atraje hacia mí y le planté un beso en su frente, –¡Muakkk!– aunque se me resistió en un principio. Y luego salí a la calle, cerveza en mano y mi teléfono móvil pegado a mi oreja.

—¿Sí? ¿Buenas?... ¡Señorita es para un domicilio!

—Claro caballero. ¿Qué va a pedir? —Ehh, lo mismo de siempre. Respondí.

—Disculpe señor, pero hoy es mi primer día aquí y no le conozco sus gustos. ¿Podría ser más específico con el menú que desea? —Por supuesto. ¿Cómo estamos de pechugas?–. Le dije yo.

—¡Pues no he tenido quejas con eso. ¡Las tengo tiernas y calienticas! ¿Le provocaría un par al señor? —Claro que sí, y adicionalmente… ¿Qué tal andamos de perniles? —Se los tengo carnuditos y adicionalmente vienen con su respectiva rabadilla. ¿Le gustaría al caballero una o dos raciones? —Me respondió.

—Si señorita, me conformaría con dos y por supuesto que me encantaría probárselos. ¿Y de postre señorita?... ¿Qué me puede ofrecer? —Déjeme reviso el menú, señor… Humm, nos queda un postre de duraznos en almíbar, partidos a la mitad. ¿Le provoca un poco? —¡Pero por supuesto! Le confirmé.

—¿Y se demorará el envío? Estoy como hambriento, señorita. Aquí entre nosotros, en mi casa últimamente me han tenido a dieta. —¡Pero qué maldad! Puede ser entregado en veinte minutos, ¿le parece bien? Ahh y disculpe el caballero… ¿Cómo piensa cancelar? ¿Con chorizo o salchichón? —Pues señorita ahora mismo tengo el chorizo escaso por lo tanto será mejor… ¡Cancelarle con salchichón! —Y nos echamos a reír los dos.

—¡Jajaja!, Te amo loco mío. Oye mi amor, aquí estoy saliendo con Amanda y Magdalena del centro comercial. Y ni te alcanzas a imaginar las caras que traen por nuestra pequeña conversación. ¿Dónde estás cielo? —Me preguntó.

—Aquí haciéndole a Lara una visita de médico en el bar. Necesitaba una refrescante cerveza fría. —Le respondí.

—Claro, por supuesto. Aprovechas que hoy es jueves de chicas para irte al bar a mirarle las tetas a la cantinera y sabe Dios a cuantas más. ¡Genial! —Te equivocas en eso mi vida. Primero, la tabernera hoy está más tapada que culo de muñeca y segundo, no he visto mucho «material» desfilando esta noche en el bar.

—Ok. Cielo una pregunta y no es por cambiar el tema… ¿Y los niños como están mi amor?

—Hummm, Rodrigo del Santísimo Señor de Monserrate y Cárdenas… ¡Tú como siempre tan despistado! Solo revisa el buzón de mensajes. Obviamente ellos están bien con la abuela sobreprotectora. —Me respondió burlona.

—¿Y cómo te fue hoy en la oficina? Silvia María de las adoratrices del sagradísimo miembro. ¿Qué sorpresitas adicionales me tienes? —Le pregunté a Silvia, tratando de averiguar detalles, sin parecer tan obvio.

—Ya sabes, lo normal. La sorpresita te la comento en casa. Por lo demás, todo bajo control. Salimos un poco antes hoy con las muchachas, para mirar vitrinas, probar zapatos y vestidos que por supuesto no íbamos a comprar y luego una pasadita por la peluquería para uno que otro retoque de latonería y pintura. Nada más mi cielo. Ya salgo para allá. Te espero en casa mi amor, estoy muerta con estos tacones. Por cierto, me saludas a todos por allá. Y apúrate… ¡Voy a pedir pizza! —Me respondió con total naturalidad.

—Espera Cielo, entonces… ¿Esta noche vamos a poder jugar a que si te atrapo te cómo? y luego a… ¿Dormir entrepiernados? —Le pregunté.

—Ohhh, mi vida aún me está bajando, creo que tocará que te consueles solo con una chupadita. Lo siento. —Hummm, Vaya que poca imaginación tienes. Si los niños no están, podríamos tomar una ducha juntos y te aseguro que podríamos conseguir algo más que una mamadita.

—Jajaja, lo miramos más tarde. Te amo. No te demores. Bye. —Chao, chao mi vida, me tomo la última y en un rato llego–. Y al terminar la llamada un comentario a mi espalda me sobresaltó.

—Pufff, con tanta dulzura entre ustedes dos, se me ha alterado la presión arterial y creo que de solo escucharte, ya he subido dos o tres kilos. —¡Dios mío! Lara, que susto. No te sentí llegar, por poco y me causas un síncope cardíaco.

—¡Jajaja! Rocky eres muy exagerado. La verdad es que me antojaste de una cerveza acompañada de un cigarrillo. Aprovecho que hoy hay poca clientela. —Y mi preciosa amiga, me entregó el siguiente tercio de Mahou clásica y yo le ofrecí un Marlboro rojo.

—Se ve que las cosas en el paraíso marchan a la perfección. —Me dijo recostándose contra el filo de la puerta, dando la primera calada a su cigarrillo y el segundo sorbo a su botella.

—Pues la verdad preciosa, entre el final del mes anterior y el comienzo de este, todo ha dado un giro y me la he pasado esquivando la serpiente, para que no me inyecte su veneno. Y de paso, pendiente de que mi Eva no decida morder la manzana. —Y ella me miró extrañada de aquella confesión.

—¿Hay otro? ¿De dónde salió? —De su oficina. Le respondí y luego complemente la información. —La tentación la tiene metida precisamente entre aquellas cuatro paredes.

—Pero Rocky, yo la he visto completamente enamorada de ti. ¿No estarás exagerando las cosas? —Ya me reconoció que hubo algo, y tanto tú como yo sabemos que cuando pruebas una vez y te gusta, suele suceder que continúes con la siguiente mordida. No lo sé corazón, Silvia me jura que fue un error y que no volverá a pasar. Dice que me ama con locura y me pide que crea en ella. Y quiero… ¡Deseo creerle! No es que desconfíe del todo de Silvia, tesoro. Es solo que parece existir una confabulación entre el tarot y las doce casas del zodiaco para hacerla pecar. Digamos que nos estamos esforzando por evitar echarlo a perder. Pero la verdad es que hemos estado tentados por todas partes. ¿Y este corazoncito tuyo cómo va? —Le pregunté

—Ayyy mi niño, ni preguntes. Sola, soñando como siempre con tener una mínima posibilidad. Me gusta engañarme ya que no tengo quien lo haga personalmente. ¡Jajaja! Pero bueno Rocky, al menos ustedes tiene algo porque luchar, yo en cambio aquí en mi rutina, me hago videos creyendo en una futura posibilidad, que se esfuma a cada hora. Noche y día. Pero sinceramente Rocky, ese amor tan soñado, escasea.

—Tesoro… ¿Quieres otra? —Me preguntó al ver que daba el último sorbo para luego lanzar la colilla unos metros más allá.

—Gracias, tu tan divina. Pero no. Trabajo mañana y quiero estar al cien por cien. Hoy me han traicionado y me han robado un cliente en mis narices. Y por otra parte, buscando soluciones y respuestas, me han clavado en el pecho más incógnitas que me tienen al borde de la locura. —Lara me observó para luego acariciar mi mejilla. Tenía su mano fría, sentí pena por su asumida soledad.

—Soy un idiota por confiar en las mujeres. —Ella me dio un pellizco en el brazo y luego me jaló de la oreja–. Por eso debo arrancar mañana con más ganas y continuar como siempre, trabajando como lo sé hacer mejor. ¡Solo! Ten, preciosa, quédate estos cigarrillos y guarda para ti el cambio. —Y la abracé con profundo cariño, besé su frente, posteriormente las dos mejillas y marché.

—¡Pufff! Pero que conversación tan pornográficamente sexy, Silvia. ¿Así eres siempre mujer? —Me dijo un tanto sorprendida Amanda–. ¿Si lo vez, Magda? Deberías aprender un poquito de Silvia, a ver si así le metes caña a tu insulso matrimonio.

—¡Vaya, vaya con la mosquita muerta! «Quien ve el pollito y lo que pía». ¡Jejeje! —Respondió de inmediato Magdalena, pasando su brazo por encima de mis hombros y apretujándome contra ella con firmeza.

—Hummm, chicas… Algo le sucede a Rodrigo. —Les comenté.

—Pues claro mujer, que te quiere comer esta noche, así que prepárate. —Interpeló con seguridad Amanda.

—No es eso mujer. A ver, conozco demasiado a mi marido y cuando está nervioso o preocupado, se le sale la vena morbosa para distraer la atención. Es eso o… ¡Se trae algo entre manos!

—Sí, sí. ¡Claro cómo no! Es obvio Silvia, lo tienes aguantando por culpa de tu periodo y ya sabemos que los hombres no soportan mucho en abstinencia. ¡Recuerda eso! Se desesperan y se trepan por las paredes si no desfogan toda su testosterona. Ni modo tesoro, te toca sacrificarte esta noche. Así que si tu conchita está en mantenimiento, pégale una buena mamada, te tragas toda su leche y luego dejas que se duerma, entretenido chupándote las tetas. —¡Buaghh! Magda, ¡Por Dios! Cómo eres de rústica para hablar. Mejor me voy ya. Gracias por la compañía muchachas. Mañana nos vemos. Feliz noche. —Y nos separamos, yo fui caminando pues estaba a pocas calles del piso.

Nada más llegar a mi hogar y descolgar abrigo y bolso, tomé el móvil para pedir la pizza mediana de salami y relleno de ricota, que tanto nos encantaba. Fui hasta el refrigerador y tomé del Six-Pack que quedaba, una lata de cerveza. Llamé a mi madre y hablé con mis hijos mientras descalza en la habitación, me desvestía, para ponerme cómoda, enrollándome la toalla y en espera de la llegada de mí esposo.

Unos veinte minutos después, con el gorro de baño puesto, para no estropear mi nuevo peinado, llamaron por el interfono desde la portería para avisarme de la llegada del pedido. ¡Y yo en toalla! Fuera gorro, toalla al piso y apresurada, busqué mi pijama rosada de Hello Kitty, para afanarme en ir a recibir al domiciliario. Pero de repente se abrió la puerta y el domiciliario no era otro más que mí amado esposo.

—¡Hola mi amor! —Me saludó y dándome un beso en la boca, dejó la caja sobre el comedor y una botella de Fanta. —¡Pero qué servicio tan eficiente–. Dije yo, dándole un cariñoso pellizco en sus nalgas. —Ya lo ves. Me encontré al muchacho abajo y pues para que hacerle perder el tiempo. Por cierto mi vida, estas espectacular. Con ese corte de cabello y el peinado, deslumbras aún más. ¿Eres mi preciosa lo sabias?

—¡Te amo mucho! ¿Si quedé bien? Me decidí por recortarlo un poco, tenía las puntas quemadas y algo de horquilla. Ummm, mi cielo, estoy cansada y hambrienta. ¿Tú no? le pregunté a Rodrigo, quien estaba alistando los platos y los vasos, para luego acomodarlos en la mesa. Yo me hice cargo de repartir los trozos y servir las bebidas. —Sí, claro. Yo también, y muchas ganas de ese postre del que me hablaste. —Me respondió risueño.

—Y bueno mi vida. ¿Qué sucede? ¿Te pasó algo no es así? —Ahhh, cosas del trabajo mi cielo. Una señora, cliente mío que puso a cargo de las compras a su egocéntrico hijo y ese hijo de su grandísima madre, me sacó del llavero.

—Lo siento. Pero bueno, ya llegará otro no te preocupes. —Silvia, lo que sucede es que Paola estaba allí, con ellos en una reunión.

—¿Tu nueva compañera? ¿La que tienes bajo tu cargo? —La misma que canta y baila. Al parecer es la novia de ese joven y por supuesto, pelo de cuca jala más que guaya de acero. Ni modos. Pero me supo mal y me amargó la tarde.

—Te entiendo, le dije yo acariciando su mano. ¿Y te sientes traicionado por tu alumna? —La verdad, se siente parecido. ¡Bahh! Ya pasará Silvia.

—Mi vida, necesito saber si me vas a dejar viajar la otra semana. Si confías en mí, porque de lo contrario buscaré la manera de no ir. —Pues cielo ya te dije que no voy a obstaculizar tu camino, no soy tu dueño mi amor. Tampoco eres mi esclava. Ya somos adultos Silvia. Mira a tu alrededor mi vida. No tenemos mucho, es verdad, pero lo poco o lo mucho, todo esto lo hemos conseguido entre los dos. Por los niños no te preocupes que por un día que estés fuera, solicito permiso a mi jefe y me hago cargo de ellos.

¡Pufff! suspiré. Dejé sobre el plato la última parte de mi pizza y me levanté. Me acerqué hasta mi esposo, tomé entre mis manos su cara y atraje hacia mi pecho su cabeza. Las pulsaciones de mi corazón estaban ya aceleradas por lo que iba a contarle y que no sabía cómo lo iría a tomar. No era un día como él lo suponía.

—Te amo precioso mío. Eres un hombre maravilloso, un buen esposo y un padre ejemplar. No necesito nada más en mi vida. —Mi esposo rodeó mi cintura con su brazo y me hizo a la fuerza sentarme sobre sus piernas.

—Hoy me enteré de que corre el rumor por los pasillos de que probablemente sean dos días, a lo sumo tres. Ahh y una probabilidad de ascenso. Bueno al menos eso le contaron a Magdalena, sus amigas, las secretarias de la planta directiva en el piso superior. —Y me sentí elevarme entre los brazos fuertes de mi esposo. Se puso en pie conmigo alzada, me besó y nos dirigimos hacia nuestra alcoba. Allí me deposito con dulzura sobre la cama y entre nuestros varios besos apasionados, sus manos calmadas y precisas retirando cada pieza de mi pijama y yo en espera de su respuesta silenciada por el arrebato de nuestro deseo, colaboré en todo para quedar casi desnuda ante mi esposo y luego yo le advertí que lo esperaba en el baño y bajo la ducha.

Me coloqué el gorro de baño, para luego retirar mis cómodas bragas y abrir los grifos combinando la fría con la caliente hasta lograr una agradable temperatura. Enjaboné mi cuerpo, aseándome concienzudamente el interior de mi vagina, en espera de ser acariciada por las manos de mi esposo.

Aún tenía jabón en mi rostro por lo que mantenía mis ojos cerrados, cuando sentí a mi marido acariciar lentamente mi espalda. Luego retiró de las mías la espumosa esponja para desde mi cuello empezar a frotar con suavidad y la necesaria firmeza, mis hombros, la zona cervical, deslizándola lentamente por mis omoplatos y la zona dorsal de la parte baja de mi espalda. Se entretuvo bastante allí para luego abrazándome, compartir así la lluvia tibia de la regadera. Por delante pasó la esponja por cada uno de mis senos, enjabonando primero uno sin dejar de ejercer presión en el otro con su mano libre, rodeando con un pulgar mi pezón y luego intercambiar aquellas cariñosas caricias hacia el otro. Decidí abandonarme a aquel relajador momento, estirando mis brazos hasta apoyar mis manos sobre la pared frontal, dándole a Rodrigo plena libertad de movimiento sobre cada parte de mi cuerpo.

Besaba el lateral de mi cuello y mordía delicadamente el lóbulo de mi oreja derecha. Yo estaba sumida en un placentero letargo, mis ojos cerrados y mis sentidos, todos puestos en el recorrido de sus labios por mi cuello y su lengua provocando leves cosquillas en el interior de mi oído. Podía sentir el roce suave de sus manos bajar de mis senos hacia el abdomen, un dedo suyo hurgando en la «O» de mi ombligo y la calidez de su pecho palpitante contra la parte alta de mi espalda. Obviamente yo acariciaba con las mías echadas hacia atrás, lo que podía yo abarcar de la redondez de sus nalgas, apretándolas un poco, rasguñándolas con imperioso deseo de ser tomada y sintiendo la presión constante de su endurecida verga contra mi cintura y el comienzo de mis glúteos.

Luego Rodrigo se apartó un poco de mí, frotando mis nalgas, haciendo círculos sobre ellas para pasar la esponja por los costados de mis caderas y la parte alta de mis muslos, para luego deslizar entre espumas y burbujas por delante, su mano sobre mi monte de venus, creando trazos con sus dedos enjabonados, libres e inquietos, dibujando líneas imaginarias entre los largos vellos de mi pubis, subiendo un poco, bajando bastante hasta meter uno de ellos por la hendidura de mi caliente y ya húmedo coñito.

—¡Aghhh! Mi vida que delicia. Me tienes completamente relajada y ardiendo de deseo. ¡Te amo! Te amo mucho mi cielo. —Le dije mientras que Rodrigo ya bajaba sus manos rodeando los muslos de mis piernas, por delante un poco, por detrás bastante. Llegó a ponerse de rodillas sobre los cuadritos verdes, crema y azules de la cerámica del piso de la ducha, para frotar con ternura mis pies, dedo a dedo, desde el pequeño hasta el gordo, posteriormente el empeine y luego, juguetonamente las plantas de mis pies, causando con ello nuestras risas y mi desesperada pataleta, con mis pronunciados… ¡No, no, no! de niña chiquita, obviamente ignorados por los dedos de mi amado torturador.

—Me hacía tanta falta esto Silvia. Sentirte así, entregada y dispuesta. Tan completamente mía. ¡Te adoro vida mía! Eres todo lo que necesito para vivir. —Me dijo muy cerca de mi oído. Susurrantes palabras llenas de un amor tan perenne en mi marido, desde el primer momento que me vio, siendo aún la novia de su mejor amigo.

Correspondiendo a aquella declaración de amor tan sublime, empujé mis nalgas hacia atrás, tomando con mi mano derecha su pene erguido, y facilitado el movimiento por el líquido jabón, se lo froté desde la base hasta la extremidad de su recta verga, bajando de nuevo, ascendiendo unos segundos después, en un semi circulo con tres de mis dedos por la parte anterior de su palpitante tronco y mi pulgar acariciando la circunferencia de su glande. Y luego lo dirigí hasta la entrada de mi vulva, apartando con la punta, los pliegues de mis labios, rozando un poco mi erecto clítoris, porque en serio lo necesitaba sentir dentro de mí. Pero Rodrigo no pensaba de similar manera.

—Aun no mi cielo, me dijo él. —Espera un poco, quiero hacerte correr primero con mis dedos.

Y buscó mi orificio. Pronto uno de ellos profanó la abertura, introduciéndolo un poco, para luego retirarlo y ya fueron dos los que sentí cruzar aquel íntimo umbral. Delante, firme pero delicado, hacia atrás suave y ya lubricados, empecé a jadear. Imprimió más velocidad a la vez que abría yo las piernas lo que más podía para facilitarle la penetración de sus dedos. Me tenía a punto de alcanzar el orgasmo, pero se detuvo. Los retiro de mi interior. Abrió la corredera de cristal de la ducha y se sentó sobre la tapa del retrete y hasta allí me llevó de espaldas para hacerme reposar sobre sus piernas.

Abrazada a él, sentí sus dos manos en la parte interior de mis muslos, apartando mis piernas. Luego de nuevo sus dedos, tres, lo recuerdo bien pues los vi en primera fila. Su índice, el dedo medio y el anular se perdieron de nuevo dentro de mi lubricado chochito. Y empezó la lucha aquella de querer cerrar mis piernas debido a las ráfagas de eléctricas sensaciones en mi vagina, y de igual manera el de abrirme lo más posible para dejarme morir de gusto, por el frenético entrar y salir de sus dedos, hasta que en un instante me llegó entre espasmos y alaridos, la necesidad de orinar y se lo hice saber.

—Oughhh, mi vidaaa, ¡ufff!… sino te detienes me… ¡Aghhh! me voy a mear.

Pero poseído por el poder del goce que me otorgaba, completamente suya en aquella posición, su dedo pulgar alcanzó de improviso mi lubricado botoncito del placer y circulando suavemente con leve presión sobre él, ardió Roma. Me vine entre gritos y movimientos involuntarios de mis caderas, levantando mi cintura, ofreciendo la completa abertura de mi vulva a los intrusos dedos que me causaban tan inefable sensación.

Fue un orgasmo largo e increíble, ojos entrecerrados, mis labios resecos y con mi boca abierta, tanto como mis muslos y mis manos aferradas a las piernas de Rodrigo, estremecimiento en mi vientre, calor intenso en mis pechos endurecidos, músculos tensos en mi vulva y luego la inmediata relajación de los mismos, lanzando con fuerza aquel liquido casi translucido, chorros de inusitado placer que terminó estrellándose contra la blanca cerámica de la pared una parte y salpicando la división de cristal, otro chorro adicional.

Desmayada, desmadejada por las ganas disipadas, me dejé caer sobre el pecho de mi marido. Agitada aún voltee mi cabeza buscando la humedad de su lengua. Recibió la mía con agrado y avidez. Me giré en un rápido movimiento y sin dudarlo un instante tomé su gruesa picha completamente tiesa y me fui clavando lentamente sobre ella. No, no lo dejé mover, fui yo el jinete, la amazona elegida para domar el corcel que se alojaba candente y vigoroso en mi interior. Éxtasis, calor.

Gemidos suyos y míos, concordantes con los eróticos sonidos provenientes de nuestros fluidos lubricantes, acrecentando nuestras placenteras sensaciones. Gotas de vapor en el espejo delante de mí, perlas de sudor resbalando en la frente de mi esposo. Su boca escapando de mis labios para morder a placer mis pezones, chuparlos, jalarlos y luego humectarlos con la punta de su lengua, circulando libre y ansiosa alrededor de mis rosadas aureolas.

¿Cuánto tiempo? No, no hay cronómetro que pueda tomar esa medida. No hubo reloj para contabilizar las veces que subí y bajé, tantas las veces que me empalé. Un orgasmo inicial, dos o tres corticos posteriores, pero en inacabado aumento, previendo el gran final. Sentí como temblaban sus piernas, la expansión de su pecho al jadear, y como empujaba con fuerza como si me quisiera atravesar con la rigidez de su pene a punto de explotar dentro de mí.

—Ya casi mi vida, aguanta un poco más. —Le dije yo a un Rodrigo extasiado y agitado, qué frunciendo el ceño, aspiraba toneladas de aire, totalmente colorado, al igual que yo. ¡Yaaaa!... ¡Siiiií! Alcancé a balbucear y sentí la potencia de su pene, bombear con gran presión, los chorros de su esperma, golpeando atropelladamente las paredes de mi vagina.

Y felizmente rendida, sudorosa, con mis ojos ya cerrados sintiendo el latir de mi corazón en mis sienes, flotaba yo en esa tensa calma posterior al orgasmo alcanzado y sin saberlo ni anticiparlo, precediendo al próximo temporal. Apoyé mi mentón sobre su sudada frente, encantada y dichosa de amarlo tanto y dejarme adorar. Fue máximo aquel íntimo momento. Hasta que los dos escuchamos el sonido de una llamada proveniente de mi teléfono móvil.

¡Mierda, lo había olvidado! Mi jefe que quería esa noche, volverme a ver.

—¿Quién putas será a estas horas? —Me preguntó mi aún agitado esposo. Ni modo, lo había prometido. Cero mentiras. —Es don Hugo, mi amor–. Le confesé.

—Y ahora… ¿Qué quiere tu jefecito? ¿Se le habrá caído el pañal? —Me dijo un tanto molesto.

—Cielo, es que le pedí que habláramos a esta hora para poder averiguar con él, sobre el viaje de la próxima semana. Necesito confirmar si es cierto eso de los dos o tres días de estadía en Turín. Y además, muero por conocer si anoche solucionó algo con su esposa. Quiero quitármelo de encima. ¿Me entiendes? —Rodrigo no puso buena cara pero me ayudó a incorporarme y me alcanzó varias toallitas humectantes para limpiarme, pues fue su corrida tan abundante que ya empezaba a gotear.

—Está bien, contéstale. Pero mi cielo hazlo rápido porque esto apenas comienza, vamos por el primer round. Ya que empecé, voy a terminar de darme una ducha. —Y me besó. Yo me sonreí, mientras mi mano acariciaba su mentón.

Tomé del gabinete un tampón y me lo introduje. Ya quedaba poco para que se me pasara el periodo. Luego una coqueta braguita negra de encaje, que Rodrigo me había regalado un mes atrás. Del perchero colgaba mi bata de baño, alcanzándola, me envolví en ella. Me acordé del gorro de baño que aún permanecía cubriendo mis cabellos y lo retiré con premura. Di una ligera pasada a mi nuevo peinado con el cepillo de cerdas naturales y teléfono en mano, salí del baño hacia la alcoba e inicie la videollamada.

—Hola jefe buenas noches, disculpe no contestarle antes pero estaba en la ducha. ¿Cómo está todo?

—Buenas noches Silvia, no te preocupes, yo acabo de llegar al hotel después de cenar con la directora de la oficina aquí en Londres. Llueve bastante a esta hora. Oye… Está algo oscuro y no te puedo ver bien.

—Ahhh, espere un momento. Y salí de mi alcoba, cruzando el pasillo para llegar a la sala. —¿Mejor?

—Muchísimo. Quedaste preciosa. Sin embargo pensé que el cambio sería más extremo.

—¿Extremo? ¿Cómo así? —Le respondí intrigada.

—No es nada, solo que supuse que cambiarias el color de tu cabello. Pero así estas bien, me encantas y lo sabes. —Jefe por favor. Agradezco sus halagos pero no vamos a empezar ahora. Mejor, ¿cuénteme como esta todo por allá? ¿Qué tal el viaje? ¿Los traslados fueron puntuales? ¿El hotel? ¿Me lo están atendiendo bien? De lo contrario puedo contratar a otro, de hecho queda más cerca de las oficinas.

—No, tranquila Silvia. Perfecto todo como siempre. ¿Algo que comentar de allá? —Por acá todo en orden jefe, solo que… No sé si será imprudente de mi parte preguntarle a usted pero…

—Vamos Silvia, sabes que entre nosotros existe la suficiente confianza. Dime que piensas. ¿Qué te sucede? —Pues don Hugo, es con respecto al viaje a Turín. Estoy nerviosa y…

—¿Tu esposo está poniéndote pegas? ¿Se molestó contigo? —Esa pregunta seguramente fue honesta, pero disparó en mi las alarmas de que mi jefe, intentara encontrar alguna fisura en mi matrimonio, por la cual pudiera escabullirse él.

—No señor, para nada. Mi esposo confía en mí y me apoya. El siempre desea mi bienestar. —Qué bueno, pensamos igual. —Sonriente me contestó–. Silvia con respecto a eso ya te había comentado, pero por lo visto no estabas tan concentrada en nuestra conversación. —Me respondió y me acordé que la noche anterior estuve más pendiente de escuchar a mi esposo hablando con su nueva compañera que en la charla que sostenía con mi jefe.

—En serio jefe. Discúlpeme. Me podría confirmar entonces… ¿Para cuándo seria el viaje y así poder hacer las reservas de vuelos y mirar los hoteles cercanos? —No me dijo nada, caminó hacia delante, como acercándose más a mí–. Yo tomé de la mesa la lata de cerveza que había destapado y apenas si había consumido un cuarto del contenido. Un largo sorbo, que me supo a gloria por la sed que había producido aquella desaforada sesión de sexo con mi esposo en nuestro baño.

Don Hugo, dejó su teléfono sobre alguna repisa y lo vi dirigiéndose hasta el minibar de su habitación. Tomó de allí una pequeña botella, que supuse era de un buen escocés. La destapó y se regresó cerca de donde había apoyado su móvil. Había salido del campo de visión de la cámara pero pude escuchar el usual sonido al verter el líquido en un vaso de cristal y luego uno, dos ruidos de algo chocando, que comprendí como cubitos de hielo depositándose en su interior, agitándose tal vez por el movimiento producido por su mano. Luego lo volví a ver, más de cerca pues había tomado de nuevo en su mano el teléfono, y esta vez se ubicó en un sillón amplio, a su espalda una hermosa pintura con una escena de perros de caza y varios hombres cabalgando detrás de ellos, persiguiendo a su presa.

—Por ahora solo te recordaré que viajaremos el jueves próximo, en la mañana. La inauguración será el viernes, pero debemos revisar antes los estados financieros, como se encuentra la liquidez de las empresas del grupo y después analizaremos su solvencia económica. Por el almuerzo y la comida no te preocupes, de seguro la familia Bianco, nos llevaran a comer. ¿Te gustan las pastas? ¿Y el vino, Silvia? Mucho vino para catar. Ellos son dueños de una famosa bodega familiar por la zona vinícola de Piamonte. Con seguridad en la tarde del sábado estarás de regreso en tu hogar. —Luego en calma, bebió un poco de su bebida.

—Vaya jefe, entonces tendremos mucho trabajo por realizar. Me preocupan varias cosas don Hugo. Primero el idioma, no entenderlos y cometer errores. Y también el hecho de mi vestuario. No sé qué llevar para no hacerlo quedar mal. No quiero desentonar. ¿Me comprende? —Le respondí, expresándole algunas de mis preocupaciones.

—¡Jajaja! Silvia eres como una chiquilla nerviosa ante su primera cita amorosa. Lo harás bien, como siempre. Por el idioma despreocúpate. Francesco será nuestra mano derecha allí, y cuando él no se encuentre, tendrás a tu cargo una asistente que también habla español. Además mi ángel, los números y las cifras son iguales, aquí, allá o en la china. —De nuevo aquel apelativo que me gustaba, sí, pero que no debía ser.

—Ahora que lo mencionas, me parece recordar que en tu currículo, colocaste que habías sido modelo en Colombia. Debes saber elegir y combinar bien tu vestuario. ¿Por qué no me dejas ayudarte a escoger tu ropa? Y así de paso, me enseñas los vestidos que compraste aquel día. —Me quedé sin habla.

¡Mierda! Bendita la hora en que se me ocurrió escribir aquello en mi hoja de vida. Lo hice para impresionar, llamar un poco la atención. Pero aquella noche, ese tiro me había salido por la culata.

—¡Como se le ocurre jefe! Le respondí. —¿Me está pidiendo modelarle los vestidos? Mi esposo está en nuestra habitación. ¿Qué cree usted que él se va a imaginar? ¡Ni loca! Mejor le pediré ayuda a mi madre o a Magdalena, ella tiene buen gusto y me podrá ayudar con eso.

—Vamos Silvia, no te pido que te muestres nuevamente desnuda para mí, solo deseo ayudarte y además quiero verte lucir esa ropa. Debes verte preciosa…

—Lo siento jefe, mi esposo me llama. —Lo interrumpí para finalizar la llamada abruptamente y no tener que darle más explicaciones–. Ese hombre no parecía cambiar sus intenciones hacia mí.

Me dirigí hasta mi alcoba, donde Rodrigo descansaba mirando una serie en el televisor.

—¿Y bien? ¿Qué quería el señor? ¿Se siente solito y desamparado? ¿Se le salió el chupete de la boca al bebé? —Me dijo mi marido, en el momento en que me retiraba la bata para dejarla de nuevo colgada en la percha de la puerta de nuestro baño y salía con mis tetas al aire, para acurrucarme a su lado.

—No mi amor, pero sirvió para sacarme de la duda sobre el viaje. No te vayas a enojar, por favor. —Rodrigo se acomodó mejor, pasando su brazo izquierdo por debajo de mi cabeza.

—Haber al mal paso darle prisa mi amor. Me muero de las ganas por saber cómo será la siguiente jugada de tu jefecito.

—Pues mi vida, nos iremos el jueves a primera hora, trabajaremos todo el dia recopilando datos, revisando la información de las empresas del grupo. El viernes será la inauguración y el sábado ya estaré de regreso.

—¡Dos noches Silvia! Dos noches tú a su alcance. No lo sé, en serio. Y no es por ti, te aclaro. Es por él y sus reales intenciones. No lo entiendo, con semejante mujer tan hermosa que tiene en su hogar y él buscando que merendar en casa ajena. —Ese comentario aunque valedero, no me supo bien.

—Ya te dije que no voy a dejar que suceda nada. Lo tengo muy claro, grabado aquí, y le señalé mi frente. —¡Óyeme! ¿Y cómo sabes tú que su esposa es hermosa? ¿La conoces? ¿La has visto? —Me senté para mirar el rostro de mi esposo y escuchar con atención su respuesta–. Lo noté nervioso, y rascándose la barbilla me contestó.

—No obviamente, como se te ocurre. Pero recuerdo tus palabras, tú me lo comentaste tras ver ese video teniendo sexo con su amante. —Me respondió con mucha seguridad, despejando mis dudas.

—Y que más te dijo Silvia, hablaron bastante tiempo. —Me inquirió, seguramente desconfiando nuevamente de mí. ¡Sin mentiras Silvia, sin mentiras! Esas palabras hicieron eco en mi cabeza.

—Hablamos de la ropa que debería llevar al viaje. No sé qué ponerme mi vida y él se ofreció a ayudarme en la elección de que llevar. ¡Está loco! Y me recordó que fui modelo y quería que me probara los vestidos que compré el otro día y se los fuera mostrando. ¡Qué tal el descaro! Le dije que tú estabas aquí y que como se le ocurría. Así que terminé la llamada sin despedirme.

—¿Hice mal cierto? ¿Fui demasiado grosera? —Le pregunté angustiada por su reacción y sin embargo en su rostro se dibujó una sonrisa maquiavélica, que solo había visto en mi esposo cuando se le ocurría hacer alguna travesura y de eso, había pasado muchísimo tiempo.

—Así que tu jefecito está muy aburrido y desea presenciar un desfile de modas. —Rodrigo en bóxer solamente, se puso de un salto en pie, y luego frotándose las manos, sonriente me soltó su estúpida idea.

—Pues bien, esta noche me siento morbosamente, un buen samaritano. Vamos a ver cómo le alegramos el rato a tu jefecito, si tanto le gusta presenciar videos, le otorgaremos un ratico de sano esparcimiento, pero le quedará muy en claro quién es el único hombre que puede besarte, tocarte, acariciarte, disfrutar de la hermosura de tu cuerpo y hacerte con locura, el amor. —Yo no dije nada pero con mi brazo derecho estirado y mi dedo índice ondulando de izquierda a derecha le indique a mi esposo, lo malo de su brillante idea.

—Alista tu guardarropas mi cielo, que yo voy a preparar la sala, ambientando con luces y la música adecuada, tu regreso a las pasarelas. Vamos a causarle una gran excitación, una buena motivación para que se regrese con las ganas de cogerse a su esposa y dejar de estar deseando tener sexo con la mujer ajena.

Y casi de inmediato se me erizaron los poros de mi piel, los pezones se endurecieron de repente y un corrientazo viajó desde mi cabeza hasta mis pies. Y no era por el frio, aquella noche en Madrid, hacía una temperatura agradable.

Continuará...

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