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Lo estaba necesitando

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Pasaban los días y la rutina propia del trabajo y los compromisos en el hogar nos habían alejado un poco de la actividad social y, porque no decirlo, de la actividad sexual en pareja. Atrás habían quedado las aventuras en búsqueda de candidato para satisfacer los apetitos voraces de mi esposa y poco se había hablado al respecto, así que parecía que el tema había quedado atrás.

Anteriormente las situaciones propias de la convivencia nos habían llevado a experimentar el sexo fuera del matrimonio y, en las actuales circunstancias, la oportunidad de repetir tales experiencias se habían desvanecido un tanto, de manera que el foco de atención estaba en otros aspectos al parecer más urgentes y necesarios.

Pero, una noche, un tanto desprogramados, se nos ocurrió ver una película. Nada especial; Eyes wide shut, con Nicole Kidman y Tom Cruise. El tema sexual era evidente y en el transcurso de la cinta, Laura, mi esposa, empezó a moverse, por no decir contorsionarse, por no decirlo de otra manera, de forma sospechosamente sugerente. Al parecer estaba viviendo a tope lo que sucedía en la cinta y se estaba excitando, no solo por lo que veía en la cinta sino quizá, también, por las ideas que alocadamente pasaban por su cabeza.

Eran casi las once de la noche cuando aquello terminó, pero ella, sin decir nada, seguía inquieta. Le pregunté si le había gustado la película y dijo que sí. Complementó diciendo que era una película muy sugerente, así que supuse que estaba imaginándose ser parte de lo que se había visto y que estaba mentalmente recreando algunas de las escenas que habíamos presenciado. Así que pregunté si aquello la había excitado, respondiéndome afirmativamente.

¿Qué es lo que más te gustó? No sé, la película es erótica y sugerente a la vez. Y ¿qué sugiere? Pues, sexo, contestó. Intenté, entonces, acercarme a ella para empezar algo, pero, aunque pareció corresponder, bien pronto me di cuenta que su mente estaba en otra parte, tal vez, recordando sus revolcadas con su amante fijo, que hacía días no veíamos. Así que, directo y sin tapujos, pregunté; Te estas acordando de Wilson ¿verdad? Por qué preguntas, me contestó. Es curiosidad, le respondí. Pues, la verdad, sí.

Y, como siempre, quisieras pegarte una revolcadita con él ¿no? No he dicho eso, contestó. Pero estás contemplando la posibilidad, ¿verdad? Pues ya está muy tarde, tal vez en otra ocasión. Y ¿por qué esperar? ¿Acaso no estás que te mueres de las ganas? No tanto, respondió. Y ¿entonces? ¡Llámalo! ¿Qué pierdes? Y si está dispuesto, pues vamos. Es cosa tuya si quieres o no.

No hubo que hacer mucho para convencerla. De inmediato, como es su costumbre, tomó el teléfono y se fue a otra habitación para concretar su llamada. Al rato volvió para preguntarme, ¿dónde nos podríamos encontrar? Pues donde siempre, respondí. ¿A qué hora? Pues lo que nos demoremos mientras te arreglas y lo que tarde le trayecto en llegar allá. Volvió a salir y al poco rato regresó. No hizo mención a la conversación que tuvo con aquel y mientras entraba al baño, sólo dijo, me voy apurar.

Los preparativos fueron rápidos. Al poco rato salió a medio vestir, luciendo un body bastante transparente, tanga, liguero, medias y zapatos de tacón alto, todo de color negro. Y, la verdad, se veía bastante provocativa y sexy. Y, encima de todo aquello, se terminó de vestir con una falda roja y una chaqueta blanca, bastante elegante. Sentí un poco de celos de pensar que se estaba vistiendo sexy para entregarse a otro y que esa era su gran motivación. Quería impresionar y excitar a su macho para que la hiciera suya y la complaciera al máximo.

Se maquilló rápidamente, se perfumó y me apuró; vamos, me dijo, se está haciendo tarde. Escuché aquello y me quedé pensando, tarde ¿para qué? Total, si ya tenía en mente que se iba a concretar su cita, daba igual si aquello se daba más temprano o más tarde. O era su ansiedad para volver a sentir la emoción de ser deseada por aquel hombre y recibirle en lo más profundo de su sexo. Sea lo que fuera, nos apuramos para llegar al lugar lo más pronto posible. El tráfico a esa hora estaba un tanto liviano, así que no tardamos mucho en llegar.

Su hombre ya estaba allí cuando llegamos. Nos saludamos brevemente, sin tanto preámbulo, y nos comentó que ya todo estaba arreglado. Supuse que él estaba igual de ansioso que mi mujer, así que subimos las escaleras los tres, caminando más bien rapidito, hasta llegar al cuarto asignado. Era una habitación decorada en color rojo, con cuadros relativos al encuentro sexual, luz tenue, el consabido televisor transmitiendo escenas eróticas, que hacían evidente y sugerente lo que iba a suceder allí.

No más entrar, el hombre la atrajo hacia sí estrechando su cuerpo y la besó. Ella no se negó y se entregó al momento plenamente. Me llamó la atención que, mientras se besaban apasionadamente, ella abrazó su cuello y acarició su cabeza con sus manos, atrayéndole hacia sí. Eso lo excitó mucho, seguramente, porque parecía querer devorarla en cada beso, y, entre beso y beso, se empezaron a desnudar, allí, parados uno frente al otro.

Bien pronto vi a mi mujer en ropa interior, despojada de su chaqueta y su falda, mientras aquel seguía todavía vestido. Sus manos, sin embargo, exploraban palmo a palmo el cuerpo de mi esposa que, sin musitar palabra, permitía que aquel gozara de ella a placer. Tal vez él pidió alguna atención especial porque, de un momento a otro, ella fue colocándose en cuclillas, frente a él, mientras aflojaba el cinturón de su pantalón, bajaba la cremallera de su bragueta y exponía su miembro, ya erecto a su vista, también a la mía.

Ella, acurrucada frente a él, frotaba con aquel miembro con sus manos, de la raíz a la punta, frenéticamente, antes de, finalmente, llevárselo a la boca para mamarlo con un inusitado arranque de frenesí. La cara de satisfacción del macho lo decía todo. Estaba disfrutando de lo lindo con la monumental chupada que le brindaba mi mujer. Llegué a pensar que lo iba a hacer venirse ahí mismo, pero él la interrumpió. La hizo levantarse, se despojó rápidamente de su pantalón y aún sin quitarse la camisa la invitó a dirigirse a la cama.

Ella no lo dudó. Se recostó de espaldas, abrió sus piernas y se dispuso a recibir su pene, tal vez como lo estaba esperando desde el mismo inicio del encuentro. El, animado y envalentonado como estaba, no tardó en complacerla y, sin tacto alguno, la penetró con dureza, con fuerza, lo cual la hizo gemir de inmediato, no sé si de dolor o de inmenso placer. Quisiera pensar en lo segundo, porque de inmediato sus piernas se aferraron a las de él, reteniéndolo para ella sola. Y me excitó muchísimo ver cómo aquel contorsionaba su cuerpo contra el de ella, haciendo evidente la inmensa pasión que los dos expresaban en ese acto.

Su macho empujaba sin cesar el sexo de mi mujer que, excitada y encantada, gemía y gemía de placer, bastante ruidosa. Solo hasta ese momento ella, queriendo abrazar la espalda de él, sus brazos y su pecho, pone atención en retirarle la camisa para dejar a su hombre totalmente desnudo y a disposición. El seguía sobre ella, moviéndose a placer y explorando con su sexo las profundidades del cuerpo de mi mujer. Ella abanicaba sus piernas de un lado a otro, demostración inconfundible de estar sintiendo un enorme placer. Y él, dándose cuenta de ello, con más ímpetu atacaba su sexo húmedo y receptivo para él, quien también estaba encantado con su faena.

Al él le gusta acariciar sus senos y eso solo puede hacerlo sin restricción cuando la pone a ella en posición de perrito, y la penetra desde atrás. Así que bien pronto se lo sugirió y ella, de inmediato siguió sus instrucciones. Se puso de espaldas a él, se apoyó en sus rodillas y en sus manos, y se dispuso a que la penetrara, como efectivamente lo hizo. Más que penetrarla, él lo que quería era amasar sus senos, halar su cabellera mientras la penetraba y mirar y acariciar su trasero.

Y, sin embargo, siendo este caballero muy aguantador, esa pose, esa visión de ella rendida a él y de ver cómo su pene entraba y salía en el sexo de mi mujer hizo que aquel hombre eyaculara. Sacó su pene y explotó lanzando un profuso chorro de semen que se desparramó sobre su espalda, quien seguía moviendo su cuerpo y gimiendo cuando aquello se dio. El la movió para que se colocara boca arriba, cubriéndola con su cuerpo para llegar hasta su boca y besarla. Y así, juntos sus cuerpos, permanecieron un largo rato.

Ella se quedó allí, tendida, mientras él, tomándose un descanso, se levantó y paseó por la habitación, desnudo como estaba, tomando un trago de licor y alabando la faena que Laura le había procurado. Está bien arrechita, me dijo. ¿Le parece? Pregunté. Sí, no lo dudo. Y ¿qué dices tú? Le pregunté a ella. Yo siempre estoy así, contestó. Esta presumiendo le dije a aquel, porque conmigo no es así. Hay que atender bien al invitado, respondió. Bueno, le dije a él, ya vio cómo es la cosa. Entiendo, dijo él mientras se sonreía un poco.

Estuvimos conversando un rato mientras ella se mantuvo tendida en la cama, desnuda, tan solo vestida con sus medias y zapatos negros, con sus piernas abiertas, exponiendo su sexo. El, mientras tanto, tomándose un trago de ron, conversaba conmigo sobre cosas sin importancia, presumiendo de sus conquistas y el gusto que las mujeres le toman a su resistente pene.

Pasado un rato le dije, algo en broma, bueno, para sacarse el sabor a alcohol le va a tocar pegarle una mamadita al sexo de ella, porque a ella no le gusta el sabor a licor y si la va a besar, de pronto lo va a rechazar. Y él, muy obediente, se deslizo sobre ella, clavando su cabeza en medio de sus piernas y, muy aplicado, empezó a chupar su sexo, pasando su lengua hábilmente sobre el clítoris de ella.

Poco tiempo pasó para que ella empezara a gemir sutilmente, como si aquello le generara un algo de placer, pero no lo suficiente para que explotara en un aullido como había sucedido antes. Pero él seguía dedicado a saborear ese tremendo sexo, húmedo y jugoso, para sacarse el sabor y el aliento a ron. Ella, con el pasar del tiempo, empezó a halar su cabeza para que terminara allí y se dedicara a hacer lo que mejor sabe, a penetrarla. Pero él, quien aún no tenía su miembro erecto, demoraba aquello hasta que su miembro despertase.

Se levantó, sin embargo, y avanzó apoyado en sus rodillas, montándose sobre su pecho, dejando su pene en frente de la cara de ella. Y mi mujer, sin dudarlo, volvió a atacar con su boca aquel pene flácido, procurando despertarlo para su placer. A ella le gusta sentir que el pene del macho crezca en su boca y encuentra excitante ser ella quien produce esa reacción. No tardó mucho y bien pronto ese pene endureció y creció. Y ella, sin vergüenza, le dijo, ya está, ¡penétrame!

Ante esa orden, ¿quién se va a resistir? De inmediato aquel se desplazó hacia sus pies y, puestos sus sexos, frente a frente, la penetró. Nuevamente se puso en movimiento, como al principio, bombeando sin cesar y con fuerza dentro del sexo de mi mujer. Ella se aferró a las nalgas de aquel y le atraía, motivándole a que siguiera haciendo aquello que tanto le estaba gustando. Resultaba atractivo y excitante verlos en su encuentro, moviendo sus cuerpos uno contra el otro, y escuchar los gemidos de la mujer, que estaba rendida a las embestidas masculinas.

Aquel, mientras bombeaba, besaba a mi mujer con mucha pasión, degustando su boca o dándole a probar a ella el sabor de su propio sexo. Tomó sus manos. Estirando sus brazos por encima de la cabeza y apuró las embestidas contra ella, aumentando la excitación y bien pronto ella, ahogada por los besos de aquel, buscó la manera de soltarse y explotar en un agudo gemido que señalo su llegada al clímax. Y ese gemido, más el movimiento contorsionante del cuerpo de mi esposa bajo su cuerpo, especialmente esas piernas inquietas, le disparó una vez más su masculinidad, eyaculando sobre su pecho.

El, a continuación, remoja su pene en los restos de semen que reposan sobre el cuerpo de ella y lo aproxima a su boca. Ella no lo rechaza y le brinda una delicada mamada para dejar limpio ese miembro, después de lo cual aquel se acuesta de nuevo sobre ella para besarla profundamente, ahora para probar el mismo el sabor de su semen, quizá. Se quedan allí acostados un rato más. Ella acaricia su pene todo el tiempo, pero pareciera no haber reacción y ya es tarde. Muy tarde. Ya es de madrugada.

Bueno, sugiero, lo que viene es una siesta para recuperar fuerzas y después, si quieren, pueden intentar seguir la faena. ¿Qué opinas? Le pregunta él a ella. Me gustaría, dijo, pero creo que ya es suficiente. Mañana hay cosas que hacer. ¿Qué cosas? Pensé para mis adentros, pero su discurso iba acompañado de la acción y ya se había levantado en dirección al baño. Al hacerlo, estando su hombre sentado al borde la cama, ella le procura un beso, y este aprovecha para acariciar su cuerpo de arriba abajo. Llegué a pensar que las cosas se iban a prender de nuevo, pero o fue así.

Ella estuvo un largo rato en el baño, y cuando salió ya estaba totalmente arreglada y maquillada, como cuando llegamos unas horas antes. De modo que a aquel no le quedó más que seguir el ejemplo y hacer lo mismo. Le esperamos. Y, al salir, nos dirigimos al parqueadero, para encontrar nuestro vehículo. Me ofrecí a acercarle a su residencia, dado que era bastante temprano. Ella estuvo de acuerdo.

Bueno, pásate atrás y lo acompañas mientras le dejamos. ¿No te parece? Ella no dijo nada, pero se pasó a la silla de atrás y se acomodó junto a él. Conduje hacia nuestro destino y pude ver por el espejo retrovisor cómo aquellos se acariciaban nuevamente y cómo aquel intentaba calentarla de nuevo y no dudo que lo logro en parte, porque mientras llegábamos la oí gemir y, llegados al destino, ella estaba despeinada, con su ropa desarreglada, casi sin falda. Pero no pasó de ahí. Nos despedimos y le dejamos.

No hubo conversación de camino a casa y ella, bastante agotada con lo sucedido, llegó a dormitar un rato. Al parquear el vehículo en nuestra residencia, al bajarnos, solo me dijo; te agradezco que me hayas patrocinado esta aventura, realmente lo estaba necesitando… Y ¿desde cuándo lo necesitabas? Hace bastante, me dijo sonriendo. Y así terminó esta aventura.

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