Doble infidelidad

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Martina abrió los ojos con pereza y aplacando un bostezo se acostó de lado mientras sentía como la sábana arrugada acariciaba la piel de sus muslos.

Le gustaba dormir en ropa interior.

Frente a ella, de pie, desnudo, estaba Mario. Su marido.

Vientre plano, espalda ancha y bíceps marcados.

La chica bajó la vista y se recreó con un pene de considerable tamaño a media erección.

-¿No me estarás poniendo los cuernos con otra?. -preguntó frunciendo el ceño.

El hombre, quizás pensando en un reciente sueño húmedo, se limitó a sonreír mientras se rascaba distraído una nalga.

Martina apartó la sábana y con una energía que hace un momento no tenía, en un abrir y cerrar de ojos, se sentó en el borde de la cama, se quitó las bragas, separó las piernas y se apoyó en los codos.

Mario miró con apetito el depilado sexo de su compañera mientras ella le miraba desafiante, dominadora.

-Demuéstramelo. -ronroneó la mujer.

El hombre obedeció enterrando su rostro en aquel lugar y comenzando a lamer con avidez.

Martina blasfemó mientras una corriente de placer recorría su cuerpo.

Poco después, Mario se incorporó empujando con suavidad a su chica sobre la cama.

Esta última, con el rostro lleno de calor y las mejillas coloradas, apoyó la mano con determinación en el pecho de su marido deteniendo sus intenciones.

-Tenemos que hablar. -dijo.

Mario, no sin esfuerzo, logró detenerse a medio camino.

-Dime. -dijo con un tono de frustración mientras sus pulsaciones bajaban.

El señor Julián estaba al borde de los cincuenta aunque se sentía joven.

No podía quejarse.

Salud, amor y dinero.

Su mujer, seis años menor que él era tranquila. Físicamente no era nada del otro mundo. Aun así era atractiva. Una mujer con curvas y un trasero más que generoso.

Aquella mañana, miércoles. Tocaba mambo. Era un acuerdo no escrito, casi una tradición. Desayunaban, él se lavaba los dientes y luego se arreglaba mientras ella usaba el baño.

La bata roja cayó al suelo.

Las manos de él masajeando el culo desnudo de su mujer mientras sus lenguas de buscaban.

Luego algo rápido.

Ella apoyada contra la pared.

Él detrás, con los pantalones y calzoncillos a la altura de las rodillas, el culo peludo contrayéndose mientras envestía accediendo a la vagina por detrás.

Algo rápido.

Unos minutos y salida para el trabajo.

Varios compañeros de trabajo se levantaron de las sillas de oficina a las dos en punto. En un corrillo Laura contaba a Juan que había visto a una mujer en un bar besándose con un tío más joven.

-Sabes. Se parecía mucho a la mujer del jefe.

Martina oyó la conversación y preguntó en voz alta.

-¿La mujer de don Julián? ¿Cómo sabes eso?

Laura, bajando la voz dijo.

-No hables tan alto. Yo vi a una mujer con un vestido rojo y un colgante de plata, algo redondo. Se me parecía a la mujer del… pero bueno yo que sé.

En ese momento el señor Julián, el jefe, salía de la oficina. No había oído a Laura, pero sí a Martina.

A su vuelta dijo.

-Martina. ¿Puedes venir un minuto a mi despacho?

Juan miró a Martina y le deseó buena suerte.

Gema también lanzó una mirada a Martina. Una mirada de sospecha que no parecía amigable.

El caso era comprensible. Todo el mundo sabía o creía que Gustavo dejaría la empresa a fin de mes y eso significaba que al menos habría una cara nueva y un ascenso.

Gema, un veterano que se llamaba Alfonso y la propia Martina eran las candidatos con más papeletas, pero casi seguro que sería Martina o Gema si saltaba la sorpresa.

Martina no estaba 100% segura.

Una llamada del jefe podía significar muchas cosas. Buenas o malas. Pero Martina era de las que siempre veían una oportunidad, el caso era estar ahí cerca.

-Necesitaba algo don Julián.

-Sí. Un informe.

Martina estaba segura que eso no era todo, por lo que no se dio prisa en salir del despacho.

-Bueno, una cosa… de que hablaban antes… algo de mi mujer.

La mujer no respondió inmediatamente. Quería elegir bien las palabras y sonar neutra. Cuando habló le contó los detalles.

Julián le quitó importancia. Pero los nervios le traicionaron.

Demasiado deprisa, como queriendo ocultar algo.

“Quizás… una oportunidad de asegurar la elección” barruntó la joven.

Aquella tarde don Julián saludó a su esposa con frialdad. Pero ella, sumida en la rutina, no pareció notarlo. La mujer de Julián tenía un traje rojo y un colgante y bueno, la conocían en la ofi.

Julián tenía dudas, sospechas. Podría preguntarla pero… no, aquello no podía ser cierto.

Se sintió culpable.

-Cariño.

-Sí.

-Hoy me he portado mal.

Otro de sus rituales.

La mujer fue a buscar un cepillo al baño.

Al volver encontró a su marido sin pantalones

Luego se sentó en la silla y él se puso sobre sus rodillas, boca abajo.

La esposa comenzó a azotarle en el culo.

Luego le bajó los calzoncillos.

Continuó.

Finalmente don Julián se levantó con el culo colorado y el pene pequeño y arrugado. Sobre las piernas de su mujer semen recién derramado.

Una semana después preparó un plan.

Había sido una semana larga en la oficina y Martina había estado allí.

Esa empleada era atractiva y a veces… pero estaba su esposa y su conciencia. De todas maneras hablar no se consideraba traición y él habló con Martina casi todos los días. Habló de parejas. De supuestos y de si engañar con otro era la norma o la excepción.

El caso es que tenía que cerciorarse.

Al séptimo día salió de casa. No hubo mambo porque no tocaba. Pero contó una mentira. Le dijo a su mujer que tenía reunión fuera de la ciudad y que no llegaría hasta tarde.

Tal reunión no existía.

Volvió antes a casa.

Entró sin hacer ruido y oyó la ducha.

La puerta del baño no estaba cerrada.

Miró por la rendija.

Su mujer en bolas, enjabonándose.

Solo que no estaba solo en la ducha. Un joven atlético estaba con ella. Su mano acariciando el espléndido culo de su mujer.

Enojado pero en silencio abandonó su casa y fue a la oficina.

-¿Pero no se había cogido el día? -le dijo Martina con voz de sorpresa.

-Cambio de planes. Por cierto, tenemos que ver un informe, ven a mi despacho.

La joven dibujó una sonrisa difícil de descifrar y siguió a su superior.

Don Julián confesó todo y Martina le siguió el juego.

Era ambiciosa. Quería a su marido, pero también quería el puesto. Lo necesitaba demasiado y no podía correr riesgos, o más bien al contrario, lo quería todo y era el momento de tirarse de cabeza a la piscina.

-Se que me miras. ¿Te gusta lo que ves? -dijo a quemarropa

El hombre se mostró a la defensiva, pero no negó la mayor. Obviamente tenía dudas en su cabeza, confusión y eso de la fidelidad como pilar fundamental de sus principios éticos se había resquebrajado aquella mañana. “Te mereces unos azotes esposa mía” se imaginó a sí mismo disciplinando a su mujer. Pero aquello quizás no fuera suficiente. Martina era muy persuasiva. Pero qué coño, era atractiva y tenía razón. Ojo por ojo. Empate técnico. Porque a esas alturas la rutina con su mujer era innegociable. El no quería vivir solo. La perdonaría, pero no se iba a quedar atrás.

Martina, muy pronto, se encontró con la boca de su jefe chupando su pezón erecto. No permitiría besos en la boca. Pero ahí acababan los límites.

La parte más difícil fue la de meter ese miembro en la boca. Pero la gustaba chupar cosas, los pelos que crecían ahí incluidos. Luego pasó la lengua por el orificio anal de su jefe. Más pelos. Un leve aroma desagradable. Había algo de morbo en todo aquello y a ella no la importaba chupar.

El preservativo vistiendo el pene palpitante. Ella inclinada sobre la mesa y…

La penetró con furia. La penetró con rabia y con deseo.

Cuando acabaron. No estaba claro que aquello se volviese a repetir. Pero estaba claro que el ascenso era suyo. No le cabía la menor duda.

Se vistió.

Minutos después salió del despacho y sonrió a Gema. Jaque mate.

Aquella noche Martina habló con su marido.

No le dio detalles pero si le contó que todo había ido bien.

-tú también me has sido infiel. -le reprochó ella.

-He seguido órdenes.

-¿te la follaste?

-Ya sabes que no, me limité a tocarla el culo.

Martina sonrió.

Era ambiciosa.

Después se desnudó y se tumbó boca abajo en la cama.

Aquella noche usaron vaselina.

Él la penetró analmente.

Ella aguantó, insegura al principio. Dolía.

Luego, casi de inmediato, llegó el placer.

Diferente.

Gritó durante el orgasmo.

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