Doble infidelidad: Donde caben dos caben…

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T. Lectura: 4 min.

Este relato podría considerarse la continuación de “Doble infidelidad”, pero si no han leído el primero, no se preocupen, es un relato con historia propia.

En casa del jefe.

Don Julián, un varón que rondaba los cincuenta, se bajó los calzoncillos y se encaramó sobre su esposa que yacía en la cama a su lado. Ella era seis años menor, tenía un culo generoso y ese día dormía, al igual que su hombre, en ropa interior.

-¿Qué haces osito mío? -dijo la mujer poco acostumbrada a salir de rutinas.

-Lo que ves. -respondió su marido mientras le bajaba las bragas.

El contacto con el coño peludo incrementó su deseo. Colocó el pene en posición y la penetró mecánicamente. Como siempre. La única novedad era el día y la hora. Nunca mantenían relaciones los viernes por la noche.

La mujer, que se llamaba Margarita, gimió, un poco por seguir la rutina al principio. No obstante, aquel cambio de día y hora, aquella novedad, unida al roce, estaban excitándola más de lo que querría confesar.

Por unos instantes se entregó al placer y olvido lo que le preocupaba. Su conciencia muda durante unos minutos.

La mente de su marido, estaba en una situación parecida, quería decirle algo a su esposa, pero dudaba en la forma y en el momento. Finalmente, dando un último empujón, sacó su miembro, se tumbó a un lado boca arriba y agarrando su henchido miembro eyaculó, el semen mojando sus muslos, como si hubiese acabado de masturbarse en solitario.

-Cariño. ¿Quién era el tipo al que tocabas el culo en la ducha? -soltó de repente.

Margarita tardó en responder.

Pero cuando habló, dijo muchas cosas interesantes.

En la oficina.

Martina estaba satisfecha. Su nuevo puesto no solo había supuesto un incremento sustancial del salario, si no que ahora podía mandar. Y entre las nuevas personas a su cargo estaba Gema. Su rival. Podría haberla despedido, pero eso no era ni práctico, ni oportuno, ni interesante. Así que se contentó con ponerla a prueba. Era injusto, quizás, pero los perdedores no solo son derrotados, si no que pasan a servir a sus nuevos dueños.

-Necesito el nuevo informe para mañana. -le comunicó media hora antes de salir.

Gema pensó en protestar. Aquella tarea llevaba horas y no era justo. Sin embargo se tragó su orgullo y se limitó a asentir.

“Vaya, que fastidio.” Pensó Martina al quedarse sin poder acusarla de indisciplina. Pero bueno, todo se andaría.

Mientras pensaba en todo esto recibió la llamada de don Julián, su jefe.

-Martina, ¿qué tal lo llevas? Mira, te llamo porque estoy un poco decepcionado y no sé si tú podrías ayudarme.

-Señor, sí claro. Necesita algo de mí. Relajarse quizás. Entiendo que lo de su esposa le afecte, yo puedo distraerle. Sabe que tengo pareja pero vamos. Si necesita, bueno, ya sabe… dígamelo y lo arreglamos.

Julián la miró. Como no se habría dado cuenta antes. Esta empleada era una manipuladora de libro.

Eso sí, jodidamente atractiva.

“Quizás no le importe a mi mujer… o mejor aun, sería un regalo de…” pensó

Y luego en voz alta añadió.

-¿Te importa que llame a mi mujer? Espera aquí, Será un minuto.

Martina negó con la cabeza contrariada, la preocupación reflejada en su rostro . Todo aquello empezaba a írsele de las manos. De repente tuvo miedo. Miedo a perderlo todo. Miedo a que haber vendido su cuerpo y su dignidad no sirviera para nada.

Julián volvió y habló con claridad.

-Mi mujer quiere que limpies la casa, cocines y friegues para nosotros.

-¿Por qué motivo? -preguntó la aludida

-Sabes muy bien el motivo. Mi esposa ha tonteado con un hombre más joven… pero la engañaron sabes.

Martina tragó saliva y no dijo nada más.

En casa del jefe.

Lavar el inodoro. Pasar la bayeta por la taza dónde su jefe y la esposa de su jefe habían incrustado sus culos. Levantar la tapa y eliminar las manchas de orina, fregar el suelo.

Todo había sido humillante.

Luego puso la cena en la mesa de la pareja y se le permitió tomar un poco de queso y un vaso de leche en la cocina.

Más tarde. Mientras fregaba los platos con las manos enguantadas en goma color rosa pálido. Notó la presencia de la mujer de su jefe a su lado, susurrándole al oido.

-Tu marido folla muy bien.

Martina se rebeló con la mirada. Es cierto que ella había incitado a su esposo a coquetear con esa mujer con el fin de que su jefe se inhibiera y mantuviese relaciones sexuales con ella. El plan funcionó, ella aseguró su ascenso, sin embargo Mario, que así se llamaba su marido, debió cometer un error… porque aquella bruja había adivinado todo.

-Te queda muy bien esa carita de cabreo.

Martina no aguantó más y replicó en voz alta.

-Mi marido no se ha enrollado contigo. Como mucho te ha visto y tocado ese culo grande que te cuelga ahí atrás .

-Así que te gustan los culos… eh. -replicó Margarita situándose a su espalda y presionando su coño contra el, en comparación, culito de su “criada”.

-¿Qué haces? -replicó la joven terminando de lavar los platos.

-Darte por culo… las mujeres lo hacemos así, sabes. Anda, bájate los pantalones. Espera que tienes las manos ocupadas. Tu sigue con tu tarea que ya me encargo yo.

La dueña de la casa bajó los pantalones y las bragas de Martina. El trasero era perfecto, terso, firme y con una rajita deliciosa.

La besó en el cuello.

Y golpeó con su sexo el trasero de nuevo imitando el acto sexual.

Se bajó sus propios pantalones y bragas. Echó mano a las tetas de Martina. Y movió sus caderas. Su sexo chocando contra las nalgas. Su respiración agitada.

-¿Qué hacéis? -preguntó Julián desde la distancia.

Había estado observando un par de minutos como el generoso trasero de su mujer cubría el culo de su empleada, contrayéndose con cada empujón.

Su mano bajo el pantalón, masajeando suavemente el pene que empezaba a crecer.

Margarita se dio la vuelta y Martina, todavía con los guantes de goma puestos, hizo lo mismo. De frente el varón pudo observar la diferencia de coñitos. Uno, el de su esposa, poblado por largos pelos negros. El otro, el de la joven, totalmente afeitado.

Las mujeres, a su vez, se fijaron en el bulto del pantalón. Parecía que alguien hubiese montado una tienda de campaña ahí. La erección obvia, el pene prisionero empujando, queriendo romper la tela.

-Vamos al dormitorio… los tres -ordenó Margarita.

Allí, en la habitación Julián se dejó desnudar. Todavía de pie, la lengua de su mujer se encargó de atender su miembro, mientras que su empleada, también de rodillas, separó con las manos sus peludos glúteos y posó la punta de la lengua en el ano.

Después de un rato, las dos mujeres se pusieron a cuatro sobre la cama. Julián penetró a su mujer primero. Luego, con algo de suspense, hizo lo propio con Martina.

Martina. Has sido una chica muy mala. -dijo la mujer con la que compartía orgía.

-Cariño, ¿que hacemos en esta casa con las personas traviesas?

-Darles una buena azotaina. -respondió Julián.

La mujer madura se sentó en una silla y Martina se recostó boca abajo sobre su regazo. Las piernas bien abiertas.

El hombre se puso frente a la chica, muy cerca.

Margarita le dio un azote.

Don Julián introduzco su pene en la boca de la joven y los dedos de su esposa se hundieron en el sexo húmedo de la azotada que arqueó su cuerpo.

Luego, todo fue muy rápido.

Una lluvia de nalgadas dejando un culito rojo y la descarga de todo un jefe en la boca de su empleada.

Fuera, hacía ya tiempo que la noche cubría todo de sombras. La luna, quizás intuía algo, ese algo que pasaba detrás de las puertas, al abrigo de la intimidad de una casa, de un dormitorio, de una cama donde los amantes, muchos, sin saberlo, cabalgaban bajo el hechizo del sexo.

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