Convirtiéndome en cornudo (3): Pasos planeados

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Después de aquella primera experiencia, Paulina y yo repetimos el ritual un par de veces más. Siempre en lugares distintos, a ella el baile la transforma, libera una faceta provocativa que solo emerge bajo el ritmo tropical. No lo hacíamos seguido; dejábamos que pasaran algunas semanas para que el deseo se acumulara, convirtiendo cada “travesura” en un evento esperado.

El guion era similar: llegábamos solos, yo guardaba una distancia prudente y me convertía en el espectador privilegiado de su juego. La veía dejarse seducir, coquetear entre la multitud y entregarse a besos y roces furtivos que terminaban de encendernos. Al final, regresábamos a casa o al hotel más cercano para culminar la noche con una urgencia casi desesperada.

Ella aún no cruzaba la frontera del sexo con otro hombre o del trío; decía que, por ahora, el juego de la mirada y el roce era suficiente. Así que decidí esforzarme en diseñar situaciones donde la interacción subiera de tono, sin llegar al coito.

Una de esas noches, el escenario fue una habitación kinki de un hotel: paredes oscuras, un sillón de posiciones y un tubo de acero que presidía el centro del cuarto. Llevábamos con nosotros un arsenal de complicidades: lubricantes, antifaces, vibrador y un kit de BDSM que apenas empezábamos a explorar.

El alcohol y el baile previo en el bar, nos habían dejado con ganas. Conocíamos nuestros puntos débiles, nuestras formas y los rincones favoritos de nuestros cuerpos. Tuvimos una primera sesión de sexo muy placentera, pero la noche aún tenía sorpresas por delante. Yo tenía un plan

—Juguemos —propuse, sacando un mazo de cartas tras un breve descanso—. Tres partidas. El vencedor impone los castigos al final.

Ella aceptó con una sonrisa desafiante. El azar quiso que yo ganara una sola ocasión. Ella dicto mi primer castigo

—Tu primer castigo —sentenció ella, adelantándose con picardía—, será una ducha de diez minutos. Solo con agua fría.

Acepté sin protestar, a pesar del clima. El agua helada golpeando mi espalda solo sirvió para agudizar mis sentidos. Al salir, la encontré esperándome, triunfante.

—Ahora es mi turno —dije, alcanzando las esposas metálicas del maletín—. Te voy a sujetar al tubo. Voy a pedir algo por teléfono y cuando llegue, quiero que te vean mientras yo me divierto con tu cuerpo.

—¿Completamente desnuda? —preguntó, y un brillo de nerviosismo y excitación cruzó su mirada—. Al menos déjame la tanga.

Accedí. En casa ya se había mostrado alguna vez con los repartidores, recibiendo los pedidos semi desnuda, pero esto era distinto. Mientras cerraba las esposas alrededor de sus muñecas sobre su cabeza, ella preguntó con la voz queda:

—¿Qué vas a pedir? ¿Servicio al cuarto?

—No —susurré contra su cuello—. Ya lo verás.

Quedó inmovilizada, sus brazos extendidos y su cuerpo expuesto. Comencé a recorrer su silueta con una pluma de ave, trazando líneas invisibles desde su cuello hasta sus muslos, y su entrepierna. Paulina se retorcía, frustrada por no poder usar sus manos para alcanzarme.

—¿Te gustaría que alguien más te viera así, amor? —le pregunté al oído.

Ella asintió, soltando un jadeo entrecortado.

—Voy a llamar a un cerrajero —dije con calma—. Le diré que perdí las llaves para que venga a liberarte… y a admirarte.

El silencio que siguió fue denso, cargado de expectativa. Pasé de las caricias suaves a sujetarla por el cuello con firmeza, mientras recorría con la otra mano todo su cuerpo, para llevarla a ese estado de trance que tanto la enloquece.

—¿Prefieres recibirlo con los ojos vendados o quieres ver?

—¿Es… es seguro? —logró preguntar.

—Jamás te pondría en riesgo —respondí, mientras mis dedos buscaban su humedad, manteniendo la presión justa en su cuello—. Confía en mí.

—Véndame los ojos —pidió, con la respiración agitada.

Llamé a Camilo, un cerrajero que había trabajado antes para mí. Le hablé de una urgencia, necesitaba que abriera una cerradura. Cuando le di la dirección del hotel, su silencio al otro lado de la línea me confirmó que entendía que no era un servicio ordinario. “Es un asunto de confianza y discreción”, recalqué.

Mientras esperábamos, seguí jugando con ella. Usé un vibrador para mantenerla en el borde del abismo, pero sin permitirle saltar. No quería que la tensión bajara. Cuando el teléfono de la habitación sonó anunciando su llegada, le coloqué el antifaz de seda negra con delicadeza.

Bajé a recibirlo. Camilo era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto impecable y mirada profesional.

—Buenas noches. ¿Ha dejado las llaves dentro de su auto? —dijo, mirando mi vehículo en la cochera.

—No exactamente. Es algo más… delicado. Sígame por favor.

Subió detrás de mí. Al entrar, se detuvo en seco. Paulina estaba allí, una visión de deseo, esposada al tubo y con la vista anulada. La boca de Camilo se abrió ligeramente antes de bajar la vista, abrumado y apenado por la escena.

—He perdido las llaves —dije, acercándome a ella y acariciando su cadera con naturalidad—. ¿Podrá abrirlas?

Camilo recuperó el aliento y trató de recuperar su compostura profesional. Se acercó a ella, maletín en mano, y examinó el metal de las esposas con dedos que parecían temblar.

—Sí… —respondió en un susurro—. Sí, puedo

—Tómese su tiempo, Camilo —dije con voz pausada, rompiendo el pesado silencio de la habitación—. No hay ninguna prisa.

Camilo asintió sin dejar de mirar la curvatura de la espalda de Paulina. Saqué una de las cervezas que habíamos traído, todavía helada, y se la ofrecí. Él la aceptó, y un roce accidental de la botella en el brazo desnudo de ella, provocó un pequeño respingo; no ver nada agudizaba su sentido..

—Gracias —bebió un sorbo largo, tratando de serenar el pulso.

Estaba tan cerca que Paulina podía sentir el calor de su cuerpo y el olor a tabaco y metal que desprendía. Yo me situé detrás de ella, colocando mis manos en su cintura, marcando mi territorio pero invitando a la observación.

—¿Está muy apretada? —pregunté, mientras deslizaba mis dedos bajo el borde de su tanga de seda.

—Un poco… —respondió Camilo, y su voz sonó más ronca de lo habitual—. Estas cerraduras son sencillas, pero no quiero lastimarla.

Lo que siguió fue un juego de precisión. Camilo no usó su herramienta de inmediato. Con la excusa de “estabilizar la muñeca”, rodeó el brazo de Paulina con su mano áspera y callosa. El contraste entre la piel delicada de ella y la mano áspera y gruesa del hombre era visualmente excitante para mi.

Intencionalmente pase lentamente mi botella de cerveza sobre su abdomen, justo dónde termina su tanga. Paulina soltó un suspiro trémulo

—Tiene la piel muy sensible —comentó Camilo, casi para sí mismo. Su mirada subió por el brazo de ella hasta detenerse en el antifaz—. ¿Ella está bien?

—Está disfrutando el servicio, ¿verdad, amor? —le susurré al oído.

Paulina solo pudo asentir, dejando que su cabeza cayera ligeramente hacia atrás. Camilo aprovechó el movimiento para liberar la primera esposa. Pero, en lugar de soltarla de inmediato, mantuvo su mano envolviendo la muñeca de Paulina, pulgar contra pulgar, sintiendo su pulso acelerado.

Los brazos de Paulina cayeron inmediatamente a su costado, se quejó de que se le había entumecido.

Camino se arrodilló frente a ella sin soltarla

—La otra está más trabada —mintió Camilo con inteligencia.

Su rostro quedó a la altura de la cadera de mi novia. Podía ver sus muslos, parte de su trasero, y el triangulito de su tanga sin parecer un degenerado. Rozó deliberadamente el muslo de Paulina. Ella no se apartó; al contrario, buscó inconscientemente el contacto.

Yo no quería que esto terminara. Me disculpé y les comenté que tenía que ir al auto por algo. Los dejé solos en la habitación. Tarde cinco minutos en volver, quería darle oportunidad a Camilo de admirar a mi esposa y si se atrevía, tocarla un poco.

Cuando entré nuevamente, los dedos de Camilo rozaron la seda de la tanga como si fuera un accidente necesario para mantener el equilibrio. Paulina arqueó la espalda, y un gemido bajo escapó de sus labios.

—Ya casi está —dijo él, aunque sus ojos no estaban en la cerradura, sino en la reacción del cuerpo de ella.

Finalmente, el segundo clic resonó en la sala. Paulina estaba libre, pero no se movió.

Él se puso en pie, terminando su cerveza de un trago. El aire en la habitación se sentía denso, casi sólido.

—Servicio terminado —dijo, guardando sus herramientas. Su mirada se cruzó con la mía; había un entendimiento silencioso entre nosotros.

Camilo guardó la ganzúa en su maletín, pero sus ojos no pudieron evitar desviarse hacia la mesa de noche. Allí, el mazo de cartas descansaba junto al antifaz sobrante y el resto de los juguetes del kit BDSM. Una chispa de comprensión iluminó su rostro.

—Parece que se la están pasando muy bien —comentó con una sonrisa media, tratando de recuperar su aire profesional mientras cerraba el maletín.

Me acerqué a la mesa y tomé el mazo, barajándolo. El sonido de las cartas mezclándose fue lo único que rompió el silencio.

—¿Usted juega, Camilo? —pregunté sin mirarlo.

—A veces. cuando hay tiempo, pero no soy muy bueno.

—Hagamos una cosa —propuse, dejando el mazo sobre la mesa—. Juguemos una mano. Si usted gana, le pago el doble del servicio y, además, se lleva un trofeo: la tanga que ella tiene puesta. Usted mismo se la podrá quitar.

Camilo se quedó petrificado. Miró a Paulina, que se había sentado en el borde de la cama, todavía con los ojos vendados y la respiración errática. El silencio de ella era su consentimiento; el juego la estaba excitando tanto como a nosotros.

—¿Y si pierdo? —preguntó Camilo, su voz ahora cargada de una seriedad tensa.

—Si pierde, el servicio es gratis. Se va de aquí habiendo disfrutado de la vista, pero sin un peso.

Camilo dejó el maletín en el suelo. La codicia y el deseo vencieron a la prudencia. Se acercó a la mesa.

—Trato hecho.

Repartí las cartas. Paulina, se abrazaba a sí misma, consciente de que su prenda íntima estaba en juego. Yo quería ver a Paulina siendo despojada de su prenda por las manos de Camilo. Perdí intencionalmente

— Gano yo —dijo, y su mirada se volvió de inmediato hacia las piernas de Paulina.

—Es toda suya —respondí, dándole espacio.

Paulina se puso de pie, yo la guíe al centro de la habitación. Me coloque detrás de ella y comencé a besar su espalda, a la altura de sus hombros.

Camilo no esperó. Se acercó a ella con pasos lentos pero decididos. Paulina se tensó cuando sintió la presencia del hombre de nuevo en su espacio personal. Él no fue brusco; se arrodilló con una reverencia casi ritual. Sus dedos buscaron los costados de la seda elástica.

El roce de sus nudillos contra la cadera de Paulina hizo que ella soltara un suspiro profundo. Camilo deslizó la prenda lentamente, permitiendo que sus manos recorrieran la piel de los muslos de ella mientras bajaba la tela.

Paulina tuvo que levantar un pie y luego el otro, manteniéndose en equilibrio con una mano en el tubo, totalmente expuesta ahora ante el extraño. El miró unos segundos la intimidad de mi novia, perfectamente arreglado con un pequeño triangulito de vello

Camilo se puso en pie, sosteniendo la pequeña prenda negra entre sus dedos. La examinó un segundo, sintiendo aún el calor de ella, y la guardó con cuidado en el bolsillo de su chaqueta

—Un placer hacer negocios con usted —dijo, mirándome con un respeto nuevo.

Tomó su maletín, recibió el pago que le extendí y salió de la habitación sin decir una palabra más.

Sin retirar la venda de los ojos de Paulina, me arrodille frente a ella. La abracé por la cadera y lentamente hundí mi rostro en su humedad.

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2 COMENTARIOS

  1. De ser cierto este relato, creo que lo mejor era que realizaran un trío, ya que eso sería un final feliz, es mi sencilla opinión

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