Algo más que una empleada de hogar

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Han pasado unos años desde aquello, pero todavía lo recuerdo con una claridad que a veces me sorprende. Tenía 45 entonces, vivía solo en aquel piso holgado del centro de Barcelona, y mi vida giraba entre reuniones por zoom, informes interminables y una soledad que no me molestaba tanto como debería. Los jueves y viernes teletrabajaba, y eso me permitía seguir una rutina descuidada: camisa decente por arriba, calzoncillos o pantalón de chándal por abajo.

El piso era tema aparte. Tenía dos opciones, ahorrar para nada y vivir como un soltero que se abandonaba o contratar a alguien que mantuviera mis camisas planchadas, el cuarto de baño aseado y el resto de la casa impecable.

Carmen, la chica peruana que contraté para limpiar tres horas los jueves, se encargaba de ello. No destacaba por su estatura, 1,60 a lo sumo, piel morena suave, cabello negro largo, a menudo recogido en una coleta práctica y cuerpo más que interesante. No soy de miradas largas e incómodas, al menos al principio, pero tengo ojos y me atraen las mujeres y aquella chica, sin duda, no carecía de atractivo.

Pechos firmes, perfectos, redondos, que se marcaban bajo las camisetas ajustadas; cintura estrecha y, sobre todo, ese culete inolvidable. Redondo, saltón, prieto, con una hendidura fina que dividía dos glúteos plenos y altos. En vaqueros ceñidos parecía esculpido, pero cuando se movía o una mano pecadora lo tocaba, temblaba ligeramente, como si tuviera vida propia: un culito firme que se dejaba pellizcar con delicadeza y que vibraba sutilmente al recibir una nalgada.

Todo comenzó por casualidad, por un descuido sin intención.

Era jueves (al menos ahora lo sé) y tenía una reunión a primera hora con el equipo, y entre prisas me puse solo la camisa. Olvidé los pantalones y olvidé, por olvidar, hasta el día de la semana en que vivía.

Creo que Carmen llamó al telefonillo de abajo y yo, como un autómata, deje la puerta del piso abierta. No podía esperarla, llegaba tarde a la reunión y mi cabeza, llena de números, solamente pensaba en la reunión. Me senté delante del ordenador en calzoncillos blancos (por lo menos estaban limpios y lo suficientemente nuevos para sujetarse en su sitio).

Atendí la videollamada y, como siempre, cuando Rosa —una colega de marketing con voz ronca y escote de todo menos discreto —empezó a hablar, mi mente y mis ojos se fueron por otros derroteros. Imaginé su cuerpo, sus labios, y sus tetas y sentí cómo se me ponía dura. El bulto se marcaba claramente, la tela fina tensa y una mancha húmeda de líquido preseminal transparente a la vista. El olor a excitación masculina empezó a flotar en la habitación, ese almizcle salado que no se puede disimular.

De pronto, un golpe suave en la puerta abierta.

Carmen entró con un trapo en la mano.

—Hola, señor Jorge, ¿necesita algo del baño antes de que lo limpie?

Sin pensarlo, giré en la butaca, quedando frente a ella, las piernas peludas al aire y el panorama anteriormente descrito a la vista. Tarde unos segundos en darme cuenta de que Carmen estaba allí, de que su mirada no se apartaba de mi paquete, de que era un maldito jueves más.

De repente, sentí cómo la sangre me subía a la cara y el calor del rubor la pintaba de vergüenza. Me tapé con las manos como pude.

—¡Coño, Carmen! Me olvidé completamente de que hoy… es que estaba en la reunión y hoy tú…

Ella retrocedió un paso, los ojos muy abiertos, pero no salió corriendo ni gritó. Se mordió el labio inferior y se disculpó.

—Perdone usted… yo… no quería interrumpir.

Cerró la puerta con suavidad.

El resto de la mañana fue difícil. Me vestí a toda prisa después del incidente y me quedé encerrado en la habitación, dándole vueltas al asunto, hasta que oí el aspirador en el salón. Antes de que se fuera, reuní valor y salí a la cocina. Ella estaba guardando los botes de limpieza.

—Carmen, sobre lo de antes… fue un descuido absurdo. No quería que me viera así.

Me miró con esos ojos negros profundos y sonrió, una sonrisa pequeña pero que hoy, con lo que sé, puedo calificar de traviesa.

—No pasa nada, señor. Entiendo. A veces pasa.

Hizo una pausa y añadió, con una seriedad que no le pegaba—: Y… bueno, no es la primera vez que veo a un hombre en esa situación.

Nos reímos los dos, nerviosos.

Entonces ella cambió el tono.

—Sabe, quiero ganar un poco más. No solo limpio. También puedo ayudar con otras cosas. Con su trabajo, por ejemplo. Le expliqué que no necesitaba asistencia. Ella negó con la cabeza e insistió sin darse por vencida fácilmente.

—Ya, pero usted está muy solo, necesita… relajarse.

La miré fijamente, tratando de averiguar que quería decir. —¿Te refieres a masajes? —añadí tras el incómodo silencio.

Asintió.

—Sí, podría empezar por eso.

Acordamos añadir una hora los jueves: limpieza y luego masaje, charla, lo que surgiera. Ella necesitaba el dinero y yo necesitaba, supongo, algo más que trabajo.

El primer jueves de masaje me tendí en la cama en calzoncillos negros. Ella llegó con sus vaqueros ajustados y una camiseta escotada que dejaba ver el nacimiento de esos pechos perfectos. Se puso aceite de almendras en las manos y empezó por la espalda. Sus dedos eran fuertes pero suaves. El olor a lavanda y a su sudor limpio después de fregar llenó la habitación. Cuando llegó a las piernas, sus pulgares subieron por los muslos y rozaron el borde de los calzoncillos. Yo suspiré. —Eres buena en esto —murmuré. Ella rió bajito. —En Perú mi abuela me enseñó.

Al jueves siguiente me dijo: —Mira, si quieres estar cómodo, quítate la camisa también. O quédate solo en calzoncillos todo el día. No pasa nada, ya te conozco. Y así lo hice. Trabajaba en calzoncillos, iba a la cocina a por agua, incluso me masturbé una vez en el baño pensando en Rosa y volví al escritorio con el olor a semen todavía en el aire. Carmen no decía nada, solo sonreía cuando pasaba.

La confianza crecía semana a semana.

Ella empezó a venir con camisetas más escotadas, vaqueros que parecían pintados sobre ese culo prieto. Se inclinaba para limpiar bajo el escritorio, y yo veía esos glúteos redondos, la tela tensa marcando la hendidura fina. Y entonces, un día, sin que viniera a cuento, aprovechando que estaba inclinada, le di un azote con la palma de mi mano. Al momento me di cuenta de lo que acababa de hacer y la pedí mil disculpas.

—No se preocupe. Un día le doy un azote yo y estamos en paz. —respondió desarmándome.

El siguiente paso en la escalada erótica llegó a la semana siguiente.

Recuerdo que estaba frustrado con un colega que no entendía nada y quizás alce la voz más de la cuenta en cuanto colgué —“¡Panda de inútiles, no hacen ni una cosa bien!”—, grité.

Carmen apareció en la puerta.

—Tú trabaja. Yo me encargo.—dijo, tuteándome por segunda vez.

Se metió bajo el escritorio, de cuclillas. Me bajó los calzoncillos con calma. Tomó el miembro en la mano, lo frotó despacio, sintiendo cómo se endurecía. Luego se inclinó y lamió mis huevos, chupándolos con suavidad, sin parecer importarle los pelos largos que ahí crecían salvajes. La lengua caliente y húmeda. Yo intentaba seguir tecleando, pero los gemidos se me escapaban mientras mi pene crecía y palpitaba como si tuviese un corazón propio. El olor a sexo empezó a impregnar la habitación.

Después vino el masaje de verdad.

—Esta vez desnúdate del todo —me susurró acariciando el lóbulo de mi oreja.

Obedecí.

Me tendí boca abajo en pelota picada. Masajeó mis glúteos, los separó ligeramente y se puso a soplar en dirección a mi ano, la sensación era indescriptible. Luego sentí la calidez de sus labios y su boca mientras besaba el orificio anal y con su lengua, lo exploraba. Poco después, sin pausa, introdujo un dedo lubricado, encontró la próstata y presionó. El placer me atravesó como un rayo. Me corrí en las sábanas, el semen caliente, pegajoso, derramado entre mi vientre y el colchón.

Terminado el masaje, mientras me limpiaba con papel de cocina, inicié una conversación.

—Oye, mañana es viernes… ¿puedes venir? —dije antes de pensar que excusa poner para disfrutar de su compañía.

Por fortuna, quizás buscando horas extra remuneradas, me ahorro la explicación.

—Claro. Tengo libre. Puedo limpiar la terraza, que está fatal.

Acepté sin. pensarlo.

El viernes llegó con sol de la Ciudad Condal. Carmen apareció con shorts cortos y una camiseta vieja. Limpió la terraza a conciencia: fregó baldosas, quitó polvo y se manchó con el polvo mientras sudaba. Cuando terminó olía a esfuerzo, a jabón de lavarse la cara y a ese aroma natural suyo que me volvía loco. El escote húmedo, los shorts pegados al culo.

—No puedes irte a casa así —le dije—. Dúchate aquí.

Ella sonrió. —¿Te duchas conmigo? Así me ayudas a asearme.

Entramos al baño. Me desnudé primero, el “pajarito” ya medio duro solo de mirarla. Ella se quitó la camiseta, los pechos perfectos saltaron libres, pezones oscuros y erectos. Bajó los shorts y las bragas. Ese culo apareció ante mí: redondo, prieto, con la hendidura fina y femenina. Los glúteos altos y plenos temblaron ligeramente al moverse.

—¿Te importa si orino? —preguntó, tímida.

Hice ademán de retirarme. —No hace falta que salgas si no quieres.

Quizá tendría que haber salido y darle privacidad. Pero, me quede. No sé, ese culo me tenía hechizado y de alguna manera, quería disfrutarlo del todo, bello y guarro a un tiempo. Se sentó en el inodoro. El chorro salió fuerte y como colofón una ventosidad pequeña, involuntaria.

Se puso colorada. —Ay, perdón, se me escapó…

Reí tratando de ocultar la excitación que recorría mi vientre y daba vida a mi mástil.

—Nada, nada. Me encanta tu otra voz. —dije rojo.

Se levantó de la taza con un “plof” cuando sus muslos se despegaron del plástico y cogiendo el papel higiénico se limpió los restos de pis y tiró de la cadena.

Entramos en la ducha. El agua caliente caía. La enjaboné despacio, recreándome con cada parte: pechos, abdomen, nalgas. Mis manos resbalaban por ese culo tembloroso. Ella se frotó contra mi pene hasta ponerlo duro como piedra. Nos besamos bajo el chorro, lenguas enredadas, sabor adictivo y deseo. Salimos, nos secamos uno al otro. Yo me entretuve con sus pechos y ella se esmeró con mi culo. La llevé al dormitorio. Se tumbó boca arriba y separó las piernas, su sexo expuesto sin pudor.

—¿Por qué haces esto? Una chica como tu tiene que tener un chico esperándola.

Ella pensó un minuto mientras yo acariciaba la parte interna de sus muslos.

—Es como limpiar… Me gusta gente contenta con mi trabajo. Yo le ayudo a relajarse. —respondió sin mencionar a nadie más.

Asentí apreciando su practicidad.

—Además… esto me gusta más que fregar.

Reímos.

—¿Me follas? —añadió.

Saqué un condón del cajón, vestí mi verga y me coloqué encima, el glande rozando su entrada húmeda. Empujé despacio. Entré hasta el fondo. Su vagina se contrajo mientras me abrazaba con fuerza con sus brazos. Luego, con cada embestida, empezó a gemir bajito, a pegarse más a mi. Mis manos buscaron su culo, mis caderas en movimiento, mi trasero prieto cuando empujaba. El olor a sexo llenaba todo: su jugo almizclado, mi sudor. Aceleré. Sentí el orgasmo subir.

Me corrí dentro del condón, saqué y eyaculé el resto sobre sus muslos: chorros calientes y espesos que resbalaban por esa piel morena. Me dejé caer sobre ella, nuestros corazones latiendo desbocados, la cabeza en ese mareo delicioso del clímax.

Después de aquello, los jueves se convirtieron en ritual. Limpiaba, masajeaba, a veces se metía bajo el escritorio y me hacía cositas de chica traviesa cuando me oía cabreado. Los viernes, cuando podía, venía “a limpiar la terraza” o con cualquier excusa. Terminábamos en la ducha, en la cama, siempre con condón por seguridad. Su culo prieto y tembloroso seguía siendo mi obsesión: lo pellizcaba con delicadeza y veía cómo vibraba; le daba una nalgada suave y el sonido era seco, seguido de un gemido bajo.

Han pasado años, pero todavía cierro los ojos y veo ese culito latino, redondo, saltón, prieto, con la hendidura fina y los glúteos perfectos temblando bajo mis manos. Y sonrío. Porque aquello no fue solo sexo. Fue el momento en que dejé de estar tan solo.

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