Mi prometida se convirtió en la esclava del líder del Gremio (1)

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Capítulo 1: El inicio de la aventura

La habitación de Evan era un desastre habitual: pergaminos arrugados en el suelo, una armadura de cuero medio rota colgando del perchero, y el olor persistente a sudor y cuero viejo. Elise estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas, hojeando un grimorio antiguo que habían traído de la última quest menor. Su cabello castaño caía en ondas sueltas sobre los hombros, y la luz de la vela hacía que sus ojos verdes brillaran con esa mezcla de concentración y calidez que siempre hacía que Evan se sintiera… en casa.

“Dioses, Evan, ¿cómo puedes vivir así?” murmuró ella, cerrando el libro con un golpe suave. “Si no limpias esto, ni los ratones del gremio se atreverían a venir aquí.”

Evan soltó una risa baja desde el suelo, donde estaba puliendo su espada corta. “Es mi sistema organizado. Todo está donde debe estar… más o menos.”

Elise rodó los ojos, pero sonrió. Esa sonrisa. La misma que le había dedicado desde que eran niños corriendo por los callejones de la aldea, robando manzanas y soñando con ser héroes. Ahora, años después, seguían siendo los mismos: él, el aventurero de bajo rango que apenas ganaba lo suficiente para pagar la renta de la posada; ella, la maga talentosa que podría haber entrado en cualquier gremio élite en caso de haber tenido otras prioridades.

Se levantó y caminó hacia él, descalza sobre el piso de madera crujiente. Llevaba una túnica sencilla de lino blanco, la que usaba cuando no estaban en misiones, y el tejido se adhería ligeramente a su piel por el calor de la habitación. Evan levantó la vista y, por un segundo, no pudo evitar notar cómo la tela delineaba la curva suave de sus caderas, el leve balanceo de sus pechos al moverse. Era algo que siempre había estado ahí, natural, familiar. Pero últimamente, cada vez que lo notaba, sentía un pinchazo extraño en el pecho. Como si estuviera viendo algo que no debería estar viendo… aunque fuera suyo.

Elise se detuvo frente a él y le quitó la espada de las manos con gentileza.

“Basta de pulir por hoy,” dijo en voz baja. “La misión de mañana es solo recolectar hierbas en el bosque cercano. Nada que requiera una hoja perfecta.”

Evan la miró desde abajo, su corazón dando un vuelco tonto. “Tienes razón. Como siempre.” Los ojos de Evan se detuvieron un segundo de más en las dos sombras que resaltaban en la túnica de Elise a la altura de sus pechos debajo de la tela. “Pero podría haber bestias, goblins o demonios. Es mejor estar preparado.”

Ella se inclinó y lo besó. Fue un beso lento, suave, lleno de afecto. Sus labios eran cálidos, con un leve sabor a menta de la infusión que había tomado antes. “Ni siquiera nos adentraremos tanto en el bosque como para encontrar algún peligro.” Dijo Elise mirando fijamente a Evan a los ojos. “Por eso elegimos esta solicitud. ¿Recuerdas? Algo sencillo y fácil. Sin riesgo. No queremos tener que llevarte medio muerto con el sanador otra vez ¿O si?”. Evan dejó caer las manos a sus caderas, atrayéndola hacia él hasta que quedó sentada a horcajadas sobre su regazo, en el suelo.

“Solo fue una vez” replicó Evan claramente abochornado. La boca de Elara se abrió en señal de reproche pero Evan continuó antes de que su novia pudiera hacerlo “Bueno, tal vez fue más de una, pero está bien. Yo estoy bien. Además he estado practicando y he mejorado bastante. Si uno de esos monstruos se atreve a cruzarse en nuestro camino, lo abriré por la mitad antes de que pueda acercarse a ti”.

Elise suspiró contra su boca, un sonido pequeño y contento. Sus dedos se enredaron en el cabello de él mientras profundizaba el beso. No había prisa. Nunca la había con ellos. Era como si el tiempo se detuviera en estos momentos: solo ellos dos, el crepitar de la vela, el latido compartido.

Ella se movió ligeramente, acomodándose mejor, y Evan sintió el calor de su cuerpo a través de la tela fina. Sus manos subieron por su espalda, trazando la línea de su columna con los dedos abiertos, memorizando cada curva como si fuera la primera vez. Elise rompió el beso solo para murmurar contra su cuello: “Te quiero, mi héroe.”

Evan sonrió, besando la piel suave justo debajo de su oreja. “Yo también te quiero. Más que a cualquier otra cosa.”

La levantó con cuidado —ella era ligera, siempre lo había sido— y la llevó a la cama sin dejar de besarla. La recostó sobre las sábanas desordenadas, y Elise tiró de su camisa, quitándosela con una risa suave. Sus manos exploraron su pecho, no con urgencia, sino con ternura: dedos trazando cicatrices viejas de misiones pasadas, palmas cálidas sobre su corazón acelerado.

Evan se inclinó sobre ella, besando su clavícula, bajando lentamente hasta el escote de la túnica. Desató los cordones con dedos temblorosos —no por nervios, sino porque quería saborear cada segundo—. Cuando la tela se abrió, reveló la piel pálida y suave, los pechos redondos coronados por pezones rosados que se endurecieron al contacto con el aire fresco. Él los tomó en sus manos, masajeándolos con gentileza, y Elise arqueó la espalda, soltando un gemido bajo y dulce.

“Evan…” susurró, sus uñas rastrillando su espalda.

Él bajó la boca a uno de ellos, lamiendo con lentitud, succionando suavemente mientras su mano descendía por su vientre plano, deslizándose bajo la falda de la túnica. Encontró la humedad cálida entre sus muslos, y Elise jadeó, abriendo las piernas un poco más para darle acceso. Sus dedos se movieron con cuidado, acariciando los pliegues suaves, rodeando el pequeño nudo sensible hasta que ella empezó a temblar.

“Por favor…” murmuró ella, tirando de él.

Evan se posicionó entre sus piernas, quitándose los pantalones con torpeza. Cuando entró en ella, fue lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su cuerpo lo recibía con esa calidez perfecta que siempre lo volvía loco. Elise envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, y comenzaron a moverse juntos: un ritmo tranquilo, profundo, como olas suaves en un lago quieto.

Cada embestida era acompañada de suspiros, de besos suaves, de sus nombres murmurados como plegarias. No había prisa por llegar al clímax; solo querían sentirse, estar conectados. Cuando Elise llegó al orgasmo, fue con un gemido largo y tembloroso, su interior apretándose alrededor de él en pulsos suaves. Evan la siguió poco después, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de ella con un gruñido bajo.

Se quedaron así un rato, jadeando, sudorosos, abrazados. Elise le acarició el cabello, besando su frente.

“Eres mi héroe, Evan,” dijo en voz baja, con esa sinceridad que siempre lo desarmaba. “Siempre lo has sido.”

Él sonrió. “Y tú eres todo para mí.”

Fuera, en la calle empedrada abajo, el bullicio del gremio empezaba a calmarse. Mañana sería otro día: otro trabajo, otra oportunidad de demostrar que podían convertirse en aventureros famosos. Pero por ahora, solo existían ellos dos, envueltos en sábanas calientes y promesas de una vida mejor.

Continuará…

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