Bendición del hijo

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Era viernes por la noche y ya pasaban de las nueve cuando el timbre de la casa sonó. Andrés estaba en su cuarto, con los audífonos puestos y los ojos clavados en la pantalla, debuggeando un código que se negaba a cooperar. Escuchó apenas el sonido lejano y luego la voz de su mamá respondiendo desde la sala. Se quitó un audífono por curiosidad, pero no se movió del escritorio.

Paula abrió la puerta vestida con un conjunto de lencería de encaje negro y satén morado que parecía diseñado para volver loco a cualquiera. El sujetador de encaje negro apenas contenía sus pechos generosos, el encaje translúcido dejando entrever los pezones endurecidos por el fresco de la noche, mientras la falda corta de satén morado se ceñía a sus caderas y terminaba justo donde empezaban sus muslos bronceados y firmes. No esperaba visitas a esa hora, y mucho menos a don Mario, el jefe de su hijo, un hombre corpulento de 58 años con barriga prominente.

“Buenas noches, señora Paula… perdone la hora, es que Andrés no contestaba y traigo unos papeles urgentes del proyecto de mañana”, balbuceó él, con la voz más ronca de lo habitual. Sus ojos, traicioneros, se clavaron primero en el escote donde los pechos de Paula, y luego bajaron inevitablemente cuando ella se giró un poco para cerrar la puerta detrás de él: el satén se tensó sobre su culo redondo y elevado, marcando cada curva con una precisión que hizo que Mario tragara saliva audiblemente, incapaz de disimular del todo el hambre que le brillaba en la mirada.

Paula sonrió , como si no notara las miradas devoradoras, y abrió más la puerta para dejarlo pasar. “Tranquilo, don Mario, pase nomás. Andrés está en su cuarto, pegado a la pantalla como siempre. ¿Quiere un café o algo fresquito mientras lo llamo?” Caminó delante de él hacia la cocina, el balanceo de sus caderas haciendo que la falda corta subiera apenas lo suficiente para mostrar el borde inferior de sus nalgas, y Mario la siguió con los ojos fijos en ese culo que se movía con una cadencia hipnótica.

Cada vez que Paula se inclinaba un poco para abrir un cajón o alcanzar una taza, el encaje del sujetador se tensaba más, dejando ver aún más piel, y él sentía cómo el calor le subía por el cuello, luchando por mantener la compostura mientras su mente ya imaginaba cómo se sentiría apretar esas curvas con sus manos.

Andrés salió de su cuarto con el pendrive en la mano, listo para recibir los papeles y volver a su código sin mucho drama. Pero al doblar el pasillo hacia la sala, se detuvo en seco. Don Mario estaba de pie junto a la mesita del café, con una taza en la mano, pero su mirada no estaba en la taza, estaba en Paula mientras ella se inclinaba sobre la encimera para servir más agua caliente. Los ojos del jefe, recorrían sin disimulo el culo de su madre: la falda de satén morado se había subido un poco más con el movimiento, dejando a la vista casi toda la curva inferior de sus nalgas, el encaje negro de la tanga apenas visible en el borde. Don Mario tragó saliva de nuevo.

En ese preciso instante, los ojos de don Mario se desviaron hacia el pasillo y se encontraron con los de Andrés. Por una fracción de segundo, el hombre mayor se congeló, el rostro enrojecido, sabiendo que lo habían pillado en pleno acto de devorar con la mirada a la madre de su empleado. Pero Andrés, con calma, simplemente levantó una ceja y sonrió, como si no hubiera visto nada fuera de lo común. “Buenas noches, don Mario. Ya vi que llegó, perdón por no contestar el celular, estaba en una llamada con el servidor”, dijo con voz tranquila, caminando hacia ellos sin prisa. Se acercó a su madre por detrás, le dio un beso rápido en la mejilla y le quitó la taza de las manos para ayudarla. “Déjame a mí, ma, siéntate un rato”.

Paula se excusó con una sonrisa dulce diciendo que iba al baño un momento, y desapareció por el pasillo. El silencio cayó pesado en la cocina. Andrés se quedó apoyado en la encimera, fingiendo revisar el pendrive en su mano, mientras don Mario carraspeaba nervioso, la taza temblando un poco entre los dedos. El hombre mayor miró de reojo hacia el pasillo, luego hacia Andrés, y finalmente bajó la voz, casi un susurro ronco: “Mira, muchacho… Perdóname, eh. No quise… o sea, tu mamá es un bombón, carajo. No pude evitar mirarla. Es que una mujer así… joder, no la vez todos los días.

Andrés dejó que el silencio se estirara, con esa mirada que usaba cuando evaluaba un código complicado. Luego soltó una risita baja, y se encogió de hombros. “Tranquilo, don Mario. No pasa nada. Solo… disfrute la vista mientras pueda, ¿no?”. El tono era ligero, sin reproche, pero había un brillo nuevo en sus ojos, como si acabara de descubrir un bug interesante en el sistema. Mario parpadeó, confundido entre el alivio y la sorpresa, y soltó una risa nerviosa que le hizo temblar la barriga. “Eres un buen chico, Andrés. No sé qué decir… gracias por no armar escándalo”. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, todavía rojo como tomate.

Justo entonces, Paula regresó por el pasillo con la misma lencería puesta, el satén morado brillando bajo la luz tenue de la cocina. Andrés se giró hacia ella con naturalidad, como si nada hubiera pasado. “Ma, ¿me pasas el cargador del celular? Creo que está en el cajón de la derecha, el de los cables. Se me está acabando la batería y don Mario también trae el suyo casi muerto”. Paula sonrió sin sospechar, se acercó a la encimera y se inclinó hacia adelante para abrir el cajón. La falda corta se levantó inevitablemente, subiendo por completo sobre sus caderas y dejando a la vista todo su culo redondo, apenas cubierto por el tanga de encaje negro que se perdía entre las nalgas bronceadas.

El movimiento fue lento, natural, mientras rebuscaba entre los cables, y don Mario se quedó petrificado, los ojos clavados en ese culo perfecto, la respiración entrecortada. Andrés, apoyado al lado, fingió mirar su teléfono, pero de reojo observaba cómo la mirada del jefe se volvía cada vez más hambrienta.

Al ver que su madre no encontraba el cargador Andrés se acercó despacio por detrás de Paula mientras ella seguía rebuscando en el cajón. “Déjame ayudarte, ma, que ese cajón es un desastre”, murmuró con voz casual. Andrés estiró el brazo por encima de ella, fingiendo buscar el cargador, y su mano rozó el borde de la falda corta, subiéndola un centímetro más. Desde su ángulo privilegiado, don Mario vio todo: El jefe sintió que el aire se le atoraba en la garganta, la polla endureciéndose dolorosamente bajo la tela del pantalón mientras intentaba disimular cruzando las piernas.

“¡Ya lo encontré!”, exclamó Andrés de repente, sacando el cargador como si nada. Se apartó de su madre, que se enderezó con una sonrisa agradecida, completamente ajena al toque íntimo y a la mirada febril de don Mario.

“Chicos, les agradezco la compañía, pero si no les importa, me voy a mi cuarto a ver mi novela.”. Andrés asintió con una sonrisa. “Claro, ma, descansa. Disfruta tu novela”. Se levantó del sofá, se acercó a Paula y le plantó un beso suave en la mejilla. Al despedirse, le dio una palmada ligera pero firme en el culo, justo donde la falda corta dejaba expuesta la curva inferior de una nalga; un gesto cotidiano entre madre e hijo, de esos que solían ser inocentes, “Hijo, hay visitas… compórtate un poquito, ¿no?”Andres miró a don Mario y le guiñó un ojo con picardía, dejando la mano un segundo más en el culo de su madre.

Andrés sacó el pendrive y lo conectó a la laptop que tenía sobre la mesita, fingiendo revisar los archivos del proyecto. “Bueno, don Mario, ya que está aquí, repasemos rápido lo de mañana. El servidor sigue dando guerra con ese bug en el módulo de pagos, pero creo que con el parche que subí esta tarde ya debería estabilizarse. ¿Usted vio el reporte final?”. Mario asintió despacio, los ojos todavía vidriosos, la voz ronca cuando respondió: “Sí, muchacho, lo vi… buen trabajo. Pero carajo, con todo este estrés uno no duerme ni mierda”. Andrés sonrió de lado, sin mirarlo directamente, mientras deslizaba el dedo por el touchpad como si nada. El silencio se estiró unos segundos, roto solo por el zumbido lejano del ventilador y el tic-tac del reloj en la pared.

Don Mario se removió en el sofá, la tela crujiendo bajo su peso mientras intentaba encontrar una postura que disimulara la tensión evidente en su entrepierna. Tomó un sorbo largo del café ya tibio, como si eso le diera tiempo para ordenar las palabras, y luego miró de reojo a Andrés antes de soltar la pregunta en voz baja:

—Y… ¿tu mamá tiene novio, muchacho? Digo… una mujer así, sola en la casa, con ese… ese porte. No sé, parece imposible que no haya alguien rondándome.

—-¿Por qué pregunta, don Mario?

—Andrés… muchacho, escúchame bien. No quiero cagarla, no quiero que mañana en la oficina me mires raro o que esto se vuelva un problema. Por eso te lo pregunto directo: ¿me das permiso? ¿Me dejas… tocarla? No de una vez, no como un animal. Solo… empezar despacio. Ponerle la mano en la cintura mientras “le ayudo” a alcanzar algo en la cocina, abrazarla por detrás “para saludar” y dejar que sienta lo duro que me tiene. Si ella se asusta o dice que no, me detengo al instante y me voy. Pero si se deja… joder, si se queda quieta o se ríe como si fuera un juego… ¿me dejas seguir? ¿Me das tu bendición para intentarlo

Andrés lo miró fijo durante unos segundos largos

—Permiso concedido… pero no hoy. Guárdelo para otro día.

—Trato, muchacho. Trato. Carajo… eres un diablo calculador, pero me caes bien. Mañana en la oficina hablamos. Gracias por no mandarme a la mierda.

Antes de que el jefe se dirigiera a la puerta principal, lo detuvo con una mano en el hombro.

—Espere, don Mario… antes de irse, le voy a dar una pruebita. Nada pesado, solo para que vea cómo reacciona ella sin que parezca forzado. Vaya a la pieza de mi mamá a despedirse. Dígale que se va, que gracias por la hospitalidad… y abrácela. Un abrazo de esos bonachones, de los que da un amigo de la familia. Si se deja, si se queda quieta o se ríe como siempre, entonces pruebe lo que hablamos: una palmada ligera en el culo al despedirse, igualita a la que le doy yo. Nada fuerte, solo un toque casual, como si fuera lo más normal del mundo. Si se sorprende o se aparta, se disculpa y sale.

Don Mario se quedó congelado un instante

—¿Estás seguro, muchacho? ¿No se va a molestar? ¿Y si me manda al carajo?

Andrés se encogió de hombros, la sonrisa intacta.

—Confíe en mí, jefe. Ella no se molesta por esas cosas. Para ella es cariño, es juego. Vaya. Yo me quedo aquí, escuchando desde la sala. Si algo sale mal, entro y lo arreglo. Pero no va a salir mal.

Mario asintió despacio, como si estuviera soñando despierto, y caminó por el pasillo con pasos pesados pero cuidadosos. Tocó suavemente la puerta entreabierta del cuarto de Paula.

—¿Señora Paula? Soy don Mario… vine a despedirme antes de irme.

Desde adentro se oyó la voz dulce de Paula, con el volumen de la novela bajito de fondo.

—Ay, don Mario, pase, pase. ¿Ya se va? Qué pena, tan temprano.

Mario empujó la puerta con cuidado y entró. Paula estaba sentada en la cama, recostada contra las almohadas, todavía con el conjunto de encaje negro y satén morado, las piernas cruzadas y el control remoto en la mano. La luz tenue de la lámpara de noche delineaba sus curvas, los pechos elevándose con cada respiración tranquila. Ella le sonrió con esa calidez inocente, sin sospechar nada.

—Gracias por todo, señora Paula. Por el café, por recibirme tan tarde… es usted un encanto.

Se acercó un paso, extendió los brazos con naturalidad bonachona, y Paula se levantó de la cama con una risita suave.

—Ay, no hay de qué, don Mario. Venga, un abrazo de despedida.

Lo abrazó primero ella, rodeándole el cuello con los brazos en un gesto cálido y maternal. Mario la envolvió con sus brazos grandes, la barriga presionando suavemente contra el vientre de ella, y sintió el calor de su cuerpo a través del satén fino. El perfume vainillado lo invadió, los pechos generosos rozando su pecho, y tuvo que contener un jadeo. El abrazo duró unos segundos más de lo necesario, Paula sin apartarse, relajada como siempre.

Al separarse, Mario dio un paso atrás, pero antes de girarse hacia la puerta, levantó la mano con disimulo —imitando exactamente el gesto de Andrés— y le dio una palmada ligera pero firme en el culo, justo en la curva inferior expuesta por la falda corta. El sonido fue seco, carnoso, y el satén se movió un instante, dejando ver un destello del encaje negro debajo.

Paula soltó una risita sorprendida, se llevó la mano al lugar del contacto y lo miró con las mejillas ligeramente sonrosadas.

—Ay, don Mario…

No había enojo en su voz, solo esa diversión dulce e inocente, como si fuera una broma entre amigos. Mario se rio nervioso, la cara ardiendo, y balbuceó:

—Perdón, señora Paula… es que… buena noche, ¿eh? Gracias de nuevo.

Salió rápido del cuarto, cerrando la puerta con cuidado. En la sala, Andrés lo esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa satisfecha.

—¿Y? ¿Cómo fue la pruebita?

Mario se limpió el sudor de la frente, todavía temblando de excitación.

—Se rio… carajo, se rio y dijo que era igualito a ti. No se molestó, muchacho. Ni un poquito.

Andrés asintió, apagando la luz de la sala.

—Bien. Eso es lo que quería ver. Ahora sí, váyase tranquilo. La próxima vez… será más que una palmada.

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