Visitando con sus amigos a la tía (1)

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T. Lectura: 12 min.

Primero que nada gracias por sus comentarios, vi que tuvo buena aceptación mi relato anterior (La entrega de Ana) quise explorar un tema similar pero con circunstancias diferentes, incluso subiendo mas el tono y la temperatura, disfruten…

Era una tarde soleada en la ciudad, con el calor del verano aun persistiendo a pesar de que el sol ya empezaba a bajar. Javier, de 19 años, llegó a la casa de su tía Elena en su bicicleta vieja, sudando un poco por el pedaleo. La casa era amplia, con un jardín trasero que incluía una piscina que su tío mantenía impecable, aunque ahora él estaba de viaje por trabajo en otra ciudad. Javier había prometido pasar a revisar el filtro de la piscina, ya que su tía no era muy hábil con esas cosas técnicas.

Elena, de 44 años, abrió la puerta con una sonrisa cálida. Medía apenas 1.50 metros, era delgada y tenía un cabello ondulado negro que llegaba hasta los hombros, siempre recogido en una coleta práctica. No era una mujer que llamara la atención por su belleza clásica, pero había algo en su mirada vivaz y en su forma de moverse con gracia que la hacía atractiva de una manera sutil. Llevaba un vestido ligero de algodón, nada especial, solo cómodo para el calor.

—Hola, Javi —dijo ella, dándole un beso en la mejilla—. Gracias por venir. El filtro está haciendo un ruido raro desde ayer.

Javier entró, dejando la bici en el porche.

—No hay problema, tía. Lo reviso rápido y me voy. Tengo que ver a unos amigos después.

Mientras Javier se dirigía al jardín trasero, Elena lo siguió, observándolo con curiosidad maternal. Javier era un chico alto para su edad, con el cabello desordenado y una actitud relajada, típico de un universitario en vacaciones. Abrió la tapa del filtro y empezó a inspeccionarlo, ajustando un par de válvulas. No era nada grave, solo un poco de suciedad acumulada.

En unos minutos, lo tenía listo.

—Listo, tía. Debería estar bien ahora.

Elena aplaudió suavemente.

—Eres un genio. ¿Quieres quedarte a comer algo? Preparé algo rápido.

Javier miró la hora.

—Gracias, pero no puedo. Los chicos me esperan en el parque. Vamos a jugar un rato al fútbol y luego quién sabe.

Elena inclinó la cabeza, pensando un momento. La casa estaba vacía sin su esposo, el ingeniero industrial que viajaba tanto, y la idea de una tarde sola no le apetecía mucho.

—¿Y por qué no los invitas aquí? Hay espacio de sobra en el jardín, y la piscina está limpia gracias a ti. Pueden pasar la tarde, yo les preparo botanas. Así no tienes que irte corriendo.

Javier dudó un segundo, pero la idea sonaba bien. El parque estaba lejos, y la piscina era tentadora con el calor.

—Está bien, les mando un mensaje. Somos cuatro en total: yo, Mateo (20), Luis (19) y Diego (21).

Elena sonrió, satisfecha.

—Perfecto. Voy preparando todo mientras llegan.

Elena tenía un historial de infidelidades que nadie en su familia conocía, ni siquiera su esposo, un ingeniero industrial que pasaba tanto tiempo en viajes de trabajo. Todo había empezado unos años después de casarse, cuando la rutina del matrimonio y la ausencia frecuente de su marido la dejaron con un vacío que no sabía cómo llenar. La primera vez fue con un colega de un curso de yoga que tomó para distraerse; un encuentro casual en un café que escaló a una noche en un motel discreto, lleno de adrenalina y culpa inmediata. No duró, como ninguno de los otros.

Hubo un vecino durante una mudanza temporal, un viejo amigo de la universidad que reapareció en una reunión, y hasta un desconocido en un bar durante un viaje de amigas a la playa. Siempre esporádicos, impulsivos, sin ataduras emocionales; solo momentos de escape que la hacían sentir viva de nuevo, pero que terminaban con promesas internas de “nunca más”. Elena los mantenía en secreto absoluto, borrando mensajes, variando rutinas, y convenciéndose de que no afectaban su vida real. Era una mujer práctica, no buscaba drama, solo ocasionales chispas en una existencia predecible.

Mientras Javier enviaba mensajes a sus amigos, Elena se metió en la cocina para preparar algo para comer. Nada elaborado, solo algo para picar y hacer que los chicos se sintieran bienvenidos. El jardín trasero ya estaba listo: sillas alrededor de la mesa de madera, la piscina reluciente bajo el sol de la tarde. Al cabo de unos veinte minutos, se oyó el timbre de la puerta. Javier fue a abrir, y entraron Mateo, Luis y Diego, cada uno con una mochila o una bolsa en la mano. Mateo, de 20 años, era el más extrovertido del grupo, con el cabello corto y una camiseta de su banda favorita, trayendo cervezas frías que había comprado en el camino.

“¡Tía Elena! Gracias por invitarnos, esto es mucho mejor que el parque polvoriento,” dijo con una sonrisa amplia, extendiendo la mano para saludarla. Luis, de 19 como Javier, era más callado, con gafas y una complexión atlética de jugar fútbol; traía una botella de refresco y unas papas fritas para compartir. “Hola, señora. Javier nos dijo que no había problema,” murmuró con timidez, pero Elena lo hizo sentir cómodo con un gesto abrazo.

Diego, el mayor con 21 años, tenía un aire más maduro, con barba incipiente y una camisa holgada; él llevaba más cerveza y una pelota de fútbol que dejó en el porche. “Encantado, Elena. Oímos que la piscina está lista, ¿eh? Perfecto para este calor. “Elena rio suavemente, guiándolos al jardín. “Pasen, chicos. Siéntanse como en casa. Aquí tienen botanas, y si quieren, pueden meterse al agua. Yo me quedo por aquí, no los molestaré.”

Colocó los platos en la mesa, notando cómo los jóvenes se acomodaban rápidamente, abriendo las cervezas y empezando a charlar sobre el partido de fútbol que habían planeado en un principio. El ambiente era relajado, con risas ocasionales flotando en el aire cálido de la tarde.

Los chicos se instalaron rápido alrededor de la mesa del jardín. Mateo abrió las cervezas con un chasquido y repartió una a cada uno, incluyendo a Javier. Luis prefirió el refresco por el momento, aunque no tardó en aceptar una cerveza cuando Diego le insistió con un “no seas aguado, carnal”. Diego puso música desde su celular: algo de reggaetón suave mezclado con rap mexicano, volumen moderado para no molestar a los vecinos.

Elena se quedó un rato observándolos desde la puerta corrediza que daba al jardín, con una sonrisa discreta. Los veía reírse a carcajadas por alguna broma interna, empujarse los hombros, hacer comentarios subidos de tono sobre alguna chica que habían visto en el centro comercial el día anterior. Eran jóvenes, llenos de energía, y esa vitalidad le recordaba un poco cómo era ella misma a esa edad, antes de que la vida se volviera más estructurada y predecible.

Después de unos veinte minutos, Elena decidió unirse un poco más al ambiente. Se cambió rápidamente en su habitación: se puso un traje de baño azul oscuro de una pieza, discreto, con escote moderado y corte alto en las piernas, nada provocativo. Se miró al espejo un segundo, se recogió el cabello ondulado negro en su coleta habitual, y salió con una toalla sobre los hombros y un sombrero que usaba para el sol.

—Voy a darme un chapuzón, chicos —anunció con naturalidad mientras se acercaba a la piscina—. No se preocupen por mi están en su casa.

Los cuatro levantaron la vista. Hubo un instante de silencio breve, casi imperceptible, antes de que respondieran con educación.

—Claro, tía, métase sin problema —dijo Javier, sonriendo.

—Está perfecta la piscina, señora Elena —agregó Luis, con ese tono respetuoso que siempre usaba con los mayores.

Mateo, el más desparpajado, levantó su cerveza en un brindis improvisado.

—Salud por la nueva tía del grupo. Elena rio suavemente, dejó la toalla en una silla y se acercó al borde de la piscina. Se quitó el sombrero, lo puso a un lado y se sumergió con un movimiento limpio. El agua estaba fresca, perfecta para el calor de la tarde. Nadó un par de largos despacio, disfrutando la sensación de flotar, de desconectarse un poco.

Desde el agua los escuchaba. Los chicos seguían con su dinámica: Mateo contando una anécdota exagerada de cómo casi lo correteaba un perro en el parque, Diego replicando con un “tú nomás corriste porque te cagaste del miedo, wey”, y Luis y Javier riéndose a carcajadas. En un momento, Mateo soltó una broma más fuerte sobre una vecina que había visto en bikini la semana pasada, describiéndola con detalles subidos de tono, y los demás estallaron en risas y empujones.

Elena salió a la superficie cerca del borde donde estaban ellos, apoyando los brazos en el filo de la piscina. El agua le llegaba al pecho, y el traje de baño se adhería un poco a su piel delgada.

—¿Y esa vecina tan impresionante? —preguntó con tono juguetón, sin sonar escandalizada, solo curiosa.

Los chicos se miraron entre sí, un poco sorprendidos de que ella hubiera escuchado, pero Mateo recuperó rápido la compostura.

—Nada, tía, puras tonterías mías —dijo riendo, aunque se notaba que estaba midiendo hasta dónde podía llegar—. No se preocupe, aquí todos somos unos caballeros.

Diego le dio un codazo a Mateo.

—Caballeros con la boca llena de mierda, pero sí.

Elena sonrió, negando con la cabeza.

—Tranquilos, yo también fui joven. Sé cómo son estas pláticas.

Se quedó un rato más ahí, conversando con ellos desde el agua. Les preguntó por la universidad, por los partidos de fútbol que veían, por las carreras que querían seguir. Ellos respondían con respeto, pero sin perder el tono relajado entre ellos: seguían lanzándose pullas, riéndose fuerte, haciendo chistes que a veces rozaban lo subido de tono, aunque bajaban un poco el volumen cuando se dirigían directamente a ella.

Después de unos minutos, Elena salió de la piscina, el agua chorreándole por la piel. Se envolvió en la toalla y se sentó en una de las sillas, un poco apartada pero todavía parte del círculo.

—Sigan, sigan —dijo—. Yo nomás vengo a tomar sol un rato.

Y así se quedó, escuchando, participando de vez en cuando con algún comentario o una risa, mientras el sol iba bajando y la tarde se volvía más dorada. Los chicos seguían bebiendo, la música sonaba, y poco a poco el ambiente se hacía más suelto, más cómodo, como si Elena fuera una más del grupo, aunque todos mantenían esa línea de respeto natural hacia ella.

El sol ya se había inclinado bastante, tiñendo el jardín de tonos anaranjados y dorados que se reflejaban en la superficie quieta de la piscina. La tarde se había vuelto más fresca, pero aún agradable; el calor del día se disipaba poco a poco, dejando un ambiente cómodo, casi acogedor. Los chicos habían movido las sillas en un semicírculo más cerrado alrededor de la mesa, y Elena se había quedado con ellos, sentada con las piernas cruzadas, la toalla sobre los hombros y una cerveza en la mano que Mateo le había insistido en ofrecerle.

—Solo una, tía, no te vamos a emborrachar —había dicho él con una sonrisa pícara, y ella aceptó con una risa suave, dando sorbos pequeños, disfrutando más de la compañía que de la bebida.

La conversación fluía sin esfuerzo. Empezaron hablando de fútbol —el clásico debate sobre quién era mejor, Messi o Cristiano, que siempre terminaba en gritos y risas—, pasaron a anécdotas de la universidad, fiestas a las que habían ido, y luego, inevitablemente, a las chicas. Las bromas se volvieron más subidas de tono, pero siempre entre ellos, como si Elena fuera parte del mobiliario amigable del jardín: presente, pero no el blanco.

Mateo, con la cerveza ya en la tercera, empezó a contar una historia exagerada sobre una salida con una chica de su facultad.

—…y entonces le digo: “Oye, ¿y si nos vamos a mi casa a ver Netflix?”, y la morra me mira y dice: “Netflix y chill, ¿eh? ¿Tú crees que soy tonta?” —Mateo imitaba la voz aguda de la chica, y los demás estallaron en carcajadas.

Diego soltó una carcajada ronca y le dio un empujón.

—Claro wey, porque tú eres el rey del romance. La última vez que te vi chillando fue con una chela en tu mano izquierda.

Luis, que ya había bebido lo suficiente para soltarse un poco, negó con la cabeza riendo.

—No mamen, el que sí es experto es Javier. El otro día en la peda le cayó una chava que parecía modelo, y él nomás le dijo “¿Quieres un shot?” y ya se la llevó a bailar. De ahí no pasó.

Javier levantó las manos en señal de inocencia, pero sonreía de oreja a oreja.

—No fue para tanto. Solo bailamos… un rato.

Elena los escuchaba con una sonrisa permanente, los ojos brillantes de diversión. De vez en cuando soltaba una risa genuina, de esas que le arrugaban las comisuras de los ojos, y negaba con la cabeza como diciendo “estos muchachos”. No intervenía en las bromas subidas de tono, pero tampoco se escandalizaba; simplemente disfrutaba el espectáculo de verlos tan libres, tan sin filtro entre ellos. Había algo refrescante en esa energía cruda y juvenil que llenaba el jardín, algo que le recordaba tiempos en los que ella también había reído así, sin preocupaciones.

En un momento, Diego levantó su cerveza hacia ella.

—Oye, Elena, ¿tú qué opinas? ¿Los hombres de ahora somos unos pinches cursis o seguimos teniendo chance?

Ella alzó una ceja, fingiendo pensarlo seriamente, y luego respondió con tono juguetón:

—Pues… digamos que todavía hay esperanza. Pero si siguen contando historias como esas, van a espantar a todas las chicas del planeta.

Los cuatro rieron a carcajadas, y Mateo aprovechó para abrir otra ronda de cervezas. El cielo ya se había teñido de violeta y rosa, las luces automáticas del jardín empezaban a encenderse con un clic suave, iluminando la mesa y sus rostros relajados. La música seguía sonando bajito, y el ambiente se sentía cada vez más íntimo, aunque nadie lo dijera en voz alta. Elena se recostó un poco más en la silla, estirando las piernas, y suspiró satisfecha.

—Qué buena tarde, chicos. Lo no planeado a veces sale mejor dicen por ahí. Javier la miró con una sonrisa cálida.

—Gracias por dejarnos invadir tu casa, tía. Está chingón estar aquí. Y así siguieron, platicando, bebiendo despacio, riendo de las estupideces que se decían unos a otros, mientras la noche caía por completo y el jardín se convertía en un pequeño mundo propio, cálido y sin prisas.

La noche ya había caído por completo, envolviendo el jardín en una oscuridad suave interrumpida solo por las luces automáticas y el brillo tenue de la luna. El calor del día aún persistía en el aire, pegajoso y pesado, así que Elena se levantó de la silla con un suspiro.

—Chicos, voy a entrar un momento a cambiarme. Aquí afuera ya me está dando algo de frío —dijo, recogiendo su toalla—. No se muevan, sigan disfrutando.

Entró a la casa, dejando la puerta corrediza entreabierta. Adentro, prendió la luz de la sala —una luz cálida y amarillenta que iluminaba el sofá grande, la mesa de centro y los sillones laterales— y encendió los ventiladores de techo. El zumbido suave del aire moviéndose llenó el espacio, trayendo un alivio inmediato.

Minutos después salió de nuevo, ya cambiada: una blusa de tirantitos negra, fina y ajustada lo suficiente para marcar la silueta delgada de su torso, y un short gris de algodón corto, cómodo, que dejaba al descubierto sus piernas delgadas y bronceadas por el sol. El cabello seguía en su coleta práctica, con algunos mechones sueltos que se le pegaban al cuello por el sudor.

—Listo —anunció al volver al jardín—. Mucho mejor. ¿Siguen con ganas de platicar o ya se cansaron de mí?

Los chicos la recibieron con risas y comentarios positivos. “Estás más fresca que nosotros, Elena”, dijo Mateo, y todos volvieron a sentarse, ahora ya dentro de la sala porque el jardín empezaba a sentirse demasiado expuesto con la oscuridad.

Se acomodaron en el sofá grande y los sillones: Elena en el centro del sofá, Javier a un lado, Mateo al otro, y Luis y Diego en los sillones enfrentados. Las cervezas seguían circulando, aunque el ritmo ya era más lento; las botanas casi habían desaparecido. La conversación se había vuelto más pausada, con risas más suaves y silencios cómodos.

En un momento, Elena se movió un poco, haciendo una mueca y llevándose la mano a la parte baja de la espalda.

—Ay, no… me duele la espalda desde hace rato. Creo que estar tanto tiempo sentada en esas sillas del jardín no ayuda.

Diego, que estaba más cerca, levantó la vista.

—¿Quieres que te dé un masaje en los hombros, Elena? Mi mamá siempre dice que soy bueno para eso. Nada raro, solo relajar los músculos.

Elena dudó un segundo, pero luego sonrió, agradecida.

—Pues… si no te molesta, acepto. La verdad es que sí estoy muy tensa.

Diego se levantó y se colocó detrás del sofá. Elena se inclinó un poco hacia adelante para darle espacio. Él puso las manos con cuidado en sus hombros, empezando con movimientos suaves, circulares, presionando justo donde sentía los nudos. Elena cerró los ojos y soltó un suspiro largo de alivio.

—Dios… qué bien se siente. Gracias, Diego. Eres un salvavidas.

Los demás miraban, sonriendo. Mateo, siempre el bromista, soltó:

—Oye, no seas egoísta. Si le das masaje a ella, nosotros también queremos.

Elena abrió los ojos y rio.

—Pues la verdad… estoy tan estresada que todos deberían hacerme uno. Llevo semanas con el cuello hecho nudo.

Fue medio en broma, medio en serio. Luis, que había estado más callado, se animó.

—¿En serio? Yo puedo ayudar con las pantorrillas. Mi hermana siempre me pide que le masajee las piernas cuando corre mucho.

Elena lo miró, evaluando un segundo, y luego asintió con una sonrisa relajada.

—Adelante, Luis. Con permiso, claro.

Luis se arrodilló frente a ella con cuidado. Elena estiró las piernas hacia adelante, apoyándolas en el borde del sofá. Luis empezó a masajearle las pantorrillas con movimientos firmes pero respetuosos, subiendo un poco hacia las corvas, presionando con las palmas. Elena dejó escapar otro suspiro de placer, recargando la cabeza hacia atrás.

Mateo, no queriendo quedarse fuera, se acercó también y se sentó a un lado, tomando una de las pantorrillas que Luis no estaba tocando.

—Dos manos son mejor que una —dijo con tono juguetón, pero sin cruzar ninguna línea.

Elena rio suavemente, disfrutando la sensación.

—Esto es el paraíso, chicos. Gracias… de verdad.

Javier, sentado al otro lado, los observaba todo con una mezcla de sorpresa y nervios crecientes. El alcohol le había soltado la lengua antes, pero ahora lo veía todo desde otro ángulo: su tía relajada, disfrutando, los amigos tocándola con naturalidad, el ambiente cargado de algo que no sabía nombrar. Intentó mantener la compostura, pero el estómago le dio un vuelco repentino.

—Oigan… eh… —empezó, con la voz un poco pastosa—. Ahora todos son masajistas profesionales, ¿no? Pinches oportunistas…Los demás rieron, pero nadie le hizo mucho caso; seguían concentrados en lo que hacían, charlando entre ellos. Javier sintió una oleada de calor subirle por el cuello, el alcohol y los nervios mezclándose mal. De pronto se puso de pie tambaleante.

—Perdón… creo que voy a… —No terminó la frase. Se llevó la mano a la boca y salió corriendo hacia el baño del pasillo.

Elena abrió los ojos de inmediato, preocupada.

—Javier… ¿estás bien?

Se levantó rápido, apartando suavemente las manos de los chicos.

—Voy a ver qué le pasa.

Entró al baño justo a tiempo para verlo inclinado sobre el inodoro, vomitando con fuerza. Elena se acercó, le sostuvo la frente con una mano y le frotó la espalda con la otra.

—Tranquilo, mi amor… ya pasó. Demasiadas cervezas, ¿eh?

Javier murmuró algo ininteligible, avergonzado, pero demasiado mareado para protestar. Cuando terminó, Elena lo ayudó a enjuagarse la boca en el lavabo y lo llevó casi en volandas al cuarto de visitas que había cerca.

—Ven, te acuesto un rato. Vas a dormir aquí esta noche, no te vas a ir así.

Lo ayudó a quitarse los zapatos y la camisa, lo recostó en la cama y le puso una almohada bajo la cabeza. Javier balbuceó un “gracias, tía” antes de cerrar los ojos, rendido por el alcohol y el agotamiento.

Elena lo cubrió con una sábana ligera, le dio un beso suave en la frente y apagó la luz del cuarto, dejando solo la luz del pasillo encendida.

Regresó a la sala caminando despacio. Los tres amigos seguían ahí, ahora más callados, mirándola con una mezcla de curiosidad y algo más indefinido.

—¿Está bien Javier? —preguntó Mateo, con tono más serio.

Elena asintió, sentándose de nuevo en el sofá, esta vez un poco más cerca del centro.

—Sí, solo se pasó de cervezas. Ya está durmiendo. Pobrecito.

Hubo un silencio breve, cargado. Los ventiladores seguían girando, moviendo el aire tibio. Elena los miró uno por uno, con una sonrisa pequeña pero tranquila.

El ambiente se sentía más denso de lo que había sido toda la tarde, y aunque nadie había dicho nada fuera de lugar, el aire estaba cargado de esa electricidad sutil que aparece cuando el alcohol y la cercanía física se combinan.

Se aclaró la garganta suavemente, se levantó del sofá con un movimiento fluido y dijo:

—Bueno… primero mejor voy por algo a la cocina. Hace rato que no comemos nada sólido y el tequila me está llamando desde el gabinete.

Los chicos asintieron, un poco aliviados por la interrupción, o tal vez solo por el movimiento. Elena desapareció por el pasillo y regresó un par de minutos después con una botella de tequila reposado medio llena, cuatro vasitos de shot de vidrio grueso y un limón cortado en gajos que había encontrado en el refrigerador. También trajo sal en un pequeño salero.

—Miren lo que encontré —dijo, levantando la botella con una sonrisa traviesa—. ¿Quién se apunta? No es para emborracharse más… bueno, no tanto. Solo para seguir la noche.

Mateo fue el primero en levantar la mano como niño en clase.—Aquí estoy. Tequila siempre es buena idea.

Diego y Luis asintieron también, aunque Luis parecía un poco más cauteloso. Elena colocó todo en la mesa de centro, se sentó de nuevo en el sofá (esta vez con las piernas recogidas debajo de ella, más cómoda) y sirvió cuatro shots pequeños.

—Salud —dijo, chocando su vasito con los de ellos—. Por las noches inesperadas.

Bebieron. El tequila bajó suave, con ese calor que se expande por el pecho y relaja los hombros. Elena sintió el segundo golpe de alcohol justo ahí, en la nuca, y soltó una risita involuntaria.

—Uy… esto pega más rápido de lo que recordaba.

Diego rio.

—¿Quieres agua, Elena? No queremos que termines como Javier.

—No, no… estoy bien. Solo me siento… ligera. Divertida. Hace rato que no me sentía así.

Hubo un silencio cómodo. Mateo, siempre el que llevaba la iniciativa en estas cosas, propuso:

—¿Jugamos algo? Yo nunca nunca, para empezar suave. El que diga algo que alguien haya hecho, toma. Y si nadie lo ha hecho, el que lo dijo toma doble.

Elena alzó una ceja, divertida.

—¿Yo nunca nunca con tequila? Eso es peligroso, Mateo.

—Precisamente por eso es bueno —respondió él con una sonrisa.

Continuará.

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