Mi exnovia se volvió mi juguete (2)

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Al día siguiente desperté con ella todavía desnuda a mi lado, su cuerpo pegado al mío y sus tetas rozándome el pecho. Me miró con esos ojos grandes y traviesos, y sin decir nada se bajó por mi cuerpo hasta llegar a mi pene, que ya empezaba a endurecerse. Lo tomó en su boca con esa succión profunda que solo ella sabía hacer, lamiendo la cabeza mientras lo tragaba entero hasta que sentí su garganta apretándome. La dejé disfrutar unos minutos antes de agarrarla del pelo y sacarla de la cama. “Hoy vas a demostrarme más”, le dije, y ella solo sonrió mordiéndose el labio.

Le pedí que se pusiera un vestido corto sin nada debajo, ni panties ni bra. Fuimos al cine esa misma tarde, uno de esos con salas casi vacías en horario matutino. Elegimos una película cualquiera, nos sentamos en la última fila.

Apenas empezaron los créditos, ella me abrió el zipper y sacó mi pene, empezando a tocarlo de arriba a abajo despacio mientras veía la pantalla. “Métemela”, me susurró al oído, subiéndose el vestido y sentándose en mi regazo de espaldas a mí.

Su vagina estaba empapada, resbaladiza, y se hundió en mi pene hasta el fondo con un gemido que tapó con su mano. Me la cogí ahí mismo, moviéndome despacio para no hacer ruido, sintiendo cómo su coño me apretaba con cada embestida.

Ella se movía como una experta, rebotando sutilmente mientras sus tetas saltaban libres bajo el vestido. Un par de veces casi nos atrapan cuando gemía muy alto, pero eso solo la ponía más excitada. Me corrí dentro de ella justo cuando la película se iba a acabar, y sentí mi semen chorreando por sus muslos. Después salimos fingiendo normalidad.

Unas noches después la llevé a su casa, sabiendo que su familia estaba ahí. Sus papás estaban viendo tele en la sala y su hermano menor en su cuarto. “Entra y haz lo que te diga”, le ordené en el carro. Ella asintió excitada.

Entramos con normalidad y saludamos a todos, y mientras sus papás charlaban en la sala, la llevé a la cocina. Le subí el vestido por detrás, le quité las panties y se la metí de un solo empujón, tapándole la boca con mi mano.

Su vagina chorreaba, tragándose mi pene entero mientras yo la penetraba fuerte pero en silencio, chocando contra sus nalgas pequeñas pero firmes. Ella se mordía los labios para no gritar, pero sus gemidos ahogados se escapaban, y una vez su mamá gritó desde la sala “¿Estás bien ahí?”. “Sí, mamá, solo estoy… calentando algo”, respondió ella con voz temblorosa mientras yo la taladraba sin parar.

Estuvimos así por unos diez minutos, yo ya estaba sintiendo cómo su coño se contraía en un orgasmo silencioso, y me vacié dentro de ella, dejando que mi semen goteara por sus piernas. Después nos sentamos a cenar con su familia como si nada.

Al día siguiente le compré un vibrador controlado por app en mi teléfono, uno grande y curvo que le llenaba el coño perfecto. Se lo metió antes de ir a la escuela, con sus panties sosteniéndolo adentro.

Todo el día la torturé: lo ponía en bajo mientras estaba en clase, subiéndolo a máximo a ratos. Me mandaba mensajes: “Me estoy mojando toda, todos van a olerlo” o “Casi me corro frente al profe, estoy demasiado excitada”.

Luego lo dejé en alto diez minutos seguidos y me envió un audio gimiendo bajito: “Me he venido tres veces, estoy tan excitada que me muero por arrancarme la ropa. Tengo tantas ganas que dejaría que cualquiera de mis compañeros me cogiera o hasta el profe”.

Eso me puso muy excitado y pensé en decirle que se cogiera a uno de sus compañeros pero al final me arrepentí.

Más tarde pase por ella y la recogí empapada, nos estacionamos en una calle poco transitada y le saqué el vibrador para reemplazarlo con mi pene duro, follándola hasta que gritó y me llenó de sus jugos.

Pero lo mejor empezó con las fotos. Le pedí más de su roomie, esa de nalgas deliciosas. Esa misma semana se coló en su baño otra vez y me mandó tres: una de sus nalgas abiertas en la ducha, otra con sus tetas pequeñas pero puntiagudas, y una de su coño depilado mientras se secaba. “La siguiente vez la convenzo de posar”, me prometió.

Luego vinieron sus amigas: una foto de su mejor amiga en tanga en el gym que se robó de su teléfono; De varias amigas tomadas debajo de sus faldas cuando bajaban escaleras. Otra de una prima en bikini en la playa, con sus tetas enormes rebosando y de otra prima de ella mientras se había quedado a dormir en su casa.

Me las mandaba en secuencia mientras yo me masturbaba con ella describiendo cómo las había conseguido espiando o de los mismos teléfonos de sus amigas. “Me encantaría verte cogiéndote a una de ellas” me decía.

Para esos días ella sabía que tenía prohibido usar ropa interior en cualquier lugar a menos que le pidiera que se pusiera el vibrador para lo cual necesitaba las panties para sostenerlo.

Así que tuvimos mucha atención cuando paseábamos en público porque sus pezones siempre se le notaban duros y sus muslos escurriendo semen porque habíamos cogido o sus propios jugos.

Una noche la llevé a un parque público, le levanté el vestido y me la cogí de perrito sobre una banca, con sus tetas colgando y balanceándose mientras la penetraba salvajemente. Ella gemía sin control, atrayendo miradas de un par de paseantes lejanos, pero eso solo nos excitaba más. Me corrí en su espalda esa vez, luego le puse su boca en mi pene y yo estaba viéndola lamer cada gota mientras me decía: “Soy tuya para siempre, hazme lo que quieras”.

Las cosas no paraban de escalar, y ella se volvía más desinhibida cada día, proponiendo ideas cada vez más locas…

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