El cuarto de Didí

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Didí hacía donas con el humo de su cigarro y las farolas de las 3 am las coloreaban de un naranja intenso. Ante este color, Didí sonreía con su boca pequeña y mecía los pies. Dio otra calada y volteó a sus amigos. De madrugada todo tiene un color especial. El cuello de Zoé ganaba mucha esbeltez entre las sombras y su piel morena parecía un metal antiguo; sonreía y en sus dientes brillaba un blanco que a esa hora era imposible encontrar en otra parte. Cecilia, por su lado, parecía sencillamente hermosa: su cabello se había asentado con el día; el labio inferior, que normalmente tenía algo de fiero, de noche era sencillamente sensual.

Y luego estaba Amadís; su pelo largo y suelto tenía algo de principesco, y las sombras de la noche destacaban el músculo de unos brazos que, de día, se veían más delgados que fuertes.

No habían bebido. Bueno, no mucho. Y bueno, Didí y Zoé habían fumado hierba a escondidas en el baño del bar, así que todo les pasaba un poco más lento que al resto. Pero no era eso lo que los ponía felices y hermosos. Quizá fuera “el momento”; creo que así le decíamos a ese punto en el que nos dábamos cuenta de que éramos jóvenes y de que la vida de verdad, la vida que nos esperaba, era mucho más gris e ingrata que eso.

Y Didí no podía saberlo, pero parte del encanto de la noche era precisamente ella. Su cabello corto y negro le caía en un fleco pequeño sobre los ojitos que el ligero maquillaje contribuía a rasgar. Llevaba una chamarra negra desgastada y medias de red sobre unos zapatos casi masculinos. Y ¡ay, esa manera tan suya que tenía de fumar! Todo en ella se sentía parte del ambiente. Las ráfagas de viento frío estremecían los árboles y algunas flores violetas caían sobre las cabezas de los amigos. Didí siempre conserva las flores que le caían, y hasta se entusiasmaba acomodándolas en el cabello de Zoé y de Amadís, para que los tres parecieran ninfas juguetonas. Cecilia era más tosca, pero generalmente los dedos cariñosos de Didí terminaban por tranquilizarla y se dejaba hacer.

Lejos, la voz incorregiblemente borracha de un trovadorcillo, Martín Martínez, cantaba sobre el rasgueo raposo de una guitarra:

Una leyenda sopla

y un lento son delira,

y entre las hojas mudas

parece que suspira.

Hay en el alma tersa

sollozos de violín…

Entonces, Amadís se apresuraba a tomar su guitarra, para ver si podía sacar la canción del borracho Martínez solo de oído, para cantársela a Didí. Algo le decía a ella que el esfuerzo Amadís la estaba buscando y concentraba en él la poquita atención de sus ojos hiperactivos. Mientras, Zoé y Cecilia aprovechaban la distracción de Didí y la miraban. Sí. Mucho del encanto de esa noche le pertenecía a Didí. Y es que sus amigos la amaban perdidamente. Con más o con menos erotismo, dependiendo del momento y de la apertura de cada uno, pero la amaban.

Amadís apenas estaba logrando sacar la canción cuando Didí decidió que quería una foto con sus amigas.

—Porfa, Ama. Ten —le dijo a Amadís, dándole un celular que ahora no serviría casi para nada.

Didí abrazó con un brazo a cada una de sus amigas. Amadís vio a través del celular como las mejillas de las tres se juntaban y sacó la primera foto. Notó cómo Zoé y Cecilia se giraron un poco para besar las mejillas de Didí y tomó la segunda foto.

—Ahora con Ama —dijo Didí.

Cecilia tomó el celular y Amadís tomó su lugar. De nuevo, la presión de los brazos de Didí acercó a sus amigos hacia su cara. Amadís sintió como los labios de Zoé se posaban sobre la mejilla de Didí.

—¿Qué no tienes el mínimo interés por la simetría? ¡Bésame! —le dijo Didí a Amadís, sacudiéndole el cabello.

Amadís sacó una risita, mientras intentaba ocultar que se estaba derritiendo, y besó a Didí en la mejilla.

De nuevo el viento helado movió las ramas de los árboles, pero ya no había más flores que cayeran. Didí metió los brazos en su chamarra y se frotó las manos.

—¿Nos podemos quedar contigo? —le preguntó Zoé, hablando por ella y por Cecilia.

—¡Sí, como siempre! —dijo Didí, fingiendo estar harta de que le hicieran esa pregunta. En realidad le gustaba.

Zoé intentó besar la mejilla de su amiga, como un signo de su gratitud. Distraída, Didí se volteó a verla justo antes y Zoé, sin querer, la besó en los labios. Se apartaron casi de forma automática. Después de un momento, las dos rieron, con una mezcla de incomodidad y compañerismo. Después de un momento más, volvieron a besarse. Zoé era más alta, más decidida y tenía rasgos más fuertes, así que a Didí le pareció que el beso tenía algo de caballeresco. Puso el dorso de su mano sobre la mejilla de Zoé para sentir su piel tersa y firme, y no la retiró hasta que, unos dos minutos después, dejaron de besarse.

Cuando abrieron los ojos, notaron que Cecilia y Amadís estaban desviando la mirada, intentando ver cualquier otra cosa para darles algo así como privacidad. Si no estuvieran embrujados por lo hermoso del beso, quizá hasta hubieran elegido adelantarse y dejarlas solas.

—Esto no se cuenta—le dijo Zoé, cuando empezaron a caminar hacia la casa de Didí.

A esas horas, los últimos bares ya habían terminado de cerrar y los juerguistas empezaban a desaparecer, dejando las calles vacías, salvo por las sombras de los inofensivos vagabundos y las vaporosas enaguas de los fantasmas. Ya varias veces los amigos habían estado en el pequeño cuarto de Didí (no siempre todos, no siempre juntos), pero las calles los engañaban: siempre parecía que faltaba un poco más que antes. El frío arreciaba y el sereno se había empezado a coagular en los velludos brazos de Amadís.

Cuando Didí abrió la puerta, el cuarto bostezó con un calor de casa. La chica había olvidado apagar la luz antes de salir y el olor del desayuno no terminaba de desaparecer. El lugar estaba casi enteramente ocupado por un espejo enorme, frente al que Didí ensayaba, por una cama king size y por dos o tres aparadores, llenos de recuerdos, como en la casa de una abuela. De una de esas repisas, colgaban la bandera palestina y una llave, pero esto fue hace mucho y, por ese tiempo, ni Amadís ni Cecilia sabían qué significaba.

Antes de llegar, Didí les había prometido un café para calentarse, pero nadie se acordó de eso. Cayeron en la cama tan pronto se pudieron quitar las más estorbosas de sus prendas. Amadís no se quitó nada. Durante un segundo, que a todos les pareció un siglo Didí se quitó su chamarra y quedó en una blusita color lila, de tirantes, que resaltaba su pecho. Luego se puso un suéter rosa y pasó al baño a enjuagarse la boca y a quitarse el brasier. Cuando Didí regresó a hablarles de ir a comer por la mañana, todos saborearon el olor a menta que había en sus palabras, y se apresuraron, avergonzados, a tomar relevos para quitarse el olor a tabaco de sus propias bocas.

No hubo nada más: apagaron la luz y se acostaron. Había espacio suficiente para que durmieran sin tocarse, pero el frío de la noche era un buen pretexto. En el extremo izquierdo durmió Cecilia; acurrucándose junto a ella se acostó Didí; y acurrucándose junto a Didí, Zoé. Sólo Amadís, en el extremo derecho, durmió dándoles la espalda. Era la primera vez que se quedaba con las chicas y no sabía exactamente cómo había pasado.

Zoé escuchó a Cecilia roncar casi de inmediato.

—¿Ama? —preguntó, y no obtuvo respuesta. —¿Didí?

—¿Qué pasó? —le dijo la voz de su amiga y anfitriona.

—Nada. Hace frío —le dijo Zoé, abrazándola con el brazo.

—Sí. Hace frío —le dijo Didí, y Zoé sintió que estaba sonriendo

Didí se acomodó, arqueando sus espalda como si estuviera estirándose para empezar el día. Su trasero quedó, como casualmente, sobre las piernas de Zoé. Ella dobló sus rodillas para ajustarse al cuerpo de su amiga; también empezó a frotar el antebrazo de su suéter para darle calor.

Zoé no sabía hasta dónde podía —o quería— llegar. Los ronquidos de Cecilia le cortaban el pensamiento. ¿Y si sólo se lo preguntaba a Didí?

—Oye… —empezó Zoé, mientras su brazo se iba posando sobre la cintura de Didí.

—Sh —la interrumpió ella. —Vas a despertar a Amadís.

Zoé no sabía cómo interpretar eso. ¿Estaban pensando lo mismo? Con toda la sutileza que tenía, buscó el extremo del suéter de Didí y se coló un momento en él para sentir la piel de su cintura. La mano de Didí exploró a ciegas hasta que encontró la cara de Zoé e intentó acariciarla justo como cuando se habían besado. Zoé sonrió y empezó a acariciar la cintura de Didí, como si quisiera calentarla con pequeñas fricciones; solo con eso, la respiración de Didí empezó a cambiar.

Zoé fue poco a poco ganándole terreno al suéter, hasta que llegó al ombligo tierno de Didí, y empezó a circundarlo con la yema de los dedos. Mientras, besó sin sonido el hombro de su amiga, por encima del edredón.

Mucho tiempo estuvieron así, porque Zoé necesitaba calcular su atrevimiento. El diámetro de los círculos subía cada vez más, y pasaba ya por el diafragma. Cuando Zoé pasaba por la zona intermedia de las costillas, sus yemas sentían cómo Didí contenía el aire. Y finalmente pasó. Las uñas rozaron la línea inferior de los pechos de Didí, que jaló aire y se estremeció. Zoé dejó los círculos en el ombligo y eligió el pecho derecho (el que le quedaba más a la mano). Dibujó con sus dedos todo el contorno inferior, sintiendo la piel erizarse, pero ya no de frío.

Sólo muy poco a poco, Zoé pasó al resto del pecho, jugando a apretarlo un poquito, y acariciando delicadamente la aureola. Allí Didí empezó a gemir. O no exactamente a gemir. ¿Has estado con alguien que, con ese pequeño placer del roce, empiece a ronronear? ¿A respirar como un niño asmático o como un globo que pierde aire sin que nadie se dé cuenta? Bueno, así empezó a gemir Didí.

Pero Didí era hermosa, y las personas hermosas se sienten un poco vulnerables cuando otra persona, que también les gusta, las hace sentir un placer tranquilo y discreto. Por eso, Didí se burló:

—Ya te gustaron, ¿no?… Cecilia es la que tiene mejores pechos. ¿No quieres despertarla a ella?

—¡Qué tonta eres! —exclamó Zoé, en un suspiro tierno.

Finalmente, Didí se volteó a ver a Zoé y se besaron. Se cruzaron las piernas y empezaron a friccionarse. El ruido y la incomodidad las detuvieron casi de inmediato. De la forma más discreta que pudieron, se soltaron los pantalones, los empujaron hacia abajo con las piernas y se quedaron en ropa interior. Ahora sí se abrazaron los muslos y, de forma casi intuitiva, las manos de una pasaron a la cintura de la otra. Luego, empezaron a hacer pequeños círculos cariñosos sobre sus glúteos y sus piernas.

Didí fue la que decidió pasar al siguiente nivel. Quiso ver cómo estaba Zoé. Primero detuvo lo que estaba haciendo y aplicó tres dedos sobre el pubis de su amiga, sobre su ropa interior. Así, sintiendo cómo debajo de la tela se enmarañaba el vello púbico de Zoé, quería preguntarle si podía tocarla. Su amiga entendió y asintió con desesperación.

Didí empezó acariciando su vello púbico, sintiendo su textura, enredándolo un poquito entre sus dedos. Luego sintió cómo la humedad de Zoé había dejado un rocío delicado en la cara interna de sus muslos. Después fue sintiendo las diferencias de las texturas: la parte más externa del pubis, con su piel firme y fresca, los labios mayores, suaves, cargados de humedad como una esponja, y finalmente, el gran premio, la causa de todo. Los pétalos profundos de la flor, impermeables, dúctiles, como un plástico ligero y divino, como un pez en la corriente de un río.

Tres dedos sobre la vulva, poco a poco, con cariño. Así le habían enseñado sus amigas universitarias hacía un par de años. Los ojos de Zoé se iban cerrando con fuerza. Luego Didí hizo algo que no le habían enseñado. Tomó la mano con la que estaba masturbando a Zoé y la llevó hasta su propio sexo. Zoé, confundida porque su amiga dejara de tocarla, se pronto se dio cuenta de que Didí se estaba masturbando. De inmediato, Didí llevó esa misma mano de nuevo al sexo de Zoé.

—Ahora estamos unidas —le dijo.

Zoé no pudo más y la besó en la boca bestialmente. Se levantaron de rodillas y empezaron a masturbarse mutuamente. Luego, cuando una se cansaba, la otra se ponía encima suyo y la masturbaba con más fuerza. Zoé perdió su blusa cuando Didí decidió que quería ver sus pechos (pequeños, oscuros y duros); a ella le avergonzaba, pero Didí la tranquilizó tocándolos lentamente y jugando a besarlos.

En algún momento, cuando Zoé estaba arriba, quiso saber cómo se sentía el sexo de Didí debajo del suyo. Tomó una pierna de ella y la puso sobre su hombro, intentando que sus sexos se tocaran.

La fricción no era tanta como querría, pero a Zoé le excitaba muchísimo sentir a Didí debajo suyo, saber que estaba teniendo sexo con ella, pensar que “se la estaba cogiendo”. Así, ya casi estaba por acabar cuando Didí le dijo:

—¡Ay, Zoé! ¡Ya despertaste a Amadís!

Asustadísima, Zoé se detuvo de inmediato, se bajó de Didí y se acurrucó en el lugar en el que se suponía que estaba durmiendo. Pero, después de unos segundos pensó que no tenía idea de por qué Didí decía eso. Amadís seguía siendo el bulto inanimado que había sido toda la noche, y ni un sonido salía de su inmovilidad. Pero Didí cambió su lugar con Zoé y se acercó a él. Lo abrazó como Zoé la había abrazado a ella, y empezó a acariciarlo. De pronto, Zoé se dio cuenta de que lo estaba masturbando y eso la llenó de morbo.

Si Amadís originalmente no estaba despierto, por lo menos ahora sí lo estaba. Didí bajó sus pantalones hasta que Zoé pudo ver, mal iluminado, el miembro de Amadís. El glande color lila palpitaba, oprimido por la mano de Didí.

—Ya está para estallar. Es que nos ha estado oyendo —le dijo Didí a Zoé.

—No es cierto —dijo Amadís. Por el tono de su voz, Zoé supo que mentía.

Didí parecía estarse divirtiendo. Daba clics a la punta del glande, jugando con la humedad que salía del él y frotaba la banda color púrpura que tenía por debajo. Luego, se acostó en una de las piernas de Amadís y, mientras lo masturbaba a unos pocos centímetros de su cara, le sonrió con una ternura casi inocente. “¿Quiere excitarlo?”, se preguntó Zoé, “¿o es que de verdad estamos siendo amigos inocentes mientras tenemos sexo?”. De pronto se dio cuenta de que Amadís estaba viendo sus pechos. Su primera respuesta instintiva fue cubrirse, pero al ver mejor los ojos tiernos de Amadís se sintió halagada y le sonrió.

—¿Quieres besarme? —le preguntó.

Amadís le dijo que sí, y Zoé lo besó, primero en la mejilla, luego en la comisura de la boca y finalmente en los labios.

Amadis estuvo a punto de acabar cuando Didí lo besó en el tronco del pené. Pero no. En ese momento Didí se detuvo y se puso a hablar:

—¿Ya has chupado uno? —le preguntó a Zoé.

—¡No! —exclamó ella con cierto asco.

—Entonces te lo vas a tener que meter —se rió Didí.

—Eso sí. Mejor eso —aclaró Zoé.

Zoé estaba acostada de costado. Didí alzó una de sus piernas hacia arriba, abriendo un poco el camino hacia su vulva. Así, de ladito, Amadís fue introduciéndose. Zoé estaba bastante lubricada y Amadís no tuvo más problemas en entrar que su propio tamaño. A la mitad, Zoé le puso la mano en el pecho, pidiéndole que se detuviera. Usando esa profundidad como “punto máximo”, Amadís salió y volvió a entrar, poco a poco.

Zoé estaba estupefacta. Desde afuera no se notaba que Amadís superara tanto su profundidad. Seguro era posición que Didí había elegido. Y sí. En la oscuridad, pudo ver que Didí que aún sostenía su pierna, sonreía por el éxito de la posición que le había elegido a Zoé. Cuando se dio cuenta de esto, Zoé se relajó mucho, y su pequeño dolor empezó a convertirse en un placer considerable. Poco a poco, empezó a indicarle con su respiración a Amadís que siguiera, que poco a poco podía albergar más de su extensión.

Amadís era vigoroso y exacto. Cuando por fin llegó a metérsela hasta el fondo, fue ganando velocidad poco a poco. Veía a los ojos a Zoé y a ella le parecía que su amigo se sentía honrado de estar con ella… o “en” ella. ¿Y Didí? Haciendo una especie de twister (porque aún sostenía su pierna), Didí empezó a tocar delicadamente el clítoris de Zoé. La paredes de su sexo se estrecharon, pero Amadís no disminuyó el ritmo. No iba a dejar que la estrechez de Zoé lo rechazara. Un momento antes de entregarse al placer más irracional, Zoé se preguntó si ese iba a ser el mejor sexo de su vida.

La parte más atlética del sexo duró apenas unos diez minutos. Amadís subió la velocidad y ya no volvió a bajarla. Arremetió con todo su peso, sobre las piernas de Zoé. En algún momento, Didí soltó la pierna de ella y la posición se deshizo. Amadís quedó como misionero sobre Zoé y por fin pudo ver sus pechos. Eran pequeños y firmes, y Amadís bajó a besarlos con cariño. Mientras, tomó a Zoé por las nalgas, para no reducir el ritmo. Las manos grandes de Amadís empezaron a controlar las embestidas. Zoé había perdido el control sobre sus movimientos y eso, de una manera muy extraña, la hacía disfrutar, abandonándose a la fuerza de Amadís.

Junto a ella, Didí se masturbaba y el olor frutal de su piel mojada, mezclado con la acidez de su sexo, iban inunando el cuarto.

En cierto punto, Didí, que aún se estaba masturbando, se irguió de rodillas, le puso una mano en el pecho a Amadís y lo besó. En ese momento, la tensión se juntó en las piernas de Zoé, que arañó las nalgas de Amadís sin querer. Sentía que se derretía; las paredes de su sexo apretaron de golpe tres veces el miembro de Amadis. Sin querer, los ojos de Zoé se desorbitaron (lo que le dio mucha vergüenza) y su espalda se contrajo un momento, para luego caer pesada y sonoramente sobre el colchón. Estaba acabada.

Pero Amadís no se detuvo. Mientras seguía besando a Didí, le daba aún con más fuerza a Zoé… y no es que a ella le incomodara, pero ya no estaban en el mismo plano.

—Déjala, déjala. Se va a quedar dormida. Ven conmigo —le dijo Didí a Amadís.

Efectivamente, Zoé se quedó dormida casi de inmediato. Entre sueños, le parecía ver cómo Didí montaba a Amadís. Él se erguía, poniendo sus puños hacia atrás, contra el colchón, para mantenerse sentado. Mientras, ella lo abrazaba fuertemente del cuello, lo besaba profundamente y le saltaba dentro y fuera del miembro, haciendo botar toda la cama. Luego, telón. Negro total.

Al día siguiente, Didí por fin puso café. El olor tostado llenó el cuarto acogedoramente y despertó a los demás. Cecilia agarró su taza con ambas manos, le sopló muy de cerca para que el vapor caliente le regresara a la cara, y exclamó:

—¡Dios, qué cansada estaba! ¡Y qué bien se duerme en tu cama!

Albureando esta última parte del diálogo, los tres amigos rieron. Cecilia hizo esa cara de molestia que siempre hace la gente contra la que se dice un albur, y añadió quejumbrosamente:

—¡No se burlen! Que justo acabo de soñar que los cuatro teníamos sexo.

Amadís y Zoé se quedaron paralizados sin saber qué decir. Por suerte para ellos, Cecilia estaba mirando la reacción de Didí, que se rió y dijo:

—Bueno, Ceci, bonita, tú y yo ya nos acostamos una vez.

—¡Cállate! —la reconvino Cecilia. —Esas cosas no se dicen.

Afuera, las canastas de pan empezaban sus recorridos mañaneros y las palomas reconquistaban el techo de las iglesias.

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