Visitando con sus amigos a la tía (3)

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T. Lectura: 12 min.

Elena cerró los ojos y, por primera vez en toda la noche, decidió simplemente dejarse llevar. No pensó, no analizó, no se preguntó qué significaba esto o qué vendría después. Solo respiró profundo, dejó que el calor del tequila y las manos ajenas la envolvieran por completo, y se rindió al flujo.

Las bocas llegaron sin orden, sin nombres. Una se posó en su cuello, justo donde la piel se volvía más sensible, besos suaves al principio que se volvieron más húmedos, más insistentes, dejando un rastro de saliva que se enfriaba con el aire del ventilador. Otra boca encontró la suya: labios que ya conocía —quizá Mateo, quizá Diego—, lengua que se deslizaba lenta, explorando sin prisa, saboreando el regusto a limón y sal que aún quedaba. Elena correspondió con un gemido ahogado que vibró contra esa boca, sus manos subiendo instintivamente para enredarse en el cabello de quien la besaba.

Mientras tanto, otra boca descendía por su pierna: besos abiertos desde el tobillo, subiendo por la pantorrilla, deteniéndose en la corva para lamer despacio la piel sensible de ahí, luego continuando hacia el interior del muslo. Cada beso era un punto de fuego que se expandía, y Elena arqueó la espalda sin querer, un movimiento que hizo que uno de los tirantitos de su blusa negra se deslizara por el hombro, cayendo hasta el codo. La tela se arrugó, dejando al descubierto el pecho derecho, el pezón café claro ya endurecido por el roce del aire y la anticipación.

Una mano cubrió ese pecho al instante. No con rudeza; con reverencia contenida. El pulgar rozó el pezón en círculos lentos, presionando suficiente para hacerla jadear contra la boca que la besaba. Otra mano se posó en su muslo opuesto, dedos que se abrían y cerraban en la carne suave, subiendo lento, deteniéndose justo donde la piel se volvía más caliente, más húmeda, sin cruzar la línea pero amenazando con hacerlo.

El placer era abrumador. Bocas, lenguas, manos, respiraciones calientes contra su piel. Cada roce se sentía multiplicado, cada beso como una descarga eléctrica que bajaba directo entre sus piernas. Elena ya no sabía quién era quién, ni le importaba. Solo sentía cuerpos alrededor, respiraciones aceleradas, el roce de telas contra su piel, el calor que crecía en su vientre como una marea lenta pero imparable.

Nadie hablaba. No había palabras necesarias. Solo sonidos: gemidos bajos, respiraciones entrecortadas, el chasquido húmedo de besos que se separaban y volvían a unirse, el roce de dedos contra tela y piel. Elena abrió la boca para soltar un suspiro cuando una lengua trazó la curva de su oreja, mientras otra boca succionaba el pezón expuesto, y la mano en su muslo apretaba con más fuerza, los dedos rozando el borde del short gris, sintiendo la humedad que ya se filtraba entre la tela.

Ella levantó las caderas un poco, instintiva, buscando más contacto sin pedirlo en voz alta. Las manos respondieron, una se deslizó bajo el short, rozando apenas la ropa interior; otra apretó el pecho, pellizcando el pezón con delicadeza. Las bocas seguían moviéndose, una en su boca, profunda y lenta; otra bajando por el abdomen, besando donde la blusa se había subido; la tercera en muslo, cada vez más al centro.

Elena temblaba de puro exceso de sensación. El placer crecía en oleadas, cada vez más difíciles de contener. Sus manos se movían sin control, una enredada en un cabello; la otra aferrándose al respaldo del sofá como si necesitara anclarse a algo. El mundo se reducía a piel contra piel, a calor, a humedad, a respiraciones que se sincronizaban sin que nadie lo planeara.

Y aún así, nadie apresuraba el final. Todo seguía lento, deliberado, como si supieran que romper el ritmo ahora sería perderlo todo. Solo seguían tocando, besando, respirando contra ella, dejando que la tensión se acumulara hasta el punto en que ya no había vuelta atrás. Elena estaba perdida en eso, en el centro de un torbellino de manos y bocas, que no quería que terminara.

Los tocamientos se volvieron más urgentes, menos contenidos. Las manos que antes masajeaban ahora exploraban con hambre contenida: dedos que se deslizaban bajo la tela del short gris, rozando la humedad que ya empapaba la ropa interior; palmas que apretaban los senos con más firmeza, pellizcando los pezones alargados hasta hacerla arquear la espalda. Las bocas se multiplicaban: una succionando el lóbulo de la oreja, otra trazando la línea de la clavícula, la tercera besando con lengua abierta la cara interna del muslo, cada vez más cerca del centro.

Hubo un instante de duda colectiva, casi palpable. Las respiraciones se detuvieron un segundo. Mateo levantó la vista desde el cuello de Elena, buscando sus ojos. Diego, con la mano ya bajo el short, se quedó quieto, esperando una señal. Luis, que besaba su hombro, se apartó apenas, como si temiera haber ido demasiado lejos.

Elena no dijo nada. Solo abrió los ojos un poco más, los miró uno por uno con esa mirada vidriosa, pesada de deseo, y asintió despacio. Fue un gesto mínimo, pero suficiente. No hubo palabras; solo el sonido de su respiración acelerada y el roce de telas.

Mateo fue el primero en decidirse. Sus manos subieron por los costados de Elena, agarraron el borde de la blusa de tirantitos y la levantaron con lentitud deliberada. Ella cooperó al instante: levantó los brazos, dejó que la prenda se deslizara por su cabeza y cayera al suelo. Sus senos medianos quedaron expuestos por completo, los pezones café claro erectos, alargados y la excitación del momento. Elena no se cubrió; solo respiró hondo, el pecho subiendo y bajando.

Diego no se quedó atrás. Se inclinó, enganchó los dedos en la cintura del short gris y de la ropa interior al mismo tiempo, y los bajó juntos por sus caderas delgadas. Elena levantó las caderas para ayudarlo, un movimiento instintivo y fluido. El short y las bragas cayeron al suelo, dejando su sexo al descubierto: poco vello, solo un triángulo recortado arriba, labios hinchados y brillantes de excitación.

Elena se recostó del todo en el sofá, la cabeza apoyada en el respaldo, las piernas ligeramente abiertas. Los tres chicos se miraron un segundo —un intercambio rápido, casi eléctrico— y entonces empezaron a quitarse la ropa. Las camisetas volaron: primero Mateo, revelando un torso joven, definido por el fútbol y las pesas ocasionales; luego Diego, más ancho de hombros, con algo de vello en el pecho; por último Luis, más delgado pero tonificado, la piel ligeramente bronceada.

Se quedaron en bóxer, los tres visiblemente erectos, la tela tensa marcando sus formas. Elena los miró, realmente los miró por primera vez esa noche. Ya no veía a los amigos de su sobrino, a los chicos que habían llegado riendo y bromeando. Veía hombres. Hombres jóvenes, fuertes, con los músculos tensos por el deseo, con los ojos oscuros fijos en ella, respirando agitados. Hombres que la deseaban con una intensidad que hacía tiempo no sentía dirigida hacia su cuerpo. Y ella los deseaba igual: los quería dentro, los quería sobre ella, los quería a todos.

Mateo se arrodilló entre sus piernas primero. Bajó la cabeza despacio, besó el interior de los muslos una última vez antes de llegar al centro. Su lengua la abrió con suavidad, lamiendo desde abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris hinchado para succionarlo con delicadeza. Elena soltó un gemido largo, las caderas levantándose hacia su boca. Diego se inclinó sobre ella y capturó su boca en un beso profundo, lengua contra lengua, mientras su mano libre acariciaba el seno izquierdo, pellizcando el pezón. Luis se ocupó del derecho: boca caliente cerrándose alrededor del pezón, succionando con fuerza, lengua girando en círculos.

El placer era cegador. Elena ya no razonaba. Las imágenes se fragmentaban: la lengua de Mateo moviéndose en su clítoris, succionando, penetrando ligeramente con la punta; la boca de Diego devorando la suya; los dientes de Luis rozando apenas el pezón sensible. Sus manos se movían solas: una enredada en el cabello de Mateo, empujándolo más contra ella; la otra alternando entre la nuca de Diego y el hombro de Luis.

Luego alternaron sin palabras. Diego tomó el lugar de Mateo entre sus piernas, su lengua más ancha, más insistente, lamiendo con movimientos largos que la hacían temblar. Mateo subió y besó su boca, saboreando en sus labios el gusto de su propia excitación. Luis se quedó en los senos, alternando entre uno y otro, mordisqueando suavemente.

Elena tenía la mirada perdida. Los ojos apenas abiertos, pupilas dilatadas, vidriosos de placer. La boca entreabierta, jadeos constantes, gemidos que subían de tono cada vez que una lengua encontraba el punto exacto. Su cuerpo se arqueaba, las caderas moviéndose contra la boca que la devoraba, las manos aferrándose a quien estuviera más cerca. El alcohol amplificaba todo: cada lamida se sentía como una descarga, cada pellizco en los pezones como fuego líquido que bajaba directo a su sexo.

No había prisa. Solo placer acumulado, cuerpos calientes, respiraciones sincronizadas. Elena estaba abierta, entregada, dispuesta a todo lo que viniera después, ya no tenía control sobre su cuerpo; solo era una corriente de sensaciones que la arrastraba. La lengua de Diego entre sus piernas se movía con más insistencia ahora: lamidas largas y planas que cubrían toda su vulva, luego succiones rápidas y precisas en el clítoris hinchado, alternando con la punta que entraba apenas en su entrada, saboreando la humedad que no dejaba de fluir. Cada roce era como una chispa que se encendía más fuerte, más cerca del borde. Sus caderas se movían solas, empujando contra esa boca, buscando más presión, más profundidad.

Mateo y Luis habían subido la intensidad en sus senos: bocas calientes cerrándose alrededor de los pezones, succionando con fuerza rítmica para enviar descargas directas a su sexo. Las manos de uno apretaban el otro pecho, pellizcando y rodando el pezón entre los dedos, mientras la otra mano bajaba por su abdomen, dedos que se hundían en la carne suave de su vientre y luego volvían a subir.

El clímax llegó como una ola que no se podía detener. Empezó como un calor profundo en el bajo vientre, un nudo que se apretaba cada vez más con cada lamida, cada succión, cada pellizco. Elena sintió que su interior se contraía en espasmos involuntarios, los músculos de su vagina apretándose alrededor de nada, deseando ser llenada. Su respiración se volvió jadeos cortos, entrecortados, y entonces estalló.

Un orgasmo brutal la atravesó de pies a cabeza. Gritó ahogado contra la boca que la besaba —no recordaba de quién era—, el cuerpo arqueándose tanto que casi se levanta del sofá. Las contracciones eran fuertes, rítmicas, cada una enviando oleadas de placer que le nublaban la vista, que le hacían temblar las piernas. Sintió un chorro caliente de humedad salir de ella, empapando la boca de quien la devoraba abajo, y el placer se volvió casi doloroso de tan intenso. Sus uñas se clavaron en el hombro más cercano, en el cabello que tenía entre los dedos, y por un momento todo se volvió blanco: solo calor, solo pulsos, solo el eco de su propio gemido prolongado resonando en sus oídos.

Pero ellos no se detuvieron.

Ni siquiera le dieron tiempo a bajar del pico. La lengua siguió lamiendo, ahora más suave pero sin pausa, recogiendo cada gota de su orgasmo, prolongando las contracciones residuales. Los pezones seguían siendo succionados, mordisqueados con delicadeza cruel. Elena temblaba, hipersensible, cada roce ahora amplificado al máximo por el alcohol y el clímax reciente.

En algún momento —no supo cuándo, el tiempo se había vuelto borroso— sintió que las bocas se apartaban de sus senos. Oyó el roce de telas cayendo al suelo, el sonido de bóxers deslizándose por muslos jóvenes y fuertes. Cuando abrió los ojos apenas, los vio: completamente desnudos, los cuerpos tensos, los penes erectos apuntando hacia ella, venosos, brillantes en la punta por la excitación previa.

Dos de ellos —Mateo y Luis, o quizá Diego y Mateo, ya no distinguía— se acercaron a su cara, arrodillados a cada lado del sofá. Los penes quedaron a centímetros de sus labios, calientes, oliendo a piel masculina y deseo crudo. Elena no dudó. Giró la cabeza hacia uno, abrió la boca y lo tomó despacio: la cabeza primero, lengua rodeándola, saboreando el sabor salado de su humedad. Chupó con suavidad, luego más profundo, dejando que se deslizara hasta donde su garganta lo permitía. Con la mano izquierda alcanzó al otro, envolviéndolo con dedos firmes, masturbándolo en movimientos lentos y largos, el pulgar rozando la parte inferior del glande en cada subida.

El tercero —el que había estado entre sus piernas— siguió besándola ahí abajo: lengua plana lamiendo desde el perineo hasta el clítoris, succionando suavemente los labios hinchados, entrando con la punta en su entrada todavía palpitante. Elena sentía todo al mismo tiempo, una sobrecarga sensorial que la mantenía al borde de otro orgasmo sin haber bajado del primero.

Lo que sentía era abrumador, en la boca el peso caliente y duro de un pene deslizándose, la piel suave contra su lengua, el sabor salado que se intensificaba con cada movimiento de su cabeza. Cada vez que lo tomaba más profundo, sentía su propia garganta relajarse, el reflejo de arcada controlado por el deseo, y el gemido que vibraba contra él hacía que el dueño jadeara.

En la mano sentía la textura venosa, el calor pulsante, la forma en que se endurecía más con cada caricia. Sentía las venas bajo sus dedos, el glande hinchado que se mojaba con su propia saliva cuando cambiaba de mano para lubricarlo mejor. El ritmo era instintivo: apretaba más fuerte cuando el que tenía en la boca gemía, aflojaba cuando sentía que estaba cerca.

Entre las piernas esa la lengua que no paraba, lamiendo su clítoris hipersensible hasta hacerla temblar de nuevo, entrando y saliendo de su vagina empapada, recogiendo cada gota de su orgasmo anterior. Cada lamida era como una corriente que subía por su columna, haciendo que sus caderas se movieran solas, buscando más fricción.

Elena ya no razonaba. Solo sentía: bocas, lenguas, penes, manos, calor, humedad, pulsos. Su mirada estaba perdida, ojos entreabiertos y desenfocados, lágrimas de placer acumulado en las comisuras. Gemía alrededor del miembro en su boca, el sonido amortiguado pero constante, vibrando contra la carne. Su cuerpo entero era una sinapsis viva: cada roce, cada lamida, cada caricia la llevaba más alto, más profundo en un placer que no tenía fin.

Y ellos seguían, sin prisa por terminar, prolongando el momento, alimentando su entrega absoluta.

El que estaba entre sus piernas —Elena ya no distinguía nombres ni rostros, solo cuerpos calientes y deseosos— se incorporó despacio. Sus manos temblaban ligeramente cuando se colocó entre sus muslos abiertos. Elena sintió la cabeza roma del pene rozar su entrada: caliente, resbaladiza por su propia humedad y la saliva anterior. Era Diego, quien empujó con timidez al principio, solo la punta entrando, deteniéndose como si temiera romper algo. Elena soltó un gemido bajo, arqueando las caderas hacia arriba en invitación muda. Él entendió: empujó un poco más, lento, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro.

La sensación fue abrumadora. Elena sintió cómo la llenaba por completo, cómo sus paredes internas se ajustaban alrededor de él, todavía sensibles por el orgasmo reciente. Diego se quedó quieto un segundo, respirando agitado contra su cuello, y luego empezó a moverse: embestidas suaves, casi tímidas, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con cuidado. Cada movimiento hacía que Elena jadeara, las manos aferradas a los hombros de él, las uñas clavándose en la piel.

Pero la timidez duró poco. El ritmo se aceleró casi sin que nadie lo decidiera. Diego empezó a bombear con más fuerza, más profundo, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenando la sala junto con los gemidos ahogados de Elena. Ella levantó las piernas, envolviéndolas alrededor de su cintura, clavando los talones en sus glúteos para que entrara más hondo. Cada embestida golpeaba justo en ese punto interno que la hacía ver estrellas; el placer volvía a acumularse, más rápido esta vez, más crudo.

De pronto, manos la tomaron por las caderas y la giraron con suavidad pero con decisión. Elena se encontró de rodillas sobre el sofá, en cuatro, el pecho apoyado en el respaldo, el culo en alto. Alguien —Mateo esta vez— se colocó detrás de ella. Sintió el pene rozar su entrada, luego entrar de un solo empujón firme, llenándola hasta el fondo. Elena gritó de placer, la cabeza echada hacia atrás. Mateo empezó a bombear con fuerza, las manos agarrando sus caderas, tirando de ella hacia atrás con cada embestida. El ángulo era perfecto: cada golpe llegaba directo al punto sensible, haciendo que sus piernas temblaran.

Al mismo tiempo, otro pene apareció frente a su cara —Luis, o quizás Diego, ya no importaba—. Elena abrió la boca sin dudar, tomándolo con avidez. Chupaba con hambre, la lengua girando alrededor del glande, bajando hasta donde podía, mientras su cuerpo se sacudía con cada embestida desde atrás. La saliva le corría por la barbilla, mezclándose con el sudor; gemía alrededor del miembro, vibraciones que hacían jadear al que tenía en la boca.

Entonces la cambiaron de nuevo, como si hubieran coreografiado cada movimiento sin hablar. El que estaba detrás se salió, y Elena se giró. Uno de ellos —Diego— se sentó en el sofá, las piernas abiertas, el pene erecto apuntando al techo. Elena se subió a horcajadas sin que se lo pidieran, guiándolo dentro de sí con una mano temblorosa. Bajó despacio al principio, sintiendo cómo la abría de nuevo, cómo la llenaba en esa posición. Cuando estuvo completamente sentada, soltó un gemido largo y empezó a moverse: subiendo y bajando, girando las caderas en círculos lentos que lo hacían jadear.

Diego levantó las manos a sus senos, los tomó con fuerza y se los llevó a la boca. Chupó un pezón con hambre, mordisqueando, lamiendo el otro con la lengua plana mientras Elena aceleraba el ritmo. Los otros dos se acercaron, arrodillados a cada lado del sofá. Sus penes, duros y brillantes, quedaron frente a la cara de Elena. Ella alternaba: tomaba uno en la boca, chupaba con fuerza unos segundos, luego pasaba al otro, masturbando al primero con la mano húmeda de saliva. A veces los dos a la vez: lengua en uno, mano en el otro, o los dos, glande contra glande rozando sus labios abiertos.

Era una escena cruda, exagerada, irreal. Elena no podía creer que estuviera en el centro de eso: tres hombres jóvenes, fuertes, cogiéndola sin pausa, sus cuerpos sudorosos chocando contra el suyo, sus gemidos mezclándose con los de ella. Pero lo estaba disfrutando. Muchísimo. El placer era tan intenso que rayaba en lo abrumador: la sensación de estar llena por delante y por detrás al mismo tiempo, los pezones succionados hasta doler de placer, la boca ocupada alternando entre dos penes calientes, el sabor salado en la lengua, el olor a sexo y sudor llenando todo.

Elena cabalgaba sobre Diego con un ritmo cada vez más frenético, sus caderas girando y bajando con fuerza, sintiendo cómo su pene la llenaba por completo, rozando ese punto profundo que la hacía jadear sin control. El sudor cubría su cuerpo delgado por completo: gotas resbalando por su espalda curva, por el valle entre sus senos medianos, empapando los mechones sueltos de su cabello ondulado negro que se habían escapado de la coleta deshecha. Su piel brillaba bajo la luz cálida de la sala, caliente y pegajosa, el olor a sexo y transpiración mezclándose con el zumbido persistente de los ventiladores. Cada movimiento hacía que sus muslos temblaran, los músculos tensos por el esfuerzo, y el placer se acumulaba de nuevo, un nudo apretado en su vientre que se expandía con cada embestida.

El segundo orgasmo empezó con un calor abrasador en su interior, sus paredes internas contrayéndose alrededor del pene de Diego. Elena gritó, su cuerpo convulsionando, arqueándose hacia atrás mientras olas de placer la atravesaban. Sintió un chorro de humedad salir de ella, empapando los muslos de Diego. Sus piernas lo apretaron, temblando, y el sudor se volvió más profuso, resbalando por su abdomen, por sus caderas, dejando rastros brillantes en su piel. No podía respirar con normalidad, mientras el clímax la dejaba exhausta pero aún deseosa, el cuerpo hipersensible a cada roce.

Elena, tomó el control para llevarlos al final. Alternaba la boca y la mano entre Mateo y Luis con más urgencia, chupando profundo, masturbando con movimientos firmes y rápidos, su saliva lubricando todo. Sintió cómo Mateo se tensaba primero: su pene palpitando en su boca, y con un gemido ronco, descargó dentro. Elena lo mantuvo un segundo, sintiendo el chorro caliente y salado golpear su lengua.

Luis fue el siguiente. Elena lo masturbó con más fuerza, la mano apretando en la base y deslizándose hacia arriba con un giro en la muñeca. Él jadeó, y descargó en su palma abierta, chorros calientes y espesos que se acumularon en su mano. Ella lo miró con ojos vidriosos, sintiendo el calor pegajoso contra su piel, y luego se limpió con una servilleta

Diego, aún dentro de ella, fue el último. Elena aceleró el ritmo, bajando con más fuerza, apretando sus músculos internos alrededor de él. Él gruñó, y ella se levantó justo a tiempo, guiando su pene con la mano para que descargara sobre su vientre: chorros blancos y calientes salpicando su piel sudada, resbalando por su abdomen plano.

Cuando todo terminó, hubo un silencio breve, roto solo por respiraciones pesadas y el zumbido de los ventiladores. Elena se dejó caer un poco hacia adelante, aún sentada en las piernas de Diego, con el pecho subiendo y bajando. Miró a los tres con una sonrisa cansada pero satisfecha, sin un atisbo de arrepentimiento o escándalo.

—Vaya… esto sí que se salió de control, ¿eh? —dijo cansada, soltando una risita suave, como si estuviera comentando un partido de fútbol que se había ido a tiempos extras.

—¿Ustedes bien?

Mateo, jadeando aún, sonrió y se rascó la nuca. —Sí… wow, Elena. Fue… intenso. ¿Tú estás bien?

Diego, debajo de ella, le rozó la cadera con la mano.

—Más que bien. Gracias por… todo.

Luis, el más tímido, solo asintió, con las mejillas sonrojadas.

—Fue increíble.

Elena rio bajito, negando con la cabeza.

No hubo más palabras profundas; el momento no lo pedía. Los tres chicos se movieron al sofá grande, acomodándose uno al lado del otro, aún completamente desnudos, sus cuerpos jóvenes y sudorosos reluciendo bajo la luz. Elena se levantó despacio, limpiándose el vientre antes de unirse a ellos. Se acostó atravesada sobre sus piernas: la cabeza en el muslo de Mateo, el torso sobre el de Diego, y las piernas extendidas sobre Luis. No dijeron mucho. El ambiente era cálido, sin prisa por vestirse o analizar lo sucedido.

Dejaron que las caricias continuaran, pero ahora de manera delicada, casi reverente por lo que acababa de pasar. Mateo pasó los dedos por su cabello ondulado, desenredando mechones sueltos con suavidad, rozando ocasionalmente su sien y bajando por la curva de su oreja. Diego trazó patrones suaves en su espalda, yemas de los dedos siguiendo la columna vertebral, deteniéndose en la curva de su cadera para contornearla con lentitud, como si estuviera memorizando la forma de su cuerpo. Luis, con las piernas de Elena sobre él, rozó los dedos sobre su brazo extendido: desde el hombro hasta la muñeca, un toque ligero que hacía que su piel se erizara de nuevo, pero sin intenciones sexuales; solo un roce reconfortante, como un susurro en la piel.

Elena cerró los ojos, sintiendo el calor de sus cuerpos debajo de ella, el sudor secándose lentamente en su piel. No había palabras; solo ese silencio cómodo, roto por respiraciones sincronizadas y el ocasional roce que decía más que cualquier diálogo. Se quedó ahí, dejándose mimar, sabiendo que la noche había sido un escape perfecto y que por ahora, eso era suficiente.

Continuará.

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