Visitando con sus amigos a la tía (4)

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T. Lectura: 10 min.

Javier, el sobrino de Elena, se despertó con un dolor de cabeza punzante, la boca pastosa y un regusto amargo que le recordaba las cervezas de más. La habitación de visitas estaba a oscuras, salvo por la luz tenue que se filtraba del pasillo. Se incorporó despacio, el cuerpo pesado por el alcohol residual, y miró el reloj en su celular: casi las dos de la mañana. ¿Cuánto había dormido? Recordaba vagamente a su tía Elena llevándolo a la cama, pero todo lo demás era un borrón.

Se levantó tambaleante, sintiendo la urgencia en la vejiga. Caminó al baño adjunto, encendió la luz y se miró en el espejo: ojos rojos, cabello revuelto, cara pálida. Se enjuagó la boca con agua fría del grifo, escupiendo varias veces, luego alcanzó el enjuague bucal que su tía siempre dejaba ahí —mentolado, fuerte— y se hizo gárgaras, sintiendo el ardor que lo despertaba un poco más. “Mierda, qué peda,” murmuró para sí mismo, negando con la cabeza. Se lavó la cara y se secó con una toalla, intentando aclarar la mente.

Al salir del baño, oyó ruidos extraños provenientes de la sala: gemidos bajos, respiraciones agitadas, el sonido rítmico de cuerpos moviéndose, como un golpeteo suave pero constante. Al principio pensó que era la tele encendida, quizás una película de acción o algo, pero no había voces hablando, solo… placer. Curiosidad mezclada con confusión lo impulsó a caminar por el pasillo, descalzo y en silencio, el corazón empezando a latirle más fuerte.

Llegó al umbral de la sala y se asomó con cuidado, quedándose congelado. Ahí estaba su tía Elena, completamente desnuda, montando a Diego en el sofá grande. Su cuerpo delgado, sudado y brillante bajo la luz amarillenta, subía y bajaba con un ritmo frenético, los senos medianos rebotando, los pezones erectos. Mateo y Luis, también desnudos, estaban a cada lado, con sus penes en la cara de ella; Elena alternaba entre chuparlos y masturbarlos, gemidos ahogados escapando de su boca. Era como una escena sacada de una porno que Javier había visto a escondidas, pero real, cruda, con el olor a sexo flotando en el aire.

Javier sintió un nudo en el estómago. ¿Qué carajos? Era su tía, la mujer casada con su tío, la que lo había criado en parte, la que lo invitaba a tacos y lo trataba como a un hijo. Y ahí estaba, follada por sus mejores amigos, disfrutándolo como si no hubiera mañana. Conflicto lo invadió: ira hacia sus amigos por traicionarlo, por aprovecharse de ella (o era al revés?); celos profundos, porque él siempre había sentido algo por Elena, un crush secreto desde la adolescencia, esa atracción por su forma de ser, su cuerpo sutil; culpa por espiar, por no intervenir. Pero al mismo tiempo, excitación lo traicionaba: su pene se endureció casi al instante bajo los pantalones, el corazón acelerado, la boca seca.

Verla así, vulnerable y poderosa, gimiendo de placer, lo ponía cachondo como nunca. Quería odiarlo, pero su cuerpo respondía con deseo crudo, imaginándose en el lugar de ellos, tocándola, follándola. ¿Por qué le excitaba tanto? ¿Era la traición, el tabú, o simplemente verla como mujer, no como familia?

Entonces vio el clímax: Elena gritó, arqueándose en un orgasmo intenso, el cuerpo temblando, sudor resbalando por su piel. Luego, ella tomó el control, haciendo que Mateo eyaculara en su boca —Javier vio cómo lo escupía en un vasito vacío de la mesa, con una sonrisa práctica—; Luis descargó en su mano, y Diego en su vientre, chorros blancos salpicando su abdomen sudado. Elena se limpió con servilletas, riendo bajito, diciendo algo como “esto se salió de control, pero lo disfrutamos, ¿no?” en un tono casual, sin drama. Los chicos asintieron, murmurando acuerdos, y se sentaron en el sofá grande, desnudos. Elena se acostó sobre sus piernas, la cabeza en uno, el torso en otro, las piernas en el tercero, dejándolos que la acariciaran suavemente: dedos trazando su cadera, rozando su brazo, peinando su cabello ondulado.

Javier no podía moverse, el conflicto rugiendo en su cabeza: debería irse, fingir que no vio nada, pero la excitación lo clavaba ahí, el pene dolorosamente duro. Sin pensar, impulsado por un deseo que nublaba todo, dio un paso adelante y entró a la sala, impulsado por el deseo que le nublaba el juicio, pero el sonido de sus pies descalzos en el piso de madera hizo que los tres chicos se congelaran al instante. Mateo levantó la cabeza de golpe, los ojos abiertos como platos, el pene ya flácido entre sus piernas. Diego se tensó debajo de Elena, las manos quietas en su cadera. Luis soltó un “mierda” ahogado y se cubrió instintivamente con una mano, aunque ya era tarde para disimular. El ambiente se rompió en un segundo: tensión, vergüenza, miedo a que todo se fuera al carajo.

Elena, con la cabeza apoyada en el muslo de Mateo y las piernas extendidas sobre Luis, abrió los ojos despacio. Vio a su sobrino en el umbral, iluminado por la luz tenue del pasillo, el short de pijama marcando una erección a medias que no podía ocultar del todo. Por un instante sintió un pinchazo de culpa —había estado segura de que Javier no despertaría, que la casa estaba vacía para ellos—, pero lo contuvo rápido. No era momento de pánico. Era momento de contener el daño, de manejar la situación con la calma que siempre había usado en sus escapadas pasadas.

—Javier… ven —dijo con voz baja, suave, casi un susurro—. No te vayas. Siéntate aquí un momento.

Los chicos se miraron entre sí, todavía congelados. Mateo murmuró un “¿qué hacemos?” apenas audible, pero Elena levantó una mano sutil, silenciándolos sin mirarlos. Ellos obedecieron: se quedaron quietos, respirando agitados, esperando que ella manejara esto como había manejado todo lo demás esa noche.

Javier dudó en la puerta, el corazón latiéndole en los oídos. Quería correr, quería gritar, quería meterse entre ellos y reclamar lo que sentía que le pertenecía. Pero la voz de su tía lo clavó ahí. Dio otro paso, luego otro, hasta sentarse en el borde del sofá grande, lo más lejos posible de los tres chicos, aunque el sofá no era tan grande como para mantener distancia real.

Elena se movió hacia él con lentitud deliberada. Se arrodilló en el sofá frente a Javier, las rodillas hundiéndose en los cojines, el cuerpo desnudo a centímetros del suyo. No lo tocó de inmediato; solo lo miró.

—¿Cuánto viste? —preguntó con calma, sin reproche.

Javier tragó saliva, la voz ronca.

—Todo… lo suficiente.

Ella asintió, como si eso fuera lo que esperaba.

—Está bien. No hay nada que esconder ya. —Hizo una pausa, bajando la mirada un segundo a la erección que tensaba el short de él—. Veo que… no te dejó indiferente.

Javier se sonrojó violentamente, queriendo cubrirse, pero no lo hizo. Elena extendió la mano con delicadeza y le rozó el brazo, un toque ligero, reconfortante.

—No te avergüences. Es normal. Somos humanos. —Su voz bajó aún más—. Lo que pasó con ellos… fue algo que se dio. Nadie obligó a nadie. Y tú… tú también estabas aquí. Te vi mirándome antes, en la piscina, en la tarde. Sé que me has visto de otra forma desde hace tiempo.

Javier abrió la boca para negar, pero no salió nada. Elena tenía razón. Siempre la había tenido.

Ella se acercó un poco más, hasta que sus rodillas rozaron las de él.

—Ven aquí, mi amor.

Lo atrajo hacia ella con delicadeza, guiándolo para que se acercara más al centro del sofá. Los chicos se movieron un poco para darle espacio, pero no se fueron; se quedaron, observándolos con una mezcla de sorpresa y aceptación. Elena empezó por lo simple: un abrazo primero, piel contra piel, su cuerpo cálido y sudado envolviéndolo. Luego, un beso suave en la frente, en la mejilla, y finalmente en los labios —lento, exploratorio, como si estuviera pidiéndole permiso en cada paso.

Javier respondió, al principio tímido, luego con más hambre contenida. Sus manos subieron a la cintura de ella, temblando, y Elena lo dejó hacer, guiándolo poco a poco hacia lo que ambos sabían que vendría.

En su mente, Elena pensó que esto era lo justo. Ellos habían tenido su parte esa noche. Javier también merecía la suya, si la quería. No se lo dijo en voz alta; no hacía falta. Solo lo pensó, con esa claridad tranquila que el alcohol y el deseo le daban: estaba en deuda con él, no por obligación moral, sino porque lo sentía natural, porque veía en sus ojos esa misma mezcla de anhelo y confusión que había visto en los demás, y porque, en el fondo, ella también lo deseaba. Quería sentirlo, quería borrar esa línea que siempre había estado ahí entre tía y sobrino.

No hubo más palabras por ahora. Solo el roce de sus cuerpos acercándose, el silencio roto por respiraciones que se sincronizaban de nuevo, y la certeza de que la noche aún no había terminado.

Elena sintió el beso de Javier profundizarse, sus labios respondiendo con una mezcla de timidez y hambre que le apretó el pecho. No era como con los otros: aquí había algo más tierno, más cargado de historia compartida, de miradas robadas durante años. Cuando él le devolvió el beso con más confianza, Elena supo que no podía seguir en la sala, rodeados de ojos curiosos y cuerpos aún calientes. Esto necesitaba intimidad. No era menospreciar a Mateo, Diego y Luis —ellos habían sido parte del torbellino perfecto de esa noche—, pero con Javier tenía que ser diferente. Más lento. Más real.

Sin romper el beso, Elena deslizó su mano hasta la de él, entrelazó los dedos y se levantó despacio del sofá, tirando suavemente para que la siguiera. Javier se puso de pie, el short todavía marcando su excitación, el cuerpo tenso por los nervios y el deseo.

—Ven conmigo —susurró ella contra sus labios, voz baja para que solo él la oyera.

Los chicos los miraron en silencio. Mateo abrió la boca como para decir algo, pero Elena le lanzó una mirada rápida, serena, que decía “todo está bien”. Ellos asintieron, entendiendo sin palabras. Se quedaron en el sofá grande, desnudos y relajados, respirando profundo mientras veían cómo tía y sobrino desaparecían por el pasillo.

Elena lo llevó al cuarto principal —el de ella y su esposo, con la cama grande, las sábanas aún deshechas de la siesta de la tarde—. Cerró la puerta con suavidad, el clic del cerrojo sonando como un punto final al caos de la sala. La habitación estaba iluminada solo por la lámpara de noche, luz cálida y tenue que hacía que todo pareciera más íntimo, menos expuesto.

—Espérame aquí —le dijo, señalando la cama con un gesto suave—. Siéntate. Vuelvo en un minuto.

Javier asintió, la garganta seca. Se sentó en el borde del colchón, las manos apoyadas en los muslos, el corazón latiéndole tan fuerte que lo sentía en las orejas. Elena desapareció en el baño adjunto, dejando la puerta entreabierta. Se oyó el chorro de la regadera abrirse, el agua cayendo sobre su cuerpo. Javier escuchó el sonido del jabón, el roce de la esponja contra la piel, el agua lavando el sudor, el semen seco de los otros, los rastros de la noche. No se movió. No pensó en huir. Si hubiera querido irse, lo habría hecho en la sala, o en el pasillo. Pero se quedó. Esperó. Nervioso, sí. Excitado, mucho más. Sin vergüenza, aunque una parte de él sabía que debería sentirla.

Minutos después, el agua se cerró. Elena salió envuelta en una toalla blanca que apenas le cubría desde los senos hasta la mitad del muslo. El cabello mojado, ondulado y oscuro, pegado a los hombros y goteando pequeñas gotas que resbalaban por su clavícula. Se había lavado el cuerpo entero, la piel ahora limpia, fresca, oliendo a jabón neutro y a ella misma. Dejó caer la toalla al suelo sin ceremonia, quedando completamente desnuda otra vez, pero esta vez sin la urgencia de antes. Solo piel suave, pezones todavía sensibles, el triángulo de vello recortado arriba de su sexo, las piernas delgadas y ligeramente temblorosas por el cansancio.

Javier la miró desde la cama, sentado todavía, los ojos recorriéndola con una mezcla de reverencia y deseo crudo. No dijo nada. Solo tragó saliva.

Elena se acercó despacio, descalza sobre la alfombra. Se detuvo frente a él, entre sus rodillas abiertas.

—¿Sigues queriendo esto? —preguntó en voz baja, sin presión, solo para confirmar.

Javier levantó la vista hacia ella, los ojos brillantes.

—Sí… tía. Quiero.

Ella sonrió con ternura, una sonrisa que no había usado con los otros esa noche. Se inclinó y lo besó de nuevo, esta vez más lento, más profundo, las manos subiendo a su nuca para atraerlo. Javier respondió con las manos en su cintura, sintiendo la piel tibia y húmeda bajo sus palmas. Elena se apartó apenas, lo suficiente para murmurar contra sus labios:

—Entonces déjame cuidarte a ti ahora.

Lo empujó suavemente hacia atrás hasta que quedó recostado en la cama, las piernas colgando del borde. Elena se arrodilló entre ellas, las manos subiendo por sus muslos, tirando con lentitud del short hacia abajo. Javier levantó las caderas para ayudarla, el pene liberándose, erecto y palpitante, la punta ya brillante. Ella no se apresuró. Primero lo miró, luego lo rozó con los dedos, trazando la longitud con yemas suaves, sintiendo cómo él se estremecía.

—Tranquilo —susurró—. Tenemos tiempo.

Y empezó a besarlo: primero en el abdomen, bajando por la línea de vello que llevaba al ombligo, luego más abajo, besos abiertos en los muslos internos, la lengua rozando apenas la piel sensible. Javier soltó un gemido bajo, las manos enredándose en las sábanas. Elena lo tomó con la mano, masturbándolo despacio, y luego se inclinó para besarlo ahí también: labios suaves rodeando la cabeza, lengua girando lenta, saboreándolo con calma.

Javier cerró los ojos, la cabeza echada hacia atrás. No era como en la sala. Aquí no había prisa, no había espectadores. Solo ellos dos, en esa cama que olía a ella, en esa habitación que siempre había sido prohibida. Y eso, de alguna forma, lo hacía todo más intenso.

Elena se sentía en un estado de entrega absoluta, pero esta vez era diferente. Con los otros había sido puro instinto, un torbellino de deseo colectivo que la había arrastrado sin resistencia. Con Javier era otra cosa: una rendición más consciente, más profunda, casi protectora. Mientras lo besaba en la cama, mientras sus manos bajaban por su pecho y lo desnudaban por completo, pensó que estaba cruzando la última línea que quedaba en pie. Y no le importaba. No había culpa real, solo una certeza tranquila que le nacía del fondo del pecho: esto era lo que había que hacer.

Javier la había deseado en silencio durante años —ella lo había sentido en sus miradas, en cómo se quedaba callado cuando ella se ponía un vestido ajustado o se inclinaba para recoger algo—, y ella, en algún rincón escondido de su mente, había correspondido. No lo había admitido nunca, pero ahora, con la piel limpia y el cuerpo aún caliente de la noche, no había razón para negarlo.

Se dejó llevar sin miedo. Sabía que él era joven, nervioso, que esto podía ser abrumador para él, y por eso todo tenía que ser tierno, lento, seguro. No quería que sintiera que era solo otro cuerpo en la cadena de la noche; quería que sintiera que era especial, que era querido. Mientras bajaba la boca por su abdomen, mientras tomaba su pene con la mano y lo besaba despacio —primero la base, luego la longitud, finalmente la cabeza—, pensó: “Esto es mío. Él es mío en este momento”. Lo tomó en la boca con suavidad, lengua plana rodeándolo, succionando sin prisa, dejando que él se acostumbrara al calor y la humedad. Javier soltó gemidos bajos, las manos enredadas en su cabello mojado, pero sin empujar; solo acompañando el movimiento. Elena lo miró desde abajo, los ojos abiertos y cálidos, transmitiéndole que todo estaba bien, que podía relajarse.

Cuando sintió que él estaba al borde, se apartó con cuidado. Se subió a la cama, se colocó a horcajadas sobre él y lo guio dentro de sí con una mano temblorosa. Bajó despacio, sintiendo cómo la llenaba centímetro a centímetro, cómo sus paredes internas se ajustaban a él con una ternura que no había sentido con los otros. Empezó a moverse en círculos suaves, subiendo y bajando con lentitud deliberada, sin buscar su propio orgasmo esta vez. Solo quería que él lo disfrutara, que se sintiera envuelto, cuidado. Javier la miró con los ojos vidriosos, las manos en sus caderas, y ella se inclinó para besarlo: besos tiernos en los labios, en la mandíbula, en el cuello, murmurando contra su piel cosas como “está bien… déjate ir… te tengo”.

No llegó al clímax ella —no lo necesitaba—, pero cuando sintió que Javier se tensaba, que su respiración se volvía entrecortada y sus caderas empujaban hacia arriba, no se apartó. Lo dejó venirse dentro de ella. Sintió los chorros calientes llenándola, el pulso de su pene dentro, y eso la hizo sonreír contra su cuello. Era íntimo, crudo, pero también dulce. Lo abrazó fuerte mientras él terminaba, besándolo en la frente, en las mejillas, en los labios, llenándolo de besos suaves y lentos, como si estuviera calmando a un niño después de una pesadilla.

Cuando los temblores de Javier se calmaron, Elena se quedó sobre él un momento, todavía unidos, respirando al mismo ritmo. Luego se apartó con cuidado, se acostó a su lado y lo miró a los ojos.

—¿Qué quieres hacer ahora, mi amor? —preguntó en voz baja, acariciándole la mejilla con el pulgar.

Javier tragó saliva, la voz ronca y vulnerable.

—Quiero… quedarme contigo. Aquí. En la cama. No quiero irme.

Elena sonrió, una sonrisa cálida y serena.

—Entonces nos quedamos. —Le dio un beso suave en los labios—. Voy a decirle a los chicos que ya es hora de que se vayan. Tú quédate aquí, tranquilo. Todo va a estar bien. Te lo prometo.

Se levantó de la cama, se puso una bata ligera de algodón que colgaba detrás de la puerta —sin nada debajo—, y salió al pasillo. Caminó hasta la sala, donde los tres seguían sentados en el sofá grande, ya medio vestidos con los bóxers y las camisetas recuperadas del suelo. La miraron con una mezcla de curiosidad y preocupación cuando entró.

Elena se detuvo en el umbral, cruzando los brazos con calma.

—Chicos… la fiesta terminó —dijo con voz firme pero sin dureza—. Estuvo increíble, de verdad. No tengo palabras para lo que pasó esta noche. Pero ya es muy tarde, y Javier despertó. Necesito que se vayan a casa ahora.

Mateo fue el primero en hablar, nervioso.

—¿Está… bien? ¿Le dijiste algo?

Elena asintió.

—Está bien. Hablamos. Y va a estar bien. Pero por eso mismo… necesito que esto quede entre nosotros. Confío en que no van a andar contando nada. No por miedo, sino porque de eso se trata el respeto. Lo que pasó aquí fue algo nuestro, algo privado. Y así debe quedarse. ¿Estamos de acuerdo?

Diego asintió primero, serio.

—Claro, Elena. Nadie va a decir nada. Fue… especial. Gracias.

Luis, todavía sonrojado, murmuró:

—Nunca. Palabra.

Mateo suspiró, pero sonrió un poco.

—Entendido. Nos vamos ya. Cuídate… y cuida a Javier.

Elena les dio un abrazo breve a cada uno —un gesto maduro, sin coqueteo residual—, y los acompañó a la puerta principal. Esperó hasta que oyó el motor del coche de Mateo alejarse por la calle antes de cerrar con llave y volver al cuarto.

Allí, Javier seguía en la cama, ahora acostado de lado, mirándola con una mezcla de alivio y expectativa. Elena se quitó la bata, se metió bajo las sábanas y se acurrucó contra él, piel contra piel.

—Listo —susurró, besándolo en la frente—. Ya estamos solos. Duerme tranquilo. Mañana hablamos si quieres… o no hablamos. Lo que tú quieras.

Y lo abrazó fuerte, sintiendo cómo él se relajaba por completo en sus brazos.

Ambos se quedaron dormidos al instante, exhaustos, abrazados bajo la sábana ligera. El cuerpo de Elena, aún cálido y relajado, se acurrucó contra el de Javier como si siempre hubiera pertenecido ahí: su cabeza en el hueco de su cuello, una pierna entrelazada con las suyas, el brazo de él rodeándole la cintura. El sueño los tomó sin resistencia, profundo y sin sueños.

Continuará.

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