Por enésima vez tengo que soportar al clásico cliente que se olvida de que es un bar y lleva a sus escuincles que tiran la comida y hay que recoger, mujeres mal encaradas y tipos ridículos y prepotentes exigiendo servicio, eso aunado a tener que llevar los uniformes de trabajo que al parecer sirven más para desvestir que para vestir, más que un bar parece una cantina llena de prostitutas.
Vivo un poco lejos de mi lugar de trabajo, cada semana rolo turno por lo que me tengo que apurar cuando me toca salir de noche, generalmente tomo el ultimo camión que sale del paradero y hoy no es la excepción, llegamos al paradero casi corriendo con algunas compañeras y compañeros del trabajo
Hace mucho frío, así que llevo un abrigo largo y unos pantalones ajustados debajo, además de eso, una blusa cruzada blanca arriba del ombligo, con un poco de escote, y mis clásicas botas negras tipo pirata de gamuza, a mí en particular nunca me han caído bien los choferes, se me hacen una bola de brutos que más bien parece que llevan vacas en lugar de personas, pero este señor se me hace agradable, siempre nos espera con una sonrisa a pesar de los gritos de los demás que ya quieren irse y de un tiempo acá me reserva el asiento detrás de la cabina.
Normalmente le doy las gracias y me coloco mis audífonos pegando mi nariz al cristal escuchando mi música tratando de relajarme para después quedarme completamente dormida, pero esta vez sube al final una anciana y termino cediéndole el asiento, el camión va completamente lleno por lo que me coloco a lado del chofer, al ver que no le incomoda termino rodeando con mi brazo su asiento quedando completamente pegada a él.
Cansada por la agotadora jornada de trabajo no me doy cuenta cuando relajo por completo mi cuerpo junto al suyo, con algo de pena me incorporo al ver que le estorbo para meter las velocidades, ahora lo observo de reojo, trae una camisa de manga corta, se notan sus músculos cada vez que cambia de velocidad, lleva desabrochada la camisa mostrando sus pectorales y unos incipientes entrecanos pelos en el pecho, su mirada choca con la mía a través del retrovisor, me sonrojo.
–¿Qué tal estuvo el día?, me pregunta, hago un gesto de fastidio y no quiero contestarle, pero mis compañeras me obligan a contestarle entre burlas y bromas terminando platicando con él.
Platicamos de cualquier cosa, de su día de trabajo, de lo pesado del tráfico etc. Incluso si me enseñaría a manejar el camión entre risa y risa de mis compañeras y el.
Al final, llegamos a la parada donde siempre me esperaba mi esposo cuando salgo de noche.
–Me llamo Oliverio, pero me dicen “el toro” me dice al despedirse, no le contesto ya que mi esposo me observa.
Los tres meses del turno vespertino se me hacen eternos, lo bueno es que al final del día termino platicando con el de regreso a casa, incluso, diseñó un pequeño asiento a su lado izquierdo donde quepo de una forma exacta que ni mandado a hacer.
–¿Oiga?
–¿Cuándo me va a enseñar a manejar? Le pregunto, –con gusto un día de estos, me responde.
Durante los tres meses que me toca volver al turno de la tarde, mis compañeras me dicen que don Oliverio siempre pregunta por mí, que si soy casada o soltera, el tipo de música que me gusta, cuantos años tengo etc. Obviamente ellas me alientan a ir más allá con él a sabiendas de los problemas que a diario tengo en casa con mi marido, pero a mí me da risa, ¿Cómo puede ser? Es un viejo, mi marido es más joven y guapo termino diciéndoles entre risas.
En fin, me toca de nuevo estar en el turno de la tarde, para no variar discuto fuertemente con mi esposo, las deudas nos están ahogando y para colmo este mes me toca hacerme cargo de mis papás, de nuevo a batallar con los clientes y como si el universo conspirara contra mí, pierdo el candado de mi locker y tengo que salir de prisa para no perder el camión, en fin, salgo así como estoy con mi uniforme del día que consta de una prostifaldita de mezclilla que cubre solo lo necesario, con un top igual de mezclilla que más bien es un brasier y mis prostibotas negras a medio muslo, menos mal que no son de tacón por lo que puedo correr, para colmo se suelta un aguacero y no encuentro a ninguna de mis compañeras para irme con ellas.
Llego toda escurrida al paradero y ¡no está el camión! Maldigo mi vida una y otra vez, resignada a mi suerte, pues no llevo ni un centavo ni mi celular ya que todo se quedó en el locker, espero a que se pase la lluvia para ver que puedo hacer, con temor, veo como borrachos y malvivientes empiezan a acercarse para resguardarse de la lluvia, entre ellos un tipo que se me acerca preguntando cuanto cobro entre burlas de sus amigotes.
–¡Como que cuanto cobra cabrón! Gruñe ¡don Oliverio! Quien se hace de palabras con los tipos agarrándose a golpes con ellos, ahora me doy cuenta porque le dicen “el toro” termina dándoles una golpiza a tal grado que tengo que intervenir para separarlo de ellos.
–Se me descompuso el camión, pero aquí estoy, vámonos, me ordena.
Subimos, me presta lo que puede para secarme colocándome su chamarra al final, aunque el camión va vacío me coloco en mi lugar de siempre, sintiéndome protegida recostando mi cabeza en su hombro, noto como a través del retrovisor me observa en especial a mis piernas y mi escote, nunca alguien me había defendido o se había peleado por mí, la emoción mezclada con mi adrenalina, gratitud y admiración hacen que me despoje de la chamarra para que pueda observarme mejor.
Poco a poco va disminuyendo la velocidad del camión
–¿y si te enseño a manejar ahorita? Digo, luego no da tiempo, me dice
Sonriendo le digo que si, aunque no le digo que yo ya sé manejar, esperando su siguiente movimiento.
Viendo que se va a levantar del asiento lo detengo, hago que se recorra lo mas posible hacia atrás y me siento de espaldas a el colocando mis manos en el volante, don Oliverio viendo mi complicidad empieza a decirme tecnicismos que ni tomo en cuenta sintiendo la tibieza de su pecho en mi fina espalda, yo misma coloco sus gruesas manos en mi delicada y delgada cinturita, nuestras miradas llenas de deseo se reencuentran en el retrovisor, echó a andar el camión, afuera sigue la tormenta y dentro don Oliverio detiene el camión de bajo de una lampara en la carretera y hace que me siente en sus piernas, coloca su mano izquierda en mi cintura y con su otra mano acaricia mi mejilla.
–um, que bella eres y hueles tan rico mi cielo.
–Gracias señor.
–no me agradezcas mi nenita linda, me tienes bien enamorado de ti desde antes de que me hablaras, te veía cuando regresabas del trabajo, cuando te recogía tu marido o cuando caminabas por la calle junto a tu mami, o incluso en el bar, siempre bellísima, coqueta y excitante con tus shortcitos chiquitos, tus vestiditos o tus milloncitos bien pegaditos.
No aguanto más, las palabras de este viejo vulgar me excitan a tal grado que empiezo a besarlo, don Oliverio apaga el motor y las luces quedando en la penumbra de la noche con la luz tenue de la vieja lampara besándonos como desesperados, después un largo rato nos desnudamos tirando la ropa aun húmeda a los asientos traseros hasta quedarnos desnudos el uno frente al otro respirando agitadamente.
Verlo desnudo, con la verga dura e hinchada, me hace sentir toda una hembra.
–que ricura de rajita tienes lindura, está bien rosita y sin pelitos como a mi me gustan, no como la de mi vieja que está llena de pelos, ¡ven!
Me ordena echando su asiento para atrás haciendo que me monte en el, dejándome penetrar de un solo golpe, mis tetas botan una y otra vez contra su cara su pene grueso y duro lo siento palpitar una y otra vez en mi vagina, me siento como una violadora violando a este naco maduro, cogemos entre gritos y gemidos de placer.
–ah que bonita te vez así disfrutándolo, pero ahora como mi mujer, como mi hembra, ¡como mi puta!
Me desprendo de mi maduro amante echándome hacia atrás quedando recostada en el gran volante del camión, el toro se incorpora, se acomoda entre mis piernas colocándolas en sus hombros deteniéndose con fuerza del volante para así penetrarme mejor.
Yo no sé cuántas veces suena el viejo claxon mientras estamos ahí, saltan las intermitentes, se abre y cierra la puerta, pero ya todo me da igual, quiero sacar toda mi furia contenida todos mis deseos ahogados, grito, completamente fuera de mí, le ordeno que me meta todo su rabo hasta mis entrañas.
Necesito sentir cómo su leche caliente recorre mi interior.
–Ah, más, más, grito
–Toma, toma, me dice mientras me clava su miembro hasta los huevos.
Así seguimos, sudando y gritando hasta que acelera sus embestidas clavándome contra el parabrisas viniéndose dentro de mí, empapándome con su semen deliciosamente tibio mientras yo hago lo mismo sobre él con mis fluidos.
Terminamos besándonos apenas unos segundos más, pero por lo extraño del momento, tenemos que vestirnos corriendo y proseguir la marcha, lo veo conduciendo, con su camisa blanca toda mojada sobrepuesta.
Me mira, no le digo nada me abalanzo ahora sobre él, desabrochando hábilmente su pantalón para bajarle el cierre y así mientras conduce le doy una mamada bestial lamiéndole los huevos, metiéndome el tronco en la boca hasta la garganta mamando, lamiendo y besando con desesperación como si quisiera exprimirlo por el miembro, a lo lejos veo a mi marido con un paraguas en la parada del camión, acelero mis chupadas hasta sentir sus gruesos chisguetes de semen en mi paladar, me la trago toda justo a unos cuantos metros de que abra las puertas de camión, le subo el cierre, abrocho el botón del pantalón y me siento en la primera fila, mirándolo y chupándome un dedo de forma juguetona.
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