Entre rosas, un libro y su deseo

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T. Lectura: 2 min.

Bienvenidos, queridos lectores…

Deseo que disfruten cada una de estas historias, que dejen volar su imaginación y se dejen llevar por las sensaciones.

Hace mucho tiempo salí con un chico al que llamaré Juan. Lo conocí en la fiesta de una amiga. Esa noche casi no hablamos; solo intercambiamos miradas durante horas, hasta que finalmente se acercó y me sacó a bailar.

Conversamos un rato, me pidió mi número… y ocho días después tuvimos nuestra primera cita.

Para mi sorpresa, llegó con un ramo de rosas, unos dulces y, como cereza del pastel, un libro llamado Pídeme lo que quieras (para quienes no lo conocen, es una novela erótica bastante famosa). En ese momento solo pude sentir una energía electrizante recorriendo mi cuerpo, mientras soltaba una risa nerviosa.

Con el paso de los días, Juan siempre fue muy atento: lindo, detallista, todo lo que yo podía haber deseado en un hombre. Hasta que, una noche, finalmente sucedió lo que ambos habíamos estado esperando.

Llegamos a un lugar muy especial. Yo estaba nerviosa, pero decidí dejarme llevar. Después de todo, ¿qué era lo peor que podía pasar?

Comenzamos a besarnos. Nuestras prendas fueron cayendo una a una al suelo, mientras nuestros cuerpos se acercaban cada vez más, descubriéndose piel contra piel.

Cuando quedamos solo en ropa interior, Juan empezó a acariciar suavemente mi clítoris por encima de la tela. Sus besos eran lentos, delicados, y comenzaron a descender desde mi boca: pasaron por mi cuello, se detuvieron en mis senos, recorrieron mi abdomen… hasta que finalmente retiró mi última prenda.

Su lengua me hizo estremecer y mi cuerpo respondió de inmediato. Yo gemía de placer, mientras acariciaba su cabello y sujetaba su cabeza con fuerza, deseando que no se detuviera. Poco a poco comenzó a explorar con sus dedos, y la sensación era tan intensa que por momentos sentía que iba a perder el control.

Después de un rato, ya lo deseaba dentro de mí.

Cuando se quitó el bóxer, no pude evitar sorprenderme: tenía un miembro grande y grueso. En mi mente solo pensaba en cómo sería sentirlo.

Le pedí que fuera despacio, con cuidado… porque sería apenas mi segunda experiencia sexual y aún había muchas cosas nuevas para mí.

Se colocó sobre mí y lo introdujo lentamente. La sensación era una mezcla extraña entre dolor y placer. Solo podía gemir una y otra vez. De repente, con una embestida más profunda, llegó hasta el fondo y se quedó quieto unos segundos para que mi cuerpo se acostumbrara.

Luego comenzó a moverse.

Primero despacio… y después cada vez con más ritmo, con un vaivén que me hacía sentir como si tocara el cielo.

Los nervios desaparecieron por completo. En ese momento mi mente ya no pensaba en nada más: solo en cada sensación que recorría mi cuerpo.

Más tarde cambiamos de posición. Me puso en cuatro sobre la cama; apoyé la cabeza en la almohada mientras arqueaba el cuerpo para él. Entonces volvió a penetrarme, esta vez con más intensidad. Aunque seguía atento a mis reacciones, aquella vez fue más salvaje, más apasionado… y cada movimiento me hacía sentirlo aún más profundo.

Finalmente, ambos alcanzamos el clímax.

Fue una de las experiencias más intensas que había vivido… y, sin duda, solo podía pensar en volver a repetirla.

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