Las situaciones crean el clima del deseo y la pasión desenfrenada, sin límites morales impuestos. Wanda y Frederik abrieron los eslabones de una cadena que venía de pasado y el resultado fue experimentar un sexo sin tabú que les condujo a un futuro de pasión sin freno.
La perversión.
(La fotografía de bodas de mamá)
—¿Dónde estás, Wanda?
—Aquí, Fred, en mi vieja habitación.
La voz de Wanda sonaba agitada. Del cuarto de al lado del que fue de Frederik, provenían ruidos y golpes. Era la habitación que tenía su hermana antes de casarse con Dough. Él se acercó y entró. Los cajones estaban abiertos. Sobre la vieja mesa-tocador estaban superpuestos diversos objetos: una plancha, bolsos, una cámara de fotos, un calzador…
—Mamá la utilizaba para guardar cosas viejas.
—Ninguno veníamos a menudo, Poppy —Frederik llamaba así a su hermana cariñosamente—. Claro que ella era muy solitaria desde que falleció papá… —hizo una pausa—; y ahora que ya no está…
—Parecía que no quisiera vernos, Fred; no fue por culpa nuestra. Germaine la encontró sin esperarlo: fue repentino.
—Germaine —era la tía de Wanda y Frederik— la visitaba todas las semanas, y la has oído está mañana en el funeral. Ni siquiera ella sabía que tenía mal el corazón.
Wanda siguió revisando el contenido de los cajones. Después abrió el armario y lanzó un silbido. Fred estaba mirando la fotografía.
—Mira…
Frederik se aproximó sosteniendo el marco plateado.
—Es su vestido de boda.
—Precisamente… —Le mostró la fotografía. Su madre estaba radiante, pero tenía un semblante serio; Elmer, el padre, sonreía casi angélicamente: un contraste casi hiriente, pensó Frederik al observar la imagen.
—Aquí os parecéis mucho, Poppy.
Wanda tomó el cuarto y asintió.
—Estaba muy guapa —repuso.
Wanda le dio un golpe en el pecho con el marco y dijo risueña:
—Ah, si…, ¿te parezco guapa?
Frederik calló, pero un tenue rubor tiñó sus mejillas. Su hermana dejó la fotografía sobre la mesilla del tocador.
—Vamos a ver… —dijo y se colocó el traje por encima mirándose en el espejo—. ¡Vamos a ver…! —repitió, tirando el vestido en la cama. Acto seguido se desabotonó la blusa y se bajó la falda.
—¿Qué demonios haces…?
—Me lo voy a probar, Fred.
—No…, no deberías…; es un poco. Además, mamá acaba de fallecer. No le hubiera gustado.
—¡Oh, bobo…!
Wanda volvió a mirarse en el espejo con el vestido por encima del sujetador y la braguita. Se lo puso con facilidad. Wanda mantenía una figura juvenil a sus cuarenta y tres años, dos más que Frederik.
—¿Qué te parece?
Se miró en el espejo con la foto en la mano. Se recogió el cabello y compuso el gesto y la pose de su madre en la fotografía de la ceremonia. El parecido era sorprendente.
—¿Qué te parece? Vamos, di algo —lo dijo con un mohín travieso—. Tú eras el preferido de mamá. ¿Te molesta que lo haya hecho?
Frederik estaba algo confuso. Un remolino de sensaciones le producía un cierto vértigo inconfesable. Efectivamente, Wanda se parecía vivamente a su madre. Y sí, parecían casi gemelas. Wanda era tan hermosa como ella.
Se acercó a su hermano y lo sujetó por la cintura. Le puso el índice en los labios.
—No hace falta que digas nada, Fred: lo leo en tus ojos. Mamá y yo siempre nos parecimos. Podría pasar por ella —Retiró el dedo y miró fijamente, profundamente a su hermano—. ¿A qué sí?
Giró un par de veces sobre sus talones frente a Fredrik, contemplándose en el espejo. Se bajó el escote y se ajustó la cintura. Volvió junto a su hermano. Lo tomó por las caderas y lo hizo perder pie. Comenzó a dar unos pasos de baile. Él se resistió un momento, luego se dejó llevar.
—Vamos, Fred… ¿Qué hay de malo…? La vida continúa —Lo sujetó por el cuello y acarició sus rizos rubios. Frederik estaba colorado y sudoroso. ¡Imagina que soy ella! ¿Te parezco guapa? Lo has dicho. ¿Te parezco atractiva? Ella lo era; yo lo soy; me parezco a ella…Y tú dijiste…
—Esto es una perversión…
Ella se soltó y lo miró directamente a los ojos azules con los suyos iguales.
—No, no lo es: sólo lo es para los otros, para los demás. ¿Recuerdas? ¿Quién me desfloró, Freddy? ¿Y quién te enseñó a besar, a descubrir cómo masturbarte, quién fue tu primera amante… —lo miró con ternura—; y quién te hizo la primera paja, la primera mamada; no fue mi coño el primero que besaste, el primero que follaste?
El calló. Bajó los ojos. Repitió:
—Es una perversión… Poppy, hoy lo es; entonces no lo fue.
—Sí, claro, eso lo hace más divertido…, sensual, ¿no crees? Estamos solos, tú y yo, aquí, solos. Como cuando éramos adolescentes… ¿te acuerdas? Lo estás deseando… ¿A qué lo estás deseando, bobito mío…? ¡Dilo! —Deslizó el vestido, que cayó a sus pies, sobre los tobillos—. Quedó en sujetador; con la ajustada braguita transparentando el oscuro vello púbico.
Frederik turbado, pero con su miembro erecto y aprisionado en el pantalón. Wanda se acercó.— ¡Vamos, confiésalo! —Puso la mano entre los muslos, sobre el abultado bajo vientre, notando la forma del pene endurecido. Lo apretó entre sus dedos. Se soltó el sujetador. Sus bellos senos hicieron una parábola en el aire. Los pezones oscuros y tiesos… Besó a Frederik con ansia, con lujuria, desbordante de deseo. Frederik la abrazó. Acarició sus omóplatos, su cintura. Ella se bajó la braga y le soltó el cinturón; le abrió la cremallera; buscó el órgano tieso y caliente, allí aprisionado, y lo liberó. La polla se irguió, con su glande enrojecido y mojado. —¡Bicho…, lo estás deseando!
Frederik la tomó por las nalgas y la apretó contra sí. Colocó su rodilla apretada contra la caliente vulva de Wanda. Ella deslizó el pantalón y comenzó a subir y bajar la piel tensa de la verga. Le acarició los testículos, estiró la piel granulosa de aquellos cojones apretados y repletos de esperma. Los dos estaban encendidos de pasión sexual, arrebatados por la furia y la necesidad de hacer el amor, como dos seres maduros y libres, liberados de las cadenas de una moralidad absurda.
Se agachó y le besó el capullo que tenía gotas espesas de flujo transparente. Lamió el néctar masculino y se introdujo la deseada polla de Frederik en la boca húmeda y caliente.
—Poppy…, no…—exhaló un leve susurro, observando cómo la boca de su hermana se tragaba toda la longitud de su polla. Wanda circunvaló con la lengua llena de saliva el hinchado capullo, a la vez que manoseaba el mástil. Los dedos de su hermana hacían caricias sobre los huevos; los labios succionaban; la lengua lamía.
Wanda chupaba aquella polla ansiada. Dentro de ella descendían flujos sexuales a la espera de recibir los movimientos que la condujeran al clímax. Levantó los ojos sonrientes hacia su hermano. Frederik en realidad no pedía que cesará: reclamaba, rogaba que continuase haciéndole el amor, que aquellos labios succionadores no parasen hasta que soltase chorros de esperma en la cavidad cálida de Wanda, que su leche se desparramara y… —apenas pudo ocultar el oscuro pero punzante deseo— que ella se tragara la leche, que la llevara con su lengua hacia la garganta y la dejara resbalar dentro suyo. Wanda pareció adivinar. Soltó la tranca erecta y ardiente.
Acercó sus tetas a Frederik, las empujó hacia sus labios.
—Mámalas, Fred. Chupeteame los pezones…
Él no se resistió ya. La oleada de pasión apagaba todas las palabras. Las posibles quejas falsas y exculpatorias: deseaba emular lo que acaba de hacer su hermana: besar, lamer, chupar, succionar aquellas puntas rugosas, como si fuera a extraer el líquido lácteo y sabroso: besó y lamió, chupeteó y succionó…, mordisqueó los botoncitos duros hasta que su hermana dejó escapar una leve queja. Ella apretaba sus magníficas mamas y las frotaba contra los labios de Frederik, la punta de cuya lengua era visible entre los labios. De repente se soltó de las manos de él, que la sujetaba por las carnosas nalgas. Tomó de nuevo el blanco vestido.
—Espera —dijo impulsiva, intensa, descontrolada—: Verás, esto te pondrá más.
Se metió dentro del tejido, así desnuda. El vello rizado y negro destacaba en contraste con la nívea blancura de la tela. Subió el faldón largo, mostrando abiertamente el vello revuelto, hipnotizante de su pubis.
—¿No te parece hermoso, Freddy? —Se abrió la rajita. La piel, algo más oscura de los labios vaginales, al abrirse, dejó visible la carne rosada cubierta por una capa brillante de fluido.— Mi agujerito te está esperando, Fred, está necesitando que lo toques, que lo acaricies, que lo penetres; quiere tus dedos sobándolo; que entres y le des placer a mis paredes vaginales…, chorreantes…, lo desea, Freddy. —Lo miró. Él fijó sus ojos en la boca de entrada del coño de su hermana— ¿Sabes qué me gustaría…? —Él miró aquellos bellos ojos marinos, los carnosos labios enrojecidos por el ardor, tratando de leer las palabras que espera escuchar. Ella terminó—: que lo beses y lo comas —Introdujo un par de dedos en el higo abierto y húmedo—. Que le saques con la cucharita de tu lengua el licor caliente y te lo tragues. ¿Quieres hacerlo? ¡Quiero ver cómo no haces!
Frederik cabeceó afirmativamente. El vértigo del deseo le dominaba. Allí mismo se habría pajeado hasta derramarse, ansioso, presa del morbo sexual. Wanda se tumbó en la cama con los muslos abiertos. Su hermano se quitó la camisa y se arrodilló frente a los pies de la cama, atrajo a su hermana hacia sí. Con ambas manos distendió la raja humectante. El rubí pálido del clítoris, el capullito brillante quedó ante sus ojos. Frederik respiró el olor sexual femenino y eso hizo que su temperatura sexual llegará al máximo. Besó el clítoris y se sumergió dentro del agujero tórrido de Wanda. Besó los labios exteriores y los interiores.
Bajó hasta la membrana flexible, la delgada separación entre el sexo y el ojo del culo, lo acarició todo con la lengua babeante. La flexible carne se introdujo y se movió entre la carne caliente, mientras Wanda gemía. Él continuó bebiendo el fluido vaginal. Después volvió al capullo completamente endurecido y comenzó a comerlo. Su lengua y sus labios provocaban en ella tal placer, que cuando alcanzó el orgasmo emitió un largo aullido mientras se corría entre los labios y los dedos de su hermano. Continuó con un ronroneo entrecortado, sujetando la cabeza en su coño, hasta descargar toda la electricidad de su orgasmo.
—Ahora —dijo—. Fóllame, ya.
Frederik se levantó y estiró por los muslos a Wanda. El grueso glande estaba cubierto de una película brillante de flujo; su polla se bamboleaba apenas por la tensión. La introdujo de un solo golpe en el chocho completamente mojado por el flujo vaginal y su propia saliva. Miró a su hermana. Sus ojos estaban cerrados y la boca abierta. Respiraba con dificultad. A cada embestida, los dos jadeaban. Con ojos huidizos miró la frente, las mejillas, la barbilla, la línea de los labios de su hermana: verdaderamente se parecía muchísimo a su madre cuando era joven, como él la recordaba…, como en la foto. Bajó los ojos y contempló cómo su polla entraba y salía, horadaba el coño de Wanda.
Los pliegues labiales se expandían y contraían a cada empujón de su pelvis contra la de su hermana. Estalló. Su polla dejó escapar un torrente de semen a golpes espasmódicos. Frederik dejó escapar un bronco sonido gutural. Su rostro mostró un rictus casi de dolor. A borbotones la leche inundaba la vagina de Wanda, que tenía los brazos hacia atrás, mientras disfrutaba al notar su conducto inundado por los chorros de esperma de su hermano.
Poco a poco, Frederik terminó de vaciarse en el coño de Wanda y salió de su cuerpo. Ambos se tumbaron en la cama, uno junto a otro. Wanda se giró hacia su hermano y lo abrazó. A los pocos segundos Frederik se durmió plácidamente; un instante después lo hizo Wanda. Hora y media más tarde, ambos hermanos salieron a cenar, después de haber tomado una ducha juntos. Sentados a la mesa, recordaron tiempos pasados y la vida de infancia en el piso familiar. Wanda tomó la mano de Frederik.
—¿Qué vamos hacer con la casa de mamá, Fred?
Frederik elevó la nariz y un par de arrugas aparecieron en su frente. Recordó la visión reflejada en el espejo del cuerpo de su hermana desnuda, mientras el vestido de boda de su madre se deslizaba por la espalda y cubría las semicircunferencias del precioso culo de Wanda. Sus sensaciones se repitieron. Era más que sexo, más que una confusión casual de necesidades o el torrente del deseo.
—¿Tú qué quieres hacer?
Wanda agotó el vino de su copa, la colocó justo al lado de la de su hermano, que estaba a medio consumir y, sujetando con sus dedos los de Frederik respondió:
—Nos hemos perdido esto demasiado tiempo, Freddy. Ha llegado la hora de disfrutarlo. Me gustaría probar… ¿Y tú?
Él no respondió. No hicieron falta más palabras que las que Wanda pronunció con una mirada chispeante y feliz: «A la vuelta hablo con Raymond y preparo la mudanza.»
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