Echamos la moneda al aire, como hacemos siempre. En realidad, no importa; lo que importa es la seducción, la sensualidad del juego, la sexualidad implícita mientras nuestra mente trabaja la forma de desatar la lujuria que nos une.
Quima tira la moneda al aire. Los dos nos reímos con fruición. Es el fin de semana; sábado, primera hora de la tarde. El cielo está ligeramente nublado; por la mañana llovió. Comimos y arreglamos la vajilla. Fui yo esta vez quien propuso jugar, en lugar de ir directamente a la cama y hacer el amor más o menos de manera pautada. Lo hacíamos a menudo; cuando disponíamos de tiempo, como ahora.
Acordamos vestir las prendas de la sex shop, que habíamos comprado en la Gran Vía. Ese día, en cuanto regresamos a casa, tremendamente excitados los dos después de comprar la ropa, nos desvestimos riendo y apresuradamente. Nos desnudamos y nos volvimos a vestir con la liviandad de las escasas provocadoras prendas íntimas. Las dos prendas eran negras con cinturones rojos. El sujetador de Quima tenía aberturas para los dos pezones; la braga otras dos: una en la parte de la vulva; la otra en la parte trasera entre las nalgas. Hicimos el amor como locos cuando nos vimos vestidos con la lencería sexi.
Ahora, la moneda ha caído en cruz, lo que Quima eligió. Me tocaba obedecer. Yo estaba nervioso y excitado ante la perspectiva de gozar en el papel de sumiso esclavo de los caprichos de mi amante. Ella tenía una mirada procaz.
—¡Bien, bien, bien! -dijo con voz maliciosa y estalló en carcajadas-. Otra vez te he ganado.
Cambió el tono de voz y teatralmente interrogó:
—¿Rodolfo, por qué no has recogido los libros de los pupitres, ¿eh?
Yo no supe qué decir y encogí los hombros. Ella se acercó moviendo las caderas, con el índice señalándome y repuso:
—Mereces un castigo, ¿no te parece?
Yo asentí con una mirada algo tonta.
—¡Ajá! —exclamo victoriosa— Pues vas a aprender a obedecer.
Ese juego de obedecer no era nuevo; lo empleábamos a veces y nos excitaba muchísimo a los dos. La última vez, fui yo quien era el amo y Quima mi obediente sierva.
—¡Túmbate sobre la mesa! —ordenó con voz fingida—. ¡Ahora mismo!
Yo me subí a la mesa.
—Boca abajo —mandó—. Yo obedecí y me tumbé con las piernas juntas y los brazos por encima de la cabeza. Ella vino hacia mí. Me agarró las piernas y me las abrió. Pasó la mano por debajo de mi culo y me acarició las pelotas. Me cerró las piernas de nuevo y me bajó el calzoncillo. Lo dejó a la altura de los tobillos y comenzó a acariciarme los muslos, pasó a los glúteos; los besó suavemente y… de repente los mordió. Experimenté una fuerte erección. Debajo de mi vientre apretado contra la mesa, noté la trempada de mi polla. Gemí.
—¿Te gusta, niño malo? — Y me palmeó el culo, primero flojito; luego con más fuerza. Sentí el calor de la sangre subiendo a mi culo palmeteado. Ella lo besó y lo acarició, un cachete y después el otro cachete. —Date la vuelta—, exigió.
Yo me di la vuelta. No se podía ocultar mi verga endurecida, tiesa, pegada al pubis. Quima pasó un dedo por ella, de arriba abajo. La polla como con un resorte se movió espasmódica, cimbreo. Noté la tensión interior. Mi deseo creció y comencé a salivar de gusto. Me fascinaba el juego. Quima me besó la verga sin tocarla. Algo húmedo comenzó a trepar por el mástil. Levanté la cabeza y vi el glande enrojecido, brillante.
—Tócatela —ordenó—. Yo llevé mi mano a mi polla y la agarré. En la punta había alguna muestra de flujo. Me gustó tocarla, pero prefería que ella lo hiciera. Paré.
—No, no, sigue. Tócatela hazte una paja suave. Yo comencé a moverla, bajé la piel del prepucio, la subí. Me estaba pajeando y ella miraba glotona. Mi cara estaba encendida; lo notaba. Esa exhibición ante Quima me sorprendió muchísimo. Era la primera vez que me daba placer a mí mismo delante de ella. Me llené de lujuria. Ya comenzaba a tener ganas de eyacular. No quería, todavía; no quería yo sólo, pero no podía desobedecer: las reglas del juego eran sagradas. Si seguía, la leche se desbordaría desde mi tranca tiesa hacia mi abdomen.
De repente, Quima dijo:
—Alto. Para —Yo emití un respingo seguido de un bufido exhalando aire—. Solté mi pijo. Ella se acercó y lo miró. Acarició mi meato con el índice y el dedo medio. Me los enseñó: estaban mojados; pero no de semen, sino del flujo gelatinoso y transparente que precede a la eyaculación. Me había llevado al borde del orgasmo. Llevó los dedos a mis labios y los acarició con el fluido sexual vertido por mi pene desde los testículos. Se rio divertida por mi asombro y espetó: —Ves, por no ser obediente. ¿Te gusta, te excita esto? —Asentí con la cabeza.
Quima subió a la mesa y se arrodilló frente a mí. Yo veía su sexo por la abertura de su braguita erótica de lencería. Los labios de la vulva estaban apretados, tan gruesos como siempre, depilado el chumino; no había rastro de su rizado vello púbico castaño. Hizo girar sus caderas sensualmente y se abrió la concha. Rosada y húmeda por la excitación. Se metió un dedo y lo movió haciéndose una paja; luego introdujo otro y siguió la masturbación. Sacaba los dedos llenos del meloso flujo de su vagina. Gemía. Se frotaba el clítoris con los dos dedos, circularmente, de arriba abajo y los volvía a meter dentro de su coño. Salían, frotaban, mientras jadeaba.
Con un giro de placer se corrió sobre mi cara. Sacó los dedos y me los metió en la boca. Yo chupé su sabor. Subió ligeramente y me puso el chocho en los labios, abriendo su vulva caliente y violácea. Succioné los jugos, tragué sus babitas saladas. Mi polla estaba de nuevo a punto de reventar. Se dio la vuelta y me puso su ano para que lo trabajase. Lo besé, lo humedecí con la lengua. Lo lamí. Introduje la punta dentro. La metí dentro de su ojete de paredes estrechas cuanto pude, para que experimentase la presión lingual, mi lengua llena de saliva en su recto. Ella gemía de gusto. Seguí un rato, metiendo y sacando la humedecida lengua.
Ella se movía; movía sus caderas en un ritmo lento. Yo le besaba el ojete y sacaba más saliva para penetrarle el ojo del culo y darle gusto.
Entonces se irguió y me ordenó juguetona: —Date la vuelta. —Obedecí.
—Arrodíllate—. Sumiso, lo hice. En la base de mi verga, sentía la dolorosa presión del esperma acumulado desde mis huevos. Quería salir, manar, explotar.
Cuando me di la vuelta, ella me montó y frotó su chochito depilado por mi culo. Notaba la humedad de los labios, de su agujero masturbado. Se inclinó hacia atrás y se frotó, frotó circularmente su ojo del culo con mis nalgas.
—Ahora verás —dijo. Se metió el dedo medio en su ojete, que estaba embabado por mi lamida. Se volvió y… lo metió por mi culo. Con la viscosidad de la saliva que mojaba todo su ojo del culo, el dedo se abrió paso, horadó mi ojete hacia el recto; indolora y deseada penetración. Mi tranca cimbreaba ante mis ojos. Tenía la cabeza doblada y veía perfectamente cómo la polla tiesa se balanceaba a cada metida del dedo de Quima. Ella jadeaba igual que yo. Giré la cabeza y me di cuenta de que estaba masturbándose de nuevo con la otra mano. Yo estaba como loco de deseo.
Sacó el dedo y me dijo que me girase de rodillas. La miré y ella, traviesa, llevo el dedo a sus labios y lo metió en la boca saboreándolo. Se levantó de su posición de rodillas y dobló las piernas. Con una mano se abrió el ojete y metió el dedo que había chupado en su culo. El dedo se insertó completamente en su ojete. Comenzó a follarse con sus dedos; una masturbación anal. Yo fui a tocarme la chorra, pero me conminó: —No te la toques —su mirada era malévola. Sabía que yo estaba desesperado por correme—.
Sacó el dedo del ojo del culo y bajó de la mesa. Se dobló hacia mí vientre y comenzó a comerse mi polla. Estallé en gemidos. El glande trabajado en su boca estaba enorme. No pude más y comencé a eyacular salvajemente en su boca. El esperma salía como si fuera lava de un volcán. Quima se sacó la tranca y libó en mi capullo. Se tragaba la leche espesa de mi polla enhiesta entre ruiditos de placer. Cuando se la sacó aún manaba flujo como rocío sobre los pétalos de mi flor rojovioleta, aun cimbreante. Suspiré y Quima apoyó su cabeza sobre mi vientre.
—La próxima vez podrás desquitarte —pronosticó.
![]()