Secretos calientes: El handyman

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T. Lectura: 6 min.

Hola mis queridos seguidores, este es una fantasía creada por un seguidor y yo les traigo mi perspectiva, espero la disfruten.

Llegaba marzo y con él el comienzo de clases de los chicos. Nuestro departamento en la ciudad ya nos quedaba chico, ruidoso y sin espacio para que corrieran. Gerardo y yo decidimos mudarnos al country no solo por la cercanía al colegio nuevo, sino porque ambos (o al menos yo) teníamos la esperanza de que una casa grande, con jardín y silencio, pudiera revivir algo de lo que se estaba apagando entre nosotros.

Llevábamos 14 años juntos y los últimos cuatro habían sido un lento declive: cenas frías, conversaciones de trabajo, noches en las que uno de los dos llegaba tarde y el otro ya dormía. A veces había momentos de intimidad, sí, pero eran breves, mecánicos, como si cumpliéramos un trámite. Yo ya casi no reclamaba. Tenía mi empresa, mis responsabilidades, y en el fondo sentía que también cargaba con parte de la culpa. Pero igual… esperaba que él pusiera un poco más de su parte. Que eligiera estar.

Cuando llegamos al country todo parecía perfecto. La entrada amplia, la casilla de seguridad, las casas lindas y tranquilas. Un lugar donde respirar. Apenas bajamos del auto apareció él: Leonardo, o Leo, como luego me dijo que le gustaba que lo llamaran. Un señor mayor, de unos 1,76 m, pelo rubio entrecano, ojos azules detrás de unos lentes, delgado y con una sonrisa amable. Se ofreció a guiarnos hasta la casa 27b con su autito eléctrico. Fue un gesto lindo.

La casa era exactamente como la había soñado: antigua por fuera pero moderna por dentro, con espacios amplios, mucha luz y ese olor a nuevo que aún conservaba. Empecé a bajar cajas con ilusión, pero a los pocos minutos Gerardo recibió una llamada. Dos frases bastaron para que se me encendiera la sangre:

—Sí, no hay problema, no estoy ocupado…

—Tranquilo, mi esposa se encarga de todo.

Me hervía por dentro. Acabábamos de llegar, los chicos corriendo por todos lados, el camión de mudanza esperando y él… ya buscando escaparse. Me acerqué furiosa.

—¡Gerardo! —lo llamé, tratando de no levantar la voz delante de los chicos—. Acabamos de llegar y ya te vas… otra vez.

Él apenas me miró, dijo algo de que “yo podía” y que “tenía a toda esa gente para ayudar”. Me señaló a los peones y, de paso, a Leonardo, como si fuéramos parte del mismo equipo de servicio. Sentí vergüenza ajena y bronca al mismo tiempo. Cuando se subió al auto y se fue, me quedé con las manos en la cara, conteniendo las ganas de llorar. Los chicos seguían corriendo y yo solo quería desaparecer.

Fue entonces cuando Leo se acercó con cautela y empezó a levantar cajas sin que se lo pidiera.

—No hace falta que me ayude… —le dije con la voz rota.

—Ningún problema, señora. Soy todo ayudas —respondió con una sonrisa cálida y un poco de humor.

Me miró con esos ojos azules tranquilos y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me veía de verdad. No como “la esposa que se encarga de todo”, sino como una mujer que estaba al borde del llanto. Acepté su ayuda. Mientras acomodábamos cosas, noté que sus ojos se desviaban a mi cuerpo… a mi escote, a mis jeans blancos ajustados. No me molestó. Al contrario. Hacía tanto que nadie me miraba así, con deseo genuino, que me produjo una mezcla rara de vergüenza y… placer. Cuando terminó, lo invité a comer algún día con su esposa (ni siquiera sabía si tenía) y se fue.

Al día siguiente, con la casa todavía hecha un desastre, me di cuenta de que el lavarropas nuevo no estaba instalado. Gerardo, por supuesto, no aparecía. Llamé a Leo. No sé por qué lo hice a él y no a algún técnico… pero lo hice.

Cuando llegó, yo estaba con delantal, leggings azules y musculosa blanca. Lo vi entrar y, aunque intenté disimular, me gustó cómo me miró. Sus ojos se detuvieron en mis pechos, en mis caderas. Mientras él trabajaba agachado, yo me movía a su alrededor. En un momento me pidió que lo ayudara a mover el lavarropas y le advertí que tuviera cuidado con el delantal. Me lo quité sin pensarlo dos veces. Mis tetas dieron un pequeño salto bajo la tela fina y sentí sus ojos clavados en mí. No me cubrí. Dejé que mirara. Esa sensación de ser deseada después de tanto tiempo de indiferencia fue… embriagadora.

Después tomamos un café en la cocina. Le conté un poco de lo que pasaba con Gerardo. No sé por qué me abrí tanto con un desconocido, pero su forma de escucharme, sin juzgar, me hizo sentir vista. Cuando me dijo que no entendía cómo un hombre podía dejar sola a una mujer como yo, me sonrojé… y me gustó. Extendió la mano sobre la mesa y yo, casi sin pensarlo, puse la mía encima. Esa pequeña corriente que sentí me asustó y la retiré rápido. Pero el calor quedó ahí, latiendo.

Al otro día, con el fresco del otoño, se me ocurrió prender el hogar para probarlo. Terminé llenando la casa de humo. Otra vez llamé a Leo. Cuando llegó, yo llevaba una falda corta blanca y un top negro ajustado. Lo recibí con un beso en la mejilla. Mientras él arreglaba la chimenea, no pude evitar mirarlo. Era mayor, sí, pero tenía algo… una calma, una seguridad, una forma de moverse que Gerardo ya no tenía conmigo.

En un momento, al levantarme rápido para buscar madera, la falda se me subió y sé que vio mi tanguita blanca. No me apuré en bajarla. Sentí su mirada como una caricia caliente sobre la piel. Cuando volvimos al living y nos pusimos a soplar el fuego al mismo tiempo, terminamos llenos de ceniza y riéndonos como adolescentes. Caímos sobre la alfombra, uno al lado del otro. Mi falda quedó levantada casi por completo, pero no hice nada por acomodarla. Solo lo miré.

El ambiente cambió. El aire se volvió denso, cargado. Él se acercó despacio. Su mano tocó mi muslo. Yo no me aparté. Al contrario, cerré los ojos y dejé que pasara.

El primer beso fue suave, casi tímido, como si los dos tuviéramos miedo de cruzar esa línea. Pero el segundo… el segundo fue puro fuego. Nos besamos con hambre desesperada, con toda la frustración y el deseo que yo había guardado durante meses. Nuestras lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por mi cintura y me sacaban el top negro de un solo movimiento. Mis pechos quedaron libres, pesados y sensibles. Sentí el aire fresco sobre mis pezones endurecidos apenas un segundo antes de que su boca caliente los atrapara.

—Ahhh… Leo… —gemí, arqueando la espalda sin poder evitarlo.

Chupó con fuerza uno de mis pezones, rodeándolo con la lengua, succionándolo mientras sus dedos pellizcaban y tiraban suavemente del otro. Cada lamida enviaba descargas directas a mi clítoris. Hacía tanto tiempo que nadie me devoraba así, con ganas reales, con hambre. Mi cuerpo respondía solo, temblando bajo su boca.

—Así… sí… chúpame las tetas… más fuerte… —susurré entre jadeos, hundiendo mis dedos en su pelo entrecano.

Sus manos bajaron por mi vientre, levantaron la falda corta y apartaron la tanguita blanca empapada a un lado. Sus dedos gruesos rozaron mis labios hinchados y resbaladizos de excitación, y encontraron mi clítoris hinchado.

—Mmm… estás tan mojada, Juli… —murmuró contra mi pecho, con la voz ronca.

—Para vos… todo esto es para vos… —gemí, abriendo más las piernas sobre la alfombra.

Dos dedos entraron en mí con facilidad, curvándose hacia arriba en busca de ese punto que me volvía loca. Mientras su boca seguía torturando mis pezones, su pulgar giraba sobre mi clítoris en círculos perfectos. El placer crecía rápido, demasiado rápido.

—Leo… no pares… estoy… ¡ahhh! ¡Me vengo!

Mi orgasmo explotó de golpe. Mis paredes internas se contrajeron alrededor de sus dedos, mi cuerpo se sacudió violentamente y solté un gemido largo y agudo que llenó toda la casa. Me corrí tan fuerte que casi me dio vergüenza… pero él solo sonrió con satisfacción y siguió moviendo los dedos hasta que el último temblor me dejó débil y jadeando.

Apenas pude recuperarme cuando lo sentí acomodarse entre mis piernas. Su verga gruesa y dura presionó contra mi entrada empapada.

—Cógeme… por favor… —supliqué, mirándolo a los ojos.

Entró despacio al principio, abriéndome centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso. Cuando estuvo completamente dentro, solté un gemido gutural.

—Ahhh… qué gruesa… me llenás toda…

Empezó a moverse, primero lento y profundo, luego cada vez más fuerte y rápido. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con el crepitar del fuego. Mis tetas rebotaban con cada embestida mientras yo me aferraba a sus hombros.

—Más fuerte, Leo… ¡cógeme más fuerte! —le pedí entre jadeos.

Él obedeció, follándome con fuerza, clavándose hasta el fondo. Cada golpe de su pelvis contra la mía hacía que mi clítoris recibiera la fricción perfecta. Sentía que otro orgasmo se acercaba.

—Estoy cerca otra vez… no pares… ¡sííí!

Me corrí por segunda vez, gritando su nombre, mis uñas clavándose en su espalda mientras mi concha apretaba su verga como un puño caliente y mojado.

—Juli… me voy a venir… —gruñó él, acelerando el ritmo.

—Adentro… venite adentro mío… quiero sentirte… ¡llename!

Con un gemido ronco y profundo, Leo se enterró hasta el fondo y explotó. Sentí sus chorros calientes latiendo dentro de mí, llenándome por completo. Ese calor me hizo temblar de nuevo, prolongando mi placer mientras nos besábamos con desesperación, como si quisiéramos fundirnos en uno solo.

Nos quedamos un rato así, él todavía dentro de mí, latiendo suavemente, nuestros cuerpos sudorosos y pegados. El olor a madera quemada, a sexo y a su perfume se mezclaba en el aire. Me sentía llena, usada en el mejor sentido, deseada como hacía años que no me sentía.

Después me tomó de la mano y me llevó al baño de planta baja. Abrió la ducha y nos metimos bajo el agua caliente. Tomó espuma y lavó mis pechos con ternura, masajeándolos, pellizcando mis pezones todavía sensibles. Yo hice lo mismo con su verga, enjabonándola lentamente, sintiendo cómo volvía a endurecerse entre mis manos.

—Sos increíble, Juli… —murmuró mientras me besaba el cuello.

—Vos me hacés sentir mujer de nuevo… —respondí, apoyando la frente en su pecho.

Nos secamos mutuamente con caricias suaves y fuimos a la cocina. Mientras tomábamos café, nos miramos en silencio. Sabíamos que teníamos que decirlo.

—Esto no puede volver a pasar… —dije, aunque mi voz sonaba poco convencida.

Leo sonrió con picardía y respondió:

—Los dos sabemos que es mentira.

Ahora, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a sentir sus manos fuertes, su boca hambrienta en mis tetas, su verga gruesa abriéndome, sus embestidas profundas y ese momento exacto en que se corrió dentro de mí, llenándome de calor. Siento el olor a fuego, a sudor y a sexo. Por primera vez en mucho tiempo me siento viva, deseada, completa.

Y sé que, tarde o temprano… voy a volver a llamarlo.

Muchas gracias por todos los mensajes tan lindos y por seguir acompañándome en mis historias.

Lamentablemente, por ahora no tengo más relatos propios para compartir.

Si te gustaría que tu propia fantasía cobre vida, déjela en los comentarios o en el correo que está en mi perfil. ¡La convertiremos juntos en una historia bien subida de tono!

No prometo ser súper constante porque el trabajo me tiene bastante ocupada, pero cada vez que me llegue una fantasía rica, la voy a ir subiendo con mucho cariño.

Un beso enorme para todos, cuídense y nos leemos pronto.

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1 COMENTARIO

  1. “mi concha apretaba su verga como un puño caliente y mojado” . Esta frase me noqueó . Excelente relato querida amiga. !!.

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