Mamá, ¿por qué tenés esta foto?

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Querida Miranda:

No te pude responder a lo que me preguntaste. Casi salí corriendo y eso no estuvo bien. Mi niña, es que no son cosas fáciles de hablar. Entre tu generación y la mía ha pasado mucho. Por eso te dejo esta carta. Pero pensá que es horrible, así como es horrible la foto que encontraste. Si en algún momento tenés que dejar de leer, yo te entiendo. Pero quiero contarte las cosas tal como las viví yo y que el pudor no me haga omitir nada.

En 2030, unos años antes de que nacieras, volvió a nacer la alegría. Durante esa época, yo saludaba a las personas que atendían los kioscos. Esperaba verlos felices… y sí, pero lo que les encontraba era una sonrisa cansada. Había algo en el ambiente: habíamos salido —¡hace casi nada!— de una época muy oscura. El pasado nos daba un poco de miedo y un poco de vergüenza.

Yo trabajé en La Auditoría y, aunque mi trabajo era metódico y gris, sonreía cansada, pensando que hacía algo importante. Recibía todos los días del Auditor un número de archivo; en Resguardo, el policía me lo cambiaba por un paquete pesado, cubierto por una bolsa sellada color gris y que tenía pegada una etiqueta. Ponía, por ejemplo: “Caso 431. Manuel Márquez Uriburu. Enriquecimiento ilícito; colusión para cometer estafa. Propiedad del mismo, incautada en la dirección Tal y Tal”. Dentro había un celular o una computadora. Yo caminaba a mi escritorio con mi paquete y me ponía audífonos con un rock progresivo de los setentas. Entonces, podía empezar.

Recuperaba los archivos borrados; descargaba los chats e historiales y les daba un mínimo de formato; ordenaba en carpetas los archivos, según su tipo; subía todo, tal como estaba, a una plataforma. Luego, revisaba los archivos un poco de pasada. Les daba un orden: cronológico, temático o lo que yo quisiera. Y finalmente llenaba un formulario: ¿había visto algo importante, algo que en mi opinión, constituyera un delito, una prueba o un indicio de los cargos imputados? Casi siempre la respuesta era sí. Tenía suficiente información, y el orden que yo proponía normalmente permitía ver al menos un patrón… y escandalizarse.

—Dicen que le está ahorrando mucho trabajo al equipo legal, licenciada Valeria —me dijo el Auditor, que por ese entonces casi ni me conocía.

Yo solo sonreía, incómoda. Nunca he sido buena recibiendo halagos.

Lo que viste, Miru, fue parte del paquete que me entregaron el día cuatro de abril de 2030. Sí, me acuerdo de la fecha. «Caso 521. Selina Amanda Castelli. Crímenes de odio. Colusión para cometer estafa. Acoso. Privación de la libertad.» Luego, se veía que la persona que estaba escribiendo la etiqueta había notado que se le acaba el espacio. Antes de la dirección, agregó solamente: «vulneraciones varias a los derechos humanos».

Todos conocíamos a la diputada Castelli. Era difícil saber si el odio que destilaba se debía a su personalidad, o si actuaba ese fascismo que le exigían los tiempos. Era alta y hermosa, pero era falsa. Se teñía el cabello de un rubio más claro que el suyo. Hablaba en las conferencias de prensa con una, voz a la vez, acariciadora y gangosa. Las chapas que se maquillaba se perdían en el rojo de su cara cuando tenía que justificar a su gobierno. Bajaba los párpados con antipatía y ninguneaba a los periodistas (los periodistas del régimen, de los grandes diarios y la televisión; a los periodistas de verdad nunca les dio ni la hora).

Castelli usaba casi siempre saco y corbata, como una colegiala de ánime, pero cuando se declaró la guerra, dio un mensaje ante las tropas con un vestido de lentejuelas verdes, con un almidonado escote hasta el ombligo que, de lado, permitía ver sus pechos casi hasta el pezón. Llevaba también una gorra de apariencia militar.

La imagen de Castelli se reprodujo en grandes pantallas para que todos los soldados pudieran verla. La primera tropa que salió del país estaba compuesta por chicos emocionados, inadaptados y torpes, que habían votado a ese gobierno para su primer mandato. Ante Castelli, estaban pasmados; era tan intimidante y tan lejana que los excitaba más por su poder que por su cuerpo. Y su cuerpo los excitaba mucho.

Pensando en ese discurso y en lo que había pasado después, regresé a mi escritorio y empecé a trabajar sobre la computadora de Castelli. Por supuesto, lo había borrado todo. Por supuesto, lo había borrado mal. De las peores cosas que le sabíamos (las oscuras órdenes que movían a su mafia), no había casi nada. Pero los chats probaban sin ninguna duda que estaba implicada en las estafas. Ya casi había terminado mi primera pasada sobre sus archivos, cuando encontré un video largo. Vi la miniatura y, cuando reconocí quiénes estaban en el video, se me contrajeron las piernas y un sabor metálico me inundó la boca. Se veían, rojizas por la oscuridad, las caras de Castelli y del Presidente…

Su presidente, quiero decir. En 1930, aún lo llamábamos El Presidente, casi como se usa el apodo de una mafia.

En un primer momento no pude reconocer nada más, pero estaba segura de que ese video podía tener información útil. Quité la música para escuchar el audio en los audífonos y abrí el video.

El lugar era irreal. Estaba lleno de símbolos de religiones que no conozco, lleno de diseños caóticos en las paredes. El Presidente vestía un traje gris incómodo. Su papada vibraba bajo sobre el cuello manchado de la camisa azul. Castelli usaba su saco gris, su camisa blanca y su corbata de colegiala. En la época en la que lo vi, ya era un video viejo: Castelli no debía de tener mucho más de 40, pero la manera en la que llevaba su hermosura le daba una apariencia de veintimuchos. En el video sólo se les podía ver el torso, pero parecía que estaban sentados en una cama con un extraño baldaquino de telas vaporosas.

—Me lo han dicho una y otra y otra vez —decía Castelli en el video, como si estuviera continuando una conversación que había pensado antes con el Presidente. —“Selina, tenés que ser la fantasía más morbosa de los chicos que nos van a votar. Tenés que ser hermosa y caliente, pero también dar miedo. Ser inalcanzable.”

Castelli hizo una pausa y se quedó mirando al Presidente, que estaba impasible. Lo que dijo sobre sí misma le había sacado a ella una risita juvenil. Se había halagado usando las palabras del otro y era como si, con la mirada, le estuviera preguntando al Presidente, “¿verdad que soy caliente y hermosa, pavorosa e inalcanzable?”. Yo pensé que se veía, a la vez, orgullosa y patética. El Presidente no la veía.

—“Por eso” —continuó Castelli, muy enfáticamente. —“Por eso no te podés meter con el Presidente. Ponele que alguien se entera. Que alguien sabe que, cada vez que registran tu nombre, cada “reunión” que tenés con él, es para llevártelo a la cama. Si los chicos quieren tenerte en sus camas, es para tenerte ellos solos. Así son nuestros chicos; así los hemos educado. Las sonrisitas y los halagos están bien, pero tené cuidado con lo demás. Un beso en un mal momento nos puede causar problemas”. ¡Pues que les den por culo!

En ese momento, el Presidente parece haberse dado cuenta de que estaba siendo grabado y volteó a ver a la cámara. Sus ojos me erizaron la espalda. Mientras, Castelli entrecerró los ojos y empezó a reírse con malicia.

—Esta va para ustedes, maricones.

La palabra hizo que se me revolviera el estómago. Todavía se usaba esa palabra, pero… Bueno, no importa. Sigo. Castelli tomó de la babilla la cara sudada del Presidente y la acercó a ella. Le lamió la mejilla. Él tardó en reaccionar un momento. Parecía desconectado. Luego, giró de golpe, la agarró del pelo y la besó con urgencia. ¿Has visto a un caracol avanzar con dificultad sobre una rosa? ¿Has visto como el agua se va con dificultad por una tubería tapada? Así besaba el presidente los pequeños labios rosas de Castelli. Pensé que serían la Bella y la Bestia, si Bella tuviera un alma tan horrible como la de la Bestia.

Desde el principio, se veía que Castelli tenía el brazo en dirección al Presidente. Yo pensé que quizá estaba apoyando la mano en su muslo. A pocos segundos de que empezara el beso, la cámara bajó y pude ver que la bragueta del presidente estaba abierta. Castelli había sacado los testículos y el pene flácido por la ropa interior del presidente, y estaba acariciándolo… incluso antes de que empezara el video.

Mientras el presidente, muy poco a poco, se iba poniendo duro y su miembro asumía un color rojo inyectado de apariencia enfermiza, tomó a Castelli por los hombros y le quitó el saco. Ella, encantada con este gesto, detuvo el beso un momento para soltarse un poco la corbata, desabotonarse tres botones y morderse los labios, viéndolo a los ojos.

Él arrancó a besarla, le desfajó la camisa e intentó tocarle los pechos debajo de la ropa. Cuando se le complicó un poco meter la mano, dejó de besarla, se levantó de la cama, le tocó los pechos por sobre la camisa, agarró la camisa con fuerza a la altura de cada pecho, tiró de ella con fuerza y le rompió todos los botones, dejándola a partes desconocida. Entonces se abalanzó sobre ella.

Castelli estaba encantada con el machismo teatral del Presidente, que después de eso la había tirado en la cama para comerse sus pechos. La cámara tuvo que levantarse también para enfocar al Presidente succionando sus pezones, y a Castelli jadeando de emoción.

Allí cerré de golpe la computadora, preocupada de que alguien me estuviera viendo. Disminuí el sonido del video y cambié de posición para asegurarme de que nadie en la oficina pudiera ver mi pantalla.

Después de eso, Castelli bajó de la cama y se arrodilló enfrente del pene flácido del presidente y empezó a chupársela. Después de un corte, el pene del Presidente estaba completamente erecto. Alguien había editado el video.

Castelli aún tenía puestos los jirones de su camisa. Se lo metía todo en la boca, y hacía arcadas. Luego lo sacaba y lo restregaba contra sus mejillas. Lo succionaba a presión y sus labios tomaban la forma de un pez.

—Esta rica mamada es para… —dijo Castelli, y nos nombró. Nombró a sus opositores políticos uno por uno. Una rabia infinita se me juntó en los ojos y casi rompo a llorar. —Y para los maricones tibios del congreso, que la pasan traicionándome.

Entonces Castelli sacó la lengua y la pasó por todo el pene, mientras estrujaba con fuerza sus testículos, e imponía sus dedos en el escroto.

Hubo otro corte. Ahora veíamos de cerca el sexo de Castelli, que se masturbaba, gimiendo sonoramente.

—Aquí es en donde me la quieren meter doblaba… pero no van a poder —decía, mientras se introducía un dedo.

Entonces, un miembro se acercaba y Castelli quitaba el dedo. Muy poco a poco el presidente la iba penetrando y daba grandes bufidos, como un toro, tirado en el desierto y medio muerto de calor. Castelli gemía. Quizá le gustaba lo que estaba haciendo.

—Acercá la cámara a su cara. Quiero que se vean sus labios —dijo el Presidente.

En ese momento me di cuenta. Alguien estaba grabando. ¿Quién? Mi estómago se contrajo, porque creo que sé quién era. Creo que todos sabríamos quién era. Pero ahora me da asco decirlo.

En todo caso, la cámara se acercó a los labios rosa de Castelli, que se abrían y se cerraban con un gemido sordo, según el Presidente la fuera penetrando. El ritmo era lento, y se detenía todo el tiempo. Pero Castelli no decía nada. Esperaba.

El presidente le agarraba los pechos con intensidad y, de tanto en tanto, él se detenía de cansancio y bajaba a comérselos. Ella chillaba con alegre malicia.

Tras un corte, la escena cambió. La cámara se había puesto detrás de la cama, junto a una de las patas del baldaquino. Castelli se restregaba con gozo, sobre la pija del Presidente. Tardé en darme cuenta de que tenía sobre el pecho. Entre las dos tetas, enormes y firmes, vi los colores que conocía bien. Castelli estaba usando la banda presidencial. Cuando me di cuenta, Castelli se lo metió y empezó a montarlo. Chocaba una y otra vez contra la panza pálida del presidente, pero ella, tan sensual como siempre, se mesaba el cabello como una sirena…. y esa sirena tenía entre sus pechos perfectos los colores de mi bandera.

De pronto, ella paró.

—Seguí —le pidió el Presidente.

—Decí que el ministro de economía me come la panocha cuando recién me la llenaron de blancura —le exigió Castelli.

El presidente lo dijo tal como se lo pidió ella. Al escucharlo, Castelli empezó a cabalgarlo con furia. Se agarraba los pechos y los dejaba caer para que botaran, se sacaba el pene y se lo volvía a meter de golpe, para que el presidente gimiera, perreaba hacia un lado o hacia otro. No estaba cogiendo: estaba dando un espectáculo.

—¡Dime “presidenta”!

—¡Presidenta, presidenta! —gimió el presidente, con furia.

Ante ese horrible recuerdo del pasado, tomé una captura de pantalla y cerré el video. Salí de mi trabajo con un pretexto, corrí, doble la esquina y compré un paquete de papel fotografía tamaño carta. Regresé, lo puse en la impresora, me aseguré de que nadie me viera e imprimí la captura de pantalla. Me aseguré de que la banda presidencial se viera con toda claridad entre los pechos de Castelli. Borré la fotografía. Guardé la impresión en mi portafolios y la he tenido escondida en el librero desde entonces.

Me preguntás por qué conservo la foto. Porque era incorrecto. Porque no debí, Miru. Pero ese no deber me hacía sentir justicia. Tu tía Miranda murió en cama cuando dejamos de pagar el hospital privado. A tu tío Ernesto lo levantaron en la calle y lo mandaron a esa estúpida guerra a morirse. Con el Presidente y con Castelli, esa era la única libertad que nos quedaba: morirnos. Ella y él, y todos los suyos nos habían quitado tanto… que yo quería quitarles algo. Mientras se pudrían en la cárcel, quería tener un poco de ellos, sentir que había algo suyo que no podían quitarme. Saber que, en el fondo de toda su maldad, tenían la misma carne sudorosa y débil de las personas a las que destruyeron.

El cuatro de abril de 2030, cuando salí de vuelta a casa, vi que había una manifestación. Yo no podía llegar a la otra acera, así que tuve que caminar varias cuadras con ellos. No sabía exactamente por qué se manifestaban, pero me entregué un poquito al sentimiento. Las consignas recordaban el pasado. Por aquí y por allá, el viento movía las banderas palestinas y los pañuelos verdes. Los jóvenes, con caras sonrientes y cansadas, le reclamaban al gobierno que no desandara más rápidamente el camino de nuestra pesadilla.

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