La toalla ya descansa en la repisa.
Suena la regadera, hierve el agua.
El azul de las ocho en la ventana
y, abajo, ella, que en el vaho tirita.
Entra a bañarse. El sol de la mañana
le siembra sombras sobre las costillas
tan cariñosamente protegidas
por dos senos de luz, que el agua empapa.
Pero ella tiene formas tan cuantiosas,
que hay mucho espacio de su piel perlada
a donde nunca llegaría una gota.
Las toma entre las manos y las alza,
y, entonces, bajo el pecho, que rebota,
se cuelan en un golpe el sol y el agua.
![]()