Año Nuevo, primo nuevo

1
3945
T. Lectura: 4 min.

Era la fiesta de fin de año. Toda la familia reunida, como siempre. Pero a diferencia de otros años, esta vez mi tío Andrés llegó acompañado de su nueva esposa… y de su hijastro.

Tal vez la misma edad que yo. Veinticuatro.

Desde el instante en que entró por la puerta, mucho antes de que nos presentaran formalmente, ya habíamos cruzado un par de miradas. Pícaras. Cómplices. Como si ambos supiéramos algo que los demás ignoraban.

Él era todo un dios. Cara de ángel, cuerpo de tentación. Olía riquísimo, un perfume amaderado que se quedaba flotando después de que pasaba. Y cuando sonreía… el lugar se iluminaba.

Mi tío Andrés nos presentó.

—Aldo, mucho gusto —dijo.

Y al mismo tiempo que apretaba mi mano, con su dedo medio rozó la palma. Un roce suave, intencional. Demasiado íntimo para un saludo familiar.

Se me erizó la piel.

—Alondra —respondí, sintiendo la garganta seca—. Encantada.

Le sonreí. Estaba nerviosa. Tan nerviosa que casi olvido soltar su mano.

La noche transcurría sin novedad. Risas, brindis, tías chismosas, primos pequeños corriendo. Hasta que llegó la hora de la cena.

Aldo se sentó enfrente de mí.

Y con su pie, por debajo de la mesa, rozó mi pantorrilla.

No supe si fue accidente. Pero cuando volvió a hacerlo, esta vez más lento, supe que no lo era. Contuve la respiración. Seguí comiendo como si nada, pero por dentro era un hervidero.

A mi lado estaba Maribel, mi prima. Un año menor que yo. Y no le quitaba la vista de encima… a Aldo. Se notaba la tensión sexual a mi alrededor. Y no era conmigo. Algo me decía que ella lo andaba rondando, igual que yo.

Mis sospechas las confirmé cuando, de repente, sentí un roce en mi pierna. Bajé la mirada disimulando, como si hubiera dejado caer algo. Y lo vi.

Maribel tenía un pie sin zapato. Descalzo. Y lo tenía justo ahí. En la bragueta de Aldo.

Pero no estaba quieto.

Comenzó a moverlo. Despacio. De arriba abajo. La planta de su pie descalzo recorría la longitud de su bragueta con una lentitud que me hizo contener la respiración. Subía hasta la hebilla. Bajaba hasta donde comenzaban sus muslos. Una y otra vez. Como si estuviera acariciando lo que había debajo.

Aldo seguía conversando con mi tío como si nada. Su cara era un poema de control. Pero yo veía cómo sus dedos se tensaban sobre el mantel. Cómo su mandíbula se apretaba.

Maribel aumentó el ritmo. Ahora no era solo de arriba abajo. Hacía círculos con la punta de sus dedos del pie justo en el centro de la bragueta. Presionaba apenas. Soltaba. Volvía a presionar.

Y entonces lo vi.

Una pequeña gotita húmeda comenzaba a manchar la tela clara de su pantalón. Primero diminuta. Luego más grande. Esa gotita lo traicionaba. Era preseminal. Ya se está viniendo solo con el pie de mi prima, pensé, y eso me excitó más de lo que quisiera admitir.

Maribel lo miró. Sonrió. Y no paró.

Siguió frotando. Más rápido. Más firme. Hasta que Aldo carraspeó, se levantó de golpe, y dijo:

—Disculpen, voy al baño.

Pero antes de irse, miró a Maribel. Y ella le guiñó un ojo.

No dije nada. Solo seguí mirando, fascinada y furiosa a la vez, con el coño empapado y los pezones duros rozando contra el sostén.

Pasaron las horas. Las manecillas del reloj no dejaban de correr.

5, 4, 3, 2, 1…

—¡Feliz año nuevo!

Abrazos, lágrimas de tías emocionadas, buenos deseos, besos falsos en mejillas empolvadas.

Y Aldo y Maribel… ¿dónde estaban?

No supe en qué momento se habían fugado.

Mis tías no me dejaban ir. Una me sujetaba del brazo, otra me contaba una historia que no me importaba. Necesitaba detener eso.

—¡Ya voy, ya voy! —mentí, y escapé.

Fui directo a su habitación. Nada.

A la habitación de al lado. Tampoco.

La cocina. No.

El patio. No.

Salí corriendo a la camioneta de mi tío. Vacía.

La azotea. Se me ocurrió como un flashazo.

Subí las escaleras de dos en dos, el corazón latiéndome en la garganta. Y ahí estaban.

Entre la ropa de los tendederos, semidesnudos. Haciendo el amor a lo bestia, como si murieran de deseo. La escena era tan deliciosa como cruel. Mi prima sí que sabía moverse. Gemía. Subía y bajaba a un ritmo que… Dios mío. Lo tenía comiendo de su mano… o de su coño. No sabía ni dónde mirar.

Apreté las piernas.

Y de repente, una mano sobre mi boca.

No grité. Entendí a la primera.

Era el hermano de Maribel. Mi primo. Éramos dos espectadores de esa escena prohibida.

Yo solo apretaba las piernas cada vez más fuerte. Moría por tocarme. Y no era la única.

Mi primo me miró. Tenía los ojos oscuros, brillantes, la respiración agitada.

—¿Puedo? —susurró, con la voz ronca.

—Adelante —respondí, sin pensarlo.

Se la sacó. Y mira que no le pedía nada a Aldo. La tenía igual de grande. Pero con pelos… se veía más deliciosa. Más real. Más macho.

Se me hizo agua la boca. Y el coño.

Mi primo se dio cuenta al instante. Me la ofreció sin decir nada.

No me hice del rogar. La tomé en mis manos. La acaricié despacio, sintiendo cada centímetro, cada latido. Me incliné hacia su oído.

—Se te está poniendo bien gorda, primo —le susurré.

Eso pareció gustarle. Se puso todo rojo. Todo ansioso. Me tomó del pelo —sin lastimar, pero con autoridad— y me la empujó completa a la boca.

Yo, toda sumisa, obedecí. Haciendo lo que él quería. Me tenía a sus pies. O mejor dicho: a su miembro.

Me tomó de la mano y me llevó al otro lado de la azotea, donde había un viejo lavadero de cemento. Frío. Oscuro. Perfecto.

—Prima —preguntó, con la voz entrecortada—. ¿Me quieres estrenar?

Ufff. Por supuesto que sí.

Me empapé solo de oírlo. Deseaba sentirlo palpitando dentro de mi coño.

Me tomó de la cintura. Me cargó sin esfuerzo. Acomodó mis piernas alrededor de su cintura. Y entró.

Sin esfuerzo. Como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando.

Una y otra vez. Marcando un ritmo que me volvía loca. Al mismo tiempo, me comía las tetas. Mordía, lamía, succionaba. Parecía que mi primo se hubiera transformado en todo un macho deseoso de coño. Y aquí estaba yo. Abierta. Lista para estrenarlo.

Cada vez su abdomen más tenso. Sus piernas temblando. Pero él seguía. No se detenía.

Y yo no iba a dejar que se detuviera.

Hasta que una explosión… lo supe por las pulsaciones largas y profundas que llenaron cada rincón de mi coño. Mi primo sudaba. Soltó un gemido que me erizó la piel… y me hizo correrme aún con su miembro adentro.

De repente:

—¿Quién anda ahí?

La voz de Maribel.

Nos dio tiempo de correr. Con la ropa medio puesta. Bajando las escaleras a oscuras, riéndonos sin hacer ruido, con el corazón a punto de estallar.

Y él, mi primo, me apretó la mano antes de separarnos.

—¿Te gustó? —preguntó.

—Pregunta estúpida —respondí—. Ya sabes que sí.

Sonrió.

Y supe que esa no sería la última vez.

Fin

Loading

1 COMENTARIO

  1. Ufff hermosa complicidad y sexo rápido, con el agregado de lo prohibido. Gracias por este relato me calentó y tuve que responder al instinto. Espero más.

    B.

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí