Soy Santiago y soy un tipo con estudios, gimnasio y un buen puesto en el trabajo. Tengo prestigio en mi entorno y soy comúnmente bien visto ante los demás. Mi esposa Susana es la culona alegre y divertida que todos miran, pero que respetan al tratarse de mi mujer.
Resulta que un día éramos un grupo grande de amigos de la empresa y habíamos ido a una discoteca al centro de la ciudad para divertirnos un fin de semana. Ese sábado yo la pasaba genial, bailando con Su, tomando roncito y conversando con los amigos. Después de un largo rato de reír, me doy cuenta de que Susana no estaba por ninguna parte. La busco con la mirada de lado a lado, no la encuentro, pregunto por ella y todos están igual de sorprendidos.
Me voy al baño de mujeres y, oh sorpresa… Sandro, el conserje feo de rostro y de cuerpo delgado y bajo, se estaba besando con lengua con nada más que con mi Susi. Mientras la besaba, él le agarraba a dos manos el culazo sobre ese vestido; lo apretaba, lo acariciaba, metía dedo por la raja… le hacía de todo, mientras ella se veía totalmente excitada comiéndole la boca.
Yo, manteniendo mi distancia, no sabía cómo reaccionar: si darme la vuelta por vergüenza o encarar al tipo y matarlo a golpes. Entonces me dije: “No puedo ser tan tonto, debo ir hacia él…”. De pronto, cuando voy enfurecido, Sandro reacciona, aparta a mi mujer cubriéndola como quien la protege y, al tenerme cerca y ver mi actitud, me planta un cabezazo en la nariz. Caigo agarrándome la cara con dolor. Él se acerca y me dice:
Sandro: ¡Ya cálmate y no hagas escándalo!
Santiago: ¿Qué es lo que has hecho, estúpido muerto de hambre?
Susana: ¡Ya paren, por favor! —decía ella, cubriéndose el rostro de vergüenza.
Sandro: ¿Muerto de hambre, no? Pues es verdad, pero este muerto de hambre mira lo que tiene entre patas…
Dios santo, se sacó la vergota súper gorda, venosa y muy cabezona, de un tono morado. Acercándola a la altura de mi cara, pude notar no solo el tamaño, sino el terrible olor que desprendía. Tanto habrá sido mi rostro de sorpresa que debí abrir los ojos de más, y Sandro contraatacó:
Sandro: ¡Jajaja! ¿Qué pasó? Ya sabes por qué tu esposa me busca.
Con lo poco que me quedaba de dignidad, me levanté para darle un golpe; sin embargo, Sandro lo esquiva y me lanza un beso volado en son de burla.
Mi esposa se me acerca y me lleva a la salida del local hacia el auto. En el trayecto a casa, estuvimos en total silencio. Al llegar, la rabia me quemaba por dentro. “¡Dime por qué con ese tipo, Susana!”, le grité en la sala. Ella, con la mirada perdida, soltó la verdad: “Él puede ser feo, Santiago, pero es un dios en el sexo”. Herido en mi ego, le pregunté si era solo por el tamaño de esa verga que me restregó en la cara, y ella me respondió que en parte sí, pero que además yo solo era romántico y cariñoso, mientras que Sandro era morboso y muy atrevido.
Intenté convencerla de que nunca más lo viera y ella aceptó con la cabeza baja. Sin embargo, días posteriores, mi desconfianza me llevó a revisarle el celular. Descubrí conversaciones picantes con Sandro y hasta fotografías de ella posando para él en posiciones que nunca hizo conmigo. Al confrontarla de nuevo, rompió a llorar confesándome que era muy difícil dejar a Sandro; que su cuerpo ya no le respondía a ella, sino a él. Tras muchas conversaciones y de sentirme humillado, pero a la vez extrañamente encendido por la situación, terminé aceptando mi destino. Acepté ser el cornudo que tiene que compartir a su mujer con el conserje.
La humillación pasó de ser un secreto a convertirse en la rutina. Ya no se escondían. Sandro, con esa confianza asquerosa de saberse dueño de los deseos de mi mujer, empezó a llegar a la casa a cualquier hora, entrando sin tocar, como si él fuera el verdadero señor de la propiedad y yo solo un inquilino molesto.
Un viernes por la tarde, mientras yo intentaba concentrarme en unos informes, escuché la puerta abrirse. Era él. Venía con su ropa de trabajo, transpirado y con ese olor a calle que a Susana tanto la encendía. Ella bajó las escaleras casi volando, vestida apenas con una bata de seda que dejaba ver que no llevaba nada debajo. Se lanzó a sus brazos frente a mí y él, con una risa burlona, le dio un nalgazo que sonó en toda la sala.
—¡Mira cómo me recibe tu mujer, jefe! Se nota que te tiene ganas… pero de que yo la atienda.
Susana, antes recatada, ahora se portaba como una verdadera puta. Se arrodilló frente a él ahí mismo, en la alfombra de la sala, y empezó a besarle las manos callosas. Me miró con una chispa de maldad y soltó:
—Santiago, no te quedes ahí parado. Trae la cinta métrica. Sandro quiere que verifiques algo.
Regresé con la cinta y encontré a Sandro sentado en mi sillón favorito, con Susana en el suelo entre sus piernas. Sin el menor pudor, él se bajó los pantalones y esa bestia morada saltó hacia afuera, palpitante y obscena.
—A ver… mide esto —ordenó Sandro con una seguridad que me aplastaba—. Quiero que sepas exactamente cuánto se está comiendo tu mujercita todas las tardes.
Susana soltó una risita burlona mientras me obligaba a acercarme. Con las manos temblorosas, puse la cinta desde la base de esa verga descomunal.
—Mide, Santiago, no seas tímido —me decía ella, mientras acariciaba los testículos de Sandro—. Dile cuánto mide de largo. ¿Son 22? ¿Son 23 centímetros? Y no te olvides del grosor, que eso es lo que más me vuelve loca.
Tuve que rodear con la cinta ese tronco venoso que parecía no tener fin eran 18 cm de circunferencia super gordo super imponente.
Sandro se reía a carcajadas a pocos centímetros de mi cara. Susana me quitó la cinta de las manos y se la pasó por el cuerpo.
—¿Ves la diferencia, mi amor? Lo tuyo es un juguete comparado con este monstruo.
Después, Sandro la agarró del cabello y la obligó a ponerse en cuatro sobre la mesa del comedor. Me obligó a quedarme ahí, parado, viendo cómo la penetraba con una fuerza salvaje, mientras ella gritaba mi nombre “Santiago mi poto chico mira, mira mira” solo para burlarse de mi incapacidad de hacerla sentir así. Sandro, en pleno acto se sonreía mirándome.
La humillación en la mesa era solo el principio. Tras embestirla con esa fuerza animal, Sandro se detuvo un momento, respirando agitado. Susana estaba totalmente ida, con el maquillaje corrido y una expresión de entrega absoluta.
Sandro se acomodó y le dio una orden silenciosa. Ella se posicionó detrás de él y empezó a lamerle y chuparle el culo con una devoción asquerosa. Pasaba la lengua con ganas, disfrutando del sudor y la suciedad del tipo, lo olía y lo lamía.
—Mira cómo lo disfruta, Santiago —decía ella entre lamidas—, tiene un sabor a hombre de verdad, no como tú que siempre hueles a perfume caro.
Sandro soltó un gemido y, de un tirón, la puso de nuevo frente a él. Se empezó a masturbar con fuerza frente a mis ojos, con esa vergota morada palpitando. Susana se quedó de rodillas, esperando. De pronto, una descarga abundante de leche espesa y caliente brotó con fuerza, manchando toda la pancita de Susana y sus muslos. Era una cantidad exagerada, blanca y brillante. Sandro se limpió con desprecio y me miró con una sonrisa malvada.
—Bueno, jefe, ya me desahogué. Ahora te toca a ti el trabajo de limpieza.
Susana me miró con autoridad:
—Ya escuchaste a Sandro. No dejes que se desperdicie ni una gota. Límpialo… pero hazlo con la boca. No quiero ver nada en mi cuerpo, quizás hasta te gusta.
Sentí un nudo en la garganta, pero el morbo me dominaba. Me acerqué temblando a la pancita de mi esposa y empecé a lamer la leche de Sandro.
Al principio sentí asco, pero el sabor fuerte, salado y amargo de la eyaculación de ese tipo empezó a despertarme algo que no quería admitir. Lo disimulaba con cara de desagrado, pero por dentro el calor me subía por todo el cuerpo. Me encontré saboreando cada gota, buscando los restos en el ombligo de mi mujer y relamiéndome los labios. El sabor de la leche de Sandro me empezó a gustar de una manera enferma.
—¡Míralo, Sandro! —se burlaba Susana mientras me acariciaba la cabeza—, parece que a tu jefe le gustó tu sabor. Se lo está tragando todo con ganas…
Sandro se reía a carcajadas, disfrutando de ver al “gran Santiago” arrodillado y limpiando sus restos, mientras yo, en silencio, ya esperaba que nunca se termine y hasta mi fantasía de ser una “familia”.
Hoy por hoy Sandro ya no es tan malo conmigo, pero sigue reventado a mi mujer y yo sigo disfrutando de tomar leche y mirar sus perversiones, Susana es muy feliz conmigo.
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