La brisa se coló en el vehículo en cuanto abrí la puerta.
Olía a mar y a hierba.
El aire acarició mi piel desnuda de brazos y muslos y el espejo retrovisor que colgaba del techo, escupió la imagen de mis ojos verdes de chica mala e independiente.
“Laura es una gordibuena” habían dicho de mí en la “uni” hace más de dos décadas.
Lo de “gordi” lo decían por mi vientre, que nunca había sido totalmente plano, pero también por mi culo. La verdad es que aquella mañana de sábado, recién duchada, antes de vestirme, había examinado mi anatomía con morboso detalle. Mi trasero seguía ahí, voluminoso, algo más caído que antaño, pero atractivo a su modo.
El timbre del móvil me devolvió a la realidad, abrí el whatsapp y respondí al mensaje. “Acabo de llegar. Estoy en cinco minutos” escribí con rapidez.
Luego suspiré, apreté involuntariamente las nalgas como quien trata de retener la fuga de un pedo furtivo, me levanté y salí del coche cerrando la puerta tras de mí.
La casa estaba enfrente, a pocos pasos.
Dude de nuevo, después de todo no conocía personalmente a ese tipo, solo sabía que era pintor y que necesitaba una modelo.
Para pintar un desnudo.
La puerta se abrió con suspense.
—Hola tu debes ser Laura. Yo soy Julián. —saludó el anfitrión con voz ronca plantando dos besos en mis mejillas.
Me quedé paralizada durante unos segundos, mi cerebro procesando la información. Aquel chico no llegaba ni de lejos a los treinta. Complexión atlética, ropa informal y un innegable atractivo.
“Esperaba otra cosa.” Pensé sintiendo el nerviosismo recorriendo mi cuerpo.
Me había imaginado a un hombre de cincuenta y tantos, excéntrico, con pinta de artista loco. Y sin embargo, este joven, era en si mismo un modelo.
—Mi abuelo era pintor. Empecé joven. —dijo de repente como si me hubiera leído el pensamiento.
Sonreí. Siempre sonrío cuando estoy nerviosa.
Entré en la casa y fuimos directos al taller. Me ofreció un vaso de agua.
Un caballete con un lienzo en blanco, tubos de pintura, pinceles y una paleta. Aquello si era como me lo había imaginado.
—Desnúdate.
Las palabras me pillaron por sorpresa, esperaba más conversación.
—Tenemos que aprovechar las horas de luz y acabar hoy. —añadió a modo de explicación.
No me dio más instrucciones, pero tampoco eran necesarias y, de alguna manera, esa conversación directa hacía que todo sonase profesional.
Me quité la ropa sin mucha ceremonia. La camiseta, los pantalones cortos quedaron doblados en una silla. Las bragas y el sostén a su lado. Instintivamente cubrí mi coño peludo con una mano. El aire de la habitación acariciaba todo mi cuerpo y se colaba sin ningún pudor por la raja de mi culo. Mis tetas expuestas, el peso de mi cuerpo sobre mi pierna izquierda.
—Perfecto. —intervino Julián después de repasar mi desnudez con sus ojos.
Luego arrastró un sillón de cuero color granate y lo puso a mi lado. Siguiendo sus instrucciones le di la espalda, y me arrodillé sobre el asiento. La cabeza mirando al lado derecho, expresión de alguien que medita.
Permanecí así durante una hora. Al principio estaba algo nerviosa, notando su mirada en mi trasero, pero luego esa ansiedad dejó paso a cierto cansancio físico.
—Puedes incorporarte y descansar durante un tiempo.
Me moví e instintivamente busque algo con que cubrirme. Pero no había nada a la vista, así que me obligue a actuar de manera natural.
Hablamos y conectamos.
—Volvamos al trabajo. Y luego tú decides.
Mis mejillas enrojecieron mientras ocupaba de nuevo la posición de posado.
Hora y cuarto después llegó el anuncio de que el cuadro estaba listo.
Sin pudor alguno me acerqué a contemplar el resultado. Era yo, mi culo, mi espalda, mi cuerpo… pero también mi carácter, mis emociones y…
—Eres muy sexy. —comentó el pintor sin apartar su mirada del cuadro.
—¿Tú crees? —pregunté.
—Quiero saber más de ti.
En ese momento, impulsivamente, le besé en la boca.
Me aparté segundos después.
—Yo, perdona. —dije avergonzada de mi acción.
El no dijo nada, solo sonrió y luego, agarrándome por la cintura me atrajo hacia su cuerpo.
Mi respiración se agitó y el ritmo de latidos de mi corazón aceleró. En ese instante aspiré su perfume natural y noté el bulto de su entrepierna contra mi pubis.
Me besó. Abrí la boca y dejé que su lengua explorara mi boca.
Al separarse me dio un azote juguetón.
Protesté al notar la nalgada y mi excitación subió aún más. Mi mirada se dirigió al bulto de su pantalón.
Él acercó la boca a mi oído, agarró una de mis nalgas con su mano y susurró. “Si quieres te enseño a pintarlo.”
Asentí observando como se bajaba los pantalones y los calzoncillos liberando un pene grueso, venoso y más grande de lo que imaginé.
—Acerca ese papel y coge un pincel, eso es.
Se colocó a mi lado, cogió mi mano para guiarla y comencé a pintar su miembro viril. Mientras pintaba, el acariciaba mi nalga y recorría con su pulgar mi raja bajando hasta acabar hundiéndolo en la vagina por detrás. Crucé las piernas y moví el culo intentando escapar al tocamiento de forma refleja, pero lo único que conseguí fue atrapar su dedo contrayendo el trasero.
Incapaz de concentrarme deje el dibujo a medias.
Para entonces su boca chupaba mis pezones y mi coño se llenaba de líquido lubricándose sin vergüenza, empapando el vello púbico. Mi mano buscó su pene y luego acarició su culo perfecto.
De rodillas lamí sus genitales, las bolsas de su escroto y finalmente el miembro. Sus gemidos me animaron a chuparlo con ansia.
Poco después, el joven me ofreció un condón y con el vestí el falo.
Me senté en el sillón y abrí las piernas. Innecesariamente su boca y su lengua saborearon la apertura empapada.
—Delicioso —dictaminó con voz ronca.
Enrojecí y casi alcanzo el orgasmo con solo oír su voz como respuesta al cumplido.
—Te quiero dentro —rogué deslizando mi trasero sobre el sillón hasta el borde y exponiendo más si cabe mi sexo.
El me miró con deseo y conteniéndose de manera admirable, colocó la punta del pene en la entrada y de manera delicada lo deslizó sin esfuerzo hasta dentro.
Juro que en aquel momento creí alcanzar el paraíso del placer.
Pero estaba equivocada.
Con cada envestida, con cada beso. Mi cuerpo se aferraba más al suyo. Las convulsiones no tardaron en llegar, el orgasmo me cogió como una gran ola y mi cuerpo perdió el control. Gemí, grite, maldije mientras la electricidad alcanzaba cada nervio de mi cuerpo.
Después, cuando recuperé el aliento. Le di la espalda para que pudiera disfrutar de mi culo.
Me azotó hasta en cinco ocasiones porque se lo pedí. Me azotó coloreando de rojo mis nalgas. Me azotó haciéndome notar cierto escozor.
Y confieso que, en ese momento, no me hubiera importado que cogiese un cinturón de cuero y me pegase un poco en serio. Me lo hubiera merecido por atreverme a disfrutar de aquella manera obscena. Pero él no siguió por ese camino. Me besó las nalgas, las acarició, hundió su rostro en la hendidura que separaba mis medias lunas y lamió el ano.
Luego, volvió a poner el pene en la rampa de entrada y me tomó por detrás. Sus manos en mis tetas y sus huevos chocando contra mis glúteos generosos. Me embistió hasta que los dos caímos rendidos y sudorosos.
Luego, un rato más tarde, me vestí.
El me miró, miró el cuadro y dijo.
—El próximo será de frente.
Asentí movida por la curiosidad.
Quería ver como aquel genio retrataba, una vez más, mi alma.
Y estaba dispuesta a aportar todos los datos que necesitase a través de una nueva sesión de sexo.
Fin
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