Me llamo Laura, tengo 45 años y llevo diez años con Wilson: cinco de novios y cinco de casados. Nuestra relación siempre ha sido estable, cariñosa y, en la cama, bastante convencional. El sexo es bueno, frecuente, pero nunca ha explorado territorios más oscuros o intensos. Yo, sin embargo, guardo desde hace años una fantasía que no he podido sacarme de la cabeza: el sexo anal.
Al principio solo eran pensamientos fugaces. Luego se volvieron más insistentes. Empecé a dar indirectas: un roce más prolongado cuando me abrazaba por detrás, un gemido más profundo cuando sus dedos se acercaban a esa zona, o incluso gestos discretos con la mano mientras veíamos una película, imitando un movimiento lento y circular. Wilson nunca pareció captarlas… o tal vez sí las captó y prefirió ignorarlas.
Una noche, después de hacer el amor de la forma de siempre (él encima, yo mirando el techo con una mezcla de placer y frustración), me armé de valor y se lo confesé directamente:
—Amor… me gustaría probar algo diferente. El anal… creo que me excita mucho la idea.
Wilson se quedó en silencio unos segundos, luego soltó una risa incómoda y respondió:
—¿En serio? No sé, Lau. Eso no me llama la atención para nada. Me parece doloroso. Mejor sigamos como estamos, ¿no?
Y así quedó el tema. Nunca más lo volvió a mencionar. Yo intenté olvidarlo, pero la fantasía seguía ahí, latiendo cada vez más fuerte.
Un par de meses después, mientras tomábamos café con mi amiga Carla, me sinceré. Le conté todo: las indirectas, la confesión, la negativa rotunda de Wilson.
Carla me escuchó con atención, luego sonrió con picardía y dijo:
—Conozco a alguien… un hombre muy experimentado en eso. Es discreto, limpio y sabe exactamente cómo hacerlo para que sea placentero. Solo sexo anal, nada más. Ni besos, ni caricias románticas, ni penetración vaginal. Es un experimento puro. Si no te gusta, lo dejas y ya. Nadie se entera.
Al principio me negué rotundamente.
—¿Estás loca? Estoy casada, Carla. No puedo hacer eso.
Pero ella insistió con calma:
—Precisamente porque estás casada y Wilson no quiere darte eso… ¿por qué no probarlo una sola vez? Es solo una parte de tu cuerpo que él no quiere tocar. No es una aventura emocional. Es solo placer físico, curiosidad satisfecha. Piensa en ello como un masaje especial, nada más.
Dudé durante días. La culpa y la excitación peleaban dentro de mí. Hasta que una noche, sola en casa mientras Wilson estaba de viaje de negocios, le escribí a Carla:
—Está bien… preséntamelo. Solo una vez, solo anal. Y si no me gusta, se acabó.
Carla nos citó en su apartamento esa misma tarde. Yo llegué nerviosa, con el corazón latiéndome en la garganta y las manos sudadas. Cuando entré, él ya estaba allí. Se llamaba Diego, tenía unos 38 años, alto, de complexión atlética pero no exagerada, con una sonrisa fácil y una mirada pícaramente divertida que inmediatamente me hizo sentir un poco más relajada. Era simpático, conversador y muy directo sin ser grosero. Nos presentó Carla y luego, con una excusa rápida, dijo:
—Bueno, los dejo solos. El apartamento es todo suyo por las próximas horas. Disfruten… y relájense.
La puerta se cerró detrás de ella y el silencio se hizo denso. Me quedé de pie en la sala, con pena, sin saber dónde poner las manos. Diego se acercó con calma, sin invadir mi espacio.
—No tienes que hacer nada que no quieras, Laura. Si en cualquier momento quieres parar, solo dilo. ¿Estás cómoda?
Asentí, aunque por dentro temblaba. Charlamos un rato sobre tonterías para romper el hielo. Luego sacó de una mochila un pequeño maletín negro: lubricante de base siliconada, un plug anal pequeño de silicona suave, guantes desechables y toallas. Todo muy profesional y limpio.
Empezamos despacio. Me pidió que me quitara la ropa de abajo y me recostara en la cama boca abajo, con una almohada bajo las caderas para elevarme un poco. Me sentía expuesta, vulnerable, pero también extrañamente excitada. El corazón me latía fuerte.
Diego se sentó a mi lado, calentó un poco de lubricante entre sus manos y comenzó a masajear suavemente mis nalgas y la parte interna de mis muslos. Sus dedos eran firmes pero pacientes. Poco a poco fue acercándose al centro.
Primero usó el juguete. Untó generosamente el pequeño plug con lubricante y lo presionó con mucha suavidad contra mi ano. Sentí la punta fría y resbaladiza. Respiré hondo, tratando de relajarme. Él susurraba palabras tranquilizadoras:
—Respira lento… empuja eso ayuda a que entre más fácil.
La presión aumentó. Al principio fue incómodo, una sensación de ardor leve y de que algo no debía estar ahí. Pero Diego fue muy lento, girando el plug con cuidado, entrando solo unos milímetros y saliendo, dejando que mi cuerpo se acostumbrara. Poco a poco, centímetro a centímetro, el plug fue entrando.
Cuando la parte más ancha pasó el anillo muscular, solté un gemido ahogado. Ya dentro, sentí una plenitud extraña, una presión profunda que se extendía hacia mi vientre. No era dolor exactamente, sino una sensación intensa, como si todo mi cuerpo se concentrara en esa zona prohibida. Mi clítoris empezó a palpitar casi por reflejo y noté que me estaba mojando a pesar de no haber tocado mi vagina en absoluto.
Diego esperó unos minutos, dejando que me adaptara, moviendo el plug muy suavemente en círculos. Luego lo retiró con cuidado y pasó a usar sus dedos.
Se puso un guante, aplicó mucho más lubricante y comenzó a masajear el exterior de mi ano con la yema del dedo índice, haciendo círculos lentos y firmes.
La sensación era resbaladiza, caliente. Introdujo solo la punta del dedo, entrando y saliendo, abriéndome poco a poco. Sentí cómo el músculo se relajaba contra su voluntad, cediendo a la presión constante y lubricada. Cuando metió el dedo completo, gemí más fuerte. Era una invasión profunda, una sensación de ser llenada desde atrás que me hacía sentir extrañamente sumisa y expuesta.
El ardor inicial se transformó en un calor pulsante que se mezclaba con un placer raro, casi eléctrico, que subía por mi columna. Cada vez que movía el dedo rozando la pared frontal interna, una ola de placer me recorría el vientre, como si estuviera tocando un punto G oculto. Mi respiración se volvió entrecortada y empecé a mover las caderas sin darme cuenta, buscando más.
—Estás abriéndote muy bien… —murmuró Diego con voz ronca.
Después de varios minutos trabajando con un dedo, añadió un segundo. La sensación de estiramiento fue más intensa. Sentí cómo mi ano se dilataba alrededor de sus dos dedos, un quemazón leve que poco a poco se convertía en una plenitud deliciosa y prohibida. El lubricante hacía que todo fuera resbaladizo y fácil. Mi cuerpo empezó a traicionarme: los músculos internos se contraían alrededor de sus dedos con espasmos involuntarios, y un calor húmedo se extendía por mi sexo aunque nadie lo tocara. Era como si el placer anal despertara todo mi sistema nervioso de una forma diferente, más visceral, más animal.
Después de varios minutos con los dedos de Diego abriéndome con cuidado, él retiró la mano lentamente. Sentí el vacío por un segundo y luego la presión caliente y mucho más gruesa de la cabeza de su verga lubricada contra mi ano. Respiré hondo, empujando hacia afuera como me había dicho. Cuando el glande pasó el anillo muscular más apretado, solté un gemido agudo y largo, mezcla de ardor y sorpresa. Mis dedos se clavaron en la sábana.
—Ahhh… —susurré, con la cara completamente hundida en la almohada. El ardor era intenso, pero al quedarse quieto unos segundos, esa sensación empezó a transformarse. Una plenitud caliente y profunda me invadió, como si todo mi interior se estuviera llenando de una forma nueva y prohibida. Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.
Diego comenzó a moverse muy despacio, entrando solo un poco más con cada embestida corta y controlada. Mis gemidos salieron suaves al principio, casi tímidos.
—Ahhh… mmm… —gemí bajito, todavía avergonzada de los sonidos que escapaban de mí.
—¿Cómo te sientes, Laura? —preguntó él con voz grave y ronca, sin dejar de moverse.
—Rico… —respondí en un susurro casi inaudible. La vergüenza me quemaba las mejillas. “Dios… estoy casada y estoy dejando que un desconocido me folle el culo…”, pensé.
Diego empujó un poco más profundo y aceleró ligeramente el ritmo.
—¿Te gusta mi verga en tu culo?
Me mordí el labio inferior con fuerza. Dudé un segundo, pero el placer ya estaba ganando terreno.
—Sí… me gusta… —contesté todavía tímida, con la voz entrecortada.
—¿Te hacía falta que te coman el culo, verdad? tu marido nunca te había dado esto.
Sentí un nudo en la garganta. La pena me apretó el pecho, pero al mismo tiempo un calor líquido me subió por el vientre.
—Sí… me hacía falta… —admití con un hilo de voz, casi llorando de vergüenza.
Poco a poco el ritmo fue aumentando. Diego entraba y salía con más decisión, pero todavía sin llegar al fondo. Mis gemidos se volvieron más seguidos, más roncos. Y entonces, dentro de mi cabeza, empezó a sonar esa voz oscura que no podía callar:
“Qué puta se siente esto… tan caliente… me siento tan puta por estar disfrutando esto… pero me excita tanto”.
Diego se inclinó y su voz se volvió más sucia:
—Tu marido no te come por el culo, ¿verdad? Él te folla como una señora decente y a ti te encanta que te traten como una puta por atrás.
No pude responder con palabras. Solo solté un gemido largo y profundo —“Mmmmm… ahhhh…”
—mientras mi ano se contraía involuntariamente alrededor de su verga.
Un primer chorrito caliente de squirt escapó de mi vagina y mojó la sábana. La humillación me golpeó fuerte, pero en vez de apagarme, me encendió más. “Dios mío… me está diciendo que mi marido nunca me ha tocado ahí y yo me estoy mojando como una puta… qué puta se siente esto… me siento tan puta… pero me excita de una forma que no puedo parar”.
Diego lo notó y siguió presionando, acelerando un poco más:
—¿Quieres que lo saque ahora?
El pánico me invadió. Moví las caderas hacia atrás por instinto, buscando más profundidad.
—¡No! ¡Por favor, no lo saques! —rogué con voz temblorosa y desesperada.
—No te escuché bien, Laura.
—¡Por favor, Diego… no lo saques! ¡No pares ahora! —supliqué más alto, la vergüenza mezclada con un deseo que ya no podía esconder.
Diego soltó una risa baja y perversa. Empezó a follarme con embestidas más fuertes y profundas, clavándome casi hasta el fondo.
—Le voy a contar a tu marido que mientras él estaba de viaje, yo te estaba comiendo el culo.
—¡Por favor, no le digas! —gemí, pero mi voz ya sonaba más excitada que asustada. Otro chorro de squirt salió de mí.
—¿Qué le vas a decir entonces? ¿Que otro hombre te abrió el culo y te hizo chorrear como una fuente?
—No puedo decirle… pensará que soy… que soy…
Diego me agarró del pelo con suavidad pero firmeza y tiró para que girara la cara hacia él.
—Mírame a los ojos y dime. ¿Qué pensará Wilson de ti?
Giré la cabeza. Mi cara estaba completamente roja, sudorosa, con el pelo pegado a la frente. Los ojos me brillaban y la boca estaba entreabierta. Con voz rota pero cada vez más cargada de morbo, confesé:
—Pensará que soy… una infiel… una cachona…
Al decirlo en voz alta, el placer se disparó. Diego aumentó el ritmo brutalmente. Cada embestida profunda ahora sacaba un chorro fuerte de squirt que salpicaba la sábana con un sonido húmedo y obsceno.
—¡Ahhh… me hace falta esto! —grité mientras salía el primer chorro potente.
—¡Qué rico se siente que me follen por el culo! —otro chorro más abundante.
Diego siguió hablando sucio sin piedad:
—Me encanta comerme el culo de una mujer casada… tan apretadito y caliente, traicionando a su marido.
—¿Quién te está clavando el culo ahora, Laura?
—¡Tú… Diego!
—¿Quién te rompió este culo de casada que tu marido nunca quiso tocar?
—¡Tú! ¡Diego… tú me lo rompiste! —grité, ya casi sin control.
Dentro de mi cabeza las palabras no paraban: “Qué puta se siente esto… tener una verga extraña abriéndome el culo mientras mi marido no sabe nada… me siento tan puta, tan cachona, tan infiel… pero me excita como nunca en mi vida”.
Cada embestida era más fuerte. Mis gemidos se convirtieron en gritos. Ya no escondía la cara. Empujaba mi culo hacia atrás con fuerza, follándome yo misma contra él.
—¡Más duro! ¡Rómpeme el culo! —supliqué, la voz ronca.
Diego gruñó y me folló aún más salvaje:
—Dilo completo: “Soy una mujer casada y soy tu puta ”.
—¡Soy una mujer casada… y soy tu puta ! —grité, completamente desatada.
El orgasmo se acercaba como una ola imparable. Mi ano se apretaba con fuerza alrededor de su verga en contracciones profundas. Cada embestida sacaba un chorro potente de squirt. Mi cara se transformó por completo: los ojos se entrecerraron hasta casi cerrarse, pero por momentos se ponían en blanco de puro placer. Las cejas fruncidas en una expresión de éxtasis casi doloroso. Mi boca se abrió en una “O” grande y temblorosa, luego se torció en una mueca animal. Los labios hinchados dejaban escapar saliva por las comisuras mientras mi mandíbula temblaba. Todo mi cuerpo sudaba, las nalgas temblaban, las piernas se me doblaban y los dedos de los pies se encogían.
Entre gritos y sollozos de placer, las palabras salían solas.
El orgasmo me golpeó como una explosión. Mi ano se cerró violentamente alrededor de su verga en contracciones largas y profundas, ordeñándolo. Chorros potentes y continuos de squirt salían sin parar, empapando todo debajo de mí.
—¡Me corrooo! ¡Me estoy corriendo con la verga en el culo! ¡Soy una infiel… una cachona… una puta casada! ¡Diego! ¡Diego! ¡Sííí!
Mi voz se quebraba en aullidos roncos y agudos. Todo mi cuerpo convulsionaba.
Diego se enterró hasta el fondo una última vez y se corrió dentro de mí, inundándome con chorros calientes que sentí pulsando contra mis paredes. Eso prolongó mi orgasmo aún más. Seguí temblando y soltando pequeños chorros residuales mientras gemía sin control:
—¡Ahhhh… soy una puta… me encanta que me coman el culo…!
Cuando finalmente salió, mi ano quedó abierto, palpitante y goteando semen. Mi cara estaba destruida de placer: roja, sudorosa, con los labios hinchados, los ojos vidriosos y una sonrisa débil y pervertida que no podía borrar. La vergüenza seguía ahí, pero ahora estaba completamente mezclada con una excitación oscura y adictiva.
Me quedé tumbada boca abajo unos minutos más, respirando agitada. Mi ano palpitaba, abierto y sensible, con el semen caliente de Diego escurriéndose lentamente entre mis nalgas y mojando la sábana. Todavía sentía pequeños espasmos en el vientre y mi vagina seguía húmeda y sensible por todo el squirt que había soltado. Tenía las piernas débiles, el pelo pegado a la cara sudorosa y una sonrisa tonta, pervertida, que no podía borrar.
Escuché la puerta del apartamento abrirse. Era Carla. Entró con una sonrisa curiosa y traviesa, cerró la puerta y se acercó a la cama. Me miró de arriba abajo: yo todavía medio desnuda, con las nalgas rojas por el roce, la sábana empapada debajo de mí y la cara completamente sonrojada.
—Madre mía, Laura… ¿qué te hicieron? —preguntó con tono juguetón, sentándose en el borde de la cama—. Cuéntame todo. ¿Cómo te fue?
Me incorporé lentamente, sentándome con cuidado. Al moverme, sentí un leve dolor placentero en el ano y más semen escapando de mí. Me sonrojé intensamente, bajando la mirada. La vergüenza volvía con fuerza ahora que Diego ya no estaba.
—Fue… intenso, Carla. Mucho más de lo que imaginaba —empecé, con la voz todavía ronca de tanto gemir—. Al principio estaba muerta de pena. Cuando entró su verga… ardía un poco, me sentía tan llena, tan invadida… pero luego… Dios, el placer era diferente. Profundo, caliente, como si me estuviera tocando por dentro en un lugar que ni sabía que existía.
Carla me escuchaba con los ojos brillantes, mordiéndose el labio.
—¿Y el morbo? ¿Habló sucio?
Asentí, sintiendo que me volvía a mojar solo de recordarlo.
—Mucho. Me dijo que mi marido nunca me come el culo, que soy una mujer casada abriendo el orto para un desconocido… Me hizo repetir que soy una infiel, una cachona… Al principio me daba mucha vergüenza. Me sentía tan puta diciendo esas cosas… “Qué puta se siente esto”, pensaba yo. Me sentía tan puta… pero me excitaba tanto que no podía parar. Cada vez que admitía que era casada mientras me follaba el culo, me corría más. Chorros de squirt salían con cada embestida. No podía controlarlo.
Carla soltó una risita baja.
—Vaya… te soltaste más de lo que esperaba.
—Demasiado —admití, pasándome una mano por el pelo revuelto—. Al final estaba gritando como una loca: “¡Rómpeme el culo! ¡Soy una puta casada!”. Tuve un orgasmo brutal, Carla. De esos que te recorren todo el cuerpo. Mi ano se apretaba tanto alrededor de su verga… y cuando se corrió dentro de mí, sentí cada chorro caliente. Me dejó temblando, abierta, goteando…
Me quedé en silencio un segundo, mirando al suelo. La culpa empezaba a mezclarse con algo más oscuro y adictivo. Levanté la vista hacia mi amiga y, con voz baja pero firme, dije lo que realmente sentía:
—Amiga… ya no seré la misma.
Carla levantó una ceja, sorprendida pero intrigada.
—¿Cómo así?
Respiré hondo. Sentía el ano todavía palpitante, sensible, recordándome lo que acababa de pasar.
—Antes pensaba que el sexo anal era solo una fantasía tonta. Ahora… sé lo que se siente. Esa plenitud, ese morbo de ser usada por atrás, de traicionar a Wilson de esta forma tan sucia… Me gustó demasiado. Me excita recordar cómo me humillaba diciéndome que soy una mujer casada y que estoy actuando como una puta. Ya no es solo curiosidad. Ahora quiero más. Quiero volver a sentirme así de puta, así de llena, así de… liberada.
Me mordí el labio, sintiendo una nueva oleada de excitación al confesarlo en voz alta.
—Wilson nunca me va a dar esto. Y yo… ya probé el lado oscuro. Creo que no voy a poder olvidarlo tan fácil. Ya no seré la misma Laura de antes. La esposa tranquila y convencional… esa se quedó aquí, en esta cama, chorreada y gritando mientras le rompían el culo.
Carla me miró con una mezcla de sorpresa y orgullo. Se acercó y me dio un abrazo rápido.
—Bienvenida al club, entonces. Si quieres repetirlo… ya sabes que yo te cubro. Y si algún día quieres contarle a Wilson… o no contarle nunca… eso es decisión tuya.
Me quedé callada, tocándome distraídamente el muslo. Sentía el semen seco pegándose a mi piel y el ano todavía caliente. Una sonrisa pequeña y perversa se dibujó en mis labios.
—Solo sé que… quiero más. Quiero que me coman el culo otra vez. Y esta vez… creo que voy a pedirlo yo.
![]()