Error en el paraíso (1)

0
932
T. Lectura: 8 min.

La siguiente historia es semificción algunos lugares, personajes y detalles fueron modificados en el uso de libertad literaria… espero disfruten su lectura como yo al escribirlo.

El aire denso y húmedo de Tulum se adhería a mi piel como una segunda capa cálida y pegajosa, una caricia insistente que, extrañamente, me resultaba excitante. No era el clima seco y a veces polvoriento de mi ciudad, sino una brisa marina cargada de salitre, el dulzón aroma de las flores tropicales y el humo resinoso del copal que ardía en las antorchas repartidas por el restaurante. Cada inhalación parecía llenarme los pulmones de algo más primitivo, más carnal.

Mi cabello negro, largo y liso, caía suelto como una cascada brillante hasta la mitad de mi espalda, algunos mechones pegándose ligeramente a mi cuello y hombros por el sudor sutil que el calor tropical empezaba a provocar. Llevaba el vestido blanco ceñido que tanto me gustaba: manga larga ajustada, escote profundo en forma de V que dejaba ver el canalillo generoso de mis pechos, y un nudo frontal en la cintura que marcaba mis caderas y realzaba mis curvas. El reloj dorado grueso brillaba en mi muñeca izquierda con cada movimiento, y el anillo con piedra grande en mi mano derecha capturaba los destellos anaranjados de las antorchas.

Mi Mor, con su guayabera de lino blanco impecable, levantó su copa de mezcal y me miró con esa intensidad cariñosa que aún lograba acelerarme el pulso, incluso en esta segunda luna de miel.

—Por nosotros, Eleny —dijo con su voz ronca y suave, ese tono tan suyo—. Por esta nueva etapa juntos, bebecita. Y porque sigas siendo tan apasionante como el primer día.

Sonreí, sintiendo un cosquilleo familiar. Mi Mor siempre había tenido esa fantasía: le encantaba que le platicara con todo lujo de detalle mis experiencias pasadas con otros hombres, aunque fueran inventadas o de hace muchos años. Le gustaba presumirme, imaginarse que su esposa deseada por tantos era solo para él en la intimidad. Nunca habíamos pasado de la fantasía… hasta ahora todo era puro juego.

—Por nosotros, mi Mor —respondí, y el mezcal ahumado bajó quemando suavemente mi garganta.

La conversación fluía fácil, salpicada de risas y miradas cómplices. En un momento, se inclinó hacia mí y bajó la voz con ese tono juguetón que siempre usaba cuando quería provocarme:

—Órale, bebecita… ¿por qué no te quitas la tanga ahorita? Quiero que sientas la brisa del mar directo en tu panochita durante toda la cena. Neta que me encanta imaginarte así, toda mojada y sin nada debajo de ese vestido blanco.

Sentí que mis mejillas se calentaban. Sabía perfectamente que esa petición formaba parte de sus fantasías favoritas. Mi cuerpo respondió de inmediato: un calor traicionero se concentró entre mis piernas. Mis pezones se endurecieron contra la tela fina del vestido, y un primer hilo de humedad comenzó a empapar el encaje de mi tanga.

—Estás loco, Mor… —murmuré, pero ya estaba sonriendo con picardía.

Sin embargo, obedecí. Disimuladamente, bajo la mesa, deslicé la mano y tiré lentamente de la tanga. La tela húmeda se deslizó por mis muslos. Cuando el aire cálido tocó directamente mi cuquita desnudo, un escalofrío de placer me recorrió. Guardé la tanga en mi bolso, sintiendo cómo mi cuerpo ya empezaba a traicionarme con más intensidad.

Mi Mor me miró satisfecho, sabiendo que acababa de encender la chispa.

La cena siguió su curso entre risas, mezcal y miradas cada vez más cargadas. Mi Mor estaba contento, con esa sonrisa satisfecha que ponía cuando sabía que yo estaba sin tanga debajo del vestido. Cada vez que movía las piernas, la tela suave del vestido blanco rozaba mi monte de Venus y la cara interna de mis muslos, enviando pequeñas descargas de placer que intentaba disimular. La humedad entre mis piernas no paraba de crecer; sentía cómo un hilo cálido y resbaladizo bajaba lentamente por el interior de mi muslo izquierdo, haciendo que mi piel se sintiera caliente y peligrosamente resbaladiza.

Hacia el final de la cena, mi Mor empezó a verse cansado. El mezcal, el viaje y el calor tropical le estaban pasando factura. Apoyó la mano en mi muslo y me habló con voz más suave, casi perezosa:

—Eleny, creo que me voy a adelantar a la cabaña, bebecita —dijo, acariciándome la mejilla con ternura—. El mezcal me pegó más fuerte de lo que pensaba. Quédate un rato más si quieres disfrutar de la brisa y el sonido del mar. Yo te espero allá. Tómate tu tiempo, neta que no hay prisa.

Me dio un beso lento en los labios, todavía con sabor a mezcal y a él. Lo vi levantarse y alejarse por el sendero iluminado por antorchas, su figura perdiéndose poco a poco entre las palmeras y la vegetación oscura. El sonido de sus pasos se desvaneció, dejando solo el rumor constante de las olas.

Me quedé sola en la mesa. El mesero trajo mi última copa sin decir nada. El alcohol y la soledad repentina me hicieron sentir audaz, casi temeraria. Sabía que mi Mor estaba en la cabaña esperándome, probablemente imaginando todo tipo de cosas. Esa fantasía suya siempre estaba presente: le encantaba que le platicara con todo detalle cómo había sido con otros hombres en el pasado, aunque fueran historias viejas o inventadas. Le gustaba presumirme, imaginarme siendo “su hotwife” solo para él en la intimidad de nuestra habitación.

Ahora, sin tanga y con el vestido blanco pegado a mi piel por el sudor, esa idea me estaba afectando más de lo normal. Mi cuquita palpitaba con fuerza. Cada vez que cruzaba las piernas, la tela rozaba directamente mi clítoris sensible, enviándome oleadas de calor. Sentía mis jugos deslizándose lentamente, haciendo que el interior de mis muslos estuviera resbaladizo y caliente.

“¿Qué estás haciendo, Elena?”, me reprochaba por dentro. “Es tu luna de miel… y estás aquí, chorreando como una cualquiera solo porque tu marido te pidió que te quitaras las tanga”.

Pero mi cuerpo no escuchaba. La anticipación de llegar a la cabaña y contarle a mi Mor lo mojada que estaba, de dejar que él imaginara cosas mientras me cogía, hacía que mis músculos internos se contrajeran involuntariamente. Mis pezones seguían duros, presionando contra el escote profundo del vestido. Mi cabello negro largo caía sobre mis hombros, algunos mechones pegados a mi clavícula húmeda.

Pasó casi una hora. El tiempo se disolvió entre el rumor constante de las olas y la neblina agradable del mezcal. Cuando por fin me levanté de la mesa, mis piernas se sentían ligeramente inestables, no solo por el alcohol, sino por la excitación que ya latía con fuerza entre mis muslos.

El sendero iluminado por antorchas serpenteaba entre las cabañas privadas, rodeado de palmeras altas y vegetación espesa. Caminaba con pasos algo inseguros, el vestido blanco ceñido pegándose a mi piel sudorosa y marcando cada curva de mi cuerpo. La tela suave rozaba constantemente mi monte de Venus y la cara interna de mis muslos, recordándome a cada paso que no llevaba tanga. Un hilo cálido y resbaladizo seguía escapando de mi cuquita, deslizándose lentamente por mi piel y haciendo que mis muslos se sintieran húmedos y calientes.

Mi cabello negro, largo y liso, se movía con la brisa marina, algunos mechones pegándose a mi cuello y espalda húmeda. El escote profundo del vestido dejaba ver el brillo del sudor en mi clavícula y el suave movimiento de mis pechos con cada paso. El reloj dorado en mi muñeca capturaba la luz de las antorchas cada vez que balanceaba los brazos.

Llegué frente a la cabaña. Ante la puerta de madera tallada se veía idéntica. Saqué la tarjeta de acceso y la pasé varias veces por el lector. No funcionó. Fruncí el ceño, la impaciencia y el deseo mezclándose en mi pecho. En mi embriaguez pensé que era solo un error del sensor. Llamé suavemente. No hubo respuesta. Llamé con más fuerza.

Escuché movimiento al otro lado. La puerta se abrió lentamente.

La penumbra del interior me recibió, iluminada apenas por la luz plateada de la luna que se filtraba por las ventanas y el tenue resplandor de una lámpara lejana. Sin pensarlo dos veces, impulsada por el mezcal y el fuego que llevaba entre las piernas, empujé la puerta y me lancé hacia adelante.

Mis manos buscaron su cuerpo en la oscuridad y mis labios encontraron los suyos con urgencia hambrienta.

—Mi Mor… ando bien cachonda —susurré contra su boca, la voz ronca y entrecortada—. ¿Estás listo para cogerme?

Al principio él se tensó, claramente sorprendido. Pero solo duró un segundo. Luego respondió al beso con una pasión repentina y voraz. Sus labios eran firmes, más gruesos, y su lengua entró en mi boca con un hambre que me hizo gemir. Sabía diferente… más fuerte, más terroso, con un leve sabor a tabaco. Mi mente embriagada lo justificó al instante: “Estoy muy excitada… se ha de haber fumado un cigarro esperándome ansioso”.

Mis manos recorrieron su pecho desnudo. Lo sentí más ancho, más duro bajo mis palmas. La piel era más áspera, más caliente. Noté que solo llevaba unos boxers. “Claro… se quitó todo para esperarme”, pensé, mientras un escalofrío de placer me recorría.

El beso se volvió más profundo, casi brutal. Sentí su erección gruesa presionando insistentemente contra mi vientre a través de la tela fina. Era más grande, más pesada y más dura de lo que recordaba. Otro escalofrío me atravesó. “Dios… estoy tan mojada y tan caliente que todo se siente más intenso esta noche”, me repetí, negándome a cuestionar las diferencias.

Mis manos bajaron temblorosas por su abdomen. Sin pensarlo dos veces, me arrodillé frente a él en la penumbra. Mis dedos engancharon el elástico de sus boxers y los bajé de un tirón lento. Su verga saltó libre, pesada, caliente y gruesa, golpeando suavemente mi mejilla.

Era grande. Mucho más grande.

La cabeza gruesa ya brillaba con una gota espesa de líquido preseminal. El olor era fuerte, almizclado, intensamente masculino… diferente. Pero mi mente seguía nublada.

—Mi Mor… estás tan duro esta noche… —murmuré con voz ronca, mientras mi mano temblorosa rodeaba esa verga que no reconocía del todo.

Mi boca se abrió. Mi lengua rozó tímidamente la cabeza caliente, saboreando el líquido salado y viril. Luego la metí más profundo, chupando con avidez.

En la penumbra éramos solo una esposa dándole placer a su marido.

Él gruñó bajo y tomó mi cabeza con ambas manos, empezando a embestir lentamente dentro de mi boca. Su verga gruesa rozaba mi lengua y empujaba hacia mi garganta. Yo gemía alrededor de ella, sintiendo cómo mi propia humedad chorreaba por mis muslos.

Fue entonces cuando escuché pasos detrás de mí.

La lámpara de pedestal se encendió de pronto, inundando la habitación con una luz cálida y dorada.

Una mano grande y áspera se posó en mi cabello negro, sujetándolo con firmeza.

Mis ojos, acostumbrándose a la luz, se abrieron de golpe.

El hombre cuya verga tenía profundamente en mi boca, bañada en mi saliva y con el glande tocando el fondo de mi garganta, tenía la piel de un tono canela profundo, cabello negro lacio y corto, y un cuerpo marcado por el trabajo físico: hombros anchos, brazos fuertes y venosos. No era mi Mor.

Una voz diferente, rápida y callejera, con marcado acento capitalino, sonó justo encima de mí:

—¿Qué onda con esta morra?

Mi corazón dio un vuelco brutal. El pánico me golpeó como un balde de agua fría.

El pánico me golpeó como una ola helada. Mi cuerpo se tensó violentamente, pero la verga gruesa que tenía en la boca me impedía moverme con libertad. Intenté retroceder, pero la mano grande que sujetaba mi cabello negro me mantuvo en mi lugar con firmeza, aunque sin lastimarme.

—¿Qué onda con esta morra? —repitió la voz con acento capitalino, con tono entre sorprendido y divertido—. Neta que te ves bien ocupada.

El hombre frente a mí (el de la piel canela) soltó un gruñido bajo y sacó lentamente su verga de mi boca. La cabeza gruesa salió con un sonido húmedo y obsceno, dejando un hilo de saliva colgando de mis labios. Mi respiración estaba agitada, el corazón me latía desbocado.

—Yo… me equivoqué de cabaña… —balbuceé, la voz ronca y temblorosa, mientras intentaba ponerme de pie. Mis rodillas se sentían débiles—. Lo siento… yo pensé que…

Él me miró desde arriba, todavía con la verga dura y brillante por mi saliva apuntando hacia mi cara.

—Señora… neta que se equivocó de cabaña —dijo con su acento yucateco, lento y grave—. Esta es la nuestra. ¿Está usted bien? ¿Quiere que la ayudemos a encontrar la suya?

Por un segundo quise salir corriendo. La vergüenza me quemaba las mejillas. Estaba de rodillas, con el vestido blanco arrugado, el cabello revuelto, los labios hinchados y un hilo de saliva brillando en mi barbilla. Pero mi cuerpo… mi maldito cuerpo no cooperaba. Mi cuquita palpitaba con fuerza, chorreando abundantemente. Sentía mis jugos deslizándose por la cara interna de mis muslos, traicionándome de la forma más humillante.

El segundo hombre, el capitalino, se acercó más. Era más delgado, pero con presencia dominante. Me miró de arriba abajo con una sonrisa lobuna.

—Órale, pinche fresa… ¿vienes bien caliente y te quieres ir así nomás? —dijo con tono burlón—. Mírate… ya le estabas dando con ganas al compa Brayan.

Brayan. Así se llamaba él.

Intenté levantarme de nuevo, pero mis piernas no respondían bien. El mezcal, la excitación acumulada y el shock me tenían paralizada.

—Yo… esto fue un error… —murmuré, aunque mi voz sonaba débil, casi sin convicción.

Brayan me ofreció la mano para ayudarme a levantarme, pero no la tomé. En cambio, mis ojos seguían clavados en su verga gruesa, todavía erecta frente a mí. Mi mente gritaba que me fuera, que esto era una locura, que era mi luna de miel y que mi Mor me esperaba en la cabaña correcta.

Pero mi cuerpo ardía. La humedad entre mis piernas era vergonzosa. Mis pezones estaban tan duros que dolían contra la tela del vestido.

El capitalino soltó una risa baja.

—Kevin, pa’ servirle —dijo, presentándose con sorna—. Y tú, güera… ¿cómo te llamas?

Tragué saliva. Mi voz salió apenas audible:

—Elena…

Kevin sonrió más amplio.

—Elena… pues mírate, Elena. Ya le estabas chupando la verga al compa con ganas. ¿Quieres seguir o te vas con tu marido?

El silencio se hizo pesado. Mi respiración era entrecortada. Sentía el sabor de Brayan todavía en mi boca, el olor de su piel impregnado en mi nariz.

Una parte de mí quería huir. La otra… la otra estaba hipnotizada por la situación prohibida, por el riesgo, por el deseo traicionero que me humillaba.

Bajé la mirada un momento, luego la levanté hacia los dos hombres.

Con la voz temblorosa pero decidida, respondí:

—Quiero… seguir.

Brayan y Kevin se miraron un segundo. Luego chocaron las manos con una sonrisa cómplice y oscura.

—Órale pues, güera —dijo Brayan con su acento yucateco lento—. Si eso es lo que quieres…

Kevin se acercó más, pasó sus dedos por mi cabello negro y tiró suavemente hacia atrás para que lo mirara.

—Entonces bienvenida al paraíso, morra… porque esta noche te vamos a tratar como la “Hot Slut” que vienes siendo.

Mi corazón latía con fuerza. La vergüenza, el miedo y una excitación oscura y prohibida se mezclaban dentro de mí mientras los dos hombres me observaban con hambre.

Y yo, de rodillas en una cabaña que no era la mía, con el vestido blanco de mi luna de miel todavía puesto, supe que acababa de cruzar una línea de la que ya no podía regresar…

Como siempre son bienvenidos sus comentarios en este y en mis otros relatos publicados.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí