Al esposo de Estefanía le gusta ver cómo la penetro (1)

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Era la segunda vez que salía con Jimena. Éramos compañeros de trabajo y me gustaba mucho. Ella, tres años mayor que yo tenía la piel muy blanca y el pelo castaño, con grandes ojos oscuros. Sus pechos eran de tamaño mediano, pero sus amplias caderas y su culo prominente me ponían al cien cuando la veía cruzar los pasillos de la oficina. Después de algunas pláticas inocentes a la hora de la comida, la invité a salir y aceptó. Estaba casada, pero eso no me importó, quería ver hasta dónde me dejaría llegar si las circunstancias eran adecuadas. La primera vez en aquel bar hablamos de todo y después de varios whiskies, las conversación se calentó.

—¿Cuál es tu posición favorita? —pregunté mirándola a los ojos a través de la pequeña mesa que nos separaba.

—Me encanta que me cojan de perrito, pero a Vicente casi no le gusta así, prefiere de misionero —me confesó.

—Qué mala onda, venirse de perrito es delicioso —dije imaginando que era yo quien se vaciaba en Jimena.

—¿Ah sí, por qué? —Jimena quería seguir hablando de sexo.

—Pues así la penetración es más profunda y podría dejarte el semen hasta adentro —aventuré.

Jimena sonrió, excitada.

—¿Y quién te dijo que te dejaría eyacular adentro de mí? Acuérdate que estoy casada.

—Bueno, las primeras veces te prometo ponerme condón, sé que pronto me vas a pedir que ya no me ponga…

Algo en mi comentario la afectó de más. Se volvió meditabunda, casi triste. Al fin habló.

—Tiene tanto tiempo que nadie eyacula adentro de mí. Mi esposo insiste en usar condón, no uso anticonceptivos y no queremos tener hijos, así que…

Era el momento de tomar acción. Puse mi mano en su muslo y me incliné sobre ella, para besarla. Ella respondió a la perfección. Su perfume barato me excitó más todavía y ella, probablemente víctima de un deseo de venganza, ya buscaba mi verga con la mano.

Nos besamos así algunos minutos en medio del bar, sin prestarle atención a nadie. La tenía ya en donde quería y estaba seguro que me dejaría cogerla sin protección. Besé su cuello y acaricié sus tetas por encima de la blusa.

Un segundo antes de invitarla a irnos a mi departamento, su celular vibró dentro de su bolsa. Se separó de mi con esfuerzo y contestó.

—Sí, mi amor. Sí, aquí donde te dije, ¿ah estás cerca? ¿Seguro que puedes? No quiero desviarte, mejor te veo en la casa. ¿Seguro? Bueno sí, ya estamos terminando las chicas y yo, te veo afuera.

Colgó. Me miró a los ojos diciendo que lo sentía, que su esposo era un poco celoso y que había decidido pasar por ella.

—Gracias por esta noche, Ernesto, me gustas mucho pero no puedo hacerle esto a mi esposo —me dijo antes de darme un beso de despedida y salir con prisa del establecimiento.

El mesero que nos había atendido toda la noche se acercó para ofrecerme algo más.

—Whisky de centeno, doble —pedí.

—No se agüite, caballero, a veces se gana, a veces se pierde y con esta —dijo señalando con la cabeza en la dirección en la que Jimena había huido con su hombre legítimo —se me hace que la vida le va a dar una segunda oportunidad. Pero la noche es joven, y aquí todavía está lleno de mujeres buscando quien les dé una buena verga, usted concéntrese, aún tiene chance.

El mesero tenía razón. Pasé la siguiente hora tranquilo, disfrutando de mi whisky y viendo las posibilidades presentes. En una mesa había un grupo de amigas pasándola bien. Riendo y bebiendo. Una de ellas, una flaca, no muy alta y cubierta de tatuajes, llamó mi atención. Notó que la miraba y me dedicó una sonrisa discreta que volvió a ponerme a mil. Era todo lo opuesto a Jimena, quien normalmente lucía como una bibliotecaria, recatada y sin mostrar mucha piel.

En cambio esta mujer de pelo negro llevaba un top del mismo color que resaltaba sus brazos delgados pero definidos y sus hombros un poco huesudos. Sus pechos eran diminutos y se notaba que no llevaba sostén, su ombligo estaba descubierto -tenía un abdomen plano, perfecto- y unos jeans sencillos que cubrían sus piernas delgadas.

Vi tatuajes en sus hombros, brazos, espalda y escote y decidí que quería ver dónde más tenía. Cuando se levantó al bañó la seguí y la esperé en los lavabos.

—¿Se la están pasando bien? —pregunté. Nunca he tenido habilidad para acercarme a mujeres.

Ella me vio desde el espejo con una mueca de interés y desprecio.

—Sí, es cumpleaños de mi amiga y estamos celebrando.

—Muy bien, yo me llamo Ernesto, ¿y tú?

—Estefanía —dijo secándose las manos.

—Estás muy bonita, Estefanía, ¿quieres tomar algo?

—Muchas gracias, estoy con mis amigas—dijo y se alejó.

Otra oportunidad perdida.

La noche fue avanzando y el lugar se vació. En la mesa de Estefanía sólo quedaban ella y la cumpleañera, que al final también se levantó y se fue. Estefanía la siguió hasta la entrada.

Di por perdida aquella noche y estaba por pedir la cuenta cuando la vi regresar. Se sentó junto a mí.

—Ahora sí acepto ese trago —me dijo con una actitud completamente diferente.

Se pidió un mezcal y comenzamos a platicar. Estaba por cumplir cuarenta, era fisioterapeuta y le gustaban mucho los perros.

Olía un poco a sudor limpio y eso me calentó más todavía. Con cada plática, yo iba acercándome más a ella hasta comenzar a acariciar sus piernas y tomarla por la cintura. Al fin nos besamos. Puse mi mano en su nuca y comencé a besar su cuello y hombros. Igual que con Jimena, acaricia sus pequeñas tetas por encima de la tela y noté los pezones remarcándose sobre el top negro.

—Paga y vamos a mi coche —me dijo.

Caminamos de la mano por el estacionamiento hasta su coche y nos sentamos en el asiento trasero donde nos seguimos besando. Levanté su blusa y comencé a lamer sus pezoncitos. Descubrí que también tenía las tetas tatuadas, esa mujer era todo lo contrario a Jimena.

Desabroché su cinturón y le bajé los pantalones. Yo hice lo mismo. Mi verga estaba durísima y rocé mi glande con sus labios. Tenía la vulva depiladita, lo que le daba un aire muy juvenil que me encantó. Tenía un condón en el bolsillo del pantalón, pero el olor de sus fluidos y la anticipación de saber qué tan apretado tenía el coño me hicieron decidir no usarlo. Cuando sintió presión sobre su vagina, me empujó por instinto.

—Perdóname, sin condón no, estoy casada.

Sentí coraje de ser rechazado así y sobre todo de que hubiera mentido sobre estar casada. Ya eran dos casadas que me rechazaban esta noche. Me senté a un lado y comencé a vestirme pero ella me detuvo.

—No, espérate, todavía podemos pasarla bien —me dijo con ilusión y lujuria —hay algo que sí podemos hacer sin condón —explicó con una sonrisa.

Se inclinó sobre mi verga y comenzó a chuparla y lamerla. Yo comencé a disfrutar como loco.

—Pero tampoco te puedes venir en mi boca, ¿eh? —me dijo en una breve pausa.

—Sí, sí, no te preocupes —dije y les juro que de verdad era mi intención, pero Estefanía la mamaba como una diosa. Pensé un momento en Jimena y en que seguramente ahora estaría cogiendo con su esposo y usando un condón mientras que esta puta deliciosa me la estaba chupando a mí, un desconocido, a pelo, en el asiento trasero de su coche. Qué bueno que le hice caso al mesero.

Pensé también en la sensación de poder al saber que me estaba complaciendo una mujer ajena, mientras que su esposo estaba seguro en casa, esperándola. Tenía que aprovechar mi oportunidad y marcar mi territorio.

—Estoy cerca, ¿dónde quieres que eyacule? —pregunté.

—En mi tetas, mi amor, llénamelas de leche.

La idea fue tentadora, pero las lamidas de Estefanía eran tan expertas que no me pude controlar. Cuando sentí la inminencia de la eyaculación la tomé de la nuca y comencé a descargar mi abundante leche en su garganta, ella protestó todo el tiempo, asfixiándose con mi glande. No dejé de sostenerla hasta que supe que ya me había vaciado todo en ella.

—¡Eres un cerdo! Te dije que no te vinieras en mi boca, ni siquiera te conozco.

—Y tú eres una putita que pedía a gritos que un hombre te diera a beber su semen, mira, te lo has tragado sin protestar.

Era cierto, entre reclamo y reclamo, Estefanía se había tragado la leche de un desconocido sin preguntar nada.

—Además casi me dejas cogerte sin condón.

Ya más relajada y admitiendo sus propias emociones, Estefanía se recostó sobre mi pecho.

—Te hubiera dejado hacerlo si hubieras insistido, no sé por qué, pero me diste mucha confianza desde que te vi en el bar —confesó.

—Tú a mí, guapa, por eso no ofrecí un condón. Pero luego dijiste que eras casada…

—Sí estoy, pero no diré nada si tú no dices.

Intercambiamos teléfonos y acordamos volver a vernos en un hotel para coger ahora sí. Me dejó cerca de mi motocicleta, ubicada en otro piso del estacionamiento y nos despedimos con un beso.

Cuando llegué a casa tenía dos mensajes. Uno era de Estefanía diciendo que la había pasado muy rico, que nos viéramos dentro de dos días y que iba a pensar en mí cuando cogiera con su marido esa noche.

El otro era de Jimena, eran varias fotos de sus tetas y su coño y un mensaje diciendo “deberías ser tú quien me penetre”.

Vaya putita, seguro su esposo se la había cogido mal y seguía caliente.

—Perdiste tu oportunidad, por ahora —pensé.

Ya acostado me masturbé con las fotos de Jimena pero al llegar al orgasmo casi no me salió semen, todo se lo había tragado Estefanía.

Esa fue la primera vez que Estefanía me complació a espaldas de su marido. Pronto contaré el resto de nuestros encuentros.

Muchas gracias por leer.

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